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LECTOR LIBRO, S.L.

GRAN ENCICLOPEDIA DE ESPAÑA
   Premio del Ministerio de Cultura A LA OBRA MEJOR EDITADA en la modalidad de obras generales y de divulgación


ARQUEOLOGÍA

Necrópolis. [Del gr. nekrós, ‘muerto’, y pólis, ‘ciudad’]. Conjunto de sepulturas de cierto carácter monumental, que, como concepto arqueológico, presupone una pertenencia a épocas prehistóricas, a alguno de los pueblos o civilizaciones de la Antigüedad, a las grandes culturas americanas u orientales, a la Edad Media europea o a los pueblos primitivos africanos, asiáticos u oceánicos. Como término común, se utiliza para designar cualquier cementerio de gran extensión en el que abunden los monumentos fúnebres.                 
Empleado por primera vez entre los arqueólogos para designar los sepulcros subterráneos de Alejandría (Egipto), el uso cada vez más amplio del término corrió parejo al estudio de las sepulturas en tanto que fuentes de documentación para el conocimiento de los pueblos o civilizaciones, prehistóricos o históricos. Constatada una amplia variedad de tipos de necrópolis a lo largo de la historia de la humanidad –si bien sólo se dispone de restos abundantes a partir del Neolítico, se tiene constancia de que ya durante el Paleolítico se enterraba a los muertos según sistemas o costumbres culturales establecidos–, a menudo, y esencialmente por lo que al periodo prehistórico se refiere, las culturas han podido ser definidas gracias a las necrópolis descubiertas e incluso se les ha dado nombre en función de ellas, como es el caso de la cultura neolítica de los sepulcros de fosas, de la megalítica o de la de los campos de urnas. Dada la importancia del estudio de las necrópolis para el conocimiento de una cultura, se deben tener en cuenta los ritos funerarios, reflejo de los cuales es, en parte, el tipo de necrópolis. En ese sentido, uno de los elementos más importantes y determinantes es la práctica de la inhumación de los cadáveres o la de su incineración, por lo común dominantes de forma única en una cultura: la primera, en términos generales, se practicaba en los pueblos paleolíticos y ribereños del Mediterráneo de las fases prehistóricas más avanzadas; la segunda, en los pueblos indoeuropeos, en primer lugar en tanto que pueblos nómadas –entre los cuales la incineración era rito común, pues les permitía llevarse siempre consigo los restos de sus antepasados–, y después, ya sedentarios, recurriendo a las tumbas de incineración, esto es, aquellas donde reposan las cenizas de los cuerpos previamente incinerados de los fallecidos. Por lo que a Europa respecta, la incineración se generalizó en gran parte del continente a finales de la Edad del Bronce y principios de la Edad del Hierro. En la Grecia prehelénica se practicaron indistintamente la incineración y la inhumación, aunque a partir del s. VIII se convirtió en norma la incineración. En Italia, donde también se practicaba la incineración desde tiempos prehistóricos, los romanos tuvieron como costumbre incinerar en la época primitiva y durante la República, pero, por herencia etrusca, hicieron suya también la práctica de la inhumación; desde principios del s. II d.C., sin embargo, prevaleció de nuevo la incineración, por lo que construyeron abundantes columbarios, monumentos provistos de nichos en los que se colocaban urnas funerarias con las cenizas de los difuntos. Por influencia de las religiones orientales, este rito fue paulatinamente abandonado, hasta su absoluta desaparición en el s. IV d.C. cuando la doctrina cristiana de la resurrección de los cuerpos hizo necesaria la inhumación de los cadáveres. En desuso, por consiguiente, también los columbarios, las tumbas tardoantiguas y altomedievales son todas de inhumación. Las costumbres, por otra parte, han determinado también que, a lo largo de la historia, se haya enterrado individualmente, por parejas, por familias nucleares, por grupos o por clanes; así mismo, y antes del triunfo del cristianismo, todos los pueblos creían que los muertos debían tener a su alcance para la vida futura comida, armas, un ajuar, etc., por lo que es habitual encontrar en las excavaciones platos, jarros, instrumentos de defensa, joyas y, en las correspondientes a civilizaciones clásicas, monedas y lámparas.
Todas las prácticas descritas se encuentran ejemplificadas en yacimientos de la Península Ibérica, reflejo de las sucesivas llegadas de pueblos y de las superposiciones culturales resultantes. Al Neolítico Final y a la I Edad del Bronce pertenecen los enterramientos colectivos, habituales en tal periodo, que muestran las necrópolis megalíticas de inhumación de Los Millares (Almería) y de los poblados sit. en las provv. de Almería, Granada y Murcia pertenecientes a la misma cultura (v. Millares, Cultura de los -). Frente a ello, durante la Edad del Bronce antigua y plena, enterramientos como los de la Cultura de El Argar (v. Argar, El -) son muestras de inhumación individual, en urnas (phitoi) o grandes tinajas, cistas de piedra, fosas o covachas, con el cadáver colocado en posición fetal. El cambio radical lo representa la aparición de la incineración, durante el Bronce Final europeo, con la Cultura de los campos de urnas (v.), que supone la sustitución de los grandes conjuntos tumulares por vastas necrópolis de incineración; extendida tal cultura en la Península Ibérica, sobre todo por Cataluña, el valle del Ebro y el N. de la Comunidad Valenciana, su influencia llegó, seguramente, hasta la Meseta, Andalucía y Portugal, y evolucionó a partir del s. VIII a.C. y el inicio de la Edad del Hierro con grandes diferencias locales a las que no fueron ajenos los primeros colonizadores que alcanzaron las costas del Mediterráneo peninsular, los fenicios. Las tumbas fenicias y púnicas ejemplifican el cruce de costumbres: las necrópolis de Málaga (v. fenicios), entre las que destaca especialmente la de Sexi (la más antigua), son necrópolis de incineración constituidas por tumbas excavadas, p. e. en forma de pozo, en las que se guardaban las urnas; la necrópolis púnica del Puig des Molins (Ibiza, Baleares) está formada por hipogeos o sepulcros subterráneos de inhumación donde se encuentran sarcófagos antropomorfos, al igual que en Cádiz. Los celtas, celtíberos e iberos practicaron todos ellos la incineración, unas veces enterrando las urnas cinerarias –acompañadas en general por ajuares– en hoyos y fosas, otras protegiéndolas con una losa flanqueada por piedras o losas más pequeñas, y otras con construcciones cuadradas de piedra en las que se forma un túmulo artificial; las necrópolis celtíberas de Luzaga o de Aguilar de Anguita (Guadalajara) están constituidas por numerosas urnas que forman calles de estelas, y las ibéricas de Tutugi (Galera, Granada) y Tugia (Toya, Jaén) presentan cámaras hipogeicas, a veces con túmulo. En cuanto a las necrópolis romanas, demuestran éstas no sólo la variedad de costumbres antes expuesta, sino una sofisticación mayor en función de la clase social por lo que al tratamiento mortuorio se refiere; en consecuencia, los sepulcros modestos corresponden a columbarios o, si se trata de sepulcros de inhumación, a fosas cubiertas con losas y tejas a dos vertientes, acompañadas de una estela de inscripción, mientras que los más sofisticados son mausoleos en forma de torre (posiblemente de origen fenicio) o de templo (griego). Así pues, además de hipogeos como los aparecidos en Baena (Córdoba), Osuna y Carmona (Sevilla; necrópolis de enorme extensión esta última, con más de doscientas tumbas subterráneas y predominio de la incineración), de contrucciones rectangulares y abovedadas, a veces bajo tierra, como las halladas en Mérida, de necrópolis de incineración como la de Baelo Claudia (Bolonia, Cádiz) o de columbarios como los de Mérida, desde un punto de vista constructivo destacan sobremanera los mausoleos en forma de torre, como la llamada “de los Escipiones” (Tarragona) o las de Zalamea de la Serena (Badajoz) y Villajoyosa (Alicante), en forma de templo, como el sepulcro de Fabara (Zaragoza), o de un tipo particular como es el de los Atilios en Sádaba (Zaragoza). Las necrópolis cristianas aparecen por primera vez en el s. III, en León y Tarragona, predominando los enterramientos humildes, en fosa bajo tégulas y losas o en sarcófagos y ánforas; son frecuentes las criptas abovedas, pero no se han descubierto catacumbas. En época visigoda pervivían los ritos tardorromanos de inhumación, como muestran las necrópolis excavadas en el levante peninsular (Gaià de Pego, Sollana, Cocentaina y Montserrat, todas ellas en Valencia), con sus fosas rectangulares o ligeramente trapezoidales, a veces con las paredes recubiertas con lajas de piedra y tapadas por losas grandes, cubierto todo ello por tierra; pero también se implantaron ritos visigodos, como la inhumación en cajas de madera, halladas en necrópolis excavadas entre el Ebro y el Tajo (Castiltierra y Duratón, en Segovia; Suellacabras y Deza, en Soria; Daganzo de Arriba, en Madrid; o Herrera de Pisuerga, en Palencia). A las necropólis medievales posteriores las caracteriza también la escasez y pobreza de sus materiales: son una excepción, debido a las estrictas normas cristianas, los enterramientos con ajuar, y están formadas por tumbas de lajas o de losas o por tumbas excavadas en rocas, que oscilan desde las denominadas “de bañera” a las antropoides con ensanchamiento en la parte de los hombros, como se puede ver en la gran necrópolis de Murillo de Gállego (Zaragoza). La modalidad de los enterramientos en sarcófago, existente pero muy restringida, parecía reservada a los miembros de la nobleza y el alto clero.

ARTE

Modernismo. El modernismo es una actitud ante el arte y la vida que determina la sensibilidad estética en los años que marcan el paso entre los ss. XIX y XX. No se trata de un estilo, artístico o arquitectónico, en sentido estricto, caracterizado por utilizar esquemas formales similares; los años en que se desarrolla fueron años marcados por una crisis conceptual y moral que, en el campo estético, se tradujo en la defensa a ultranza de la libertad en la creación artística, un afán de libertad que llevó, en primera instancia, a abandonar los modelos que se habían formulado en la historia del arte y de la arquitectura desde el Renacimiento y que habían desembocado, tras una continua evolución, en el eclecticismo del s. XIX. A la revisión de los lenguajes históricos, el neorrománico, el neogótico, el neorrenacimiento o el neobarroco, se añadieron los modelos procedentes de la cultura oriental o influidos directamente en la naturaleza, dando lugar a una pluralidad de lenguajes que se justificaban por su afirmación indiscutible hacia la libertad de creación. A partir de 1900, finalmente, se difundió por Europa y América el último de los grandes estilos, el Art Nouveau, que implicaba la definitiva eliminación de los estilos históricos y la paulatina introducción de formas abstractas, especialmente el popular coup-de-fouet. En este contexto, amplio pero a la vez confuso, se sitúa el arte y la arquitectura modernista.
El término “modernismo” fue utilizado por primera vez en 1893 por Rubén Darío para calificar a la literatura, equiparándolo al concepto de “modernidad”; dos años más tarde, el propio autor nicaragüense lo asociaba al grupo de escritores del que él mismo formaba parte (M. Enríquez Ureña, Breve historia del modernismo, 1954). En el ámbito catalán, el término se impuso en la celebración de las Festes Modernistes del Cau Ferrat en Sitges (Barcelona), entre 1892 y 1899, de la mano de Santiago Rusiñol, quien, como Ramon Casas, se considera por estos años pintor “modernista”. A principios del s. XX, sin embargo, el término “modernismo” había sufrido una total descalificación y se asociaba a las actitudes bohemias y decadentistas a las que habían sido tan proclives los artistas modernistas o incluso al movimiento religioso que se conoció con el mismo nombre. Desde luego, no tenía entonces, ni mucho menos, la amplia aceptación que tiene actualmente; arquitectos como Gaudí, Domènech i Montaner o Puig i Cadafalch nunca se hubieran considerado arquitectos modernistas. El primero en utilizar el calificativo “modernista” como versión española de Art Nouveau fue un estudioso de Gaudí, J.F. Ràfols, en El arte modernista en Barcelona (1943); desde la publicación de El arte modernista catalán, de Alexandre Cirici (1951), puede considerarse un término asumido por la historiografía. En el ámbito de la crítica literaria, se ha generado un debate paralelo sobre la conceptualización del modernismo, que intenta precisar las identidades entre éste y la llamada Generación del 98. El debate sobre los límites entre ambos movimientos implica también el análisis de las artes plásticas y de la arquitectura, dado que muchos de los componentes que se han considerado ejemplares de la estética noventayochista –p. e., el regeneracionismo– se evidencian también en el ámbito de las artes del fin de siglo. Siguiendo este discurso, han proliferado en los últimos años del s. XX libros y exposiciones sobre la “estética del 98”, que se iniciaron con el ya mítico artículo de Enrique Lafuente Ferrari, “Pintura española y Generación del 98” (Arbor, núm. 36, 1948), y que ha culminado en la gran exposición La mirada del 98 (Madrid, 1998), organizada como conmemoración del centenario de las efemérides de 1898. Teniendo presentes estas circunstancias, y siguiendo la línea crítica de Rafael Ferreres (Los límites del modernismo y de la Generación del 98, 1964), el modernismo se define como un amplio concepto de época, que puede ser aplicado tanto a la literatura como a la arquitectura y a las artes plásticas o decorativas. Acomodar el repertorio visual a unos conceptos elaborados por la crítica literaria no es tarea fácil, pero no se puede negar que las artes del modernismo (o del 98) se caracterizaron, precisamente, por la voluntad explícita de sincronizar todas las artes. En cualquier caso, la arquitectura y las artes aplicadas y decorativas, por un lado, y las artes plásticas, por otro, deben tratarse separadamente. El sentido de la producción es muy distinto en uno y otro caso: la práctica de la arquitectura era dependiente tanto de las nuevas tecnologías de la construcción como de la producción en serie de las industrias subsidiarias; las artes plásticas, en cambio, se relacionaban más con las grandes cuestiones intelectuales del momento. Por otra parte, las artes aplicadas y decorativas están sujetas, en un grado muy elevado, a los gustos y modelos que se imponen en la arquitectura (no debe olvidarse que, desde mediados del s. XIX y por influencia de John Ruskin, dominaba en Europa la teoría según la cual había que tender hacia la unidad de todas las artes bajo la primacía de la arquitectura). Además, el enorme prestigio que alcanza la arquitectura en una época en la que se sistematizaban los contenidos profesionales llevó a estos nuevos técnicos a tener un papel dirigente en el diseño de las artes aplicadas y también en la concepción de los interiores de las viviendas o edificios públicos.
–El modernismo en la arquitectura y las artes aplicadas. La primera cuestión que habría que clarificar respecto a la arquitectura y a las artes aplicadas del modernismo, tanto en España como en el resto del mundo occidental es que, a pesar de su espectacularidad, se trataba de un movimiento de carácter minoritario. El gran estilo del momento fue el ecleticismo, que aportaba una gran capacidad para asumir los nuevos avances técnicos y adaptarse a las necesidades de la nueva sociedad burguesa. Sólo desde la evolución de la crítica a lo largo del s. XX, se ha primado la “originalidad” del modernismo frente a la “convencionalidad” que aportaba el eclecticismo. Pero ambas actitudes, la ecléctica y la modernista o Art Nouveau, convivían en aquellos años y muchas veces los mismos arquitectos alternaban o combinaban ambos estilos. En España, el eclecticismo se refuerza, además, con la formulación del movimiento regionalista (un concepto que se puede aplicar a la pintura, a la escultura o a la arquitectura), que seleccionaba, entre los estilos del pasado, los trazos que podían considerarse genuinamente españoles. Pero el modernismo –excepto en Cataluña, donde desde fecha muy temprana se consideró como un estilo propio o “nacional”– fue un lenguaje cosmopolita que se sobreponía a las realizaciones eclécticas y regionalistas, dentro de una amplia consideración ecléctica de la arquitectura, de manera que cada función social podía justificarse con un estilo arquitectónico propio. En este contexto, el modernismo fue el lenguaje idóneo para edificios comerciales, de ocio, de vacaciones o de toda actividad a la que quisiera dar un sentido festivo y, sobre todo, cosmopolita. Las dos escuelas de arquitectura existentes entonces en España tuvieron un papel muy destacado en la formación de los arquitectos y, de alguna manera, divulgaron dos maneras distintas de entender el fenómeno modernista: por un lado, la más antigua escuela de Madrid, desde la que sus profesores impulsaban el modernismo o Art Nouveau como un eclecticismo más; por otro, la escuela de Barcelona, que divulgó específicamente lo que se conoce como “modernismo catalán”. Los ámbitos de influencia de ambas escuelas determinaron la dispersión geográfica del modernismo en España: si los modelos de la escuela de Madrid se reflejaban en la mayoría de regiones peninsulares, la influencia de Barcelona se hacía notar en la cuenca mediterránea (Baleares, Valencia, Murcia, etc.), hasta una interesante inclusión en Melilla.
La arquitectura modernista catalana es, sin duda, la que ofrece mayor originalidad, originalidad que deriva de la renovada visión del eclecticismo que tuvo en sus primeros momentos, definidos como “primer modernismo”. Dos jóvenes profesores asociados de la Escuela de Arquitectura, Lluís Domènech i Montaner (1850-1923) i Josep Vilaseca (1848-1910), se pronunciaban en la década de 1880 por un nuevo eclecticismo frente a la arquitectura de signo romántico y arqueologista. Proponían seguir el modelo de la arquitectura centroeuropea de Shinckel a Semper como complemento a la indiscutible autoridad de Viollet-le-Duc. El resultado de esta síntesis fue la elaboración de un nuevo eclecticismo, basado en la libertad absoluta de modelos, que potenció la enorme creatividad de la década de 1890. Por otro lado, el nacionalismo creciente propugnaba la permanencia de un lenguaje tardo-gótico con el objetivo de recuperar los modelos autóctonos; esta mentalidad es especialmente importante en las artes aplicadas, que se vuelcan hacia la recuperación de los antiguos oficios artesanales. Se trata de una última revisión del gótico, muy alejada del neogótico de signo arqueológico que había caracterizado la arquitectura romántica. Todos los arquitectos del momento sintieron la fascinación por el arte gótico: Antoni Gaudí (1852-1926) lo evidenciaba en el ábside de la Sagrada Familia o en el Palau Güell (1885-1889), Puig i Cadafalch realizaba entonces la Casa Ametller (1898-1900) y en la misma línea trabajaban Antoni M.ª Gallissà (1861-1903), Doménech i Montaner en el cementerio de Comillas (1893) y el resto de los arquitectos. La aceptación que este gusto medievalista y arcaico tuvo entre la sociedad catalana es la clave para entender la evolución del modernismo catalán, que no renunció nunca al mantenimiento de un lenguaje autóctono, junto a una importante dosis de creatividad que, con la utilización de las modernas técnicas y materiales –tanto en la arquitectura como en las industrias de artes aplicadas–, dotaban a la arquitectura de una imagen de modernidad. El modernismo catalán alcanzó su madurez en la primera década del s. XX, con la introducción del Art Nouveau europeo. Arquitectos como Enric Sagnier (1858-1931) utilizaron el lenguaje Art Nouveau como un eclecticismo más; otros, entre ellos Gaudí, se orientaron hacia la elaboración de un estilo plenamente original. Gaudí abandonó los estilos medievalistas a partir de la Casa Calvet (1898-1900), avanzando hacia una línea abstracta plenamente original, obsesionado, por una parte, por la búsqueda de un lenguaje simbólico de la arquitectura y, por otra, por los problemas técnicos de la resistencia de materiales y los nuevos de métodos de proyección, que concretó en el estudio de las estructuras por el cálculo funicular. Gaudí ejerció una gran influencia en arquitectos como Joan Rubió i Bellver (1871-1952), Josep M.ª Jujol (1879-1949), Francesc Berenguer (1866-1914), Lluís Muncunill (1868-1931) o Salvador Valeri (1873-1954). Un camino distinto era el emprendido por Rafael Masó (1881-1935), que desarrolló en la prov. de Girona, una serie de edificios inspirados en la Secesión vienesa, que presentaba como alternativa a un modernismo más convencional. En esta etapa, Puig i Cadafalch se mantuvo siempre fiel al discurso historicista iniciado en la década de 1890, mientras Doménech i Montaner elaboraba su lenguaje más maduro, una revisión totalmente original a partir de la naturaleza, con un profundo conocimiento de los nuevos materiales y procedimientos técnicos. A partir de 1905 trabajaba en sus obras más emblemáticas, el Palau de la Música Catalana y el Hospital de Sant Pau. En la isla de Mallorca puede reseñarse la presencia de obras muy representativas de los principales arquitectos catalanes: el Gran Hotel de Palma de Mallorca (1901-1903), de Domènech i Montaner; la intervención de Gaudí en la catedral (1904-1914), o las múltiples intervenciones de Rubió i Bellver en Sóller, Palma de Mallorca y el monasterio de Lluch. Entre los arquitectos locales destaca la personalidad de Gaspar Bennazar (1869-1933) que, por la utilización del hierro fundido y racionalidad de la ornamentación, hace pensar en Domènech i Montaner (Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Baleares, Palma de Mallorca, 1904-1906). Puede citarse también la obra de Francesc Roca (1874-1940), autor de la Casa Casassayas (1908-1910), que terminó Guillem Reynés (1877-1918), también en Palma de Mallorca. En el resto del área mediterránea destaca el caso de la c. de Valencia, que desarrolló una original versión de la Secesión vienesa, con la producción de Vicente Ferrer (1874-1960) y Javier Goerlich Lleó (1886-1972), pero, sobre todo, con Demetri Ribes (1875-1921), autor de la Estación del Norte (1906). La obra de Ribes se aproxima ya al lenguaje racionalista; debe reconocerse, además, su labor como introductor de una técnica poco utilizada en la España del momento, el cemento armado, que aunó con un renovado interés por las artes aplicadas. Otros enclaves modernistas de la Comunidad Valenciana son Alcoy y Novelda (Alicante), especialmente esta última c., donde coincidió la modernidad de unos propietarios con la calidad de un arquitecto Pedro Cerdán Martínez (1863-1947), alumno de la Escuela de Arquitectura de Madrid, quien, no obstante, utilizaba el modernismo como una posibilidad dentro de un amplio repertorio ecléctico. Finalmente, Cartagena (Murcia), convertida en un centro comercial de primer orden, con una burguesía enriquecida a partir de la explotación minera, acogió la obra de Víctor Beltrí Roquetas. La presencia de un arquitecto catalán en Melilla marcó una tardía muestra de la arquitectura nacida en la escuela de Barcelona.
En la Escuela de Arquitectura de Madrid se recibía la influencia del modernismo desde una perspectiva más internacionalista. Puede apuntarse la presencia de un primer episodio modernista en el palacio urbano (hoy sede de la Sociedad General de Autores) que el banquero Javier González Longoria había encargado en 1902 a José Grases Riera, quien combinaba la calidad del diseño con el empleo del hierro en sus estructuras. Pero la asimilación del estilo se debe, sobre todo, a la resonancia que obtuvo el concurso internacional organizado para la construcción de la nueva sede del Casino de Madrid (1903) y la celebración de VI Congreso Internacional de Arquitectos al año siguiente. En realidad, el modernismo se impuso a partir de 1911 como “estilo francés moderno” para diferenciarse del estilo “segundo imperio” en la residencia burguesa plurifamiliar. Ese mismo espíritu es el que inspiró el modernismo en la mayoría de capitales de Castilla, como Valladolid, Salamanca o Burgos. Un proceso similar puede apreciarse en la c. de Zaragoza; la gran exposición hispano-francesa de 1908 daba a conocer el estilo que iba a ser utilizado como un eclecticismo más por los arquitectos, entre los que destacó Ricardo Magdalena (1849-1910). En toda la cornisa N. de la Península, en A Coruña, Bilbao o San Sebastián, el modernismo fue un estilo de moda, moderno y cosmopolita, ideal para la llamada “arquitectura del ocio”, que comprende desde las residencias de veraneo hasta una elaborada arquitectura festiva de quioscos, casas de baño, pasarelas, pequeños cines o teatros, de los que, lamentablemente, una gran parte han desaparecido; al mismo tiempo se convirtió en un estilo diferencial en algunas ciudades industriales, como Vigo (Pontevedra) o Gijón (Asturias). Destaca, por su originalidad, la arquitectura gallega, que adaptó las formas sinuosas del modernismo a su propia tradición constructiva: en Vigo, con el uso masivo en las fachadas del granito local; en A Coruña y El Ferrol, con la adaptación de las galerías exteriores decimonónicas, que lograron en estos años sus más bellos diseños. Entre los arquitectos, puede citarse a: Julio Galán Carvajal (1875-1939), activo en A Coruña y que se trasladó a Oviedo en 1912; Benito Gómez Román (1968-1908), en Vigo; y Rodolfo Ucha Piñeiro (1882-1973), en El Ferrol. Julio Galán, instalado en Oviedo, dejó en el barrio de Uría diseños de gusto modernista que se fueron depurando con el paso del tiempo. En las regiones del N., el modernismo se convirtió en un estilo cosmopolita, a pesar de que en Asturias no tuvo la incidencia del movimiento regionalista, ni en el País Vasco, la del denominado “estilo inglés”. Un fenómeno similar puede apreciarse en las provincias del S., donde la pujanza del regionalismo diluyó las intervenciones modernistas o Art Nouveau. Cádiz, la c. cosmopolita por excelencia, generó numerosas muestras modernistas en comercios y establecimientos de toda índole, muchas veces siguiendo modelos británicos. Estos mismos esquemas, justificados por las relaciones comerciales entre España y la Gran Bretaña, explican la tímida introducción de la arquitectura modernista tanto en Jerez de la Frontera (Cádiz) como en el conjunto de las islas Canarias.
–El modernismo en las artes plásticas. La consideración del fenómeno modernista en las artes plásticas es bastante ambigua, pues “modernismo” se asociaba a “modernidad”, lo que llevó a calificar como “modernista” un tipo de producción que, en realidad, habría que definir como “impresionista”. Los primeros artistas en adoptar los cambios temáticos y técnicos que representaba el impresionismo fueron Adolfo Guiard (1860-1916) en el País Vasco, y Ramon Casas y Santiago Rusiñol en Cataluña: Guiard se convirtió en el primer pintor español moderno al regresar de su larga estancia en París, en 1886; por su parte, Casas y Rusiñol, en una exposición conjunta realizada en la Sala Parés de Barcelona en octubre de 1890, presentaron una serie de pinturas trabajadas también en París, que revolucionaron a la sociedad catalana. En las artes plásticas, sin embargo, sólo pueden considerarse modernistas en sentido estricto las obras que temáticamente responden al gusto simbolista. El simbolismo como lenguaje estético se fraguó lentamente desde el romanticismo y culminó en pluralidad de opciones plásticas que defendían los contenidos significativos de la obra de arte. Pero la compleja evolución de los movimientos de carácter simbolista que tuvieron lugar en Europa a lo largo de medio siglo (prerrafaelismo, parnasianismo, estetecismo o decadentismo) se asimilaron en España de forma globalizada en la última década del s. XIX. La III Festa Modernista, organizada por Santiago Rusiñol en su reducto del Cau Ferrat de Sitges (Barcelona), cuyo acto central fue un certamen literario, es considerada por la historiografía como la primera manifestación simbolista documentada en España. Paralelamente, la pintura de Rusiñol evolucionaba: primero se fascinó por los primitivos italianos; más tarde descubrió la pintura de El Greco y de Puvis de Chavannes, elaborando obras de un decadentismo evidente, como La morfinómana (1894, Museo del Cau Ferrat, Sitges). Las posiciones más esteticistas eran defendidas por Alexandre de Riquer (1856-1920), buen conocedor del arte japonés, que había viajado a Inglaterra en 1894. En Madrid, desde 1903, en las tertulias organizadas en el Café Levante, promovidas por Ricardo Baroja y Ramón del Valle Inclán, se imponían dos líneas estéticas: por un lado, la tendencia vanguardista de tipo expresionista, representada por Gutiérrez Solana y Ricardo Baroja; por otro, la doctrina simbolista que defendía Valle Inclán, que se concretó en la producción de Anselmo Miguel Nieto (1881-1964) y Julio Romero de Torres (1874-1930). Julio Romero de Torres alcanzó su plena madurez artística a la vuelta de un viaje a Italia en 1907, después del que trabajó en obras tan representativas dentro del simbolismo español como La Musa Gitana (1908, Museo de Arte Contemporáneo, Sevilla) o Nuestra Señora de Andalucía (1908, Museo Julio Romero de Torres, Córdoba). El pintor francés Puvis de Chavannes, convertido en mito entre los artistas de fin de siglo, determinó un gran auge de la pintura mural; sólo ésta podía alcanzar los valores simbólico-decorativos, por la conjunción de adecuar una temática al gran escenario en que se convertía la arquitectura, la mayor de las artes, que debía integrar tanto las artes plásticas como las decorativas. Las grandes construcciones de la época iban acompañadas de grandes composiciones murales, como el conjunto del salón principal del Casino de Madrid, obra de Emilio Sala (1850-1910), que completó su discípulo Cecilio Pla (1860-1934), o los óleos del Círculo de la Amistad (1905) de Julio Romero de Torres. Como ejemplo tardío puede señalarse la obra de José M.ª Sert (1874-1945), que elaboró un estilo personal recogiendo la tradición de la gran pintura barroca. Otros artistas adaptaron la temática del simbolismo como un estilo más, al considerarlo acorde con el espíritu de crisis que caracterizaba el fin de siglo. Es el caso, p. e., de Eduardo Chicharro (1873-1949), autor de un espléndido retablo titulado El poema de Arminda y Reinaldo (1904, Museo de Jaén, depósito del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía); el pintor zaragozano Francisco Marín Bagüés (1879-1961), con su Santa Isabel de Portugal (1910, Diputación Provincial de Zaragoza); el asturiano José Ramón Zaragoza (1874-1947) o el artista sevillano Virgilio Mattoni (1842-1923). No podemos dejar de señalar la importancia de la escultura en los años del simbolismo, en gran parte como consecuencia del enorme prestigio alcanzado por el gran renovador de la escultura contemporánea, Auguste Rodin. El escultor catalán Josep Llimona (1864-1934), ya en la década de 1890, abandonó el realismo costumbrista en obras como Modèstia (1891, con múltiples versiones en bronce y yeso), culminó su trayectoria en obras como Desconsol (1907, versión en mármol, Barcelona, Museu Nacional d’Art de Catalunya). Puede citarse, así mismo, a los también escultores catalanes Enric Clarasó (1857-1941) o Miquel Blay (1866-1938), sin olvidar aquellos que se especializaron en escultura aplicada o decorativa, que, como en el caso de la pintura mural, se supeditaba a la arquitectura en aras de alcanzar la obra de arte total; así, Eusebi Arnau (1863-1933) en Cataluña o Manuel Garnelo y Alda (1878-¿?) en Andalucía. Destacan, además, algunos escultores simbolistas que consiguieron llevar la expresividad de sus formas a un estilo muy próximo a la vanguardia; éste es el caso, p. e., de los escultores vascos Paco Durrio (1868-1940) o Nemesio Mogrovejo (1875-1910) o del mismo Pablo Gargallo (1881-1934). La pintura simbolista española, finalmente, destaca por la presencia de un último y tardío episodio del arte modernista-simbolista. Se trata de la producción del pintor canario Néstor Martín Fernández de la Torre (1887-1938), autor del espléndido Poema de los elementos, que debía convertirse en un gran poema visual de la Naturaleza del que llegó a componer el Poema del Agua o Poema del Atlántico (1913-1923, Museo Néstor, Las Palmas de Gran Canaria) y el Poema de la Tierra (1927-1938), a los que debían seguir el Poema del Aire y el Poema del Fuego. [M.F.S.]

CIENCIA-TÉCNICA

Ochoa de Albornoz, Severo. (Luarca, Valdés, Asturias, 24-IX-1905 – Madrid, 1-XI-1993). Médico y bioquímico. Cursó el bachillerato en el Instituto de Málaga, donde la influencia de un joven profesor de química, Eduardo García Rodeja, le atrajo hacia las ciencias naturales. Durante un tiempo había pensado estudiar ingeniería, pero su escasa disposición para las matemáticas y su creciente interés por la biología, le hicieron desistir en su primer empeño. En 1923 se matriculó en la Facultad de Medicina de la Universidad de Madrid; aunque nunca tuvo el propósito de dedicarse a la práctica médica, ésta era la carrera que en aquel momento proporcionaba el mejor acceso al estudio de la biología. La lectura del libro de Santiago Ramón y Cajal Reglas y consejos sobre la investigación científica estimuló su fervor por la ciencia. “No puedo describir lo decepcionado y triste que me sentí –escribió Ochoa– cuando me di cuenta que el septuagenario Cajal se había retirado de su cátedra”. Sin embargo, tuvo la fortuna de que uno de sus discípulos, Francisco Tello, profesor de patología, motivase la decisión de dedicar su vida a la investigación biológica de modo irrevocable. En el segundo curso de la carrera, Ochoa entró en el ámbito del joven y brillante profesor Juan Negrín, formado con el fisiólogo Ewald Hering en la Universidad de Leipzig. Negrín regía la cátedra de Fisiología de la Facultad de Medicina con fascinantes perspectivas debido a su renovadora visión del mundo de la ciencia moderna. No disponía entonces la facultad más que de un laboratorio destinado a prácticas; Negrín ofreció a Ochoa la posibilidad de trabajar por las tardes en la Residencia de Estudiantes, donde la Junta para Ampliación de Estudios había instalado laboratorios de investigación, dirigidos por los profesores Negrín, (fisiología), Pío del Río Hortega (neurohistología), Calandre (cardiología) y Paulino Suárez (microbiología). El primer trabajo científico de Ochoa, realizado en colaboración con su compañero García Valdecasas, versó sobre un micrométodo para la determinación de la creatinina. En 1927, Ochoa publica con José Hernández Guerra, profesor ayudante de Negrín, un manual destinado a los estudiantes titulado Elementos de Bioquímica. En 1928 concluye sus estudios de Licenciatura y un año después obtiene el doctorado en Medicina cum laude, con una tesis sobre Los hidratos de carbono en los fenómenos químicos y energéticos de la contracción muscular. En su última etapa de estudiante de Medicina había pasado un verano en el laboratorio del profesor Nöel Paton, en Glasgow (Escocia), donde investigó una actividad biológica de los cuerpos guanidínicos, cuyos resultados fueron publicados en los Proceeding de la Real Sociedad de Londres. Atraído por el trabajo de Otto Meyerhof, “Premio Nobel” en 1922, acerca de la química de la contracción muscular, Ochoa trabajó en su laboratorio de biología del Kaiser Wilhelm Institute, en Berlín y, posteriormente, en el de Heidelberg (“Meyerhof fue el maestro que contribuyó a mi formación e influyó en la formación ulterior de mi vida de modo más decisivo”). Ochoa convive entonces con grandes bioquímicos, como Fritz Lipmannn, David Nachmansohn, Hans A. Krebs, Rudolph Schönheimer, Ernst Chain, Karl Meyer y Otto Warburg. En 1932 se traslada al laboratorio del bioquímico Harold W. Dudley, en el National Institute for Medical Research de Londres, donde trabaja con su primer enzima, la glioxalasa. De regreso a España, es nombrado profesor auxiliar de fisiología en la cátedra de Negrín y, posteriormente, jefe del Departamento de Fisiología del Instituto de Investigaciones Médicas, creado en la nueva Facultad de Medicina de la Ciudad Universitaria por el profesor Carlos Jiménez Díaz.
La Guerra Civil (1936-1939) impulsó a Ochoa a continuar su labor de investigación fuera de España. Empieza entonces su peregrinación por una Europa en guerra, no como exiliado político, sino como exiliado científico. Es reclamado por su maestro Meyerhof y pasa una temporada en Heidelberg, cuyo laboratorio de fisiología se había transformado en laboratorio de bioquímica. Ochoa termina su trabajo de la glicólisis en el corazón, aísla ADN puro de músculo esquelético, y realiza algunos estudios de la transfosforilación en extractos musculares, en colaboración con Olhmeyer. El hecho de que Meyerhof fuese judío le obligaba en aquellos primeros momentos de la II Guerra Mundial (1939-1945) a trasladarse a Estados Unidos. Antes de marchar, consigue a través de su amigo A.V. Hill –con quien había compartido el “Premio Nobel”– una beca para que Ochoa trabajara en el Laboratorio de Biología Marina en Plymouth, en Inglaterra. En esta nueva etapa realiza estudios de las reacciones de transfosforilación y de la distribución de ADN en el músculo de invertebrados, en los que es ayudado por Carmen, su mujer, con la que publica un trabajo en la revista Nature. Antes de expirar la beca, el doctor W.R.C. Atkins le proporciona un puesto excelente en el laboratorio del profesor Rudolph A. Peters, en Oxford. De esta época datan ciertos trabajos de extraordinario interés a través de los cuales Ochoa establece un método de valoración separado de la vitamina B1 y la cocarboxilasa, y demuestra la existencia de un sistema enzimático capaz de llevar a cabo la fosforilación de la vitamina B1. También el período de trabajo en Oxford fue interrumpido por la II Guerra Mundial, desde que el Departamento de Bioquímica fue utilizado para trabajos relacionados con el conflicto bélico; Ochoa, como extranjero, consideró que tenía que permanecer al margen: “Comencé a sentirme aislado y solo y empecé a pensar en irme”. Tenía interés en trabajar con el matrimonio Carl y Gerty Cori –que años después obtendrían el “Premio Nobel”– en la Escuela Universitaria de Medicina Washington, de San Luis (Missouri), en cuyo laboratorio se desarrollaba el estudio de las enzimas, y donde el trabajo sobre la fosforilasa estaba en pleno apogeo. Ochoa adquirió entonces una valiosa experiencia en las técnicas de aislamiento y caracterización de esteres fosfóricos y otros metabolitos relacionados y, sobre todo, se familiarizó con algo que en el futuro le iba a resultar muy útil: el aislamiento y la caracterización de enzimas. En 1942 se traslada al New York University College of Medicina, donde ocupó los cargos de investigador asociado en el Departamento de Medicina y, sucesivamente, de profesor asistente de bioquímica, profesor y director del Departamento de Farmacología y, desde 1954, profesor y director del Departamento de Bioquímica. En estos años, el grupo de Ochoa estuvo formado por jóvenes investigadores procedentes de la comunidad científica internacional y algunos españoles en su etapa posdoctoral. En 1955, Ochoa y su grupo logran sintetizar por primera vez fuera de la célula viva un ácido ribonucleico de alto peso molecular. La comunicación de este hallazgo fue presentada en la reunión de la Federación de Sociedades Americanas de Biología Experimental que tuvo lugar en San Francisco y en el Congreso Internacional de Bioquímica celebrado en Bruselas en el verano del mismo año. Este primer trabajo sobre la enzima denominada “polinucleótido fosforilasa” fue publicado en forma de carta a los editores en el Journal of the American Chemical Society, a pesar del informe adverso de uno de los asesores de la revista. Simultáneamente a los estudios de Ochoa sobre la síntesis de ARN con polinucleótido fosforilasa, su discípulo Arthur Kornberg logra la síntesis enzimática ADN. Konrberg, que ha aprendido a manejar las enzimas en el laboratorio de Ochoa, continúa su trayectoria científica adscrito a la Universidad de Stanford (California) como profesor de bioquímica. En 1959, Ochoa y su discípulo Arthur Kornberg reciben el “Premio Nobel”. Tres años antes, Severo Ochoa y su esposa Carmen habían adquirido la nacionalidad americana: “El país nos había abierto los brazos desde el primer momento. Tuve todo lo que tuve mientras aún era súbdito español y fui miembro de importantes comités científicos del Estado americano. Todo ello nos movió el ánimo hacia una gratitud y un cariño entrañables”.
Dado que Ochoa no se considera un exiliado político, cuando le es posible pasa algunos veranos en su Asturias natal y viaja por España. Destruida material y moralmente la escuela neurohistológica de Cajal, como consecuencia de la Guerra Civil, dispersos en el exilio Río Hortega y sus discípulos, así como el grupo de fisiólogos formados por Negrín, Ochoa no había olvidado que también él se había visto obligado a salir al extranjero en busca de ambiente científico. Su presencia en España fue cada vez más frecuente desde entonces. En el mes de julio de 1961 preside en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander la I Reunión Bioquímica, que congrega a los distintos grupos científicos que trabajan dispersos y que se clausura con una intervención del “Premio Nobel” en la que se refiere a los últimos trabajos realizados en su laboratorio de la Universidad de Nueva York sobre el “Metabolismo del ácido propiónico en tejidos animales”. Como consecuencia de este primer contacto, en la II Reunión, celebrada dos años después en la Universidad de Santiago de Compostela, se crea la Sociedad Española de Bioquímica. Con el propósito de interesar a la juventud universitaria por la fascinación de la ciencia, Ochoa imparte un curso de conferencias en la Sociedad de Estudios y Publicaciones de Madrid, dirigida por Xavier Zubiri, sobre “La base química de la herencia: la clave genética”: “Era, y aún es, mi mayor deseo que vuelva a florecer la ciencia en mi país como floreció en tiempos de Cajal”. Su grupo de trabajo se encuentra en un buen momento para introducirse a fondo en uno de los aspectos fundamentales de la biología, como es el papel de ARN en la transferencia de la información genética y la relación que existe entre la estructura de los ácidos nucleicos y la estructura de las proteínas. El disponer de un reactivo privilegiado como la enzima polinucleótido fosforilasa lleva al laboratorio de Ochoa a abordar estos trabajos. Se vislumbra que el desciframiento del código genético tiene que llegar muy pronto. Se establece entonces una fuerte competencia entre los laboratorios de Ochoa y M. W. Nirenberg. Este último, en colaboración con el químico H.G. Khorana, llega simultáneamente a los mismos resultados y completa brillantemente el desciframiento del código genético iniciado por Ochoa, con lo cual Nirenberg y Khorana compartieron el “Premio Nobel” en 1968. Sin embargo, el nombre de Ochoa fue propuesto de nuevo para el “Premio Nobel”. El descubrimiento de la enzima polinucleótido fosforilasa, por Ochoa, constituye uno de los pilares que marcan el comienzo de la biología molecular. Ésta se había iniciado con la hipótesis de Watson y Crik de la estructura doble helicoidal de ADN. Cuando alcanzó la edad de jubilación en la New York University, Ochoa tuvo el propósito de prolongar su estancia en España y de reducir el tiempo de residencia en Estados Unidos para dedicar más tiempo al desarrollo del proyecto del Centro de Biología Molecular, organismo dependiente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y de la Universidad Autónoma de Madrid, cuyo origen se debía a una propuesta realizada por él mismo al ministro de Educación. Un posterior cambio ministerial interrumpió sine die la obra en marcha. Ochoa decidió entonces aceptar la dirección de un grupo de investigación en los nuevos laboratorios del Roche Institute of Molecular Biology, en Nutley (New Jersey), donde permaneció entre 1975 y 1985, año de su regreso a España. Desde la presencia de Ochoa en la reunión de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander (1961), sin embargo, el crecimiento del ambiente científico español era ya muy considerable. No en vano, su prestigio mundialmente reconocido había hecho posible que, al constituirse en Londres la Federación Europea de Sociedades de Bioquímica (FEBS), en la que quedaron agrupados 16.000 bioquímicos pertenecientes a veintidós países, la Sociedad Española de Bioquímica fuese uno de sus miembros fundadores. Más significativa aún es la intervención de Ochoa en el VI Congreso Internacional de Sociedades de Bioquímica celebrado en Madrid en 1969, que contó con la asistencia de 2.200 científicos y la intervención activa de ocho galardonados con el “Premio Nobel”. A su regreso a España en 1986, Ochoa dirigió en el Centro de Biología Molecular que lleva su nombre a un grupo de discípulos en trabajos relacionados con la biosíntesis de proteínas. En este tiempo publica algunos artículos en la prensa nacional, recogidos posteriormente con el título de Escritos y se prepara la edición de sus Trabajos Reunidos (1928-1986), publicados en cuatro volúmenes. Ochoa ha recibido, además del “Nobel”, los premios “Ramón y Cajal” y “Borden”, y la Medalla Neuberg, entre otros, considerados de primer orden en la comunidad científica mundial. Ha sido miembro de numerosas academias, como la Nacional de Ciencias de Estados Unidos, la American Philosophical Society, la Royal Society de Londres, la Academia Leopoldina de Halle (Alemania), la Real Academia de Ciencias de Madrid o la Academia de Ciencias de la URSS. Asimismo, fue investido doctor honoris causa por más de treinta universidades, entre las que figuran las de Oxford, Perugia, Miami, Nueva York, Santo Domingo, Guanajuato (México), Chile, Santo Tomás (Manila), Salamanca, Santiago de Compostela, Córdoba, Alicante, Málaga, Madrid, Valladolid y Valencia. También fue presidente de la Harvey Society de Nueva York, de la American Society of Biological Chemist, de la Unión Internacional de Bioquímica y de la Federación Panamericana de Federaciones de Bioquímica. Sus discípulos trabajan actualmente en numerosos países que incluyen España, Argentina, Chile, Brasil, EE.UU., India, Alemania, Inglaterra, Francia, Italia y Japón. Su obra ha supuesto, en palabras del profesor Laín Entralgo, “el logro de una meta de indiscutible trascendencia en el recto conocimiento de la urdimbre del proceso biológico de la vida”. [M.G.S.]

 

DEMOGRAFÍA

Migración. Desplazamiento geográfico de individuos o grupos, en general por causas económicas o sociales (vv. demografía, emigración, inmigración). La distribución actual de la población española se explica fundamentalmente por los movimientos migratorios internos que se han desarrollado, en oleadas sucesivas y con características diversas, a partir del último tercio del s. XIX. De hecho, según el Censo de Población de 1991, más de la mitad de los habitantes de España residía, en esa fecha, en un lugar distinto del de su nacimiento.
–Movimientos tradicionales. Desde el s. XVI y, sobre todo, a partir del s. XVIII, se fue desarrollando un proceso progresivo de vaciamiento del interior peninsular y concentración de los habitantes en la periferia, que alcanzó, en el último cuarto del s. XIX, una mayor intensidad. El origen de estas migraciones interiores está en los profundos desequilibrios socioeconómicos (campo-ciudad e interregionales) producidos por la industrialización, la urbanización de las ciudades y la mecanización del campo, aunque no comenzaron a ser masivas hasta que la emigración a América, hasta entonces predominante, se vio dificultada por el estallido de la I Guerra Mundial. Al mismo tiempo, la industrialización de Cataluña y del País Vasco atrajo a muchos campesinos de otras regiones que emigraron en busca de un trabajo en la industria, siendo ambas regiones, junto con Madrid, los destinos principales de esas primeras corrientes migratorias internas, favorecidas también por el desarrollo del ferrocarril. Según el Censo de 1900, el porcentaje de nacidos fuera de la prov. era de un 41,7% para Madrid, un 22,2% para Barcelona y un 26,4% para Vizcaya. La industria siderúrgica vasca atraía inmigrantes de Castilla y León, mientras que los puestos de trabajo de las industrias textiles y químicas catalanas eran ocupados por aragoneses y levantinos. Como segundo destino para los emigrantes estaban las capitales de sus propias provv. de origen. Junto a esta emigración definitiva, seguía existiendo una intensa emigración de carácter temporal, representada por cuadrillas de trabajadores que se desplazaban de unas regiones a otras con ocasión de la siega en verano, la vendimia en otoño o la cosecha de la aceituna en otoño-invierno.
–Periodo 1900-1960. Entre 1900 y 1930 se fue incrementando de forma acelerada el flujo migratorio interno, al coincidir la dificultad para la emigración ultramarina con la crisis del mundo rural (aumento de la presión demográfica, crisis de la filoxera en las zonas vitivinícolas y mecanización de las regiones cerealistas, con el consiguiente aumento del paro) y la creación de puestos de trabajo en las industrias catalanas y vascas, en el sector servicios en Madrid y en las grandes obras públicas promovidas por la Dictadura de Primo de Rivera (1923-1929). La comparación de los censos con los movimientos naturales de la población ha permitido estimar en unos tres millones los desplazados en esos treinta años. Las regiones que más pérdidas registraron fueron Galicia, Andalucía oriental y varias provv. castellanas y levantinas; los destinos preferidos continuaron siendo Cataluña (Barcelona), la región central (Madrid) y el País Vasco (Vizcaya). Entre 1930 y 1950 descendieron las migraciones internas de origen económico, y las que se produjeron tuvieron más bien un carácter político, consecuencia de los avatares de la II República (1931-1939), la Guerra Civil (1936-1939) y la posguerra. En la década de 1950 renacieron los movimientos tradicionales hacia Cataluña, País Vasco y Madrid, a los que se suman como regiones de destino Asturias, con la creación de la Empresa Nacional Siderúrgica, S.A. (Ensidesa), o Levante; como regiones de origen, Galicia, Castilla, Extremadura, Andalucía y Canarias, principalmente.
–Periodo 1960-1975. En 1960 comenzó la segunda gran etapa en el desarrollo de las migraciones interiores recientes, cuyas características son la intensificación del éxodo rural, de carácter familiar y definitivo, dirigido de forma masiva hacia las grandes ciudades; la aparición de nuevos destinos ligados a los Polos de Desarrollo industrial o al turismo, que se sumaron a los tradicionales; la importancia de las migraciones intraprovinciales, dirigidas hacia las capitales de prov. u otros núcleos urbanos y utilizados, muchas veces, como trampolín inicial para movimientos a más larga distancia; y la aparición de nuevos movimientos inter e intraurbanos en el seno de las áreas metropolitanas de las grandes ciudades, principalmente Barcelona y Madrid, en constante crecimiento. A partir de 1962 aparecieron nuevas fuentes para el estudio de las migraciones interiores (Estadística de Variaciones Residenciales, realizada a partir de los boletines de altas de residencia municipal, informaciones obtenidas de los padrones y los censos de población...), que permiten dar cifras más ajustadas a la realidad: durante este periodo, más de 400.000 personas (500.000 en 1964) cambiaron anualmente de mun. de residencia, reflejándose en el padrón de 1975 que más de 13.000.000 de habitantes habían cambiado de residencia mun. alguna vez en su vida. En el periodo de máximas migraciones (1962-1975), las regiones inmigracionales fueron Barcelona y el litoral catalán, Madrid, el País Vasco litoral y Alto Ebro, las regiones valenciana y murciana, Canarias y las islas Baleares, es decir, las regiones industriales y turísticas; cuatro provincias, Barcelona, Madrid, Valencia y Vizcaya atrajeron el 53,7% de la emigración. Andalucía, Galicia y las regiones del interior siguieron siendo emigracionales, aunque dentro de ellas se produjeron movimientos en beneficio de los polos industriales o de los centros turísticos de Sevilla, la Costa del Sol, Vigo, A Coruña, Valladolid, Zaragoza, Navarra o Álava. A partir de 1970 comenzaron a apuntarse nuevas tendencias migratorias; por una parte, descendieron los emigrantes procedentes de munn. rurales o semirrurales (hasta 10.000 h.); por otra, entró en crisis el crecimiento de las grandes metrópolis en favor de las ciudades de tamaño medio (entre 10.000 y 100.000 h.), que en 1974 fueron el destino de casi la mitad de los emigrantes.
–Desde 1976. En 1976 comenzó un nuevo ciclo en las migraciones interiores, caracterizado por los siguientes hechos: descenso general de los volúmenes migratorios, disminución del papel de los grandes polos de atracción tradicionales en favor de nuevos focos, surgimiento de movimientos de contracorriente (regiones inmigracionales que se convierten en emigracionales y viceversa) y aumento de los retornos y de las migraciones de corta y media distancia frente a las de larga distancia. Los efectos de la crisis económica mundial, que comenzó en 1973, se dejaron sentir también en los movimientos interiores; el paro, especialmente en las zonas industriales, frenó e incluso invirtió las tradicionales corrientes migratorias: aunque entre 1976 y 1984 el promedio de movimientos anuales se mantuvo por encima de los 300.000 habitantes, esta cifra incluye también a los que retornaron a sus regiones de origen. Todas las regiones tradicionalmente emigracionales redujeron su emigración o se convirtieron en inmigracionales por los retornos: en 1981, las provv. con saldos de más de 1.000 inmigrantes fueron Madrid, Las Palmas, Baleares, Sevilla, Zaragoza, Murcia y Badajoz. Las regiones inmigracionales, por su parte, redujeron sus saldos inmigratorios (Madrid y Cataluña) o incluso se convirtieron en emigracionales (País Vasco): en 1981, los saldos emigracionales más fuertes correspondieron a las provv. de Barcelona, Vizcaya y Guipúzcoa. Sin embargo, las islas Canarias y Baleares y las regiones del litoral mediterráneo, con una economía basada en el turismo, la agricultura de exportación y la pequeña industria, resistieron mejor la crisis y obtuvieron saldos migratorios positivos. Al mismo tiempo, al escasear los empleos, disminuyó la movilidad inter e intrametropolitana y aumentó la emigración de salida de los munn. de más de medio millón de habitantes. En este periodo fueron los munn. entre 20.000 y 500.000 h. los que registraron mayores movimientos de población, tanto de procedencia (munn. de más de 100.000 h.) como de destino (munn. hasta 100.000 h.), lo que da idea del carácter predominantemente interurbano de las migraciones en estos años. En cuanto a las características de los emigrantes, en las salidas predominan los jóvenes solteros que van a las ciudades en busca de empleo, mientras que los retornos a las regiones de origen fueron protagonizados por jubilados hasta 1980, y por personas de todas las edades a partir de esa fecha, como reflejo de las dificultades laborales existentes en esos años. Entre 1986 y 1990 se produjo una rápida recuperación económica, basada en la aparición de nuevos sectores productivos competitivos y en el desarrollo de los sectores terciario y cuaternario. Ello provocó la recuperación del atractivo de las zonas económicamente dinámicas, que pasaron a ser las turísticas, y determinadas ciudades medias: las provv. más receptivas eran Girona, Baleares, Las Palmas y Tarragona, seguidas por Málaga, Lleida, Sevilla, Almería y Santa Cruz de Tenerife. Las provv. tradicionalmente emigratorias retomaron ese papel, con tasas no demasiado intensas. Sólo Guipúzcoa, Vizcaya y Barcelona no consiguieron recuperarse y conservaron unos balances muy desfavorables, aunque esta última se vio favorecida por la nominación de su cap. como sede olímpica. La primera mitad de la década de 1990 fue de nuevo una etapa marcada por la recesión económica, que volvió a disparar las tasas de paro y a frenar los índices de crecimiento de la economía española; tras los acontecimientos de 1992 (Juegos Olímpicos de Barcelona y Exposición Universal de Sevilla) finalizó la recuperación experimentada durante los años anteriores. Todo ello influyó en las migraciones: provv. como Granada, Huesca, Albacete, Cáceres y Badajoz volvieron a expulsar población de forma importante, lo mismo que Barcelona una vez finalizado el proyecto olímpico, y mantuvieron sus tasas negativas Guipúzcoa, Vizcaya, Ávila, Teruel, León y Zamora. La prov. de Madrid, por su parte, presentó un balance negativo, aunque con unas características particulares: si bien la cap. ya presentaba dicho balance en etapas anteriores, la prov. había mantenido su carácter receptivo incluso en los momentos de mayor crisis; en la década de 1990, sin embargo, se asistió al efecto de una expansión residencial que sobrepasó los límites provinciales y que provocó que las tasas de crecimiento más intensas a nivel nacional se situaran en el entorno de Madrid, concretamente en Guadalajara y Toledo, que se convirtieron en una ampliación del área de influencia de la c. central. Hay que destacar, en el último cuarto del s. XX, el incremento progresivo de la movilidad intraprovincial, de corta distancia, que supuso, a principios de la década de 1990, un 58% del total: este incremento se produjo sobre todo en las grandes ciudades, en las que más del 60% de los emigrantes procede de sus propias provv., en las capitales de prov. y ciudades medias y en áreas de grandes desequilibrios internos como son las zonas litorales de intenso desarrollo. Por otra parte, la saturación de las grandes urbes ha favorecido la aparición de procesos de periurbanización, que suponen el auge de las ciudades medias, e incluso de munn. de pequeño tamaño, que se encuentran en sus áreas de influencia: los desplazamientos ya no tienen carácter estrictamente laboral, sino que obedecen fundamentalmente a cambios de residencia (provocados por el encarecimiento de la vivienda en la c. central o por la búsqueda de lugares que ofrezcan una mayor calidad de vida) y a relocalizaciones de retorno u ocio. [P.C.P.]

 

DEPORTES

Induráin Larraya, Miguel. (Villava, Navarra, 16-VII-1964). Ciclista. Inició su carrera como aficionado en 1983, año en que ganó la Vuelta a Salamanca y el Trofeo Estrellas de Pamplona. En 1984 se integró en el equipo Reynolds, con el que participó al año siguiente en la Vuelta Ciclista a España y en el Tour de Francia y en el que inició su relación profesional con José Miguel Echávarri y Eusebio Unzué, directores de esta formación deportiva. En 1986 ganó el Tour del Porvenir, en 1988 la Volta a Catalunya y en 1990, año en que ganó la Clásica de San Sebastián, su equipo pasó a ser patrocinado por la entidad Banco Español de Crédito (Banesto). En 1991 se proclamó ganador del Tour de Francia –siendo el cuarto español en conseguir este triunfo, después de Federico Martín Bahamontes, Luis Ocaña y Pedro Delgado–, por delante de los italianos G. Bugno y C. Chiappucci; ese mismo año obtuvo el primer puesto en la Volta a Catalunya, el segundo en la Vuelta Ciclista a España –que ganó el español M. Mauri– y el tercero en el Campeonato del Mundo de Fondo en Carretera. En 1992 consiguió el primer triunfo de un español en el Giro de Italia, por delante de C. Chiappucci y F. Chioccioli, y ganó el Tour de Francia, ante Chiappucci y Bugno en los siguientes puestos, el Campeonato de España de Fondo en Carretera y la Volta a Catalunya; ese año encabezó la clasificación de la Fédération Internationale du Cyclisme Professionnel (FICP), con 930,9 puntos sobre el segundo clasificado, el suizo T. Rominger. En 1993 ganó por tercera vez la gran ronda francesa, por delante de Rominger y del polaco Z. Jaskula, y la vuelta italiana, en la que el letón P. Ugrumov y el italiano Chiappucci ocuparon el segundo y el tercer puesto, respectivamente; en esa misma temporada obtuvo la medalla de plata en el Campeonato de España y en el Campeonato del Mundo, ganó la Vuelta a los Puertos y le fueron concedidos el premio “Príncipe de Asturias de los Deportes” y la Legión de Honor de la República Francesa. En 1994 se situó en el tercer puesto en el Giro, detrás del ruso E. Berzin y del italiano M. Pantani, y ganó por cuarta vez consecutiva el Tour de Francia –siendo el tercer ciclista de la historia en conseguirlo, después del francés Jacques Anquetil y del belga Eddy Merckx– con más de cinco minutos de diferencia sobre el segundo clasificado, Ugrumov, y más de siete sobre el tercero, Pantani. El 2-IX-1994, en el velódromo de Burdeos (Francia), Induráin afrontó un nuevo reto en su carrera deportiva al disputar el récord de la hora, en posesión hasta entonces del escocés Graeme Obree y situado en 52,713 km; en esta prueba, inaugurada por el italiano Fausto Coppi el 7-XI-1942 (45,848 km) y batida en los años siguientes por ciclistas como J. Anquetil (29-VI-1956, 46,159 km), E. Merckx (25-X-1972, 49,431 km) o el italiano Francesco Moser (23-I-1984, 51,151 km), el corredor navarro consiguió establecer la marca en 53,040 km, y fue el primero en rebasar los 53 km y el segundo, junto con E. Merckx, en lograr en el mismo año la victoria en el Tour y el récord de la hora. Al año siguiente, en 1995, logró ser el primer ciclista en conquistar el quinto Tour de Francia consecutivo, por delante del suizo A. Zulle y del danés B. Riis, y consiguió la medalla de plata en el Campeonato del Mundo de Fondo en Carretera –en el que venció el español A. Olano– y la medalla de oro en el Campeonato del Mundo de Contrarreloj, así como el primer puesto en la Midi Libre y en la Dauphiné Liberé. En 1996 consiguió su último triunfo deportivo: la medalla de oro en la prueba Contrarreloj Individual de los Juegos Olímpicos de Atlanta (EE.UU). Con unas características físicas idóneas para el ejercicio del ciclismo, la trayectoria deportiva de Miguel Induráin estuvo basada en la continua regulación de su trabajo y en la dosificación de sus objetivos, lo que le diferenció de campeones del ciclismo mundial, como E. Merckx o B. Hinault, e hizo de él uno de los mejores deportistas de la historia. El 2-I-1997 anunció su retirada del ciclismo profesional.
 

DERECHO

Pragmática. Ley por la que un soberano –fundamentalmente– u otra autoridad dispone sobre una materia fundamental del Estado (p. e., la sucesión dinástica o las relaciones con la Iglesia), sin que para su aprobación deba mediar el asentimiento o el beneplácito de ningún consejo o asamblea consultiva (Consejo Real, Cortes, etc.), por lo que constituye la expresión más elevada de la facultad legislativa del rey. Concepto heredado del Derecho romano, tuvo vigencia en los reinos hispánicos desde la Baja Edad Media hasta los primeros años de la Edad Moderna. Desde el punto de vista formal, la pragmática recurre a un protocolo formado por tres partes: una parte expositiva, en la que, en nombre del rey, se expresan las razones o antecedentes que han motivado la asunción de esta ley; una parte central, constituida por un articulado, verdadero núcleo dispositivo de la pragmática; y una tercera parte, la promulgación, en la que, generalmente, se alude a la universalidad de la disposición y a los términos de su entrada en vigor y cumplimiento. Dado su talante legislativo fundamental, a diferencia de otras leyes, las pragmáticas solían ser objeto de una gran difusión popular, por lo que solían imprimirse y exponerse en lugares públicos para su conocimiento general.
Es preciso distinguir su aplicación en los diferentes reinos hispanos, pues en cada uno de ellos arraigó en distinto grado. En Navarra, el recurso a las pragmáticas fue poco significativo, pues las Cortes, que habían sustituido al Consejo de los doce ricoshombres en sus atribuciones –entre ellas la de intervenir con el rey en todo acto de ley–, ejercían la potestad legislativa, y podían reclamar agravios por la violación de los fueros. La pragmática tampoco tuvo un amplio campo de desarrollo en Aragón, donde la Constitución disponía que el poder monárquico compartía, de hecho y derecho, con las Cortes la facultad de hacer leyes; así, el preámbulo de toda ley introducía, a modo de encabezamiento, el siguiente enunciado: “El Señor Rey, de voluntad de las Cortes, estatuesce y ordena”. En Cataluña, a partir del rey Jaime I de Aragón (1213-1276), el término “pragmática” sustituyó a su antecedente “constitució” (que en adelante se reservó exclusivamente para las leyes aprobadas por las Cortes), para designar un precepto emanado del rey, ya fuera por voluntad propia, o producto de la petición realizada al monarca por un estamento de Cortes u otra entidad representativa, cuando no existía una conformidad general sobre lo decretado; si el decreto contaba con la aprobación general se hablaba de capítol de Cort. Las pragmáticas podían ser expedidas por reyes, por el procurador o lugarteniente general y por el gobernador general, y fueron motivo de constantes pleitos entre la monarquía y los señores feudales, quienes sostenían que no estaban obligados a acatar lo dispuesto por las pragmáticas reales. Como consecuencia de ello, los monarcas tomaron diversas medidas para asegurar su cumplimiento íntegro, en tanto que los señores se escudaron en el derecho consuetudinario para no cumplirlas. Con todo, las pragmáticas no tenían valor legal si contravenían los usatges, las constitucions y los capítols de Cort, privilegios y costumbres que eran considerados inalienables. En este sentido, la Diputación General catalana velaba por los derechos de los administrados en el caso de que la pragmática fuera en contra de los usos consuetudinarios expresados. Las pragmáticas catalanas –la primera de las cuales, consignada por Jaime I, data de 1241– pasaron a formar parte del ordenamiento jurídico estable, por lo que fueron incluidas en las recopilaciones generales, con cuerpo de ley. Sin embargo, a partir de la Edad Moderna, esta figura jurídica acabó extinguiéndose. Las últimas pragmáticas fueron promulgadas en Cataluña por Carlos I de España (1516-1556; emperador Carlos V del Sacro Imperio Romano-Germánico). Muy distinto fue el uso que los monarcas castellanos hicieron de esta figura jurídica. En la obra Teoría de las Cortes, de Martínez Marina, se mantiene el principio de que las Cortes de Castilla y León no tenían la potestad legislativa, por lo que la pragmática encontró una situación idónea para su aplicación, similar a la que habían encontrado en Roma las constituciones imperiales. En el título 28 del Ordenamiento de Alcalá (1348) se afirma que el rey “ha poder de facer fueros é Leys é de las interpretar, é declarar, é emendar do viere que cumple”. No obstante, algunos ordenamientos, como el de las Cortes de Briviesca de 1387, sostuvieron el principio de que la ley sólo puede ser enmendada por quien la aprobó, de manera que la potestad del rey para legislar en contra de las Cortes está limitada. Obviamente, en el cumplimiento de este principio influyó directamente la relación de fuerzas entre los monarcas y los representantes estamentales. En este sentido, se puede afirmar que, desde tiempos de los Reyes Católicos, los monarcas castellanos, de acuerdo con su espíritu absolutista y centralizador, apostaron por gobernar mediante pragmáticas. Su profusión obligó a que, en 1503, se llevara a cabo una recopilación de éstas y de las bulas pontificias; el trabajo, encomendado al licenciado Ramírez, puso de manifiesto la contradicción de algunas disposiciones, lo que fue motivo de interminables pleitos. Su desaparición como elemento fundamental de la ordenación jurídica estuvo ligada a la extensión de la práctica constitucional.

ECONOMÍA

Naval, Industria. –Antigüedad y Edad Media. La invasión de los bárbaros (409-410) sumió en el caos a los pueblos romanizados de la Península, produciendo un colapso casi total del comercio marítimo y de la fábrica de navíos, arte completamente ignorado por los invasores, que tan sólo se conservó en el Mediterráneo gracias el Imperio Romano de Oriente. Los reyes visigodos emplearon armadas y naves comerciales importadas de Bizancio. Consolidada en España la dinastía árabe omeya fundada por ‘Abd al-Rahman I (756-788), la industria naval tuvo escaso desarrollo hasta la aparición de los normandos en Lisboa, Cádiz y Sevilla (844) durante el emirato de ‘Abd al-Rahman II (822-855), quien, escarmentado por su falta de poder naval, ordenó la construcción de las atarazanas de Sevilla y ampliar las ya existentes en Cartagena. La actividad comercial se vio incrementada a partir de la segunda mitad del s. IX y con ello, la fundación de nuevas atarazanas, como las de Almería. El emir Abd al-Rahman III (912-961), califa de al-Ándalus desde el año 929, amplió las atarazanas de Sevilla y Almería y construyó de nueva planta las de Algeciras (914) y Tortosa (945). La producción naval andalusí perduró durante el reino nazarí de Granada (1232-1492) gracias a las atarazanas de Málaga. Aunque el tipo de embarcaciones empleado por los árabes en la navegación de altura es desconocido, es probable que fuera similar al romano, bizantino y egipcio; es indudable que utilizaron profusamente el aparejo latino clásico, el timón de codaste importado de China, y que introdujeron en Europa el uso de la aguja magnética y de la pólvora, de la misma procedencia. Casi coincidiendo con la disgregación política de los territorios hispano-arábigos, el conde Ramón Borrell de Barcelona (992-1017) empezó a gobernar de hecho el año 992 con plena independencia respecto a la antigua soberanía franca de los Capeto; fue la época del nacimiento de una Cataluña con personalidad histórica definida, el comienzo de su expansión comercial por el Mediterráneo y el Atlántico y la formación de una incipiente Marina basada en la fabricación de embarcaciones procedentes de Barcelona. A partir de Ramón Berenguer III (1096-1131), la Marina catalana adquirió prestigio e importancia, e incrementó su industria naval, sobre todo desde la toma de Tortosa a los árabes (1148). La confederación del principado de Cataluña y del reino de Aragón (1137) se convirtió en una potencia respetable en Europa durante los reinados de Jaime I (1213-1276), Pedro III (1276-1285) y Pedro IV (1336-1387). La producción naval de las costas catalanas, y en particular la de las atarazanas de Barcelona a partir de 1243, se basó en la galera a remo y velas latinas –fabricación mantenida hasta bien entrado el s. XV, aunque también se botaron naos o carracas arcaicas de bastante manga, panzudas, de dos o tres palos con velas cruzadas y casco simétrico a proa y popa. Más tardía fue la coca mediterránea (s. XV), embarcación originaria del N. de Europa (coca hanseática) de escasa eslora con relación a la manga, costados muy fuertes, de dos o tres cubiertas y altas superestructuras; todas eran dedicadas indistintamente a la guerra o al comercio que los catalanoaragoneses extendieron desde Turquía y Egipto hasta Flandes, en el mar del Norte. La guerra por tierra con el emirato y luego califato de Córdoba que mantuvieron los reinos cristianos del N. de España durante los ss. VIII-XI absorbió todos sus esfuerzos e impidió la constitución de fuerzas marítimas para proteger las costas, el comercio y la pesca. Diego Gelmírez (segunda mitad del s. XI-1140), obispo de Iria-Santiago, creó una fuerza naval para hacer frente a las expediciones corsarias de normandos, ingleses y árabes que periódicamente asolaban las costas del NO. español. Gelmírez construyó unos astilleros primitivos en Iria, donde comenzó la fabricación de galeras con la ayuda de técnicos de Pisa y Génova (1111). El primer monarca de Castilla que dispuso de Marina propia fue Alfonso VII el Emperador (1126-1157); con ella y el auxilio de catalanes y genoveses, pisanos y venecianos tomó Almería en 1147. Pero fue durante la primera mitad del s. XIII cuando surgió una incipiente industria naval en las costas del Cantábrico, particularmente en Castro-Urdiales, Santander, Laredo, Bermeo, Guetaria y San Sebastián (Pasajes), que tuvo efectos inmediatos en la conquista de Sevilla (1248) por Fernando III el Santo de Castilla (1217-1252; de Castilla y León, 1230-1252), quien reconstruyó y amplió las atarazanas de la c. e inició la fabricación de naves y galeras empleadas en lo sucesivo por los monarcas castellanos. La producción naval en el Cantábrico se vio reforzada al crearse en Castro-Urdiales la Hermandad de las Villas de la Marina de Castilla con Vitoria (4-V-1296), con la participación de los puertos antes citados. La fundación por parte de Diego Lope de Haro del mun. de Bilbao (1300) propició una intervención española cada vez más acusada en el N. de Europa y el desarrollo de la industria naval. Como era habitual en las costas de Inglaterra y Portugal y las atlánticas de Francia y España, el tipo de naves que se construía se acercaba mucho a la galera mediterránea que desapareció del Cantábrico a finales del s. XV; a partir de mediados del s. XIII, la tipología predominante se parecía más a la coca a vela del N. de Europa, con sendas superestructuras o castillos a proa y popa y numerosas variantes, citadas por Alfonso X el Sabio (1252-1284) en Las Partidas; algunas carecían de timón y montaban un gran “remo espadar” primitivo en disposición que se mantuvo hasta el s. XIV. A partir del s. XV, la preponderancia de los astilleros cantábricos sobre los del resto de la Península se acentuó. La expansión descubridora de España incidió notablemente en la fábrica de bajeles. Entre los centros de producción destacaron los de Vizcaya y las Cuatro Villas de Cantabria (particularmente Guarnizo, en Cantabria, a partir de 1582), los guipuzcoanos de Pasajes y de la cuenca del Oria y, en menor proporción, los de Asturias, Galicia y Andalucía, especializados en la fabricación de las naos gruesas para la Carrera de Indias y las armadas y flotas reales de Nueva España y Tierra Firme activadas a partir de mediados del s. XVI. A finales de esta centuria y durante la siguiente, la producción cantábrica oriental disminuyó progresivamente hasta igualarse con la procedente del S. peninsular.
–Siglos XVI-XVIII. Las provisiones de los Reyes Católicos (1498, 1500, 1501 y 1502), Carlos I (1522 y 1523), Felipe II (1563 y 1567) y Felipe III (1603, 1607, 1613 y 1618) tendieron a favorecer la industria naval y a fijar el arqueo de los buques, herramientas fundamentales para llevar a cabo la política expansionista y defensiva del imperio español. Hacia mediados del s. XVI, con el desarrollo de las carracas, naos de armada y los galeones, se produjo una evolución acusada en la construcción naval, cuya expresión más palpable fue el aumento del arqueo y del puntal, el pronunciado lanzamiento y tamaño de las grandes superestructuras a proa y popa y el incremento de la artillería montada. Sin embargo, ya a fines de siglo se tendió a dejar paso a otras naves más rasas, sobre todo en las destinadas a la guerra, los galeones, que darían origen a los navíos de línea. Las ordenanzas sobre fábrica de barcos para las navegaciones a Indias promulgadas por Felipe III (1598-1621) en 1607 y 1618 configuraron el diseño de estos navíos hasta principios del s. XVIII. En la producción de los astilleros no influyó sustantivamente la decadencia política española a partir del resultado adverso de la batalla de Las Dunas (1639), debido a la necesidad de mantener el comercio con las Indias; la fábrica de unidades de gran y mediano tonelaje disminuyó en Zorroza (Vizcaya) desde 1640, mientras en Pasajes, Oria y Zumaya se incrementó de 1660 a 1683 de tal forma que los niveles de producción fueron superiores a los de los dos siglos anteriores. La herencia que recibió Felipe V (1700-1724, 1724-1746) respecto a la construcción naval se limitaba a los astilleros del Cantábrico (Guarnizo, Zorroza y los ya citados) y, en el Mediterráneo, a los de Barcelona, Sant Feliu de Guíxols, Arenys de Mar, Mataró y Sitges, cuya producción a principios de siglo era modesta. Como consecuencia de la creación de los departamentos marítimos de Ferrol, Cádiz y Cartagena (1726) fueron establecidos en sus cabeceras sendos arsenales para la construcción de todo tipo de embarcaciones y concentrar en ellos la producción necesaria para la Armada. Esto supuso el abandono progresivo de los astilleros reales de Cantabria, en parte compensado por el arrendamiento sucesivo a la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas y a la Real Compañía de Filipinas. Por otra parte, la producción catalana y andaluza de barcos no resurgió hasta la segunda mitad del s. XVIII, al liberalizarse el comercio indiano. El arsenal de La Carraca, en San Fernando (Cádiz), fundado en 1724, botó su primer navío en 1731, aunque el año anterior se construyeron otros dos en Puntales, también en la bahía de Cádiz. El de Ferrol, estuvo situado en La Graña (1727) y luego en el Esteiro (1750); en su primer emplazamiento empezó a producir en 1730 y en el segundo en 1751. El de Cartagena comenzó a levantarse en 1731 y botó sus primeros buques en 1750. A estos arsenales hay que añadir Palma de Mallorca a partir de 1775, Mahón desde 1785 y Cavite (Filipinas) a principios del s. XVIII. En tanto no estuvieron habilitadas estas instalaciones, Guarnizo, Zorroza, Pasajes, Rentería, Orio y Sant Feliu de Guíxols continuaron proveyendo de navíos y fragatas a la Real Armada. En los virreinatos españoles de América también se fabricaron numerosas embarcaciones durante los ss. XVI y XVII, de forma que, en el último tercio del s. XVII, la quinta parte de los buques utilizados por las flotas de Indias fueron construidos en astilleros como los de La Habana y Guayaquil. Hubo otros en Campeche, Tocatalpa y Coatzacoalcos (México) y San Blas (California), pero a todos superó el de La Habana, pues la fortaleza y longevidad de los navíos salidos de sus gradas fueron proverbiales; así, desde 1724 a 1759, un tercio de la producción española de barcos era habanera; su actividad continuó hasta el s. XIX. El diseño de la tipología de las unidades de la Armada (navíos, fragatas, corbetas, goletas, jabeques, etc.) respondió a los diferentes sistemas de construcción en vigor, preconizados por Gaztañeta, Jorge Juan, Gautier, Romero y Landa y Retamosa, mientras que los dedicados al comercio respondían a las trazas de los carpinteros de ribera que, por experiencia, daban las proporciones correctas a las embarcaciones de cualquier porte que les eran encargadas por los armadores. Los barcos construidos por particulares para la Corona se realizaban “por asiento”, en práctica desde el s. XVII, contrato entre el rey y un particular en que se especificaban las cláusulas y plazos que debía cumplir el asentista o constructor.
–El siglo XIX. El esfuerzo naval propiciado por Patiño, Ensenada y Valdés a lo largo del s. XVIII se vino abajo como consecuencia de las guerras con Inglaterra y Francia, la de la Independencia (1808-1814) y el reinado de Fernando VII (1808, 1814-1833). Durante este periodo, la producción naval de los arsenales fue prácticamente nula y la crisis se extendió a los centros de producción civiles, pese a las tímidas disposiciones decretadas por el ministro Salazar para fomentar la marina mercante y el comercio marítimo (1828-1830); un hito en la historia de la industria naval española fue la botadura en Sevilla, en 1817, del Real Fernando, primer vapor construido en España. Durante las regencias de María Cristina y Espartero (1833-1843) apareció la propulsión a vapor en la Armada, aunque la mayoría de las unidades fueron al principio de origen extranjero; el primero adquirido a los astilleros nacionales fue el Andaluz, construido en Sevilla (1841), mientras que el primero botado en un arsenal fue el Lepanto, en La Carraca (1846). Pese a la llegada del vapor, la producción de barcos de vela continúo; ahora bien, mientras que en la Armada cesó en 1856, en astilleros particulares perduró hasta finales del s. XIX. La mayoría de edad de Isabel II y la llegada al poder de Narváez (1843) abrieron una etapa expansiva en la construcción naval militar que coincidió con profundos cambios en la tipología de los buques de guerra y la aparición de la hélice en las unidades de la Armada (1856). A ello contribuyeron el plan del marqués de Molins de 1854 y las leyes de 1859 y 1860, que permitieron la fabricación de fragatas de hélice de casco de madera y las blindadas, acordes con las enseñanzas de la guerra de Crimea (1854-1856). Sin embargo, la construcción mercante fue disminuyendo paulatinamente entre 1830 y 1878. Cabe citar aquí las experiencias realizadas por el catalán Narcís Monturiol con sus submarinos Ictíneo I y II en 1859 y 1864. El periodo convulso iniciado tras la Revolución de 1868 hasta el final de la I República (1873-1874) supuso el colapso de toda construcción. La Ley de Escuadra de 12-I-1887 logró asentar las bases para el desarrollo de una industria naval nacionalizada, tanto en los astilleros estatales como en los particulares –Matagorda (1890) y Vea-Murguía (1891-1903), en Cádiz, y Astilleros del Nervión (1889-1920), en Bilbao–. El último cuarto del s. XIX contempló también el renacimiento de la marina Mercante española y, por lo tanto, de la construcción naval. Fueron hechos destacables el diseño del Destructor realizado por Villaamil (1887) y el submarino ideado por Isaac Peral (1888).
–El siglo XX. La guerra con los EE.UU. en 1898 fue desencadenante de casi una década de revisionismo en la que el sector naval se vio muy afectado. El 7-I-1908 las Cortes aprobaban la Ley de Escuadra propiciada por Ferrándiz; la construcción de buques previstos se adjudicó a la Sociedad Española de Construcción Naval (SECN), que se hizo cargo en arriendo de los astilleros de los arsenales de Ferrol, La Carraca y Cartagena (21-IV-1908). Las leyes de 17-II-1915, presentada por Miranda, y de 11-I-1922, por el marqués de Cortina, dieron continuidad a la de 1908. En 1926, se dispuso por decreto-ley la construcción de una serie de cruceros, destructores y submarinos, que de haberse realizado de acuerdo a las previsiones de Carvia, hubiera puesto a España en una posición no desdeñable entre las potencias europeas. En 1900 nacieron la Compañía Euskalduna de Construcción y Reparación de Buques con astilleros en Olaveaga, y la de Barreras en Vigo (1908). Pese a las medidas de Sánchez de Toca (1902) y de Fernández de Villaverde (1903) para fomentar la marina mercante, la insuficiencia de la industria nacional y las cargas fiscales frenaban su desarrollo. Con la Ley del Fomento de las Industrias y Comunicaciones Marítimas de 14-IX-1909, Maura logró iniciar el despegue de la construcción naval. La SECN adquirió en 1914 la factoría de Matagorda, para dedicarla a la construcción mercante. En 1916 inauguró los astilleros de Sestao. En 1917 se crearon los astilleros de Tarragona y los de Echevarrieta y Larrinaga en Cádiz y, poco después, nacía la Unión Naval de Levante, en Valencia. De este modo, en 1922 se compensaron las pérdidas ocasionadas por la I Guerra Mundial (1914-1918), cifradas en unas 230.000 t. La crisis naviera (1925-1929) volvió a incidir en la producción de los astilleros, que no se recuperaron hasta 1931. La II República (1931-1939) se limitó a continuar la realización de los programas aprobados durante la Dictadura de Primo de Rivera (1923-1929), y a crear la Subsecretaría de la Marina Mercante, Navegación e Industrias Marítimas (20-V-1931). Para afrontar las pérdidas sufridas por la Armada durante la Guerra Civil (1936-1939), se creó el Consejo Ordenador de Construcciones Navales Militares (2-IX-1939), que heredó los astilleros militares administrados por la SECN desde 1908. Fundado el Instituto Nacional de Industria (INI) en 1941, se integró en él la Empresa Nacional Bazán de Construcciones Navales Militares S.A. (11-VII-1947), haciéndose cargo de las factorías e instalaciones del Consejo. Desde entonces, ha sido la encargada de proporcionar a la Armada las unidades requeridas por el plan de 1943, el Programa de Modernización de Buques de 1955, el Programa Naval de 1965, continuado en 1973, y el Plan Alta Mar de 1989. Al amparo de la Ley de Crédito de Naval (2-VI-1939) comenzó el desarrollo de la construcción naval mercante; para ello, en 1942 se creó la Empresa Nacional Elcano de la Marina Mercante S.A. del INI, con astillero en Sevilla (1944) y fábrica de motores en Manises (Valencia) (1949). En 1952, el Estado expropió Echevarrieta y Larrinaga y se constituyeron los Astilleros de Cádiz, S.A. (Ascasa), también del INI, que en 1966 absorbió las factorías de la E.N. Elcano. Todo ello propició que, en la década de 1960, se registrase una notable expansión del sector favorecido por las leyes de Protección a la Construcción Naval (5-V-1951) y de Protección y Renovación de la Marina Mercante (12-V-1956). El 1-XII-1969, la SECN, la Compañía Euskalduna y Ascasa constituyeron Astilleros Españoles, S.A. (AESA) dentro del INI, con más del 60% de la producción nacional, convirtiéndose en una de las primeras empresas del sector con dos astilleros en Cádiz, uno en Sevilla, dos en Bilbao y tres menores en Santander, Gijón y también Bilbao; su proyecto más ambicioso fue la construcción en Puerto Real, entre 1969 y 1977, del nuevo astillero de la bahía de Cádiz (NABAC), el mayor de España. De 1972 a 1979 el INI absorbió Astano, Astilleros de Canarias (Astican) y Barreras de Vigo. La crisis del petróleo (X-1973) afectó a la industria naval internacional y particularmente a la española, haciendo necesaria su reconversión (1984). No obstante, hacia 1976 España alcanzó el segundo puesto del mundo con el 6% de la producción total. En 1980 se creó la División Naval del INI (DCN), de la que dependían AESA, Astano, Barreras y Astican, mientras que la E.N. Bazán pasó a depender de la División de Defensa. En 1987 se constituyó el Grupo de Astilleros Españoles con las empresas de la DCN. En 1995, al desaparecer el INI, se desglosó en Sociedad Estatal de Participaciones Industriales (SEPI) y la Agencia Industrial del Estado (AIN) con las empresas deficitarias, entre ellas las de la DCN. Al desaparecer la AIN en 1997, todas pasaron a depender de la SEPI, al margen de los presupuestos del Estado. También en 1997, las factorías de AESA en Cádiz, Puerto Real, Sevilla y Sestao se constituyeron como empresas filiales de AESA bajo la forma de Sociedad de Responsabilidad Limitada (S.R.L.), mientras que AESA compraba Barreras a la SEPI. En 1998, con la reconversión del sector se habían reducido las plantillas en un 50%, pero la situación de falta de competitividad subsistía respecto a otros países. A falta de ayudas estatales tras la entrada de España en la CEE (1986), se inició una renovación tecnológica y organizativa que ha permitido recuperar posiciones en el mercado internacional en dura competencia con los astilleros japoneses y coreanos. (VV. Armada, marina mercante, náutica). [J.G.A.H.]

 

ETNOGRAFÍA

Mantilla. [De mantellum, diminutivo de mantum, ‘mantillo’]. Prenda de vestir femenina consistente en un paño de seda o de lana, a menudo con guarnición de tul o encaje, o en un tul o una blonda (sin duda la mantilla más conocida, por lo que se ha hecho corriente emplear este sustantivo sólo para referirse a este tipo), que la mujer utilizaba para cubrirse la cabeza y que a veces caía también, desde los hombros, sobre parte del vestido. Distinta según las zonas, también por lo que a forma se refiere, en los albores de su historia, a partir de los inicios de su utilización en el s. XV –época de la que tenemos constancia que se empezó a utilizar la mantilla en España–, un uso algo más generalizado en el s. XVII y una propagación cada vez más amplia e intensa en el s. XVIII, se convirtió en el s. XIX en el tocado más representativo de la mujer española, que se servía de ella como complemento ornamental de su indumentaria a diario y en todos los actos de la vida social, tanto en ceremonias religiosas como en fiestas mundanas.
El discurrir histórico de esta prenda se inició con la mantilla de paño, de bayeta o de tela recia, caracterizada también por una tira ancha de terciopelo que permitía anudarla por los extremos más estrechos, cogiéndola en el moño y dejando al descubierto el cuello y el rostro, mantilla que empezó a ser usada exclusivamente entre las mujeres de clases populares del campo como prenda de abrigo y que resulta parecida a la que podemos observar aún actualmente en los trajes regionales de Castilla, León o Galicia. La mantilla más corrientemente usada con posterioridad, en el s. XVII y primera mitad del s. XVIII, seguía siendo de paño o bayeta, aunque a menudo era más larga que la anterior y descendía sobre la espalda y los brazos. Ya en las épocas de Carlos III (1759-1788) y Carlos IV (1788-1808), sobre todo en el reinado de este último, entre las muchachas jóvenes se extendió el uso de mantillas blancas con encajes de terciopelo o seda y adornos que consistían en guarniciones de tela de distinto color o en picos, moños, madroños o lazos, y entre las artesanas de pueblos y ciudades el uso de mantillas de tafetán; si, así pues, parecía extenderse el uso de la mantilla en las ciudades por parte de muchachas y mujeres de la clase artesanal, majas y manolas que las usaban de color, las mujeres de cierta edad y las viudas seguían sin llevarlas, las primeras porque solían ir ataviadas con manto, las segundas porque solían ir con toca. Sin embargo, en el paso entre los dos siglos empezaba a ser una prenda habitual en las mujeres de la aristocracia y la alta sociedad, debido a su gusto por imitar en el vestir a las majas y manolas del pueblo de Madrid y las formas graciosas y garbosas de éstas, que nos muestran los lienzos, frescos y dibujos de Goya. Paralelamente al triunfo absoluto en los últimos años del reinado de Fernando VII (1808 y 1814-1833) de la moda de las mantillas, también entre las clases más poderosas, se impuso el llevarlas de blondas y como lo hacían las manolas y majas, esto es, sobre una peineta alta llamada “de teja”. No sólo quedaron en desuso las mantillas de paño o de seda, sino que, además, las de blonda se generalizaron de tal manera que, como prenda válida para todas las ocasiones, desterraron a la capota que había llegado a España importada por la moda francesa. Todo este movimiento provocó, desde el último tercio del s. XVIII, un desarrollo floreciente de manufacturas, en las que se elaboraban ilustradas blondas para mantillas, constituyéndose ésta en una especialidad exclusiva de la artesanía española, así en Almagro, Granátula de Calatrava y Manzanares (Ciudad Real), en Camariñas (La Coruña), en Zamora, en Barcelona y en localidades costeras de esta última prov., como Arenys de Munt, Malgrat de Mar, Pineda de Mar, Tordera y Mataró, aunque las que alcanzaron mayor notoriedad fueron las de Almagro y las de Barcelona y los pueblos de alrededor; tras la Guerra de la Independencia (1808-1814), así mismo, volvió a florecer el artesanado manchego y catalán de este sector. La moda en el uso de la mantilla durante el s. XIX ya no abandonó la línea del encaje y la blonda (con sus variedades de blonda catalana o de red fina, de espuma, de reja, ligera, de tonos o matizada, tupida, granadina, de Chantilly, etc.), pero los gustos, como las técnicas de producción, cambiaron: durante las décadas comprendidas entre 1830 y 1850 las mantillas más en boga fueron las grandes con casquete de seda, sólo blancas o sólo negras, aunque también se llevaron mucho las que, por la forma, se llamaban “de toalla”, “de pollita” o “goyesca” entre otras, en la segunda mitad del s. XIX la modernización de los telares y la fabricación de tul mecánico contribuyó a una aún mayor difusión de la mantilla, al convertirla en una prenda más económica. A ello hay que añadir que durante el reinado de Isabel II (1833-1868) la moda española de la mantilla tuvo influencia en el resto de Europa, en gran medida gracias a las imágenes de mujeres españolas trazadas por personalidades románticas como lord Byron o, contemporáneos a Isabel II, Victor Hugo o Théophile Gautier. Sin embargo, a partir de la Revolución de 1868, la tendencia de la moda dio un vuelco que iba a iniciar la decadencia de la mantilla como tocado habitual: se impuso el sombrero y la mantilla, más pequeña que las usadas en las décadas anteriores, pasó a ser prenda para ir a misa o de ocasiones que requerían un atuendo elegante, a saber, acontecimientos religiosos especialmente de Semana Santa (Jueves y Viernes Santo) o corridas de toros, en las que era muy habitual la mantilla de madroños, con viso de seda negro, rojo, amarillo o azul. Su uso durante el s. XX ha seguido decayendo, en lo que no dejó de tener influencia el hecho de que a partir del Concilio Vaticano II (1962-1965) las mujeres pudieran asistir a los actos litúrgicos sin cubrirse la cabeza. Continúa siendo, sin embargo, una prenda muy apreciada por su belleza y por su tradición. [A.G.R.]

FILOSOFÍA

Metafísica. El filósofo griego Aristóteles comenzó su Metafísica con esta afirmación: “Todos los hombres desean por naturaleza saber”. Un primer nivel de saberes, que se da en la vida diaria y en la investigación científica, es el de lo fenoménico, aquello que se presenta con una evidencia inmediata o que puede verificarse experimentalmente. El ser humano no está limitado a este nivel y puede llegar a otro más profundo, gracias a la capacidad de su entendimiento, que puede trascender lo empírico. En este segundo nivel se encuentran las verdades metafísicas. No las han descubierto únicamente los filósofos, expresándolas en distintas doctrinas, sino que todo hombre, en cierto sentido, es metafísico, posee una concepción propia de la realidad, que de algún modo da respuesta a los grandes interrogantes de la existencia, y desde esta interpretación orienta su vida personal. El ser humano necesita conocer el “sentido” de todas las cosas y de su existencia. Desea obtener respuestas a interrogantes como: ¿quién soy?; ¿de dónde vengo?; ¿a dónde voy?; ¿por qué existe el mundo?; ¿por qué existen el mal y el sufrimiento?, y otras preguntas de fondo parecidas. En realidad, cuanto más conoce el mundo más urgentes le resultan tales preguntas. El hombre es naturalmente metafísico. Su misma racionalidad le empuja al conocimiento metafísico. La metafísica intenta responder a todas estas preguntas sobre el sentido último, continuando estos conocimientos naturales y llevándolos a una mayor perfección terminológica, conceptual y sistemática, e incluso a una mayor profundización. La metafísica científica no supone una ruptura y menos una oposición a los conocimientos metafísicos espontáneos. Son su regla y, por ello, la metafísica no está tampoco separada de los afanes diarios de la vida humana. La crisis que afecta en la actualidad a grandes sectores de la cultura es, en el fondo, una crisis metafísica. Por otra parte, supone la confianza radical en la capacidad de la razón humana para trascender los datos empíricos para llegar a algo fundamental, que sea último y absoluto. Ella misma tendrá que probar la licitud del paso que da del fenómeno al fundamento, y justificar el tipo de conocimiento de la dimensión trascendente, siempre imperfecto , aunque cierto y verdadero.
La metafísica no sólo permite encontrar el fundamento de las realidades intramundanas, incluida la personal, sino también alcanzar un plano teológico. Con los instrumentos metafísicos, el hombre puede ir más allá de todo lo contingente y alcanzar lo infinito. A este significado apunta la etimología del término, un saber que va “más allá” de lo empírico y fue así mismo acertado que con él se denominarán los catorce libros de Aristóteles, que tenían por objeto el estudio de los primeros principios y de las primeras causas. Se dice, en ellos, que esta “ciencia que buscamos” es la suprema sabiduría, porque tiene por objeto “el ente en cuanto ente”, toda la realidad en una amplitud universal y en su mayor radicalidad y profundidad. Desde esta perspectiva, la metafísica no sólo se ocupa de los elementos inmanentes de los entes de la experiencia sensible, sino que también asciende por caminos estrictamente racionales al estudio de la causa propia trascendente de estos entes. No llega así a otra región del ente, sino a Dios en cuanto causa del ente. La teología natural es, por ello, el último capítulo de la metafísica, que es siempre ontología o estudio del ente. La metafísica no es una ciencia genérica, sino única, y la teología racional entra en ella como explicación última de los entes. Tesis que tiene una importancia capital para la afirmación de la trascendencia de Dios respecto al conocimiento humano, porque la noción metafísica correcta de lo divino debe implicar la negación de su accesibilidad completa y perfecta al conocimiento humano. No obstante, Aristóteles denominó a esta ciencia “teología”, por tener por objeto, en el sentido indicado, a la realidad divina, que es la más elevada. Con esta denominación de teología se conoció la metafísica en la Antigüedad, hasta el s. XII, en que los escolásticos medievales adoptaron el nombre de “teología” para designar la teología sagrada o sobrenatural, basada en la fe y no en la mera razón.
La metafísica en Hispania comienza en la época de la dominación romana con Séneca (4 a.C.-65 d.C.), con su doctrina estoica de Dios. En la España visigoda, hay que citar también los contenidos metafísicos de las Etimologías de San Isidoro (560-636). El primer sistema metafísico completo es obra del cordobés musulmán Averroes (1126-1198). Su triple serie de comentarios a Aristóteles le valió el nombre de El Comentador por excelencia. Su intento fue depurar la doctrina aristotélica de todo contacto extrínseco, pero en su pensamiento se advierte una gran influencia del emanatismo neoplatónico. Hizo consistir el estudio de la metafísica en el conocimiento racional de Dios. Toda su exposición metafísica causó un gran impacto en Europa, pero acentuó en el islam la separación entre la filosofía y la fe. Otro cordobés, el judío Maimónides (1135-1204), en su Guía de perplejos, ofreció un sistema metafísico en conexión con la teología del judaísmo. El objeto de la metafísica sería igualmente Dios, pero sin la posibilidad de conocer sus atributos sustanciales y positivos. Sólo se conocerían sus operaciones respecto al mundo. Su doctrina era neoplatónica, pero presentada con conceptos aristotélicos. Ya antes el judío Avicebrón (1020-1070), natural de Málaga, pero que vivió en Zaragoza, en su Fuente de la vida había dado una concepción metafísica neoplatónica integral. Una metafísica cristiana completa la ofreció Ramón Llull (1233-1316), aunque dispersa en sus numerosas obras. El famoso “Doctor Iluminado” profesaba un realismo de tipo platónico, fundamentado en un ejemplarismo de molde agustiniano, que se complementaba con su “arte general”, o ciencia universal, y se remataba en el misticismo. Su intento, que en su época era arcaizante, consistió en elaborar una filosofía al servicio de la fe, que fue realizada con un matematicismo metafísico y con elementos racionalistas, ambos de procedencia oriental. La influencia de su orientación y espíritu se notó en la corriente denominada “lulista”, que atravesó los siglos.
La metafísica española llegó a su plenitud en la época posrenacentista. Las universidades y las órdenes religiosas no sólo se nutrieron de los planteamientos tradicionales, sino que fomentaron su despliegue, incorporando elementos del humanismo renacentista. Varias de sus obras capitales mantuvieron su presencia en las universidades europeas hasta mediados del s. XVIII. Tuvieron una importancia decisiva, en esta “segunda escolástica” española, los dominicos de Salamanca. La inició el celebre teólogo jurista Francisco de Vitoria (1492-1546). Continuaron su labor en otros campos filosóficos: Domingo de Soto (1495-1560), Bartolomé de Medina (1528-1580), Pedro de Ledesma (m. 1616), Melchor Cano (1509-1560) y Pedro de Soto (1501-1563). Destaca en la metafísica la figura de Domingo Báñez (1528-1604). El célebre catedrático de Salamanca redescubrió la doctrina del ser de Santo Tomás y advirtió las consecuencias de este “olvido del ser” en la tradición tomista. En otras muchas cuestiones reveló su perfecta comprensión de la metafísica tomista. José A. García Cuadrado ha mostrado recientemente la importancia de su doctrina del intelecto agente. El nombre de Báñez está unido a las famosas controversias De auxiliis en Roma. El Papa Clemente VIII (1592-1605) instituyó la llamada “Congregación de los Auxilios” para poner término a la polémica entre los dominicos y los jesuitas, que seguían a Luis de Molina (1536-1600). Tomás de Lemos y Diego Álvarez, siguiendo a Báñez, se defendieron de las acusaciones de calvinistas, y advirtieron del peligro de semipelagianismo de las doctrinas molinistas y de las matizaciones de Francisco Suárez. En su célebre Concordia del libre albedrío con la gracia, Luis de Molina (1536-1600) estableció cuatro tesis fundamentales, dos metafísicas y dos teólogicas. La primera metafísica es la del “concurso simúltaneo” entre Dios y la criatura para sus acciones. La segunda es la afirmación de la “ciencia media” de Dios, o del conocimiento de los futuros condicionados libres, o los que no existirán, pero existirían si se diesen unas condiciones determinadas. Estas dos doctrinas fundamentaban, respectivamente, dos tesis teológicas: la “gracia versátil” o indiferente, que no es eficaz por sí misma, sino por el consentimiento de la voluntad libre; y la predestinación de Dios a la otra vida “después de previstos los méritos” de cada hombre. A estas cuatro tesis molinistas, Báñez presentó otras cuatro completamente distintas e irreductibles, que son las propias del tomismo. En Báñez no hay nada nuevo en su explicación, nada que no esté en la doctrina del Aquinate –no existe, por tanto, lo que se ha calificado de “bañezianismo”–, aunque podrían discutirse algunos puntos accidentales de su interpretación que no afectan en nada a sus cuatro tesis fundamentales. Las metafísicas son las siguientes: enfrente del concurso simultáneo, la “premoción física”, o la moción física inmediata y previa de Dios como causa primera sobre la criatura, que es así causa segunda de su acción; y enfrente de la ciencia media, la doctrina de los “decretos divinos predeterminantes”, que explica el conocimiento divino de los futuribles en sus decretos eternos. A su vez, otras dos teológicas, basadas en ellas repectivamente: la “eficacia intrínseca de la gracia” y la predestinación “antes de los meritos previstos”. La comisión trabajó durante nueve años (1598-1607) y Pablo V (1605-1621) puso fin a la contienda, no definiendo ninguna solución.
Además de Molina, que es también notable por sus estudios jurídicos, los jesuitas aportaron a la metafísica aristótélica las obras de Francisco De Toledo (1532-1596) y Pedro Fonseca (1528-1599), que tradujo directamente del griego la Metafísica de Aristóteles. El metafísico más original y de mayor influencia fue Francisco Suárez (1548-1617), natural de Granada. Sus Disputationes Metaphysicae ocupan un puesto singular en la historia universal de la metafísica. Por primera vez, se presentaron de forma sistemática y ordenada todas las cuestiones metafísicas. Así mismo Suárez se ocupo de todos los autores anteriores –cita a 245 autores–. Podría decirse que la obra es como una gran enciclopedia. Su autor se mueve siempre en la tradición aristotélica y, aunque confiese seguir la línea de Santo Tomás, todas sus tesis centrales y nucleares son inconciliables con las tomistas. Difieren entre otros su conceptos de metafísica, la noción y composición del ente, la doctrina de la potencia y del acto, la de los trascendentales, la concepción de la analogía, la composición de la esencia y la existencia, la doctrina de la individuación y la del constitutivo formal de la persona. Su sistema, en definitiva, denota cierto eclecticismo y la complicación propia del barroco. El suarismo ha continuado hasta nuestros días con los jesuitas José Hellín (1883-1973), Ismael Quiles (1906-1993), Juan Roig Gironella (1912-1980). También Juan Pegueroles (1928), desde su inserción en el pensamiento suarista, ha estudiado a San Agustín –es uno de sus más cualificados tratadistas españoles–, a Santo Tomás e igualmente a Blondel, Husserl, Heidegger y Gadamer. El estudio de Suárez lo continúa el investigador laico Santiago Fernández Burillo.
En el s. XVII, en la orientación tomista, sobresalieron: Francisco de Araujo (1580-1664), Pedro de Godoy (m. 1677), Diego Mas (m. 1608), Tomás de Vallgornera (m. 1665) y Juan Tomás de Rocabertí (1627-1699). Tienen así mismo gran importancia el célebre Curso complutense, publicado en Alcalá de Henares por los carmelitas descalzos: Miguel de la Trinidad (1588-1661), Antonio de la Madre de Dios (1587-1641) y Juan de los Santos (1583-1654). El s. XVIII, el eclecticismo y el escepticismo (v.), que reinaban en el ambiente ilustrado, impidieron mantener el anterior nivel metafísico. La nueva Universidad de Cervera, con su interés por cultivar las humanidades clásicas, no contribuyó tampoco a su restauración. En el s. XIX, tuvieron gran auge tendencias filosóficas europeas como el hegelianismo (v.), el panteísmo (v.), el neokantismo, la escuela escocesa o del sentido común, el positivismo (v.), el materialismo (v.) y sobre todo el krausismo (v.). La filosofía de K.Ch.F. Krause (1781-1832), idealista alemán, de escaso predicamento en el mundo germánico, fue introducida con el afán de transformar toda la cultura española, por Julián Sanz del Río (1814-1869) y tuvo una influencia extraordinaria en todos los ámbitos culturales y políticos. La continuó su discípulo Francisco Giner de los Ríos (1839-1915), que fundó la Institución Libre de Enseñanza, centro privado de enseñanza superior de gran prestigio e influencia.
La situación comenzó a cambiar con Jaime Balmes (1810-1948). En sus obras de contenido metafísico –El Criterio (1845), Filosofía fundamental (1846), y Curso de filosofía elemental. Metafísica, lógica, ética, historia de la filosofía (1847)– demostró un amplio conocimiento de la filosofía moderna y ofreció soluciones a las cuestiones metafísicas básicas, desde un posición que no es escolática, ni tomista, pero que preparó su futuro restablecimiento, por su actitud de estudio, ecuanimidad y diálogo. La asimilación y la conciliación, sin eclecticismo, fueron las coordenadas de su pensamiento. En la segunda mitad del s. XIX, la metafísica continuó con la misma tónica. Únicamente se publicaron muchos libros de texto para la enseñanza en universidades e institutos. Pueden citarse: Institutiones Metaphysicae (1890), de José Daurella y Rull; y Metafísica fundamental (1899), de Pedro María López y Martínez. La figura central de este momento, y que contribuyó decisivamente a la digna reconstitución de la metafísica, fue el cardenal Ceferino González, O.P. (1831-1895), profesor en Manila y autor de Estudios sobre la filosofía de Santo Tomás (1864). Las enseñanzas, que impartió después en España, se encuentran en su obra Filosofía elemental (1873). En éstas y en sus otras obras expuso el pensamiento clásico contrastándolo con el moderno con el intento de hacerlo progresar. Discípulos suyos fueron Juan Manuel Ortí y Lara (1826-1904), catedrático de Metafísica de la Universidad de Madrid, y su sucesor Antonio Hernández Fajarnés (1851-1909).
La encíclica del papa León XIII (1878-1903), Aeterni Patris, de 1879, contribuyó a la restuaración de la metafísica, especialmente en la línea de Santo Tomás. Respresentó la madurez de una tendencia que se había iniciado en Italia, gracias al barcelonés Juan Tomás de Boxadors (1703-1780), maestro general de la Orden de Predicadores. Toda la filosofía escolástica bajo el impulso de este documento filosófico volvió a resurgir en los pensadores católicos. José Torras y Bages (1846-1916), de entre todos ellos, es el que más se ocupó de temas metafísicos, y aplicó la metafísica de Santo Tomás a las más diversas cuestiones. En el s. XX, los estudios metafísicos se iniciaron con obras decisivas escritas por dominicos. Norberto del Prado (1852-1918), profesor de la Universidad de Friburgo (Suiza), publicó el famoso libro Veritate fundamentali philosophiae christianae (1911), donde colocó la doctrina de la real composición de esencia y ser como la más fundamental de toda la metafísica, y la que permite el acceso racional a Dios y la explicación filosófica de la creación. Francisco Marín-Sola (1873-1932), que ocupó su cátedra suiza y escribió sus estudios sobre El sistema tomista sobre la moción divina y su gran obra Concordia divina entre la moción divina y la libertad creada. En ambas precisa y defiende la posición de Báñez, mostrando su perenne actualidad, realizadas unas correcciones accidentales. Santiago Ramírez (1891-1967), profesor en el Angelicum de Roma, Salamanca y Friburgo, investigó, en una serie de artículos, la analogía. Su Opera Omnia, publicada por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), ocupa cuarenta volúmenes. Su discípulo, el dominico Victorino Rodríguez (1926-1997), en sus obras, difundió su pensamiento con un estilo expresivo más claro y más actual. Una de las mejores es El conocimiento analógico de Dios (1995). Por esta misma época, el canónigo de Santiago de Compostela y profesor de su Universidad Pontificia, Ángel Amor Ruibal (1869-1930), filósofo autodidacta, creó una metafísica denominada “correlacionismo”, que se encuentra en su magna obra Problemas fundamentales de la filosofía y del dogma (1914-1922). Concibió la metafísica como un sistema que estudia el universo como totalidad. Sus entidades están ensambladas por la relación, que es así el principio universal de explicación. De este modo su pensamiento mostró afinidades con otras metafísicas e incluso concepciones de la ciencia.
En la primera mitad del s. XX, y ya en la universidad civil, sobresalió José Ortega y Gasset (1883-1955), catedrático de Metafísica en la Universidad de Madrid, cuya influencia ha sido de las más extensas y profundas en el mundo hispánico. No sólo fue un filosófo culturalista original e ingenioso, sino también un original metafísico. Su sistema, que denominó “raciovitalismo”, se basaba en el principio metafísico de que la realidad radical es la vida, que se despliega en varios grados. Acuñó la expresión “razón vital” para designar el uso vital de la razón. Fue un escritor muy fecundo. Sus obras más propiamente metafísicas son El tema de nuestro tiempo (1923), En torno a Galileo (1933), Ideas y creencias (1940), La idea de principio en Leibniz (1958) y El hombre y la gente (1958). Podría también citarse, por su pensamiento religioso, a Miguel de Unamuno (1864-1936), pero carece de sistema metafísico propio. Manuel García Morente (1886-1942), amigo de Ortega, e igualmente catedrático en la Universidad de Madrid, cultivó también una metafísica de la vida, siguiendo los pasos de Heidegger. Sus cursos en la Universidad de Tucumán fueron publicados con el título de Lecciones preliminares de filosofía (1938), y después en España, más ampliados, con el de Introducción a la filosofía (1943), con catorce y siete ediciones, respectivamente. Después de su conversión al catolicismo, asumió también la metafísica tomista, que desarrolló en algunos puntos. Muy originales son también las obras de Xavier Zubiri (1898-1983): Naturaleza, Historia, Dios (1944), Sobre la esencia (1962), Cinco lecciones de filosofía (1963), La inteligencia sentiente, Inteligencia y logos e Inteligencia y razón (1980-1983). En todas ellas abordó las cuestiones clásicas capitales, con una terminología propia y una sistematización muy particular. Aunque su objeto de reflexión fue la metafíca clásica, discrepó constantemente de Aristóteles. Igual intento renovador ha manifestado en sus últimas obras póstumas: El hombre y Dios (1984) y en Sobre el hombre (1986). Ángel González Álvarez (1916-1991), catedrático de Metafísica de la Universidad de Madrid (1954-1985), continuó la línea de su maestro Ramírez. En su Introducción a la Metafísica (1951) trató de un modo sistemático e histórico las cuestiones fundamentales de la posibilidad de la metafísica y de su punto de partida. Su obra más importante, el Tratado de Metafísica –en dos tomos, Ontología y Teología Natural (1961)–, es el primero de estas dimensiones publicado en nuestra época, en lengua castellana, sobre el conjunto de la metafísica. Jesús García López (1924), discípulo de González Álvarez y que ocupó la cátedra de la Universidad de Murcia, ha sido uno de los grandes maestros de metafísica de la actual universidad española. Sus publicaciones –Nuestra sabiduría racional de Dios (1950), El conocimiento natural de Dios. Un estudio a través de Descartes y Santo Tomás (1955), El valor de la verdad y otros estudios (1965), Doctrina de Santo Tomás sobre la verdad (1967), Estudios de metafísica tomista (1976), Tomás de Aquino, maestro del orden (1985), Lecciones de metafísica tomista, I. Ontología. Nociones comunes, II. El conocimiento filosófico de Dios, III. Gnoseología (1995)– son fruto de un amplio y profundo conocimiento directo de las obras de Santo Tomás, cuyas doctrinas ha confrontado con los principales pensadores modernos y contemporáneos, como Descartes, Kant y Heidegger. En el estudio de la metafísica y en la línea de Santo Tomás, en la Universidad de Madrid, ha tenido un papel destacadísimo Antonio Millán-Puelles (1921). Desde una primera orientación fenomenológica, el pensador profundizó en la tradición tomista, exponiendo y continuando sus doctrinas con una terminología propia muy precisa y cuidada. Sus obras metafísicas son El problema del ente ideal. Un examen a través de Husserl y Hartmann (1947), Ontología de la existencia histórica (1951), Fundamentos de filosofía (1956) –que alcanzó once ediciones–, La estructura de la subjetividad (1967) –una de sus mejores–, Teoría del objeto puro (1990) –que completa su metafísica realista con una doctrina sobre lo irreal–, Léxico filosófico (1984) y El interés por la verdad (1997). Leonardo Polo (1926), en su magisterio oral y escrito, principalmente en la Universidad de Navarra, ha expuesto un original sistema, basado en lo que denomina “el abandono del límite mental”, que posibilita el estudio de la existencia y la esencia extramentales, y la existencia y la esencia humanas. Problemática que trató ya en una de sus primeras obras –El acceso al ser (1964)– y que ha continuado en todas las demás. En su reciente Antropología trascendental, ha ampliado la lista clásica de los trascendentales con otros humanos, como el coexistir, la libertad o el intelecto personal. Otros metafísicos destacables son Jesús Arellano (1921), catedrático en la Universidad de Sevilla, que ha estudiado también los conceptos metafísicos trascendentales; y Rafael Gambra (1920), que ha contribuido decisivamente –con sus obras Historia sencilla de la filosofía (1961), Curso elemental de filosofía (1962), El silencio de Dios (1968) y El lenguaje y los mitos (1983)– a la difusión de principios de Santo Tomás
En la actualidad se cultiva la metafísica con gran fuerza y fecundidad en la llamada Escuela Tomista de Barcelona, que tiene su origen en el magisterio oral y escrito de Ramón Orlandis Despuig (1873-1958). Discípulo suyo fue Jaime Bofill (1910-1965), catedrático de Metafísica de la Universidad de Barcelona (1950-1965). En su libro La escala de los seres (1950), estudió la concepción tomista de la posesión intencional en sus dos posibles modos: por vía de conocimiento y por vía de amor. Francisco Canals Vidal (1922), también discípulo directo del padre Orlandis y de Bofill, ha impulsado y consolidado definitivamente la escuela. Es autor de Para una fundamentación de la Metafísica (1967), Cuestiones de fundamentación (1981), Sobre la esencia del conocimiento (1987) y Sant Tomàs d’Aquino. Antologia metafísica (1991). En estas y otras obras ha expuesto la síntesis de Santo Tomás, en diálogo ininterrumpido con las otras grandes visiones teológico-filosóficas cristianas (San Agustín, San Anselmo, San Buenaventura, Ramón Llull, Duns Scoto y Suárez), las corrientes escolásticas no tomistas, el racionalismo; el empirismo, el trascendentalismo de Kant, y su revolución copérnicana, la dialéctica hegeliana; y el pensamiento de Heidegger. De entre todos sus hallazgos filosóficos, puede destacarse el del carácter expresivo y locutivo de todo conocer. Desde 1989, Eudaldo Forment (1946), su discípulo, ocupa la cátedra de Metafísica de la Universidad de Barcelona –donde había enseñado Canals (1967-1988) y anteriormente Jaime Bofill (1950-1965)–, manteniendo la misma trayectoria. Es autor de las siguientes obras metafísicas: Fenomenología descriptiva del lenguaje (1982); Ser y persona (1983); Persona y modo sustancial (1984); Introducción a la metafísica (1985); El problema de Dios en la metafísica (1988); Dios y el hombre (1987); Filosofía del ser (1988); Principios básicos de la bioética (1990); Lecciones de metafísica (1992); La persona humana (1994); San Anselmo (1995); Historia de la filosofía tomista en la España contemporánea (1998), e Id a Tomás. Principios fundamentales del pensamiento de Santo Tomás (1999). Hay que destacar también las obras, nacidas en el ámbito de este grupo: Ser y obrar (1991), de Ignacio Guiu (1963); La analogía (1989), de Vicens Igual; La incomunicabilidad ontológica de la persona humana (1992), de Juan Martínez Porcell; Ser y conocer (1992), de Juan García del Muro; El orden dinámico del ser (1993), de Pau Giralt; Metafísica de la intencionalidad (1997), de Magdalena Bosch; y Persona y amor (1993), de Francisca Tomar. También Carlos Cardona (1930-1993), desde un arraigado y profundo conocimiento del pensamiento de Santo Tomás, prestó especial atención a la metafísica contemporánea, asumiendo gran parte del pensamiento de Kierkegaard y la problemática de Heidegger. Escribió: La metafísica del bien común (1966); Metafísica de la opción intelectual (1969); Metafísica del bien y del mal (1987), y Olvido y memoria del ser (1997). Uno de sus discípulos más conocidos es Lluís Clavell, rector del Pontificia Universidad de la Santa Cruz, de Roma, autor de: El nombre propio de Dios según Santo Tomás de Aquino (1980), Metafísica (1982) y Metafisica e libertà (1996). Otro de sus discípulos es Tomás Melendo (1951), catedrático de Metafísica en la Universidad de Málaga, que ha sabido encontrar muchas de las inferencias que se derivan de la rica doctrina del ser de Santo Tomás. Ha escrito, entre otras obras: Metafísica (1982); Ontología de los opuestos (1982); La metafísica de Aristóteles. Método y temas (1997); Entre moderno y postmoderno. Introducción a la metafísica del ser (1997); Metafísica de lo concreto. Sobre las relaciones entre filosofía y vida (1997). Otros autores que se ocupan en estos momentos de la metafísica son el catedrático Ángel Luis González, que ha publicado muchos estudios monográficos sobre importantes temas tratados por Santo Tomás –Ser y participación (1979) y Teología natural (1985)– y sobre la metafísica de Leibniz y de Nicolás de Cusa; Rafael Alvira, autor de La noción de finalidad (1978), Metafísica (1982) y La razón de ser hombre. Ensayo acerca de la justificación del ser humano (1998), y que ha escrito estudiando especialmente problemas metafísicos referentes al hombre; Javier Arangure; Mariano Artigas; Juan Manuel Burgos; José J. Escandell; José Luis Fernández; Joaquín Ferrer; José Ángel García Cuadrado; Juan A. García González; Jordi Girau; Alfonso García Marqués; Marta González; Alejandro Llano; Patricia Moya; Juan Manuel Navarro Cordón; Juan Pegueroles; Javier Pérez Guerrero, Enrique Rivera de Ventosa; J.Mª. Romero; Luis Romera; Modesto Santos; Armando Segura; Antonio Segura Ferns; Juan Fenando Sellés y José Villalobos. Podría ampliarse mucho más esta relación de estudios y autores, pero ya revelan suficientemente la importancia en cantidad y calidad de las investigaciones actuales sobre metafísica. Sólo queda por destacar la gran labor que continúan realizando los dominicos –Aniceto Fernández (1895-19