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GRAN ENCICLOPEDIA DE ESPAÑA

Premio del Ministerio de Cultura A LA OBRA MEJOR EDITADA en la modalidad de obras generales y de divulgación 


ARQUEOLOGÍA

Necrópolis. [Del gr. nekrós, ‘muerto’, y pólis, ‘ciudad’]. Conjunto de sepulturas de cierto carácter monumental, que, como concepto arqueológico, presupone una pertenencia a épocas prehistóricas, a alguno de los pueblos o civilizaciones de la Antigüedad, a las grandes culturas americanas u orientales, a la Edad Media europea o a los pueblos primitivos africanos, asiáticos u oceánicos. Como término común, se utiliza para designar cualquier cementerio de gran extensión en el que abunden los monumentos fúnebres.                 
Empleado por primera vez entre los arqueólogos para designar los sepulcros subterráneos de Alejandría (Egipto), el uso cada vez más amplio del término corrió parejo al estudio de las sepulturas en tanto que fuentes de documentación para el conocimiento de los pueblos o civilizaciones, prehistóricos o históricos. Constatada una amplia variedad de tipos de necrópolis a lo largo de la historia de la humanidad –si bien sólo se dispone de restos abundantes a partir del Neolítico, se tiene constancia de que ya durante el Paleolítico se enterraba a los muertos según sistemas o costumbres culturales establecidos–, a menudo, y esencialmente por lo que al periodo prehistórico se refiere, las culturas han podido ser definidas gracias a las necrópolis descubiertas e incluso se les ha dado nombre en función de ellas, como es el caso de la cultura neolítica de los sepulcros de fosas, de la megalítica o de la de los campos de urnas. Dada la importancia del estudio de las necrópolis para el conocimiento de una cultura, se deben tener en cuenta los ritos funerarios, reflejo de los cuales es, en parte, el tipo de necrópolis. En ese sentido, uno de los elementos más importantes y determinantes es la práctica de la inhumación de los cadáveres o la de su incineración, por lo común dominantes de forma única en una cultura: la primera, en términos generales, se practicaba en los pueblos paleolíticos y ribereños del Mediterráneo de las fases prehistóricas más avanzadas; la segunda, en los pueblos indoeuropeos, en primer lugar en tanto que pueblos nómadas –entre los cuales la incineración era rito común, pues les permitía llevarse siempre consigo los restos de sus antepasados–, y después, ya sedentarios, recurriendo a las tumbas de incineración, esto es, aquellas donde reposan las cenizas de los cuerpos previamente incinerados de los fallecidos. Por lo que a Europa respecta, la incineración se generalizó en gran parte del continente a finales de la Edad del Bronce y principios de la Edad del Hierro. En la Grecia prehelénica se practicaron indistintamente la incineración y la inhumación, aunque a partir del s. VIII se convirtió en norma la incineración. En Italia, donde también se practicaba la incineración desde tiempos prehistóricos, los romanos tuvieron como costumbre incinerar en la época primitiva y durante la República, pero, por herencia etrusca, hicieron suya también la práctica de la inhumación; desde principios del s. II d.C., sin embargo, prevaleció de nuevo la incineración, por lo que construyeron abundantes columbarios, monumentos provistos de nichos en los que se colocaban urnas funerarias con las cenizas de los difuntos. Por influencia de las religiones orientales, este rito fue paulatinamente abandonado, hasta su absoluta desaparición en el s. IV d.C. cuando la doctrina cristiana de la resurrección de los cuerpos hizo necesaria la inhumación de los cadáveres. En desuso, por consiguiente, también los columbarios, las tumbas tardoantiguas y altomedievales son todas de inhumación. Las costumbres, por otra parte, han determinado también que, a lo largo de la historia, se haya enterrado individualmente, por parejas, por familias nucleares, por grupos o por clanes; así mismo, y antes del triunfo del cristianismo, todos los pueblos creían que los muertos debían tener a su alcance para la vida futura comida, armas, un ajuar, etc., por lo que es habitual encontrar en las excavaciones platos, jarros, instrumentos de defensa, joyas y, en las correspondientes a civilizaciones clásicas, monedas y lámparas.
Todas las prácticas descritas se encuentran ejemplificadas en yacimientos de la Península Ibérica, reflejo de las sucesivas llegadas de pueblos y de las superposiciones culturales resultantes. Al Neolítico Final y a la I Edad del Bronce pertenecen los enterramientos colectivos, habituales en tal periodo, que muestran las necrópolis megalíticas de inhumación de Los Millares (Almería) y de los poblados sit. en las provv. de Almería, Granada y Murcia pertenecientes a la misma cultura (v. Millares, Cultura de los -). Frente a ello, durante la Edad del Bronce antigua y plena, enterramientos como los de la Cultura de El Argar (v. Argar, El -) son muestras de inhumación individual, en urnas (phitoi) o grandes tinajas, cistas de piedra, fosas o covachas, con el cadáver colocado en posición fetal. El cambio radical lo representa la aparición de la incineración, durante el Bronce Final europeo, con la Cultura de los campos de urnas (v.), que supone la sustitución de los grandes conjuntos tumulares por vastas necrópolis de incineración; extendida tal cultura en la Península Ibérica, sobre todo por Cataluña, el valle del Ebro y el N. de la Comunidad Valenciana, su influencia llegó, seguramente, hasta la Meseta, Andalucía y Portugal, y evolucionó a partir del s. VIII a.C. y el inicio de la Edad del Hierro con grandes diferencias locales a las que no fueron ajenos los primeros colonizadores que alcanzaron las costas del Mediterráneo peninsular, los fenicios. Las tumbas fenicias y púnicas ejemplifican el cruce de costumbres: las necrópolis de Málaga (v. fenicios), entre las que destaca especialmente la de Sexi (la más antigua), son necrópolis de incineración constituidas por tumbas excavadas, p. e. en forma de pozo, en las que se guardaban las urnas; la necrópolis púnica del Puig des Molins (Ibiza, Baleares) está formada por hipogeos o sepulcros subterráneos de inhumación donde se encuentran sarcófagos antropomorfos, al igual que en Cádiz. Los celtas, celtíberos e iberos practicaron todos ellos la incineración, unas veces enterrando las urnas cinerarias –acompañadas en general por ajuares– en hoyos y fosas, otras protegiéndolas con una losa flanqueada por piedras o losas más pequeñas, y otras con construcciones cuadradas de piedra en las que se forma un túmulo artificial; las necrópolis celtíberas de Luzaga o de Aguilar de Anguita (Guadalajara) están constituidas por numerosas urnas que forman calles de estelas, y las ibéricas de Tutugi (Galera, Granada) y Tugia (Toya, Jaén) presentan cámaras hipogeicas, a veces con túmulo. En cuanto a las necrópolis romanas, demuestran éstas no sólo la variedad de costumbres antes expuesta, sino una sofisticación mayor en función de la clase social por lo que al tratamiento mortuorio se refiere; en consecuencia, los sepulcros modestos corresponden a columbarios o, si se trata de sepulcros de inhumación, a fosas cubiertas con losas y tejas a dos vertientes, acompañadas de una estela de inscripción, mientras que los más sofisticados son mausoleos en forma de torre (posiblemente de origen fenicio) o de templo (griego). Así pues, además de hipogeos como los aparecidos en Baena (Córdoba), Osuna y Carmona (Sevilla; necrópolis de enorme extensión esta última, con más de doscientas tumbas subterráneas y predominio de la incineración), de contrucciones rectangulares y abovedadas, a veces bajo tierra, como las halladas en Mérida, de necrópolis de incineración como la de Baelo Claudia (Bolonia, Cádiz) o de columbarios como los de Mérida, desde un punto de vista constructivo destacan sobremanera los mausoleos en forma de torre, como la llamada “de los Escipiones” (Tarragona) o las de Zalamea de la Serena (Badajoz) y Villajoyosa (Alicante), en forma de templo, como el sepulcro de Fabara (Zaragoza), o de un tipo particular como es el de los Atilios en Sádaba (Zaragoza). Las necrópolis cristianas aparecen por primera vez en el s. III, en León y Tarragona, predominando los enterramientos humildes, en fosa bajo tégulas y losas o en sarcófagos y ánforas; son frecuentes las criptas abovedas, pero no se han descubierto catacumbas. En época visigoda pervivían los ritos tardorromanos de inhumación, como muestran las necrópolis excavadas en el levante peninsular (Gaià de Pego, Sollana, Cocentaina y Montserrat, todas ellas en Valencia), con sus fosas rectangulares o ligeramente trapezoidales, a veces con las paredes recubiertas con lajas de piedra y tapadas por losas grandes, cubierto todo ello por tierra; pero también se implantaron ritos visigodos, como la inhumación en cajas de madera, halladas en necrópolis excavadas entre el Ebro y el Tajo (Castiltierra y Duratón, en Segovia; Suellacabras y Deza, en Soria; Daganzo de Arriba, en Madrid; o Herrera de Pisuerga, en Palencia). A las necropólis medievales posteriores las caracteriza también la escasez y pobreza de sus materiales: son una excepción, debido a las estrictas normas cristianas, los enterramientos con ajuar, y están formadas por tumbas de lajas o de losas o por tumbas excavadas en rocas, que oscilan desde las denominadas “de bañera” a las antropoides con ensanchamiento en la parte de los hombros, como se puede ver en la gran necrópolis de Murillo de Gállego (Zaragoza). La modalidad de los enterramientos en sarcófago, existente pero muy restringida, parecía reservada a los miembros de la nobleza y el alto clero.

ARTE

Modernismo. El modernismo es una actitud ante el arte y la vida que determina la sensibilidad estética en los años que marcan el paso entre los ss. XIX y XX. No se trata de un estilo, artístico o arquitectónico, en sentido estricto, caracterizado por utilizar esquemas formales similares; los años en que se desarrolla fueron años marcados por una crisis conceptual y moral que, en el campo estético, se tradujo en la defensa a ultranza de la libertad en la creación artística, un afán de libertad que llevó, en primera instancia, a abandonar los modelos que se habían formulado en la historia del arte y de la arquitectura desde el Renacimiento y que habían desembocado, tras una continua evolución, en el eclecticismo del s. XIX. A la revisión de los lenguajes históricos, el neorrománico, el neogótico, el neorrenacimiento o el neobarroco, se añadieron los modelos procedentes de la cultura oriental o influidos directamente en la naturaleza, dando lugar a una pluralidad de lenguajes que se justificaban por su afirmación indiscutible hacia la libertad de creación. A partir de 1900, finalmente, se difundió por Europa y América el último de los grandes estilos, el Art Nouveau, que implicaba la definitiva eliminación de los estilos históricos y la paulatina introducción de formas abstractas, especialmente el popular coup-de-fouet. En este contexto, amplio pero a la vez confuso, se sitúa el arte y la arquitectura modernista.
El término “modernismo” fue utilizado por primera vez en 1893 por Rubén Darío para calificar a la literatura, equiparándolo al concepto de “modernidad”; dos años más tarde, el propio autor nicaragüense lo asociaba al grupo de escritores del que él mismo formaba parte (M. Enríquez Ureña, Breve historia del modernismo, 1954). En el ámbito catalán, el término se impuso en la celebración de las Festes Modernistes del Cau Ferrat en Sitges (Barcelona), entre 1892 y 1899, de la mano de Santiago Rusiñol, quien, como Ramon Casas, se considera por estos años pintor “modernista”. A principios del s. XX, sin embargo, el término “modernismo” había sufrido una total descalificación y se asociaba a las actitudes bohemias y decadentistas a las que habían sido tan proclives los artistas modernistas o incluso al movimiento religioso que se conoció con el mismo nombre. Desde luego, no tenía entonces, ni mucho menos, la amplia aceptación que tiene actualmente; arquitectos como Gaudí, Domènech i Montaner o Puig i Cadafalch nunca se hubieran considerado arquitectos modernistas. El primero en utilizar el calificativo “modernista” como versión española de Art Nouveau fue un estudioso de Gaudí, J.F. Ràfols, en El arte modernista en Barcelona (1943); desde la publicación de El arte modernista catalán, de Alexandre Cirici (1951), puede considerarse un término asumido por la historiografía. En el ámbito de la crítica literaria, se ha generado un debate paralelo sobre la conceptualización del modernismo, que intenta precisar las identidades entre éste y la llamada Generación del 98. El debate sobre los límites entre ambos movimientos implica también el análisis de las artes plásticas y de la arquitectura, dado que muchos de los componentes que se han considerado ejemplares de la estética noventayochista –p. e., el regeneracionismo– se evidencian también en el ámbito de las artes del fin de siglo. Siguiendo este discurso, han proliferado en los últimos años del s. XX libros y exposiciones sobre la “estética del 98”, que se iniciaron con el ya mítico artículo de Enrique Lafuente Ferrari, “Pintura española y Generación del 98” (Arbor, núm. 36, 1948), y que ha culminado en la gran exposición La mirada del 98 (Madrid, 1998), organizada como conmemoración del centenario de las efemérides de 1898. Teniendo presentes estas circunstancias, y siguiendo la línea crítica de Rafael Ferreres (Los límites del modernismo y de la Generación del 98, 1964), el modernismo se define como un amplio concepto de época, que puede ser aplicado tanto a la literatura como a la arquitectura y a las artes plásticas o decorativas. Acomodar el repertorio visual a unos conceptos elaborados por la crítica literaria no es tarea fácil, pero no se puede negar que las artes del modernismo (o del 98) se caracterizaron, precisamente, por la voluntad explícita de sincronizar todas las artes. En cualquier caso, la arquitectura y las artes aplicadas y decorativas, por un lado, y las artes plásticas, por otro, deben tratarse separadamente. El sentido de la producción es muy distinto en uno y otro caso: la práctica de la arquitectura era dependiente tanto de las nuevas tecnologías de la construcción como de la producción en serie de las industrias subsidiarias; las artes plásticas, en cambio, se relacionaban más con las grandes cuestiones intelectuales del momento. Por otra parte, las artes aplicadas y decorativas están sujetas, en un grado muy elevado, a los gustos y modelos que se imponen en la arquitectura (no debe olvidarse que, desde mediados del s. XIX y por influencia de John Ruskin, dominaba en Europa la teoría según la cual había que tender hacia la unidad de todas las artes bajo la primacía de la arquitectura). Además, el enorme prestigio que alcanza la arquitectura en una época en la que se sistematizaban los contenidos profesionales llevó a estos nuevos técnicos a tener un papel dirigente en el diseño de las artes aplicadas y también en la concepción de los interiores de las viviendas o edificios públicos.
–El modernismo en la arquitectura y las artes aplicadas. La primera cuestión que habría que clarificar respecto a la arquitectura y a las artes aplicadas del modernismo, tanto en España como en el resto del mundo occidental es que, a pesar de su espectacularidad, se trataba de un movimiento de carácter minoritario. El gran estilo del momento fue el ecleticismo, que aportaba una gran capacidad para asumir los nuevos avances técnicos y adaptarse a las necesidades de la nueva sociedad burguesa. Sólo desde la evolución de la crítica a lo largo del s. XX, se ha primado la “originalidad” del modernismo frente a la “convencionalidad” que aportaba el eclecticismo. Pero ambas actitudes, la ecléctica y la modernista o Art Nouveau, convivían en aquellos años y muchas veces los mismos arquitectos alternaban o combinaban ambos estilos. En España, el eclecticismo se refuerza, además, con la formulación del movimiento regionalista (un concepto que se puede aplicar a la pintura, a la escultura o a la arquitectura), que seleccionaba, entre los estilos del pasado, los trazos que podían considerarse genuinamente españoles. Pero el modernismo –excepto en Cataluña, donde desde fecha muy temprana se consideró como un estilo propio o “nacional”– fue un lenguaje cosmopolita que se sobreponía a las realizaciones eclécticas y regionalistas, dentro de una amplia consideración ecléctica de la arquitectura, de manera que cada función social podía justificarse con un estilo arquitectónico propio. En este contexto, el modernismo fue el lenguaje idóneo para edificios comerciales, de ocio, de vacaciones o de toda actividad a la que quisiera dar un sentido festivo y, sobre todo, cosmopolita. Las dos escuelas de arquitectura existentes entonces en España tuvieron un papel muy destacado en la formación de los arquitectos y, de alguna manera, divulgaron dos maneras distintas de entender el fenómeno modernista: por un lado, la más antigua escuela de Madrid, desde la que sus profesores impulsaban el modernismo o Art Nouveau como un eclecticismo más; por otro, la escuela de Barcelona, que divulgó específicamente lo que se conoce como “modernismo catalán”. Los ámbitos de influencia de ambas escuelas determinaron la dispersión geográfica del modernismo en España: si los modelos de la escuela de Madrid se reflejaban en la mayoría de regiones peninsulares, la influencia de Barcelona se hacía notar en la cuenca mediterránea (Baleares, Valencia, Murcia, etc.), hasta una interesante inclusión en Melilla.
La arquitectura modernista catalana es, sin duda, la que ofrece mayor originalidad, originalidad que deriva de la renovada visión del eclecticismo que tuvo en sus primeros momentos, definidos como “primer modernismo”. Dos jóvenes profesores asociados de la Escuela de Arquitectura, Lluís Domènech i Montaner (1850-1923) i Josep Vilaseca (1848-1910), se pronunciaban en la década de 1880 por un nuevo eclecticismo frente a la arquitectura de signo romántico y arqueologista. Proponían seguir el modelo de la arquitectura centroeuropea de Shinckel a Semper como complemento a la indiscutible autoridad de Viollet-le-Duc. El resultado de esta síntesis fue la elaboración de un nuevo eclecticismo, basado en la libertad absoluta de modelos, que potenció la enorme creatividad de la década de 1890. Por otro lado, el nacionalismo creciente propugnaba la permanencia de un lenguaje tardo-gótico con el objetivo de recuperar los modelos autóctonos; esta mentalidad es especialmente importante en las artes aplicadas, que se vuelcan hacia la recuperación de los antiguos oficios artesanales. Se trata de una última revisión del gótico, muy alejada del neogótico de signo arqueológico que había caracterizado la arquitectura romántica. Todos los arquitectos del momento sintieron la fascinación por el arte gótico: Antoni Gaudí (1852-1926) lo evidenciaba en el ábside de la Sagrada Familia o en el Palau Güell (1885-1889), Puig i Cadafalch realizaba entonces la Casa Ametller (1898-1900) y en la misma línea trabajaban Antoni M.ª Gallissà (1861-1903), Doménech i Montaner en el cementerio de Comillas (1893) y el resto de los arquitectos. La aceptación que este gusto medievalista y arcaico tuvo entre la sociedad catalana es la clave para entender la evolución del modernismo catalán, que no renunció nunca al mantenimiento de un lenguaje autóctono, junto a una importante dosis de creatividad que, con la utilización de las modernas técnicas y materiales –tanto en la arquitectura como en las industrias de artes aplicadas–, dotaban a la arquitectura de una imagen de modernidad. El modernismo catalán alcanzó su madurez en la primera década del s. XX, con la introducción del Art Nouveau europeo. Arquitectos como Enric Sagnier (1858-1931) utilizaron el lenguaje Art Nouveau como un eclecticismo más; otros, entre ellos Gaudí, se orientaron hacia la elaboración de un estilo plenamente original. Gaudí abandonó los estilos medievalistas a partir de la Casa Calvet (1898-1900), avanzando hacia una línea abstracta plenamente original, obsesionado, por una parte, por la búsqueda de un lenguaje simbólico de la arquitectura y, por otra, por los problemas técnicos de la resistencia de materiales y los nuevos de métodos de proyección, que concretó en el estudio de las estructuras por el cálculo funicular. Gaudí ejerció una gran influencia en arquitectos como Joan Rubió i Bellver (1871-1952), Josep M.ª Jujol (1879-1949), Francesc Berenguer (1866-1914), Lluís Muncunill (1868-1931) o Salvador Valeri (1873-1954). Un camino distinto era el emprendido por Rafael Masó (1881-1935), que desarrolló en la prov. de Girona, una serie de edificios inspirados en la Secesión vienesa, que presentaba como alternativa a un modernismo más convencional. En esta etapa, Puig i Cadafalch se mantuvo siempre fiel al discurso historicista iniciado en la década de 1890, mientras Doménech i Montaner elaboraba su lenguaje más maduro, una revisión totalmente original a partir de la naturaleza, con un profundo conocimiento de los nuevos materiales y procedimientos técnicos. A partir de 1905 trabajaba en sus obras más emblemáticas, el Palau de la Música Catalana y el Hospital de Sant Pau. En la isla de Mallorca puede reseñarse la presencia de obras muy representativas de los principales arquitectos catalanes: el Gran Hotel de Palma de Mallorca (1901-1903), de Domènech i Montaner; la intervención de Gaudí en la catedral (1904-1914), o las múltiples intervenciones de Rubió i Bellver en Sóller, Palma de Mallorca y el monasterio de Lluch. Entre los arquitectos locales destaca la personalidad de Gaspar Bennazar (1869-1933) que, por la utilización del hierro fundido y racionalidad de la ornamentación, hace pensar en Domènech i Montaner (Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Baleares, Palma de Mallorca, 1904-1906). Puede citarse también la obra de Francesc Roca (1874-1940), autor de la Casa Casassayas (1908-1910), que terminó Guillem Reynés (1877-1918), también en Palma de Mallorca. En el resto del área mediterránea destaca el caso de la c. de Valencia, que desarrolló una original versión de la Secesión vienesa, con la producción de Vicente Ferrer (1874-1960) y Javier Goerlich Lleó (1886-1972), pero, sobre todo, con Demetri Ribes (1875-1921), autor de la Estación del Norte (1906). La obra de Ribes se aproxima ya al lenguaje racionalista; debe reconocerse, además, su labor como introductor de una técnica poco utilizada en la España del momento, el cemento armado, que aunó con un renovado interés por las artes aplicadas. Otros enclaves modernistas de la Comunidad Valenciana son Alcoy y Novelda (Alicante), especialmente esta última c., donde coincidió la modernidad de unos propietarios con la calidad de un arquitecto Pedro Cerdán Martínez (1863-1947), alumno de la Escuela de Arquitectura de Madrid, quien, no obstante, utilizaba el modernismo como una posibilidad dentro de un amplio repertorio ecléctico. Finalmente, Cartagena (Murcia), convertida en un centro comercial de primer orden, con una burguesía enriquecida a partir de la explotación minera, acogió la obra de Víctor Beltrí Roquetas. La presencia de un arquitecto catalán en Melilla marcó una tardía muestra de la arquitectura nacida en la escuela de Barcelona.
En la Escuela de Arquitectura de Madrid se recibía la influencia del modernismo desde una perspectiva más internacionalista. Puede apuntarse la presencia de un primer episodio modernista en el palacio urbano (hoy sede de la Sociedad General de Autores) que el banquero Javier González Longoria había encargado en 1902 a José Grases Riera, quien combinaba la calidad del diseño con el empleo del hierro en sus estructuras. Pero la asimilación del estilo se debe, sobre todo, a la resonancia que obtuvo el concurso internacional organizado para la construcción de la nueva sede del Casino de Madrid (1903) y la celebración de VI Congreso Internacional de Arquitectos al año siguiente. En realidad, el modernismo se impuso a partir de 1911 como “estilo francés moderno” para diferenciarse del estilo “segundo imperio” en la residencia burguesa plurifamiliar. Ese mismo espíritu es el que inspiró el modernismo en la mayoría de capitales de Castilla, como Valladolid, Salamanca o Burgos. Un proceso similar puede apreciarse en la c. de Zaragoza; la gran exposición hispano-francesa de 1908 daba a conocer el estilo que iba a ser utilizado como un eclecticismo más por los arquitectos, entre los que destacó Ricardo Magdalena (1849-1910). En toda la cornisa N. de la Península, en A Coruña, Bilbao o San Sebastián, el modernismo fue un estilo de moda, moderno y cosmopolita, ideal para la llamada “arquitectura del ocio”, que comprende desde las residencias de veraneo hasta una elaborada arquitectura festiva de quioscos, casas de baño, pasarelas, pequeños cines o teatros, de los que, lamentablemente, una gran parte han desaparecido; al mismo tiempo se convirtió en un estilo diferencial en algunas ciudades industriales, como Vigo (Pontevedra) o Gijón (Asturias). Destaca, por su originalidad, la arquitectura gallega, que adaptó las formas sinuosas del modernismo a su propia tradición constructiva: en Vigo, con el uso masivo en las fachadas del granito local; en A Coruña y El Ferrol, con la adaptación de las galerías exteriores decimonónicas, que lograron en estos años sus más bellos diseños. Entre los arquitectos, puede citarse a: Julio Galán Carvajal (1875-1939), activo en A Coruña y que se trasladó a Oviedo en 1912; Benito Gómez Román (1968-1908), en Vigo; y Rodolfo Ucha Piñeiro (1882-1973), en El Ferrol. Julio Galán, instalado en Oviedo, dejó en el barrio de Uría diseños de gusto modernista que se fueron depurando con el paso del tiempo. En las regiones del N., el modernismo se convirtió en un estilo cosmopolita, a pesar de que en Asturias no tuvo la incidencia del movimiento regionalista, ni en el País Vasco, la del denominado “estilo inglés”. Un fenómeno similar puede apreciarse en las provincias del S., donde la pujanza del regionalismo diluyó las intervenciones modernistas o Art Nouveau. Cádiz, la c. cosmopolita por excelencia, generó numerosas muestras modernistas en comercios y establecimientos de toda índole, muchas veces siguiendo modelos británicos. Estos mismos esquemas, justificados por las relaciones comerciales entre España y la Gran Bretaña, explican la tímida introducción de la arquitectura modernista tanto en Jerez de la Frontera (Cádiz) como en el conjunto de las islas Canarias.
–El modernismo en las artes plásticas. La consideración del fenómeno modernista en las artes plásticas es bastante ambigua, pues “modernismo” se asociaba a “modernidad”, lo que llevó a calificar como “modernista” un tipo de producción que, en realidad, habría que definir como “impresionista”. Los primeros artistas en adoptar los cambios temáticos y técnicos que representaba el impresionismo fueron Adolfo Guiard (1860-1916) en el País Vasco, y Ramon Casas y Santiago Rusiñol en Cataluña: Guiard se convirtió en el primer pintor español moderno al regresar de su larga estancia en París, en 1886; por su parte, Casas y Rusiñol, en una exposición conjunta realizada en la Sala Parés de Barcelona en octubre de 1890, presentaron una serie de pinturas trabajadas también en París, que revolucionaron a la sociedad catalana. En las artes plásticas, sin embargo, sólo pueden considerarse modernistas en sentido estricto las obras que temáticamente responden al gusto simbolista. El simbolismo como lenguaje estético se fraguó lentamente desde el romanticismo y culminó en pluralidad de opciones plásticas que defendían los contenidos significativos de la obra de arte. Pero la compleja evolución de los movimientos de carácter simbolista que tuvieron lugar en Europa a lo largo de medio siglo (prerrafaelismo, parnasianismo, estetecismo o decadentismo) se asimilaron en España de forma globalizada en la última década del s. XIX. La III Festa Modernista, organizada por Santiago Rusiñol en su reducto del Cau Ferrat de Sitges (Barcelona), cuyo acto central fue un certamen literario, es considerada por la historiografía como la primera manifestación simbolista documentada en España. Paralelamente, la pintura de Rusiñol evolucionaba: primero se fascinó por los primitivos italianos; más tarde descubrió la pintura de El Greco y de Puvis de Chavannes, elaborando obras de un decadentismo evidente, como La morfinómana (1894, Museo del Cau Ferrat, Sitges). Las posiciones más esteticistas eran defendidas por Alexandre de Riquer (1856-1920), buen conocedor del arte japonés, que había viajado a Inglaterra en 1894. En Madrid, desde 1903, en las tertulias organizadas en el Café Levante, promovidas por Ricardo Baroja y Ramón del Valle Inclán, se imponían dos líneas estéticas: por un lado, la tendencia vanguardista de tipo expresionista, representada por Gutiérrez Solana y Ricardo Baroja; por otro, la doctrina simbolista que defendía Valle Inclán, que se concretó en la producción de Anselmo Miguel Nieto (1881-1964) y Julio Romero de Torres (1874-1930). Julio Romero de Torres alcanzó su plena madurez artística a la vuelta de un viaje a Italia en 1907, después del que trabajó en obras tan representativas dentro del simbolismo español como La Musa Gitana (1908, Museo de Arte Contemporáneo, Sevilla) o Nuestra Señora de Andalucía (1908, Museo Julio Romero de Torres, Córdoba). El pintor francés Puvis de Chavannes, convertido en mito entre los artistas de fin de siglo, determinó un gran auge de la pintura mural; sólo ésta podía alcanzar los valores simbólico-decorativos, por la conjunción de adecuar una temática al gran escenario en que se convertía la arquitectura, la mayor de las artes, que debía integrar tanto las artes plásticas como las decorativas. Las grandes construcciones de la época iban acompañadas de grandes composiciones murales, como el conjunto del salón principal del Casino de Madrid, obra de Emilio Sala (1850-1910), que completó su discípulo Cecilio Pla (1860-1934), o los óleos del Círculo de la Amistad (1905) de Julio Romero de Torres. Como ejemplo tardío puede señalarse la obra de José M.ª Sert (1874-1945), que elaboró un estilo personal recogiendo la tradición de la gran pintura barroca. Otros artistas adaptaron la temática del simbolismo como un estilo más, al considerarlo acorde con el espíritu de crisis que caracterizaba el fin de siglo. Es el caso, p. e., de Eduardo Chicharro (1873-1949), autor de un espléndido retablo titulado El poema de Arminda y Reinaldo (1904, Museo de Jaén, depósito del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía); el pintor zaragozano Francisco Marín Bagüés (1879-1961), con su Santa Isabel de Portugal (1910, Diputación Provincial de Zaragoza); el asturiano José Ramón Zaragoza (1874-1947) o el artista sevillano Virgilio Mattoni (1842-1923). No podemos dejar de señalar la importancia de la escultura en los años del simbolismo, en gran parte como consecuencia del enorme prestigio alcanzado por el gran renovador de la escultura contemporánea, Auguste Rodin. El escultor catalán Josep Llimona (1864-1934), ya en la década de 1890, abandonó el realismo costumbrista en obras como Modèstia (1891, con múltiples versiones en bronce y yeso), culminó su trayectoria en obras como Desconsol (1907, versión en mármol, Barcelona, Museu Nacional d’Art de Catalunya). Puede citarse, así mismo, a los también escultores catalanes Enric Clarasó (1857-1941) o Miquel Blay (1866-1938), sin olvidar aquellos que se especializaron en escultura aplicada o decorativa, que, como en el caso de la pintura mural, se supeditaba a la arquitectura en aras de alcanzar la obra de arte total; así, Eusebi Arnau (1863-1933) en Cataluña o Manuel Garnelo y Alda (1878-¿?) en Andalucía. Destacan, además, algunos escultores simbolistas que consiguieron llevar la expresividad de sus formas a un estilo muy próximo a la vanguardia; éste es el caso, p. e., de los escultores vascos Paco Durrio (1868-1940) o Nemesio Mogrovejo (1875-1910) o del mismo Pablo Gargallo (1881-1934). La pintura simbolista española, finalmente, destaca por la presencia de un último y tardío episodio del arte modernista-simbolista. Se trata de la producción del pintor canario Néstor Martín Fernández de la Torre (1887-1938), autor del espléndido Poema de los elementos, que debía convertirse en un gran poema visual de la Naturaleza del que llegó a componer el Poema del Agua o Poema del Atlántico (1913-1923, Museo Néstor, Las Palmas de Gran Canaria) y el Poema de la Tierra (1927-1938), a los que debían seguir el Poema del Aire y el Poema del Fuego. [M.F.S.]

CIENCIA-TÉCNICA

Ochoa de Albornoz, Severo. (Luarca, Valdés, Asturias, 24-IX-1905 – Madrid, 1-XI-1993). Médico y bioquímico. Cursó el bachillerato en el Instituto de Málaga, donde la influencia de un joven profesor de química, Eduardo García Rodeja, le atrajo hacia las ciencias naturales. Durante un tiempo había pensado estudiar ingeniería, pero su escasa disposición para las matemáticas y su creciente interés por la biología, le hicieron desistir en su primer empeño. En 1923 se matriculó en la Facultad de Medicina de la Universidad de Madrid; aunque nunca tuvo el propósito de dedicarse a la práctica médica, ésta era la carrera que en aquel momento proporcionaba el mejor acceso al estudio de la biología. La lectura del libro de Santiago Ramón y Cajal Reglas y consejos sobre la investigación científica estimuló su fervor por la ciencia. “No puedo describir lo decepcionado y triste que me sentí –escribió Ochoa– cuando me di cuenta que el septuagenario Cajal se había retirado de su cátedra”. Sin embargo, tuvo la fortuna de que uno de sus discípulos, Francisco Tello, profesor de patología, motivase la decisión de dedicar su vida a la investigación biológica de modo irrevocable. En el segundo curso de la carrera, Ochoa entró en el ámbito del joven y brillante profesor Juan Negrín, formado con el fisiólogo Ewald Hering en la Universidad de Leipzig. Negrín regía la cátedra de Fisiología de la Facultad de Medicina con fascinantes perspectivas debido a su renovadora visión del mundo de la ciencia moderna. No disponía entonces la facultad más que de un laboratorio destinado a prácticas; Negrín ofreció a Ochoa la posibilidad de trabajar por las tardes en la Residencia de Estudiantes, donde la Junta para Ampliación de Estudios había instalado laboratorios de investigación, dirigidos por los profesores Negrín, (fisiología), Pío del Río Hortega (neurohistología), Calandre (cardiología) y Paulino Suárez (microbiología). El primer trabajo científico de Ochoa, realizado en colaboración con su compañero García Valdecasas, versó sobre un micrométodo para la determinación de la creatinina. En 1927, Ochoa publica con José Hernández Guerra, profesor ayudante de Negrín, un manual destinado a los estudiantes titulado Elementos de Bioquímica. En 1928 concluye sus estudios de Licenciatura y un año después obtiene el doctorado en Medicina cum laude, con una tesis sobre Los hidratos de carbono en los fenómenos químicos y energéticos de la contracción muscular. En su última etapa de estudiante de Medicina había pasado un verano en el laboratorio del profesor Nöel Paton, en Glasgow (Escocia), donde investigó una actividad biológica de los cuerpos guanidínicos, cuyos resultados fueron publicados en los Proceeding de la Real Sociedad de Londres. Atraído por el trabajo de Otto Meyerhof, “Premio Nobel” en 1922, acerca de la química de la contracción muscular, Ochoa trabajó en su laboratorio de biología del Kaiser Wilhelm Institute, en Berlín y, posteriormente, en el de Heidelberg (“Meyerhof fue el maestro que contribuyó a mi formación e influyó en la formación ulterior de mi vida de modo más decisivo”). Ochoa convive entonces con grandes bioquímicos, como Fritz Lipmannn, David Nachmansohn, Hans A. Krebs, Rudolph Schönheimer, Ernst Chain, Karl Meyer y Otto Warburg. En 1932 se traslada al laboratorio del bioquímico Harold W. Dudley, en el National Institute for Medical Research de Londres, donde trabaja con su primer enzima, la glioxalasa. De regreso a España, es nombrado profesor auxiliar de fisiología en la cátedra de Negrín y, posteriormente, jefe del Departamento de Fisiología del Instituto de Investigaciones Médicas, creado en la nueva Facultad de Medicina de la Ciudad Universitaria por el profesor Carlos Jiménez Díaz.
La Guerra Civil (1936-1939) impulsó a Ochoa a continuar su labor de investigación fuera de España. Empieza entonces su peregrinación por una Europa en guerra, no como exiliado político, sino como exiliado científico. Es reclamado por su maestro Meyerhof y pasa una temporada en Heidelberg, cuyo laboratorio de fisiología se había transformado en laboratorio de bioquímica. Ochoa termina su trabajo de la glicólisis en el corazón, aísla ADN puro de músculo esquelético, y realiza algunos estudios de la transfosforilación en extractos musculares, en colaboración con Olhmeyer. El hecho de que Meyerhof fuese judío le obligaba en aquellos primeros momentos de la II Guerra Mundial (1939-1945) a trasladarse a Estados Unidos. Antes de marchar, consigue a través de su amigo A.V. Hill –con quien había compartido el “Premio Nobel”– una beca para que Ochoa trabajara en el Laboratorio de Biología Marina en Plymouth, en Inglaterra. En esta nueva etapa realiza estudios de las reacciones de transfosforilación y de la distribución de ADN en el músculo de invertebrados, en los que es ayudado por Carmen, su mujer, con la que publica un trabajo en la revista Nature. Antes de expirar la beca, el doctor W.R.C. Atkins le proporciona un puesto excelente en el laboratorio del profesor Rudolph A. Peters, en Oxford. De esta época datan ciertos trabajos de extraordinario interés a través de los cuales Ochoa establece un método de valoración separado de la vitamina B1 y la cocarboxilasa, y demuestra la existencia de un sistema enzimático capaz de llevar a cabo la fosforilación de la vitamina B1. También el período de trabajo en Oxford fue interrumpido por la II Guerra Mundial, desde que el Departamento de Bioquímica fue utilizado para trabajos relacionados con el conflicto bélico; Ochoa, como extranjero, consideró que tenía que permanecer al margen: “Comencé a sentirme aislado y solo y empecé a pensar en irme”. Tenía interés en trabajar con el matrimonio Carl y Gerty Cori –que años después obtendrían el “Premio Nobel”– en la Escuela Universitaria de Medicina Washington, de San Luis (Missouri), en cuyo laboratorio se desarrollaba el estudio de las enzimas, y donde el trabajo sobre la fosforilasa estaba en pleno apogeo. Ochoa adquirió entonces una valiosa experiencia en las técnicas de aislamiento y caracterización de esteres fosfóricos y otros metabolitos relacionados y, sobre todo, se familiarizó con algo que en el futuro le iba a resultar muy útil: el aislamiento y la caracterización de enzimas. En 1942 se traslada al New York University College of Medicina, donde ocupó los cargos de investigador asociado en el Departamento de Medicina y, sucesivamente, de profesor asistente de bioquímica, profesor y director del Departamento de Farmacología y, desde 1954, profesor y director del Departamento de Bioquímica. En estos años, el grupo de Ochoa estuvo formado por jóvenes investigadores procedentes de la comunidad científica internacional y algunos españoles en su etapa posdoctoral. En 1955, Ochoa y su grupo logran sintetizar por primera vez fuera de la célula viva un ácido ribonucleico de alto peso molecular. La comunicación de este hallazgo fue presentada en la reunión de la Federación de Sociedades Americanas de Biología Experimental que tuvo lugar en San Francisco y en el Congreso Internacional de Bioquímica celebrado en Bruselas en el verano del mismo año. Este primer trabajo sobre la enzima denominada “polinucleótido fosforilasa” fue publicado en forma de carta a los editores en el Journal of the American Chemical Society, a pesar del informe adverso de uno de los asesores de la revista. Simultáneamente a los estudios de Ochoa sobre la síntesis de ARN con polinucleótido fosforilasa, su discípulo Arthur Kornberg logra la síntesis enzimática ADN. Konrberg, que ha aprendido a manejar las enzimas en el laboratorio de Ochoa, continúa su trayectoria científica adscrito a la Universidad de Stanford (California) como profesor de bioquímica. En 1959, Ochoa y su discípulo Arthur Kornberg reciben el “Premio Nobel”. Tres años antes, Severo Ochoa y su esposa Carmen habían adquirido la nacionalidad americana: “El país nos había abierto los brazos desde el primer momento. Tuve todo lo que tuve mientras aún era súbdito español y fui miembro de importantes comités científicos del Estado americano. Todo ello nos movió el ánimo hacia una gratitud y un cariño entrañables”.
Dado que Ochoa no se considera un exiliado político, cuando le es posible pasa algunos veranos en su Asturias natal y viaja por España. Destruida material y moralmente la escuela neurohistológica de Cajal, como consecuencia de la Guerra Civil, dispersos en el exilio Río Hortega y sus discípulos, así como el grupo de fisiólogos formados por Negrín, Ochoa no había olvidado que también él se había visto obligado a salir al extranjero en busca de ambiente científico. Su presencia en España fue cada vez más frecuente desde entonces. En el mes de julio de 1961 preside en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander la I Reunión Bioquímica, que congrega a los distintos grupos científicos que trabajan dispersos y que se clausura con una intervención del “Premio Nobel” en la que se refiere a los últimos trabajos realizados en su laboratorio de la Universidad de Nueva York sobre el “Metabolismo del ácido propiónico en tejidos animales”. Como consecuencia de este primer contacto, en la II Reunión, celebrada dos años después en la Universidad de Santiago de Compostela, se crea la Sociedad Española de Bioquímica. Con el propósito de interesar a la juventud universitaria por la fascinación de la ciencia, Ochoa imparte un curso de conferencias en la Sociedad de Estudios y Publicaciones de Madrid, dirigida por Xavier Zubiri, sobre “La base química de la herencia: la clave genética”: “Era, y aún es, mi mayor deseo que vuelva a florecer la ciencia en mi país como floreció en tiempos de Cajal”. Su grupo de trabajo se encuentra en un buen momento para introducirse a fondo en uno de los aspectos fundamentales de la biología, como es el papel de ARN en la transferencia de la información genética y la relación que existe entre la estructura de los ácidos nucleicos y la estructura de las proteínas. El disponer de un reactivo privilegiado como la enzima polinucleótido fosforilasa lleva al laboratorio de Ochoa a abordar estos trabajos. Se vislumbra que el desciframiento del código genético tiene que llegar muy pronto. Se establece entonces una fuerte competencia entre los laboratorios de Ochoa y M. W. Nirenberg. Este último, en colaboración con el químico H.G. Khorana, llega simultáneamente a los mismos resultados y completa brillantemente el desciframiento del código genético iniciado por Ochoa, con lo cual Nirenberg y Khorana compartieron el “Premio Nobel” en 1968. Sin embargo, el nombre de Ochoa fue propuesto de nuevo para el “Premio Nobel”. El descubrimiento de la enzima polinucleótido fosforilasa, por Ochoa, constituye uno de los pilares que marcan el comienzo de la biología molecular. Ésta se había iniciado con la hipótesis de Watson y Crik de la estructura doble helicoidal de ADN. Cuando alcanzó la edad de jubilación en la New York University, Ochoa tuvo el propósito de prolongar su estancia en España y de reducir el tiempo de residencia en Estados Unidos para dedicar más tiempo al desarrollo del proyecto del Centro de Biología Molecular, organismo dependiente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y de la Universidad Autónoma de Madrid, cuyo origen se debía a una propuesta realizada por él mismo al ministro de Educación. Un posterior cambio ministerial interrumpió sine die la obra en marcha. Ochoa decidió entonces aceptar la dirección de un grupo de investigación en los nuevos laboratorios del Roche Institute of Molecular Biology, en Nutley (New Jersey), donde permaneció entre 1975 y 1985, año de su regreso a España. Desde la presencia de Ochoa en la reunión de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander (1961), sin embargo, el crecimiento del ambiente científico español era ya muy considerable. No en vano, su prestigio mundialmente reconocido había hecho posible que, al constituirse en Londres la Federación Europea de Sociedades de Bioquímica (FEBS), en la que quedaron agrupados 16.000 bioquímicos pertenecientes a veintidós países, la Sociedad Española de Bioquímica fuese uno de sus miembros fundadores. Más significativa aún es la intervención de Ochoa en el VI Congreso Internacional de Sociedades de Bioquímica celebrado en Madrid en 1969, que contó con la asistencia de 2.200 científicos y la intervención activa de ocho galardonados con el “Premio Nobel”. A su regreso a España en 1986, Ochoa dirigió en el Centro de Biología Molecular que lleva su nombre a un grupo de discípulos en trabajos relacionados con la biosíntesis de proteínas. En este tiempo publica algunos artículos en la prensa nacional, recogidos posteriormente con el título de Escritos y se prepara la edición de sus Trabajos Reunidos (1928-1986), publicados en cuatro volúmenes. Ochoa ha recibido, además del “Nobel”, los premios “Ramón y Cajal” y “Borden”, y la Medalla Neuberg, entre otros, considerados de primer orden en la comunidad científica mundial. Ha sido miembro de numerosas academias, como la Nacional de Ciencias de Estados Unidos, la American Philosophical Society, la Royal Society de Londres, la Academia Leopoldina de Halle (Alemania), la Real Academia de Ciencias de Madrid o la Academia de Ciencias de la URSS. Asimismo, fue investido doctor honoris causa por más de treinta universidades, entre las que figuran las de Oxford, Perugia, Miami, Nueva York, Santo Domingo, Guanajuato (México), Chile, Santo Tomás (Manila), Salamanca, Santiago de Compostela, Córdoba, Alicante, Málaga, Madrid, Valladolid y Valencia. También fue presidente de la Harvey Society de Nueva York, de la American Society of Biological Chemist, de la Unión Internacional de Bioquímica y de la Federación Panamericana de Federaciones de Bioquímica. Sus discípulos trabajan actualmente en numerosos países que incluyen España, Argentina, Chile, Brasil, EE.UU., India, Alemania, Inglaterra, Francia, Italia y Japón. Su obra ha supuesto, en palabras del profesor Laín Entralgo, “el logro de una meta de indiscutible trascendencia en el recto conocimiento de la urdimbre del proceso biológico de la vida”. [M.G.S.]

 

DEMOGRAFÍA

Migración. Desplazamiento geográfico de individuos o grupos, en general por causas económicas o sociales (vv. demografía, emigración, inmigración). La distribución actual de la población española se explica fundamentalmente por los movimientos migratorios internos que se han desarrollado, en oleadas sucesivas y con características diversas, a partir del último tercio del s. XIX. De hecho, según el Censo de Población de 1991, más de la mitad de los habitantes de España residía, en esa fecha, en un lugar distinto del de su nacimiento.
–Movimientos tradicionales. Desde el s. XVI y, sobre todo, a partir del s. XVIII, se fue desarrollando un proceso progresivo de vaciamiento del interior peninsular y concentración de los habitantes en la periferia, que alcanzó, en el último cuarto del s. XIX, una mayor intensidad. El origen de estas migraciones interiores está en los profundos desequilibrios socioeconómicos (campo-ciudad e interregionales) producidos por la industrialización, la urbanización de las ciudades y la mecanización del campo, aunque no comenzaron a ser masivas hasta que la emigración a América, hasta entonces predominante, se vio dificultada por el estallido de la I Guerra Mundial. Al mismo tiempo, la industrialización de Cataluña y del País Vasco atrajo a muchos campesinos de otras regiones que emigraron en busca de un trabajo en la industria, siendo ambas regiones, junto con Madrid, los destinos principales de esas primeras corrientes migratorias internas, favorecidas también por el desarrollo del ferrocarril. Según el Censo de 1900, el porcentaje de nacidos fuera de la prov. era de un 41,7% para Madrid, un 22,2% para Barcelona y un 26,4% para Vizcaya. La industria siderúrgica vasca atraía inmigrantes de Castilla y León, mientras que los puestos de trabajo de las industrias textiles y químicas catalanas eran ocupados por aragoneses y levantinos. Como segundo destino para los emigrantes estaban las capitales de sus propias provv. de origen. Junto a esta emigración definitiva, seguía existiendo una intensa emigración de carácter temporal, representada por cuadrillas de trabajadores que se desplazaban de unas regiones a otras con ocasión de la siega en verano, la vendimia en otoño o la cosecha de la aceituna en otoño-invierno.
–Periodo 1900-1960. Entre 1900 y 1930 se fue incrementando de forma acelerada el flujo migratorio interno, al coincidir la dificultad para la emigración ultramarina con la crisis del mundo rural (aumento de la presión demográfica, crisis de la filoxera en las zonas vitivinícolas y mecanización de las regiones cerealistas, con el consiguiente aumento del paro) y la creación de puestos de trabajo en las industrias catalanas y vascas, en el sector servicios en Madrid y en las grandes obras públicas promovidas por la Dictadura de Primo de Rivera (1923-1929). La comparación de los censos con los movimientos naturales de la población ha permitido estimar en unos tres millones los desplazados en esos treinta años. Las regiones que más pérdidas registraron fueron Galicia, Andalucía oriental y varias provv. castellanas y levantinas; los destinos preferidos continuaron siendo Cataluña (Barcelona), la región central (Madrid) y el País Vasco (Vizcaya). Entre 1930 y 1950 descendieron las migraciones internas de origen económico, y las que se produjeron tuvieron más bien un carácter político, consecuencia de los avatares de la II República (1931-1939), la Guerra Civil (1936-1939) y la posguerra. En la década de 1950 renacieron los movimientos tradicionales hacia Cataluña, País Vasco y Madrid, a los que se suman como regiones de destino Asturias, con la creación de la Empresa Nacional Siderúrgica, S.A. (Ensidesa), o Levante; como regiones de origen, Galicia, Castilla, Extremadura, Andalucía y Canarias, principalmente.
–Periodo 1960-1975. En 1960 comenzó la segunda gran etapa en el desarrollo de las migraciones interiores recientes, cuyas características son la intensificación del éxodo rural, de carácter familiar y definitivo, dirigido de forma masiva hacia las grandes ciudades; la aparición de nuevos destinos ligados a los Polos de Desarrollo industrial o al turismo, que se sumaron a los tradicionales; la importancia de las migraciones intraprovinciales, dirigidas hacia las capitales de prov. u otros núcleos urbanos y utilizados, muchas veces, como trampolín inicial para movimientos a más larga distancia; y la aparición de nuevos movimientos inter e intraurbanos en el seno de las áreas metropolitanas de las grandes ciudades, principalmente Barcelona y Madrid, en constante crecimiento. A partir de 1962 aparecieron nuevas fuentes para el estudio de las migraciones interiores (Estadística de Variaciones Residenciales, realizada a partir de los boletines de altas de residencia municipal, informaciones obtenidas de los padrones y los censos de población...), que permiten dar cifras más ajustadas a la realidad: durante este periodo, más de 400.000 personas (500.000 en 1964) cambiaron anualmente de mun. de residencia, reflejándose en el padrón de 1975 que más de 13.000.000 de habitantes habían cambiado de residencia mun. alguna vez en su vida. En el periodo de máximas migraciones (1962-1975), las regiones inmigracionales fueron Barcelona y el litoral catalán, Madrid, el País Vasco litoral y Alto Ebro, las regiones valenciana y murciana, Canarias y las islas Baleares, es decir, las regiones industriales y turísticas; cuatro provincias, Barcelona, Madrid, Valencia y Vizcaya atrajeron el 53,7% de la emigración. Andalucía, Galicia y las regiones del interior siguieron siendo emigracionales, aunque dentro de ellas se produjeron movimientos en beneficio de los polos industriales o de los centros turísticos de Sevilla, la Costa del Sol, Vigo, A Coruña, Valladolid, Zaragoza, Navarra o Álava. A partir de 1970 comenzaron a apuntarse nuevas tendencias migratorias; por una parte, descendieron los emigrantes procedentes de munn. rurales o semirrurales (hasta 10.000 h.); por otra, entró en crisis el crecimiento de las grandes metrópolis en favor de las ciudades de tamaño medio (entre 10.000 y 100.000 h.), que en 1974 fueron el destino de casi la mitad de los emigrantes.
–Desde 1976. En 1976 comenzó un nuevo ciclo en las migraciones interiores, caracterizado por los siguientes hechos: descenso general de los volúmenes migratorios, disminución del papel de los grandes polos de atracción tradicionales en favor de nuevos focos, surgimiento de movimientos de contracorriente (regiones inmigracionales que se convierten en emigracionales y viceversa) y aumento de los retornos y de las migraciones de corta y media distancia frente a las de larga distancia. Los efectos de la crisis económica mundial, que comenzó en 1973, se dejaron sentir también en los movimientos interiores; el paro, especialmente en las zonas industriales, frenó e incluso invirtió las tradicionales corrientes migratorias: aunque entre 1976 y 1984 el promedio de movimientos anuales se mantuvo por encima de los 300.000 habitantes, esta cifra incluye también a los que retornaron a sus regiones de origen. Todas las regiones tradicionalmente emigracionales redujeron su emigración o se convirtieron en inmigracionales por los retornos: en 1981, las provv. con saldos de más de 1.000 inmigrantes fueron Madrid, Las Palmas, Baleares, Sevilla, Zaragoza, Murcia y Badajoz. Las regiones inmigracionales, por su parte, redujeron sus saldos inmigratorios (Madrid y Cataluña) o incluso se convirtieron en emigracionales (País Vasco): en 1981, los saldos emigracionales más fuertes correspondieron a las provv. de Barcelona, Vizcaya y Guipúzcoa. Sin embargo, las islas Canarias y Baleares y las regiones del litoral mediterráneo, con una economía basada en el turismo, la agricultura de exportación y la pequeña industria, resistieron mejor la crisis y obtuvieron saldos migratorios positivos. Al mismo tiempo, al escasear los empleos, disminuyó la movilidad inter e intrametropolitana y aumentó la emigración de salida de los munn. de más de medio millón de habitantes. En este periodo fueron los munn. entre 20.000 y 500.000 h. los que registraron mayores movimientos de población, tanto de procedencia (munn. de más de 100.000 h.) como de destino (munn. hasta 100.000 h.), lo que da idea del carácter predominantemente interurbano de las migraciones en estos años. En cuanto a las características de los emigrantes, en las salidas predominan los jóvenes solteros que van a las ciudades en busca de empleo, mientras que los retornos a las regiones de origen fueron protagonizados por jubilados hasta 1980, y por personas de todas las edades a partir de esa fecha, como reflejo de las dificultades laborales existentes en esos años. Entre 1986 y 1990 se produjo una rápida recuperación económica, basada en la aparición de nuevos sectores productivos competitivos y en el desarrollo de los sectores terciario y cuaternario. Ello provocó la recuperación del atractivo de las zonas económicamente dinámicas, que pasaron a ser las turísticas, y determinadas ciudades medias: las provv. más receptivas eran Girona, Baleares, Las Palmas y Tarragona, seguidas por Málaga, Lleida, Sevilla, Almería y Santa Cruz de Tenerife. Las provv. tradicionalmente emigratorias retomaron ese papel, con tasas no demasiado intensas. Sólo Guipúzcoa, Vizcaya y Barcelona no consiguieron recuperarse y conservaron unos balances muy desfavorables, aunque esta última se vio favorecida por la nominación de su cap. como sede olímpica. La primera mitad de la década de 1990 fue de nuevo una etapa marcada por la recesión económica, que volvió a disparar las tasas de paro y a frenar los índices de crecimiento de la economía española; tras los acontecimientos de 1992 (Juegos Olímpicos de Barcelona y Exposición Universal de Sevilla) finalizó la recuperación experimentada durante los años anteriores. Todo ello influyó en las migraciones: provv. como Granada, Huesca, Albacete, Cáceres y Badajoz volvieron a expulsar población de forma importante, lo mismo que Barcelona una vez finalizado el proyecto olímpico, y mantuvieron sus tasas negativas Guipúzcoa, Vizcaya, Ávila, Teruel, León y Zamora. La prov. de Madrid, por su parte, presentó un balance negativo, aunque con unas características particulares: si bien la cap. ya presentaba dicho balance en etapas anteriores, la prov. había mantenido su carácter receptivo incluso en los momentos de mayor crisis; en la década de 1990, sin embargo, se asistió al efecto de una expansión residencial que sobrepasó los límites provinciales y que provocó que las tasas de crecimiento más intensas a nivel nacional se situaran en el entorno de Madrid, concretamente en Guadalajara y Toledo, que se convirtieron en una ampliación del área de influencia de la c. central. Hay que destacar, en el último cuarto del s. XX, el incremento progresivo de la movilidad intraprovincial, de corta distancia, que supuso, a principios de la década de 1990, un 58% del total: este incremento se produjo sobre todo en las grandes ciudades, en las que más del 60% de los emigrantes procede de sus propias provv., en las capitales de prov. y ciudades medias y en áreas de grandes desequilibrios internos como son las zonas litorales de intenso desarrollo. Por otra parte, la saturación de las grandes urbes ha favorecido la aparición de procesos de periurbanización, que suponen el auge de las ciudades medias, e incluso de munn. de pequeño tamaño, que se encuentran en sus áreas de influencia: los desplazamientos ya no tienen carácter estrictamente laboral, sino que obedecen fundamentalmente a cambios de residencia (provocados por el encarecimiento de la vivienda en la c. central o por la búsqueda de lugares que ofrezcan una mayor calidad de vida) y a relocalizaciones de retorno u ocio. [P.C.P.]

 

DEPORTES

Induráin Larraya, Miguel. (Villava, Navarra, 16-VII-1964). Ciclista. Inició su carrera como aficionado en 1983, año en que ganó la Vuelta a Salamanca y el Trofeo Estrellas de Pamplona. En 1984 se integró en el equipo Reynolds, con el que participó al año siguiente en la Vuelta Ciclista a España y en el Tour de Francia y en el que inició su relación profesional con José Miguel Echávarri y Eusebio Unzué, directores de esta formación deportiva. En 1986 ganó el Tour del Porvenir, en 1988 la Volta a Catalunya y en 1990, año en que ganó la Clásica de San Sebastián, su equipo pasó a ser patrocinado por la entidad Banco Español de Crédito (Banesto). En 1991 se proclamó ganador del Tour de Francia –siendo el cuarto español en conseguir este triunfo, después de Federico Martín Bahamontes, Luis Ocaña y Pedro Delgado–, por delante de los italianos G. Bugno y C. Chiappucci; ese mismo año obtuvo el primer puesto en la Volta a Catalunya, el segundo en la Vuelta Ciclista a España –que ganó el español M. Mauri– y el tercero en el Campeonato del Mundo de Fondo en Carretera. En 1992 consiguió el primer triunfo de un español en el Giro de Italia, por delante de C. Chiappucci y F. Chioccioli, y ganó el Tour de Francia, ante Chiappucci y Bugno en los siguientes puestos, el Campeonato de España de Fondo en Carretera y la Volta a Catalunya; ese año encabezó la clasificación de la Fédération Internationale du Cyclisme Professionnel (FICP), con 930,9 puntos sobre el segundo clasificado, el suizo T. Rominger. En 1993 ganó por tercera vez la gran ronda francesa, por delante de Rominger y del polaco Z. Jaskula, y la vuelta italiana, en la que el letón P. Ugrumov y el italiano Chiappucci ocuparon el segundo y el tercer puesto, respectivamente; en esa misma temporada obtuvo la medalla de plata en el Campeonato de España y en el Campeonato del Mundo, ganó la Vuelta a los Puertos y le fueron concedidos el premio “Príncipe de Asturias de los Deportes” y la Legión de Honor de la República Francesa. En 1994 se situó en el tercer puesto en el Giro, detrás del ruso E. Berzin y del italiano M. Pantani, y ganó por cuarta vez consecutiva el Tour de Francia –siendo el tercer ciclista de la historia en conseguirlo, después del francés Jacques Anquetil y del belga Eddy Merckx– con más de cinco minutos de diferencia sobre el segundo clasificado, Ugrumov, y más de siete sobre el tercero, Pantani. El 2-IX-1994, en el velódromo de Burdeos (Francia), Induráin afrontó un nuevo reto en su carrera deportiva al disputar el récord de la hora, en posesión hasta entonces del escocés Graeme Obree y situado en 52,713 km; en esta prueba, inaugurada por el italiano Fausto Coppi el 7-XI-1942 (45,848 km) y batida en los años siguientes por ciclistas como J. Anquetil (29-VI-1956, 46,159 km), E. Merckx (25-X-1972, 49,431 km) o el italiano Francesco Moser (23-I-1984, 51,151 km), el corredor navarro consiguió establecer la marca en 53,040 km, y fue el primero en rebasar los 53 km y el segundo, junto con E. Merckx, en lograr en el mismo año la victoria en el Tour y el récord de la hora. Al año siguiente, en 1995, logró ser el primer ciclista en conquistar el quinto Tour de Francia consecutivo, por delante del suizo A. Zulle y del danés B. Riis, y consiguió la medalla de plata en el Campeonato del Mundo de Fondo en Carretera –en el que venció el español A. Olano– y la medalla de oro en el Campeonato del Mundo de Contrarreloj, así como el primer puesto en la Midi Libre y en la Dauphiné Liberé. En 1996 consiguió su último triunfo deportivo: la medalla de oro en la prueba Contrarreloj Individual de los Juegos Olímpicos de Atlanta (EE.UU). Con unas características físicas idóneas para el ejercicio del ciclismo, la trayectoria deportiva de Miguel Induráin estuvo basada en la continua regulación de su trabajo y en la dosificación de sus objetivos, lo que le diferenció de campeones del ciclismo mundial, como E. Merckx o B. Hinault, e hizo de él uno de los mejores deportistas de la historia. El 2-I-1997 anunció su retirada del ciclismo profesional.
 

DERECHO

Pragmática. Ley por la que un soberano –fundamentalmente– u otra autoridad dispone sobre una materia fundamental del Estado (p. e., la sucesión dinástica o las relaciones con la Iglesia), sin que para su aprobación deba mediar el asentimiento o el beneplácito de ningún consejo o asamblea consultiva (Consejo Real, Cortes, etc.), por lo que constituye la expresión más elevada de la facultad legislativa del rey. Concepto heredado del Derecho romano, tuvo vigencia en los reinos hispánicos desde la Baja Edad Media hasta los primeros años de la Edad Moderna. Desde el punto de vista formal, la pragmática recurre a un protocolo formado por tres partes: una parte expositiva, en la que, en nombre del rey, se expresan las razones o antecedentes que han motivado la asunción de esta ley; una parte central, constituida por un articulado, verdadero núcleo dispositivo de la pragmática; y una tercera parte, la promulgación, en la que, generalmente, se alude a la universalidad de la disposición y a los términos de su entrada en vigor y cumplimiento. Dado su talante legislativo fundamental, a diferencia de otras leyes, las pragmáticas solían ser objeto de una gran difusión popular, por lo que solían imprimirse y exponerse en lugares públicos para su conocimiento general.
Es preciso distinguir su aplicación en los diferentes reinos hispanos, pues en cada uno de ellos arraigó en distinto grado. En Navarra, el recurso a las pragmáticas fue poco significativo, pues las Cortes, que habían sustituido al Consejo de los doce ricoshombres en sus atribuciones –entre ellas la de intervenir con el rey en todo acto de ley–, ejercían la potestad legislativa, y podían reclamar agravios por la violación de los fueros. La pragmática tampoco tuvo un amplio campo de desarrollo en Aragón, donde la Constitución disponía que el poder monárquico compartía, de hecho y derecho, con las Cortes la facultad de hacer leyes; así, el preámbulo de toda ley introducía, a modo de encabezamiento, el siguiente enunciado: “El Señor Rey, de voluntad de las Cortes, estatuesce y ordena”. En Cataluña, a partir del rey Jaime I de Aragón (1213-1276), el término “pragmática” sustituyó a su antecedente “constitució” (que en adelante se reservó exclusivamente para las leyes aprobadas por las Cortes), para designar un precepto emanado del rey, ya fuera por voluntad propia, o producto de la petición realizada al monarca por un estamento de Cortes u otra entidad representativa, cuando no existía una conformidad general sobre lo decretado; si el decreto contaba con la aprobación general se hablaba de capítol de Cort. Las pragmáticas podían ser expedidas por reyes, por el procurador o lugarteniente general y por el gobernador general, y fueron motivo de constantes pleitos entre la monarquía y los señores feudales, quienes sostenían que no estaban obligados a acatar lo dispuesto por las pragmáticas reales. Como consecuencia de ello, los monarcas tomaron diversas medidas para asegurar su cumplimiento íntegro, en tanto que los señores se escudaron en el derecho consuetudinario para no cumplirlas. Con todo, las pragmáticas no tenían valor legal si contravenían los usatges, las constitucions y los capítols de Cort, privilegios y costumbres que eran considerados inalienables. En este sentido, la Diputación General catalana velaba por los derechos de los administrados en el caso de que la pragmática fuera en contra de los usos consuetudinarios expresados. Las pragmáticas catalanas –la primera de las cuales, consignada por Jaime I, data de 1241– pasaron a formar parte del ordenamiento jurídico estable, por lo que fueron incluidas en las recopilaciones generales, con cuerpo de ley. Sin embargo, a partir de la Edad Moderna, esta figura jurídica acabó extinguiéndose. Las últimas pragmáticas fueron promulgadas en Cataluña por Carlos I de España (1516-1556; emperador Carlos V del Sacro Imperio Romano-Germánico). Muy distinto fue el uso que los monarcas castellanos hicieron de esta figura jurídica. En la obra Teoría de las Cortes, de Martínez Marina, se mantiene el principio de que las Cortes de Castilla y León no tenían la potestad legislativa, por lo que la pragmática encontró una situación idónea para su aplicación, similar a la que habían encontrado en Roma las constituciones imperiales. En el título 28 del Ordenamiento de Alcalá (1348) se afirma que el rey “ha poder de facer fueros é Leys é de las interpretar, é declarar, é emendar do viere que cumple”. No obstante, algunos ordenamientos, como el de las Cortes de Briviesca de 1387, sostuvieron el principio de que la ley sólo puede ser enmendada por quien la aprobó, de manera que la potestad del rey para legislar en contra de las Cortes está limitada. Obviamente, en el cumplimiento de este principio influyó directamente la relación de fuerzas entre los monarcas y los representantes estamentales. En este sentido, se puede afirmar que, desde tiempos de los Reyes Católicos, los monarcas castellanos, de acuerdo con su espíritu absolutista y centralizador, apostaron por gobernar mediante pragmáticas. Su profusión obligó a que, en 1503, se llevara a cabo una recopilación de éstas y de las bulas pontificias; el trabajo, encomendado al licenciado Ramírez, puso de manifiesto la contradicción de algunas disposiciones, lo que fue motivo de interminables pleitos. Su desaparición como elemento fundamental de la ordenación jurídica estuvo ligada a la extensión de la práctica constitucional.

ECONOMÍA

Naval, Industria. –Antigüedad y Edad Media. La invasión de los bárbaros (409-410) sumió en el caos a los pueblos romanizados de la Península, produciendo un colapso casi total del comercio marítimo y de la fábrica de navíos, arte completamente ignorado por los invasores, que tan sólo se conservó en el Mediterráneo gracias el Imperio Romano de Oriente. Los reyes visigodos emplearon armadas y naves comerciales importadas de Bizancio. Consolidada en España la dinastía árabe omeya fundada por ‘Abd al-Rahman I (756-788), la industria naval tuvo escaso desarrollo hasta la aparición de los normandos en Lisboa, Cádiz y Sevilla (844) durante el emirato de ‘Abd al-Rahman II (822-855), quien, escarmentado por su falta de poder naval, ordenó la construcción de las atarazanas de Sevilla y ampliar las ya existentes en Cartagena. La actividad comercial se vio incrementada a partir de la segunda mitad del s. IX y con ello, la fundación de nuevas atarazanas, como las de Almería. El emir Abd al-Rahman III (912-961), califa de al-Ándalus desde el año 929, amplió las atarazanas de Sevilla y Almería y construyó de nueva planta las de Algeciras (914) y Tortosa (945). La producción naval andalusí perduró durante el reino nazarí de Granada (1232-1492) gracias a las atarazanas de Málaga. Aunque el tipo de embarcaciones empleado por los árabes en la navegación de altura es desconocido, es probable que fuera similar al romano, bizantino y egipcio; es indudable que utilizaron profusamente el aparejo latino clásico, el timón de codaste importado de China, y que introdujeron en Europa el uso de la aguja magnética y de la pólvora, de la misma procedencia. Casi coincidiendo con la disgregación política de los territorios hispano-arábigos, el conde Ramón Borrell de Barcelona (992-1017) empezó a gobernar de hecho el año 992 con plena independencia respecto a la antigua soberanía franca de los Capeto; fue la época del nacimiento de una Cataluña con personalidad histórica definida, el comienzo de su expansión comercial por el Mediterráneo y el Atlántico y la formación de una incipiente Marina basada en la fabricación de embarcaciones procedentes de Barcelona. A partir de Ramón Berenguer III (1096-1131), la Marina catalana adquirió prestigio e importancia, e incrementó su industria naval, sobre todo desde la toma de Tortosa a los árabes (1148). La confederación del principado de Cataluña y del reino de Aragón (1137) se convirtió en una potencia respetable en Europa durante los reinados de Jaime I (1213-1276), Pedro III (1276-1285) y Pedro IV (1336-1387). La producción naval de las costas catalanas, y en particular la de las atarazanas de Barcelona a partir de 1243, se basó en la galera a remo y velas latinas –fabricación mantenida hasta bien entrado el s. XV, aunque también se botaron naos o carracas arcaicas de bastante manga, panzudas, de dos o tres palos con velas cruzadas y casco simétrico a proa y popa. Más tardía fue la coca mediterránea (s. XV), embarcación originaria del N. de Europa (coca hanseática) de escasa eslora con relación a la manga, costados muy fuertes, de dos o tres cubiertas y altas superestructuras; todas eran dedicadas indistintamente a la guerra o al comercio que los catalanoaragoneses extendieron desde Turquía y Egipto hasta Flandes, en el mar del Norte. La guerra por tierra con el emirato y luego califato de Córdoba que mantuvieron los reinos cristianos del N. de España durante los ss. VIII-XI absorbió todos sus esfuerzos e impidió la constitución de fuerzas marítimas para proteger las costas, el comercio y la pesca. Diego Gelmírez (segunda mitad del s. XI-1140), obispo de Iria-Santiago, creó una fuerza naval para hacer frente a las expediciones corsarias de normandos, ingleses y árabes que periódicamente asolaban las costas del NO. español. Gelmírez construyó unos astilleros primitivos en Iria, donde comenzó la fabricación de galeras con la ayuda de técnicos de Pisa y Génova (1111). El primer monarca de Castilla que dispuso de Marina propia fue Alfonso VII el Emperador (1126-1157); con ella y el auxilio de catalanes y genoveses, pisanos y venecianos tomó Almería en 1147. Pero fue durante la primera mitad del s. XIII cuando surgió una incipiente industria naval en las costas del Cantábrico, particularmente en Castro-Urdiales, Santander, Laredo, Bermeo, Guetaria y San Sebastián (Pasajes), que tuvo efectos inmediatos en la conquista de Sevilla (1248) por Fernando III el Santo de Castilla (1217-1252; de Castilla y León, 1230-1252), quien reconstruyó y amplió las atarazanas de la c. e inició la fabricación de naves y galeras empleadas en lo sucesivo por los monarcas castellanos. La producción naval en el Cantábrico se vio reforzada al crearse en Castro-Urdiales la Hermandad de las Villas de la Marina de Castilla con Vitoria (4-V-1296), con la participación de los puertos antes citados. La fundación por parte de Diego Lope de Haro del mun. de Bilbao (1300) propició una intervención española cada vez más acusada en el N. de Europa y el desarrollo de la industria naval. Como era habitual en las costas de Inglaterra y Portugal y las atlánticas de Francia y España, el tipo de naves que se construía se acercaba mucho a la galera mediterránea que desapareció del Cantábrico a finales del s. XV; a partir de mediados del s. XIII, la tipología predominante se parecía más a la coca a vela del N. de Europa, con sendas superestructuras o castillos a proa y popa y numerosas variantes, citadas por Alfonso X el Sabio (1252-1284) en Las Partidas; algunas carecían de timón y montaban un gran “remo espadar” primitivo en disposición que se mantuvo hasta el s. XIV. A partir del s. XV, la preponderancia de los astilleros cantábricos sobre los del resto de la Península se acentuó. La expansión descubridora de España incidió notablemente en la fábrica de bajeles. Entre los centros de producción destacaron los de Vizcaya y las Cuatro Villas de Cantabria (particularmente Guarnizo, en Cantabria, a partir de 1582), los guipuzcoanos de Pasajes y de la cuenca del Oria y, en menor proporción, los de Asturias, Galicia y Andalucía, especializados en la fabricación de las naos gruesas para la Carrera de Indias y las armadas y flotas reales de Nueva España y Tierra Firme activadas a partir de mediados del s. XVI. A finales de esta centuria y durante la siguiente, la producción cantábrica oriental disminuyó progresivamente hasta igualarse con la procedente del S. peninsular.
–Siglos XVI-XVIII. Las provisiones de los Reyes Católicos (1498, 1500, 1501 y 1502), Carlos I (1522 y 1523), Felipe II (1563 y 1567) y Felipe III (1603, 1607, 1613 y 1618) tendieron a favorecer la industria naval y a fijar el arqueo de los buques, herramientas fundamentales para llevar a cabo la política expansionista y defensiva del imperio español. Hacia mediados del s. XVI, con el desarrollo de las carracas, naos de armada y los galeones, se produjo una evolución acusada en la construcción naval, cuya expresión más palpable fue el aumento del arqueo y del puntal, el pronunciado lanzamiento y tamaño de las grandes superestructuras a proa y popa y el incremento de la artillería montada. Sin embargo, ya a fines de siglo se tendió a dejar paso a otras naves más rasas, sobre todo en las destinadas a la guerra, los galeones, que darían origen a los navíos de línea. Las ordenanzas sobre fábrica de barcos para las navegaciones a Indias promulgadas por Felipe III (1598-1621) en 1607 y 1618 configuraron el diseño de estos navíos hasta principios del s. XVIII. En la producción de los astilleros no influyó sustantivamente la decadencia política española a partir del resultado adverso de la batalla de Las Dunas (1639), debido a la necesidad de mantener el comercio con las Indias; la fábrica de unidades de gran y mediano tonelaje disminuyó en Zorroza (Vizcaya) desde 1640, mientras en Pasajes, Oria y Zumaya se incrementó de 1660 a 1683 de tal forma que los niveles de producción fueron superiores a los de los dos siglos anteriores. La herencia que recibió Felipe V (1700-1724, 1724-1746) respecto a la construcción naval se limitaba a los astilleros del Cantábrico (Guarnizo, Zorroza y los ya citados) y, en el Mediterráneo, a los de Barcelona, Sant Feliu de Guíxols, Arenys de Mar, Mataró y Sitges, cuya producción a principios de siglo era modesta. Como consecuencia de la creación de los departamentos marítimos de Ferrol, Cádiz y Cartagena (1726) fueron establecidos en sus cabeceras sendos arsenales para la construcción de todo tipo de embarcaciones y concentrar en ellos la producción necesaria para la Armada. Esto supuso el abandono progresivo de los astilleros reales de Cantabria, en parte compensado por el arrendamiento sucesivo a la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas y a la Real Compañía de Filipinas. Por otra parte, la producción catalana y andaluza de barcos no resurgió hasta la segunda mitad del s. XVIII, al liberalizarse el comercio indiano. El arsenal de La Carraca, en San Fernando (Cádiz), fundado en 1724, botó su primer navío en 1731, aunque el año anterior se construyeron otros dos en Puntales, también en la bahía de Cádiz. El de Ferrol, estuvo situado en La Graña (1727) y luego en el Esteiro (1750); en su primer emplazamiento empezó a producir en 1730 y en el segundo en 1751. El de Cartagena comenzó a levantarse en 1731 y botó sus primeros buques en 1750. A estos arsenales hay que añadir Palma de Mallorca a partir de 1775, Mahón desde 1785 y Cavite (Filipinas) a principios del s. XVIII. En tanto no estuvieron habilitadas estas instalaciones, Guarnizo, Zorroza, Pasajes, Rentería, Orio y Sant Feliu de Guíxols continuaron proveyendo de navíos y fragatas a la Real Armada. En los virreinatos españoles de América también se fabricaron numerosas embarcaciones durante los ss. XVI y XVII, de forma que, en el último tercio del s. XVII, la quinta parte de los buques utilizados por las flotas de Indias fueron construidos en astilleros como los de La Habana y Guayaquil. Hubo otros en Campeche, Tocatalpa y Coatzacoalcos (México) y San Blas (California), pero a todos superó el de La Habana, pues la fortaleza y longevidad de los navíos salidos de sus gradas fueron proverbiales; así, desde 1724 a 1759, un tercio de la producción española de barcos era habanera; su actividad continuó hasta el s. XIX. El diseño de la tipología de las unidades de la Armada (navíos, fragatas, corbetas, goletas, jabeques, etc.) respondió a los diferentes sistemas de construcción en vigor, preconizados por Gaztañeta, Jorge Juan, Gautier, Romero y Landa y Retamosa, mientras que los dedicados al comercio respondían a las trazas de los carpinteros de ribera que, por experiencia, daban las proporciones correctas a las embarcaciones de cualquier porte que les eran encargadas por los armadores. Los barcos construidos por particulares para la Corona se realizaban “por asiento”, en práctica desde el s. XVII, contrato entre el rey y un particular en que se especificaban las cláusulas y plazos que debía cumplir el asentista o constructor.
–El siglo XIX. El esfuerzo naval propiciado por Patiño, Ensenada y Valdés a lo largo del s. XVIII se vino abajo como consecuencia de las guerras con Inglaterra y Francia, la de la Independencia (1808-1814) y el reinado de Fernando VII (1808, 1814-1833). Durante este periodo, la producción naval de los arsenales fue prácticamente nula y la crisis se extendió a los centros de producción civiles, pese a las tímidas disposiciones decretadas por el ministro Salazar para fomentar la marina mercante y el comercio marítimo (1828-1830); un hito en la historia de la industria naval española fue la botadura en Sevilla, en 1817, del Real Fernando, primer vapor construido en España. Durante las regencias de María Cristina y Espartero (1833-1843) apareció la propulsión a vapor en la Armada, aunque la mayoría de las unidades fueron al principio de origen extranjero; el primero adquirido a los astilleros nacionales fue el Andaluz, construido en Sevilla (1841), mientras que el primero botado en un arsenal fue el Lepanto, en La Carraca (1846). Pese a la llegada del vapor, la producción de barcos de vela continúo; ahora bien, mientras que en la Armada cesó en 1856, en astilleros particulares perduró hasta finales del s. XIX. La mayoría de edad de Isabel II y la llegada al poder de Narváez (1843) abrieron una etapa expansiva en la construcción naval militar que coincidió con profundos cambios en la tipología de los buques de guerra y la aparición de la hélice en las unidades de la Armada (1856). A ello contribuyeron el plan del marqués de Molins de 1854 y las leyes de 1859 y 1860, que permitieron la fabricación de fragatas de hélice de casco de madera y las blindadas, acordes con las enseñanzas de la guerra de Crimea (1854-1856). Sin embargo, la construcción mercante fue disminuyendo paulatinamente entre 1830 y 1878. Cabe citar aquí las experiencias realizadas por el catalán Narcís Monturiol con sus submarinos Ictíneo I y II en 1859 y 1864. El periodo convulso iniciado tras la Revolución de 1868 hasta el final de la I República (1873-1874) supuso el colapso de toda construcción. La Ley de Escuadra de 12-I-1887 logró asentar las bases para el desarrollo de una industria naval nacionalizada, tanto en los astilleros estatales como en los particulares –Matagorda (1890) y Vea-Murguía (1891-1903), en Cádiz, y Astilleros del Nervión (1889-1920), en Bilbao–. El último cuarto del s. XIX contempló también el renacimiento de la marina Mercante española y, por lo tanto, de la construcción naval. Fueron hechos destacables el diseño del Destructor realizado por Villaamil (1887) y el submarino ideado por Isaac Peral (1888).
–El siglo XX. La guerra con los EE.UU. en 1898 fue desencadenante de casi una década de revisionismo en la que el sector naval se vio muy afectado. El 7-I-1908 las Cortes aprobaban la Ley de Escuadra propiciada por Ferrándiz; la construcción de buques previstos se adjudicó a la Sociedad Española de Construcción Naval (SECN), que se hizo cargo en arriendo de los astilleros de los arsenales de Ferrol, La Carraca y Cartagena (21-IV-1908). Las leyes de 17-II-1915, presentada por Miranda, y de 11-I-1922, por el marqués de Cortina, dieron continuidad a la de 1908. En 1926, se dispuso por decreto-ley la construcción de una serie de cruceros, destructores y submarinos, que de haberse realizado de acuerdo a las previsiones de Carvia, hubiera puesto a España en una posición no desdeñable entre las potencias europeas. En 1900 nacieron la Compañía Euskalduna de Construcción y Reparación de Buques con astilleros en Olaveaga, y la de Barreras en Vigo (1908). Pese a las medidas de Sánchez de Toca (1902) y de Fernández de Villaverde (1903) para fomentar la marina mercante, la insuficiencia de la industria nacional y las cargas fiscales frenaban su desarrollo. Con la Ley del Fomento de las Industrias y Comunicaciones Marítimas de 14-IX-1909, Maura logró iniciar el despegue de la construcción naval. La SECN adquirió en 1914 la factoría de Matagorda, para dedicarla a la construcción mercante. En 1916 inauguró los astilleros de Sestao. En 1917 se crearon los astilleros de Tarragona y los de Echevarrieta y Larrinaga en Cádiz y, poco después, nacía la Unión Naval de Levante, en Valencia. De este modo, en 1922 se compensaron las pérdidas ocasionadas por la I Guerra Mundial (1914-1918), cifradas en unas 230.000 t. La crisis naviera (1925-1929) volvió a incidir en la producción de los astilleros, que no se recuperaron hasta 1931. La II República (1931-1939) se limitó a continuar la realización de los programas aprobados durante la Dictadura de Primo de Rivera (1923-1929), y a crear la Subsecretaría de la Marina Mercante, Navegación e Industrias Marítimas (20-V-1931). Para afrontar las pérdidas sufridas por la Armada durante la Guerra Civil (1936-1939), se creó el Consejo Ordenador de Construcciones Navales Militares (2-IX-1939), que heredó los astilleros militares administrados por la SECN desde 1908. Fundado el Instituto Nacional de Industria (INI) en 1941, se integró en él la Empresa Nacional Bazán de Construcciones Navales Militares S.A. (11-VII-1947), haciéndose cargo de las factorías e instalaciones del Consejo. Desde entonces, ha sido la encargada de proporcionar a la Armada las unidades requeridas por el plan de 1943, el Programa de Modernización de Buques de 1955, el Programa Naval de 1965, continuado en 1973, y el Plan Alta Mar de 1989. Al amparo de la Ley de Crédito de Naval (2-VI-1939) comenzó el desarrollo de la construcción naval mercante; para ello, en 1942 se creó la Empresa Nacional Elcano de la Marina Mercante S.A. del INI, con astillero en Sevilla (1944) y fábrica de motores en Manises (Valencia) (1949). En 1952, el Estado expropió Echevarrieta y Larrinaga y se constituyeron los Astilleros de Cádiz, S.A. (Ascasa), también del INI, que en 1966 absorbió las factorías de la E.N. Elcano. Todo ello propició que, en la década de 1960, se registrase una notable expansión del sector favorecido por las leyes de Protección a la Construcción Naval (5-V-1951) y de Protección y Renovación de la Marina Mercante (12-V-1956). El 1-XII-1969, la SECN, la Compañía Euskalduna y Ascasa constituyeron Astilleros Españoles, S.A. (AESA) dentro del INI, con más del 60% de la producción nacional, convirtiéndose en una de las primeras empresas del sector con dos astilleros en Cádiz, uno en Sevilla, dos en Bilbao y tres menores en Santander, Gijón y también Bilbao; su proyecto más ambicioso fue la construcción en Puerto Real, entre 1969 y 1977, del nuevo astillero de la bahía de Cádiz (NABAC), el mayor de España. De 1972 a 1979 el INI absorbió Astano, Astilleros de Canarias (Astican) y Barreras de Vigo. La crisis del petróleo (X-1973) afectó a la industria naval internacional y particularmente a la española, haciendo necesaria su reconversión (1984). No obstante, hacia 1976 España alcanzó el segundo puesto del mundo con el 6% de la producción total. En 1980 se creó la División Naval del INI (DCN), de la que dependían AESA, Astano, Barreras y Astican, mientras que la E.N. Bazán pasó a depender de la División de Defensa. En 1987 se constituyó el Grupo de Astilleros Españoles con las empresas de la DCN. En 1995, al desaparecer el INI, se desglosó en Sociedad Estatal de Participaciones Industriales (SEPI) y la Agencia Industrial del Estado (AIN) con las empresas deficitarias, entre ellas las de la DCN. Al desaparecer la AIN en 1997, todas pasaron a depender de la SEPI, al margen de los presupuestos del Estado. También en 1997, las factorías de AESA en Cádiz, Puerto Real, Sevilla y Sestao se constituyeron como empresas filiales de AESA bajo la forma de Sociedad de Responsabilidad Limitada (S.R.L.), mientras que AESA compraba Barreras a la SEPI. En 1998, con la reconversión del sector se habían reducido las plantillas en un 50%, pero la situación de falta de competitividad subsistía respecto a otros países. A falta de ayudas estatales tras la entrada de España en la CEE (1986), se inició una renovación tecnológica y organizativa que ha permitido recuperar posiciones en el mercado internacional en dura competencia con los astilleros japoneses y coreanos. (VV. Armada, marina mercante, náutica). [J.G.A.H.]

 

ETNOGRAFÍA

Mantilla. [De mantellum, diminutivo de mantum, ‘mantillo’]. Prenda de vestir femenina consistente en un paño de seda o de lana, a menudo con guarnición de tul o encaje, o en un tul o una blonda (sin duda la mantilla más conocida, por lo que se ha hecho corriente emplear este sustantivo sólo para referirse a este tipo), que la mujer utilizaba para cubrirse la cabeza y que a veces caía también, desde los hombros, sobre parte del vestido. Distinta según las zonas, también por lo que a forma se refiere, en los albores de su historia, a partir de los inicios de su utilización en el s. XV –época de la que tenemos constancia que se empezó a utilizar la mantilla en España–, un uso algo más generalizado en el s. XVII y una propagación cada vez más amplia e intensa en el s. XVIII, se convirtió en el s. XIX en el tocado más representativo de la mujer española, que se servía de ella como complemento ornamental de su indumentaria a diario y en todos los actos de la vida social, tanto en ceremonias religiosas como en fiestas mundanas.
El discurrir histórico de esta prenda se inició con la mantilla de paño, de bayeta o de tela recia, caracterizada también por una tira ancha de terciopelo que permitía anudarla por los extremos más estrechos, cogiéndola en el moño y dejando al descubierto el cuello y el rostro, mantilla que empezó a ser usada exclusivamente entre las mujeres de clases populares del campo como prenda de abrigo y que resulta parecida a la que podemos observar aún actualmente en los trajes regionales de Castilla, León o Galicia. La mantilla más corrientemente usada con posterioridad, en el s. XVII y primera mitad del s. XVIII, seguía siendo de paño o bayeta, aunque a menudo era más larga que la anterior y descendía sobre la espalda y los brazos. Ya en las épocas de Carlos III (1759-1788) y Carlos IV (1788-1808), sobre todo en el reinado de este último, entre las muchachas jóvenes se extendió el uso de mantillas blancas con encajes de terciopelo o seda y adornos que consistían en guarniciones de tela de distinto color o en picos, moños, madroños o lazos, y entre las artesanas de pueblos y ciudades el uso de mantillas de tafetán; si, así pues, parecía extenderse el uso de la mantilla en las ciudades por parte de muchachas y mujeres de la clase artesanal, majas y manolas que las usaban de color, las mujeres de cierta edad y las viudas seguían sin llevarlas, las primeras porque solían ir ataviadas con manto, las segundas porque solían ir con toca. Sin embargo, en el paso entre los dos siglos empezaba a ser una prenda habitual en las mujeres de la aristocracia y la alta sociedad, debido a su gusto por imitar en el vestir a las majas y manolas del pueblo de Madrid y las formas graciosas y garbosas de éstas, que nos muestran los lienzos, frescos y dibujos de Goya. Paralelamente al triunfo absoluto en los últimos años del reinado de Fernando VII (1808 y 1814-1833) de la moda de las mantillas, también entre las clases más poderosas, se impuso el llevarlas de blondas y como lo hacían las manolas y majas, esto es, sobre una peineta alta llamada “de teja”. No sólo quedaron en desuso las mantillas de paño o de seda, sino que, además, las de blonda se generalizaron de tal manera que, como prenda válida para todas las ocasiones, desterraron a la capota que había llegado a España importada por la moda francesa. Todo este movimiento provocó, desde el último tercio del s. XVIII, un desarrollo floreciente de manufacturas, en las que se elaboraban ilustradas blondas para mantillas, constituyéndose ésta en una especialidad exclusiva de la artesanía española, así en Almagro, Granátula de Calatrava y Manzanares (Ciudad Real), en Camariñas (La Coruña), en Zamora, en Barcelona y en localidades costeras de esta última prov., como Arenys de Munt, Malgrat de Mar, Pineda de Mar, Tordera y Mataró, aunque las que alcanzaron mayor notoriedad fueron las de Almagro y las de Barcelona y los pueblos de alrededor; tras la Guerra de la Independencia (1808-1814), así mismo, volvió a florecer el artesanado manchego y catalán de este sector. La moda en el uso de la mantilla durante el s. XIX ya no abandonó la línea del encaje y la blonda (con sus variedades de blonda catalana o de red fina, de espuma, de reja, ligera, de tonos o matizada, tupida, granadina, de Chantilly, etc.), pero los gustos, como las técnicas de producción, cambiaron: durante las décadas comprendidas entre 1830 y 1850 las mantillas más en boga fueron las grandes con casquete de seda, sólo blancas o sólo negras, aunque también se llevaron mucho las que, por la forma, se llamaban “de toalla”, “de pollita” o “goyesca” entre otras, en la segunda mitad del s. XIX la modernización de los telares y la fabricación de tul mecánico contribuyó a una aún mayor difusión de la mantilla, al convertirla en una prenda más económica. A ello hay que añadir que durante el reinado de Isabel II (1833-1868) la moda española de la mantilla tuvo influencia en el resto de Europa, en gran medida gracias a las imágenes de mujeres españolas trazadas por personalidades románticas como lord Byron o, contemporáneos a Isabel II, Victor Hugo o Théophile Gautier. Sin embargo, a partir de la Revolución de 1868, la tendencia de la moda dio un vuelco que iba a iniciar la decadencia de la mantilla como tocado habitual: se impuso el sombrero y la mantilla, más pequeña que las usadas en las décadas anteriores, pasó a ser prenda para ir a misa o de ocasiones que requerían un atuendo elegante, a saber, acontecimientos religiosos especialmente de Semana Santa (Jueves y Viernes Santo) o corridas de toros, en las que era muy habitual la mantilla de madroños, con viso de seda negro, rojo, amarillo o azul. Su uso durante el s. XX ha seguido decayendo, en lo que no dejó de tener influencia el hecho de que a partir del Concilio Vaticano II (1962-1965) las mujeres pudieran asistir a los actos litúrgicos sin cubrirse la cabeza. Continúa siendo, sin embargo, una prenda muy apreciada por su belleza y por su tradición. [A.G.R.]

FILOSOFÍA

Metafísica. El filósofo griego Aristóteles comenzó su Metafísica con esta afirmación: “Todos los hombres desean por naturaleza saber”. Un primer nivel de saberes, que se da en la vida diaria y en la investigación científica, es el de lo fenoménico, aquello que se presenta con una evidencia inmediata o que puede verificarse experimentalmente. El ser humano no está limitado a este nivel y puede llegar a otro más profundo, gracias a la capacidad de su entendimiento, que puede trascender lo empírico. En este segundo nivel se encuentran las verdades metafísicas. No las han descubierto únicamente los filósofos, expresándolas en distintas doctrinas, sino que todo hombre, en cierto sentido, es metafísico, posee una concepción propia de la realidad, que de algún modo da respuesta a los grandes interrogantes de la existencia, y desde esta interpretación orienta su vida personal. El ser humano necesita conocer el “sentido” de todas las cosas y de su existencia. Desea obtener respuestas a interrogantes como: ¿quién soy?; ¿de dónde vengo?; ¿a dónde voy?; ¿por qué existe el mundo?; ¿por qué existen el mal y el sufrimiento?, y otras preguntas de fondo parecidas. En realidad, cuanto más conoce el mundo más urgentes le resultan tales preguntas. El hombre es naturalmente metafísico. Su misma racionalidad le empuja al conocimiento metafísico. La metafísica intenta responder a todas estas preguntas sobre el sentido último, continuando estos conocimientos naturales y llevándolos a una mayor perfección terminológica, conceptual y sistemática, e incluso a una mayor profundización. La metafísica científica no supone una ruptura y menos una oposición a los conocimientos metafísicos espontáneos. Son su regla y, por ello, la metafísica no está tampoco separada de los afanes diarios de la vida humana. La crisis que afecta en la actualidad a grandes sectores de la cultura es, en el fondo, una crisis metafísica. Por otra parte, supone la confianza radical en la capacidad de la razón humana para trascender los datos empíricos para llegar a algo fundamental, que sea último y absoluto. Ella misma tendrá que probar la licitud del paso que da del fenómeno al fundamento, y justificar el tipo de conocimiento de la dimensión trascendente, siempre imperfecto , aunque cierto y verdadero.
La metafísica no sólo permite encontrar el fundamento de las realidades intramundanas, incluida la personal, sino también alcanzar un plano teológico. Con los instrumentos metafísicos, el hombre puede ir más allá de todo lo contingente y alcanzar lo infinito. A este significado apunta la etimología del término, un saber que va “más allá” de lo empírico y fue así mismo acertado que con él se denominarán los catorce libros de Aristóteles, que tenían por objeto el estudio de los primeros principios y de las primeras causas. Se dice, en ellos, que esta “ciencia que buscamos” es la suprema sabiduría, porque tiene por objeto “el ente en cuanto ente”, toda la realidad en una amplitud universal y en su mayor radicalidad y profundidad. Desde esta perspectiva, la metafísica no sólo se ocupa de los elementos inmanentes de los entes de la experiencia sensible, sino que también asciende por caminos estrictamente racionales al estudio de la causa propia trascendente de estos entes. No llega así a otra región del ente, sino a Dios en cuanto causa del ente. La teología natural es, por ello, el último capítulo de la metafísica, que es siempre ontología o estudio del ente. La metafísica no es una ciencia genérica, sino única, y la teología racional entra en ella como explicación última de los entes. Tesis que tiene una importancia capital para la afirmación de la trascendencia de Dios respecto al conocimiento humano, porque la noción metafísica correcta de lo divino debe implicar la negación de su accesibilidad completa y perfecta al conocimiento humano. No obstante, Aristóteles denominó a esta ciencia “teología”, por tener por objeto, en el sentido indicado, a la realidad divina, que es la más elevada. Con esta denominación de teología se conoció la metafísica en la Antigüedad, hasta el s. XII, en que los escolásticos medievales adoptaron el nombre de “teología” para designar la teología sagrada o sobrenatural, basada en la fe y no en la mera razón.
La metafísica en Hispania comienza en la época de la dominación romana con Séneca (4 a.C.-65 d.C.), con su doctrina estoica de Dios. En la España visigoda, hay que citar también los contenidos metafísicos de las Etimologías de San Isidoro (560-636). El primer sistema metafísico completo es obra del cordobés musulmán Averroes (1126-1198). Su triple serie de comentarios a Aristóteles le valió el nombre de El Comentador por excelencia. Su intento fue depurar la doctrina aristotélica de todo contacto extrínseco, pero en su pensamiento se advierte una gran influencia del emanatismo neoplatónico. Hizo consistir el estudio de la metafísica en el conocimiento racional de Dios. Toda su exposición metafísica causó un gran impacto en Europa, pero acentuó en el islam la separación entre la filosofía y la fe. Otro cordobés, el judío Maimónides (1135-1204), en su Guía de perplejos, ofreció un sistema metafísico en conexión con la teología del judaísmo. El objeto de la metafísica sería igualmente Dios, pero sin la posibilidad de conocer sus atributos sustanciales y positivos. Sólo se conocerían sus operaciones respecto al mundo. Su doctrina era neoplatónica, pero presentada con conceptos aristotélicos. Ya antes el judío Avicebrón (1020-1070), natural de Málaga, pero que vivió en Zaragoza, en su Fuente de la vida había dado una concepción metafísica neoplatónica integral. Una metafísica cristiana completa la ofreció Ramón Llull (1233-1316), aunque dispersa en sus numerosas obras. El famoso “Doctor Iluminado” profesaba un realismo de tipo platónico, fundamentado en un ejemplarismo de molde agustiniano, que se complementaba con su “arte general”, o ciencia universal, y se remataba en el misticismo. Su intento, que en su época era arcaizante, consistió en elaborar una filosofía al servicio de la fe, que fue realizada con un matematicismo metafísico y con elementos racionalistas, ambos de procedencia oriental. La influencia de su orientación y espíritu se notó en la corriente denominada “lulista”, que atravesó los siglos.
La metafísica española llegó a su plenitud en la época posrenacentista. Las universidades y las órdenes religiosas no sólo se nutrieron de los planteamientos tradicionales, sino que fomentaron su despliegue, incorporando elementos del humanismo renacentista. Varias de sus obras capitales mantuvieron su presencia en las universidades europeas hasta mediados del s. XVIII. Tuvieron una importancia decisiva, en esta “segunda escolástica” española, los dominicos de Salamanca. La inició el celebre teólogo jurista Francisco de Vitoria (1492-1546). Continuaron su labor en otros campos filosóficos: Domingo de Soto (1495-1560), Bartolomé de Medina (1528-1580), Pedro de Ledesma (m. 1616), Melchor Cano (1509-1560) y Pedro de Soto (1501-1563). Destaca en la metafísica la figura de Domingo Báñez (1528-1604). El célebre catedrático de Salamanca redescubrió la doctrina del ser de Santo Tomás y advirtió las consecuencias de este “olvido del ser” en la tradición tomista. En otras muchas cuestiones reveló su perfecta comprensión de la metafísica tomista. José A. García Cuadrado ha mostrado recientemente la importancia de su doctrina del intelecto agente. El nombre de Báñez está unido a las famosas controversias De auxiliis en Roma. El Papa Clemente VIII (1592-1605) instituyó la llamada “Congregación de los Auxilios” para poner término a la polémica entre los dominicos y los jesuitas, que seguían a Luis de Molina (1536-1600). Tomás de Lemos y Diego Álvarez, siguiendo a Báñez, se defendieron de las acusaciones de calvinistas, y advirtieron del peligro de semipelagianismo de las doctrinas molinistas y de las matizaciones de Francisco Suárez. En su célebre Concordia del libre albedrío con la gracia, Luis de Molina (1536-1600) estableció cuatro tesis fundamentales, dos metafísicas y dos teólogicas. La primera metafísica es la del “concurso simúltaneo” entre Dios y la criatura para sus acciones. La segunda es la afirmación de la “ciencia media” de Dios, o del conocimiento de los futuros condicionados libres, o los que no existirán, pero existirían si se diesen unas condiciones determinadas. Estas dos doctrinas fundamentaban, respectivamente, dos tesis teológicas: la “gracia versátil” o indiferente, que no es eficaz por sí misma, sino por el consentimiento de la voluntad libre; y la predestinación de Dios a la otra vida “después de previstos los méritos” de cada hombre. A estas cuatro tesis molinistas, Báñez presentó otras cuatro completamente distintas e irreductibles, que son las propias del tomismo. En Báñez no hay nada nuevo en su explicación, nada que no esté en la doctrina del Aquinate –no existe, por tanto, lo que se ha calificado de “bañezianismo”–, aunque podrían discutirse algunos puntos accidentales de su interpretación que no afectan en nada a sus cuatro tesis fundamentales. Las metafísicas son las siguientes: enfrente del concurso simultáneo, la “premoción física”, o la moción física inmediata y previa de Dios como causa primera sobre la criatura, que es así causa segunda de su acción; y enfrente de la ciencia media, la doctrina de los “decretos divinos predeterminantes”, que explica el conocimiento divino de los futuribles en sus decretos eternos. A su vez, otras dos teológicas, basadas en ellas repectivamente: la “eficacia intrínseca de la gracia” y la predestinación “antes de los meritos previstos”. La comisión trabajó durante nueve años (1598-1607) y Pablo V (1605-1621) puso fin a la contienda, no definiendo ninguna solución.
Además de Molina, que es también notable por sus estudios jurídicos, los jesuitas aportaron a la metafísica aristótélica las obras de Francisco De Toledo (1532-1596) y Pedro Fonseca (1528-1599), que tradujo directamente del griego la Metafísica de Aristóteles. El metafísico más original y de mayor influencia fue Francisco Suárez (1548-1617), natural de Granada. Sus Disputationes Metaphysicae ocupan un puesto singular en la historia universal de la metafísica. Por primera vez, se presentaron de forma sistemática y ordenada todas las cuestiones metafísicas. Así mismo Suárez se ocupo de todos los autores anteriores –cita a 245 autores–. Podría decirse que la obra es como una gran enciclopedia. Su autor se mueve siempre en la tradición aristotélica y, aunque confiese seguir la línea de Santo Tomás, todas sus tesis centrales y nucleares son inconciliables con las tomistas. Difieren entre otros su conceptos de metafísica, la noción y composición del ente, la doctrina de la potencia y del acto, la de los trascendentales, la concepción de la analogía, la composición de la esencia y la existencia, la doctrina de la individuación y la del constitutivo formal de la persona. Su sistema, en definitiva, denota cierto eclecticismo y la complicación propia del barroco. El suarismo ha continuado hasta nuestros días con los jesuitas José Hellín (1883-1973), Ismael Quiles (1906-1993), Juan Roig Gironella (1912-1980). También Juan Pegueroles (1928), desde su inserción en el pensamiento suarista, ha estudiado a San Agustín –es uno de sus más cualificados tratadistas españoles–, a Santo Tomás e igualmente a Blondel, Husserl, Heidegger y Gadamer. El estudio de Suárez lo continúa el investigador laico Santiago Fernández Burillo.
En el s. XVII, en la orientación tomista, sobresalieron: Francisco de Araujo (1580-1664), Pedro de Godoy (m. 1677), Diego Mas (m. 1608), Tomás de Vallgornera (m. 1665) y Juan Tomás de Rocabertí (1627-1699). Tienen así mismo gran importancia el célebre Curso complutense, publicado en Alcalá de Henares por los carmelitas descalzos: Miguel de la Trinidad (1588-1661), Antonio de la Madre de Dios (1587-1641) y Juan de los Santos (1583-1654). El s. XVIII, el eclecticismo y el escepticismo (v.), que reinaban en el ambiente ilustrado, impidieron mantener el anterior nivel metafísico. La nueva Universidad de Cervera, con su interés por cultivar las humanidades clásicas, no contribuyó tampoco a su restauración. En el s. XIX, tuvieron gran auge tendencias filosóficas europeas como el hegelianismo (v.), el panteísmo (v.), el neokantismo, la escuela escocesa o del sentido común, el positivismo (v.), el materialismo (v.) y sobre todo el krausismo (v.). La filosofía de K.Ch.F. Krause (1781-1832), idealista alemán, de escaso predicamento en el mundo germánico, fue introducida con el afán de transformar toda la cultura española, por Julián Sanz del Río (1814-1869) y tuvo una influencia extraordinaria en todos los ámbitos culturales y políticos. La continuó su discípulo Francisco Giner de los Ríos (1839-1915), que fundó la Institución Libre de Enseñanza, centro privado de enseñanza superior de gran prestigio e influencia.
La situación comenzó a cambiar con Jaime Balmes (1810-1948). En sus obras de contenido metafísico –El Criterio (1845), Filosofía fundamental (1846), y Curso de filosofía elemental. Metafísica, lógica, ética, historia de la filosofía (1847)– demostró un amplio conocimiento de la filosofía moderna y ofreció soluciones a las cuestiones metafísicas básicas, desde un posición que no es escolática, ni tomista, pero que preparó su futuro restablecimiento, por su actitud de estudio, ecuanimidad y diálogo. La asimilación y la conciliación, sin eclecticismo, fueron las coordenadas de su pensamiento. En la segunda mitad del s. XIX, la metafísica continuó con la misma tónica. Únicamente se publicaron muchos libros de texto para la enseñanza en universidades e institutos. Pueden citarse: Institutiones Metaphysicae (1890), de José Daurella y Rull; y Metafísica fundamental (1899), de Pedro María López y Martínez. La figura central de este momento, y que contribuyó decisivamente a la digna reconstitución de la metafísica, fue el cardenal Ceferino González, O.P. (1831-1895), profesor en Manila y autor de Estudios sobre la filosofía de Santo Tomás (1864). Las enseñanzas, que impartió después en España, se encuentran en su obra Filosofía elemental (1873). En éstas y en sus otras obras expuso el pensamiento clásico contrastándolo con el moderno con el intento de hacerlo progresar. Discípulos suyos fueron Juan Manuel Ortí y Lara (1826-1904), catedrático de Metafísica de la Universidad de Madrid, y su sucesor Antonio Hernández Fajarnés (1851-1909).
La encíclica del papa León XIII (1878-1903), Aeterni Patris, de 1879, contribuyó a la restuaración de la metafísica, especialmente en la línea de Santo Tomás. Respresentó la madurez de una tendencia que se había iniciado en Italia, gracias al barcelonés Juan Tomás de Boxadors (1703-1780), maestro general de la Orden de Predicadores. Toda la filosofía escolástica bajo el impulso de este documento filosófico volvió a resurgir en los pensadores católicos. José Torras y Bages (1846-1916), de entre todos ellos, es el que más se ocupó de temas metafísicos, y aplicó la metafísica de Santo Tomás a las más diversas cuestiones. En el s. XX, los estudios metafísicos se iniciaron con obras decisivas escritas por dominicos. Norberto del Prado (1852-1918), profesor de la Universidad de Friburgo (Suiza), publicó el famoso libro Veritate fundamentali philosophiae christianae (1911), donde colocó la doctrina de la real composición de esencia y ser como la más fundamental de toda la metafísica, y la que permite el acceso racional a Dios y la explicación filosófica de la creación. Francisco Marín-Sola (1873-1932), que ocupó su cátedra suiza y escribió sus estudios sobre El sistema tomista sobre la moción divina y su gran obra Concordia divina entre la moción divina y la libertad creada. En ambas precisa y defiende la posición de Báñez, mostrando su perenne actualidad, realizadas unas correcciones accidentales. Santiago Ramírez (1891-1967), profesor en el Angelicum de Roma, Salamanca y Friburgo, investigó, en una serie de artículos, la analogía. Su Opera Omnia, publicada por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), ocupa cuarenta volúmenes. Su discípulo, el dominico Victorino Rodríguez (1926-1997), en sus obras, difundió su pensamiento con un estilo expresivo más claro y más actual. Una de las mejores es El conocimiento analógico de Dios (1995). Por esta misma época, el canónigo de Santiago de Compostela y profesor de su Universidad Pontificia, Ángel Amor Ruibal (1869-1930), filósofo autodidacta, creó una metafísica denominada “correlacionismo”, que se encuentra en su magna obra Problemas fundamentales de la filosofía y del dogma (1914-1922). Concibió la metafísica como un sistema que estudia el universo como totalidad. Sus entidades están ensambladas por la relación, que es así el principio universal de explicación. De este modo su pensamiento mostró afinidades con otras metafísicas e incluso concepciones de la ciencia.
En la primera mitad del s. XX, y ya en la universidad civil, sobresalió José Ortega y Gasset (1883-1955), catedrático de Metafísica en la Universidad de Madrid, cuya influencia ha sido de las más extensas y profundas en el mundo hispánico. No sólo fue un filosófo culturalista original e ingenioso, sino también un original metafísico. Su sistema, que denominó “raciovitalismo”, se basaba en el principio metafísico de que la realidad radical es la vida, que se despliega en varios grados. Acuñó la expresión “razón vital” para designar el uso vital de la razón. Fue un escritor muy fecundo. Sus obras más propiamente metafísicas son El tema de nuestro tiempo (1923), En torno a Galileo (1933), Ideas y creencias (1940), La idea de principio en Leibniz (1958) y El hombre y la gente (1958). Podría también citarse, por su pensamiento religioso, a Miguel de Unamuno (1864-1936), pero carece de sistema metafísico propio. Manuel García Morente (1886-1942), amigo de Ortega, e igualmente catedrático en la Universidad de Madrid, cultivó también una metafísica de la vida, siguiendo los pasos de Heidegger. Sus cursos en la Universidad de Tucumán fueron publicados con el título de Lecciones preliminares de filosofía (1938), y después en España, más ampliados, con el de Introducción a la filosofía (1943), con catorce y siete ediciones, respectivamente. Después de su conversión al catolicismo, asumió también la metafísica tomista, que desarrolló en algunos puntos. Muy originales son también las obras de Xavier Zubiri (1898-1983): Naturaleza, Historia, Dios (1944), Sobre la esencia (1962), Cinco lecciones de filosofía (1963), La inteligencia sentiente, Inteligencia y logos e Inteligencia y razón (1980-1983). En todas ellas abordó las cuestiones clásicas capitales, con una terminología propia y una sistematización muy particular. Aunque su objeto de reflexión fue la metafíca clásica, discrepó constantemente de Aristóteles. Igual intento renovador ha manifestado en sus últimas obras póstumas: El hombre y Dios (1984) y en Sobre el hombre (1986). Ángel González Álvarez (1916-1991), catedrático de Metafísica de la Universidad de Madrid (1954-1985), continuó la línea de su maestro Ramírez. En su Introducción a la Metafísica (1951) trató de un modo sistemático e histórico las cuestiones fundamentales de la posibilidad de la metafísica y de su punto de partida. Su obra más importante, el Tratado de Metafísica –en dos tomos, Ontología y Teología Natural (1961)–, es el primero de estas dimensiones publicado en nuestra época, en lengua castellana, sobre el conjunto de la metafísica. Jesús García López (1924), discípulo de González Álvarez y que ocupó la cátedra de la Universidad de Murcia, ha sido uno de los grandes maestros de metafísica de la actual universidad española. Sus publicaciones –Nuestra sabiduría racional de Dios (1950), El conocimiento natural de Dios. Un estudio a través de Descartes y Santo Tomás (1955), El valor de la verdad y otros estudios (1965), Doctrina de Santo Tomás sobre la verdad (1967), Estudios de metafísica tomista (1976), Tomás de Aquino, maestro del orden (1985), Lecciones de metafísica tomista, I. Ontología. Nociones comunes, II. El conocimiento filosófico de Dios, III. Gnoseología (1995)– son fruto de un amplio y profundo conocimiento directo de las obras de Santo Tomás, cuyas doctrinas ha confrontado con los principales pensadores modernos y contemporáneos, como Descartes, Kant y Heidegger. En el estudio de la metafísica y en la línea de Santo Tomás, en la Universidad de Madrid, ha tenido un papel destacadísimo Antonio Millán-Puelles (1921). Desde una primera orientación fenomenológica, el pensador profundizó en la tradición tomista, exponiendo y continuando sus doctrinas con una terminología propia muy precisa y cuidada. Sus obras metafísicas son El problema del ente ideal. Un examen a través de Husserl y Hartmann (1947), Ontología de la existencia histórica (1951), Fundamentos de filosofía (1956) –que alcanzó once ediciones–, La estructura de la subjetividad (1967) –una de sus mejores–, Teoría del objeto puro (1990) –que completa su metafísica realista con una doctrina sobre lo irreal–, Léxico filosófico (1984) y El interés por la verdad (1997). Leonardo Polo (1926), en su magisterio oral y escrito, principalmente en la Universidad de Navarra, ha expuesto un original sistema, basado en lo que denomina “el abandono del límite mental”, que posibilita el estudio de la existencia y la esencia extramentales, y la existencia y la esencia humanas. Problemática que trató ya en una de sus primeras obras –El acceso al ser (1964)– y que ha continuado en todas las demás. En su reciente Antropología trascendental, ha ampliado la lista clásica de los trascendentales con otros humanos, como el coexistir, la libertad o el intelecto personal. Otros metafísicos destacables son Jesús Arellano (1921), catedrático en la Universidad de Sevilla, que ha estudiado también los conceptos metafísicos trascendentales; y Rafael Gambra (1920), que ha contribuido decisivamente –con sus obras Historia sencilla de la filosofía (1961), Curso elemental de filosofía (1962), El silencio de Dios (1968) y El lenguaje y los mitos (1983)– a la difusión de principios de Santo Tomás
En la actualidad se cultiva la metafísica con gran fuerza y fecundidad en la llamada Escuela Tomista de Barcelona, que tiene su origen en el magisterio oral y escrito de Ramón Orlandis Despuig (1873-1958). Discípulo suyo fue Jaime Bofill (1910-1965), catedrático de Metafísica de la Universidad de Barcelona (1950-1965). En su libro La escala de los seres (1950), estudió la concepción tomista de la posesión intencional en sus dos posibles modos: por vía de conocimiento y por vía de amor. Francisco Canals Vidal (1922), también discípulo directo del padre Orlandis y de Bofill, ha impulsado y consolidado definitivamente la escuela. Es autor de Para una fundamentación de la Metafísica (1967), Cuestiones de fundamentación (1981), Sobre la esencia del conocimiento (1987) y Sant Tomàs d’Aquino. Antologia metafísica (1991). En estas y otras obras ha expuesto la síntesis de Santo Tomás, en diálogo ininterrumpido con las otras grandes visiones teológico-filosóficas cristianas (San Agustín, San Anselmo, San Buenaventura, Ramón Llull, Duns Scoto y Suárez), las corrientes escolásticas no tomistas, el racionalismo; el empirismo, el trascendentalismo de Kant, y su revolución copérnicana, la dialéctica hegeliana; y el pensamiento de Heidegger. De entre todos sus hallazgos filosóficos, puede destacarse el del carácter expresivo y locutivo de todo conocer. Desde 1989, Eudaldo Forment (1946), su discípulo, ocupa la cátedra de Metafísica de la Universidad de Barcelona –donde había enseñado Canals (1967-1988) y anteriormente Jaime Bofill (1950-1965)–, manteniendo la misma trayectoria. Es autor de las siguientes obras metafísicas: Fenomenología descriptiva del lenguaje (1982); Ser y persona (1983); Persona y modo sustancial (1984); Introducción a la metafísica (1985); El problema de Dios en la metafísica (1988); Dios y el hombre (1987); Filosofía del ser (1988); Principios básicos de la bioética (1990); Lecciones de metafísica (1992); La persona humana (1994); San Anselmo (1995); Historia de la filosofía tomista en la España contemporánea (1998), e Id a Tomás. Principios fundamentales del pensamiento de Santo Tomás (1999). Hay que destacar también las obras, nacidas en el ámbito de este grupo: Ser y obrar (1991), de Ignacio Guiu (1963); La analogía (1989), de Vicens Igual; La incomunicabilidad ontológica de la persona humana (1992), de Juan Martínez Porcell; Ser y conocer (1992), de Juan García del Muro; El orden dinámico del ser (1993), de Pau Giralt; Metafísica de la intencionalidad (1997), de Magdalena Bosch; y Persona y amor (1993), de Francisca Tomar. También Carlos Cardona (1930-1993), desde un arraigado y profundo conocimiento del pensamiento de Santo Tomás, prestó especial atención a la metafísica contemporánea, asumiendo gran parte del pensamiento de Kierkegaard y la problemática de Heidegger. Escribió: La metafísica del bien común (1966); Metafísica de la opción intelectual (1969); Metafísica del bien y del mal (1987), y Olvido y memoria del ser (1997). Uno de sus discípulos más conocidos es Lluís Clavell, rector del Pontificia Universidad de la Santa Cruz, de Roma, autor de: El nombre propio de Dios según Santo Tomás de Aquino (1980), Metafísica (1982) y Metafisica e libertà (1996). Otro de sus discípulos es Tomás Melendo (1951), catedrático de Metafísica en la Universidad de Málaga, que ha sabido encontrar muchas de las inferencias que se derivan de la rica doctrina del ser de Santo Tomás. Ha escrito, entre otras obras: Metafísica (1982); Ontología de los opuestos (1982); La metafísica de Aristóteles. Método y temas (1997); Entre moderno y postmoderno. Introducción a la metafísica del ser (1997); Metafísica de lo concreto. Sobre las relaciones entre filosofía y vida (1997). Otros autores que se ocupan en estos momentos de la metafísica son el catedrático Ángel Luis González, que ha publicado muchos estudios monográficos sobre importantes temas tratados por Santo Tomás –Ser y participación (1979) y Teología natural (1985)– y sobre la metafísica de Leibniz y de Nicolás de Cusa; Rafael Alvira, autor de La noción de finalidad (1978), Metafísica (1982) y La razón de ser hombre. Ensayo acerca de la justificación del ser humano (1998), y que ha escrito estudiando especialmente problemas metafísicos referentes al hombre; Javier Arangure; Mariano Artigas; Juan Manuel Burgos; José J. Escandell; José Luis Fernández; Joaquín Ferrer; José Ángel García Cuadrado; Juan A. García González; Jordi Girau; Alfonso García Marqués; Marta González; Alejandro Llano; Patricia Moya; Juan Manuel Navarro Cordón; Juan Pegueroles; Javier Pérez Guerrero, Enrique Rivera de Ventosa; J.Mª. Romero; Luis Romera; Modesto Santos; Armando Segura; Antonio Segura Ferns; Juan Fenando Sellés y José Villalobos. Podría ampliarse mucho más esta relación de estudios y autores, pero ya revelan suficientemente la importancia en cantidad y calidad de las investigaciones actuales sobre metafísica. Sólo queda por destacar la gran labor que continúan realizando los dominicos –Aniceto Fernández (1895-1981), Mateo Febrer (1908-1999), Juan José Gallego, Jordán Gallego, Quintín Turiel, Vicente Cudeiro y Armando Bandera, entre otros– y muy especialmente Abelardo Lobato (1925). El conocido tomista español es en la actualidad presidente de la Pontificia Academia Romana de Santo Tomás y presidente de la Sociedad Internacional Tomás de Aquino, las dos instituciones más importantes del tomismo mundial y rector en Suiza. Su actividad docente, sus múltiples publicaciones y su constante e intensa actividad organizativa y directiva, han contribuido decisivamente a establecer una mayor presencia en extensión y en profundidad del pensamiento de Santo Tomás en el mundo de hoy. Lobato ha asumido del tomismo la confianza en la verdad, que fundamenta en el diálogo, tal como claramente se manifiesta en su monumental obra El pensamiento de Santo Tomás de Aquino para el hombre de hoy (1994 y ss.; 3 vols.). Su doctrina metafísica está centrada en el estudio de los conceptos trascendentales, desde los que fundamenta una metafísica de la persona, que, como ha mostrado en una de sus últimas obras –Dignidad y aventura humana (1997)– permite asentar los derechos humanos. En estos momentos, la metafísica de Lobato, que es el fundamento de la antropología y de la ética, es la expresión del intento de la actual metafísica española de fundamentar todo lo referente al hombre y su dignidad personal. [E.F.G.]

GASTRONOMÍA

Manchego. Queso con Denominación de Origen, con reconocimiento oficial desde 2-VII-1982 y reglamentado por Orden Ministerial del 21-XII-1984, elaborado exclusivamente con leche de oveja manchega, prensado y salado. La leche, sin cocer o pasteurizada, se cuaja con flor de cardo común, a unos 30°; una vez cuajada, se coloca la pasta en moldes de esparto y se desmenuza. Sobre tales moldes se colocan pesos que compriman la pasta y se deja que ésta repose durante unas seis horas, pasadas las cuales se pone en salmuera, donde se mantiene cuarenta y ocho horas. A continuación, se vuelve a comprimir la pasta y se deja secar durante un periodo de tiempo más o menos largo, según se quiera obtener un tipo de queso tierno, semiseco o seco, pero siempre un mínimo de sesenta días, por ser el manchego un queso de maduración larga. Las piezas de queso manchego tienen forma cilíndrica, de 20 a 25 cm de diámetro y de 8 a 10 cm de alt.; su peso oscila entre 2,5 y 3,5 kg por unidad; sus paredes laterales están ligeramente abombadas y su corteza, seca y dura y de un color amarillo cremoso, suele presentar dibujos producidos por la pleita del esparto que se utilizó para el prensado de la pasta. Ésta, a su vez, se caracteriza por su color marfil, por su consistencia y por tener pequeños agujeros en su parte central, pero sus características varían algo según el tiempo de maduración que se le haya dado a la pieza: si es un queso “fresco”, es decir, que ha cumplido sólo el plazo mínimo de maduración, su pasta es propiamente de color marfil y su consistencia muy elástica; si se trata de una pieza de queso “curado”, esto es, el que se consume unas trece semanas después del citado tiempo mínimo, la pasta ha adquirido ya un tono más amarillento y se ha endurecido; finalmente, si se trata de un queso “añejo”, conservado en aceite de oliva desde siete meses a un año o incluso dos, el color amarillento de la pasta se habrá vuelto aún más intenso y la corteza, así mismo, más áspera y de color oscuro. Característico de la región de La Mancha, de prácticamente todas las localidades de la mitad E. de las provv. de Toledo y Ciudad Real, SO. de la prov. de Cuenca y NO. de la de Albacete, son especialmente conocidos los manchegos de Alcázar de San Juan (Ciudad Real), Belmonte (Cuenca), Villanueva de los Infantes (Ciudad Real), Socuéllamos (Ciudad Real), Villarrobledo (Albacete). La fabricación es mayoritariamente industrial, pero aún hoy día se da en ciertos lugares de forma artesanal. Por lo que a su historia se refiere, los testimonios de escritores griegos y de la antigüedad clásica (por ejemplo de Avieno en su Ora maritima, s. IV) y, sobre todo, la literatura hispanoárabe muestran que la elaboración de queso de oveja fue una tradición arraigada y habitual entre los pueblos y habitantes de la región manchega. Cervantes menciona en El Quijote en varias ocasiones el queso manchego y vemos que Don Quijote y especialmente Sancho lo comen no sólo con hambre sino con gran placer; si, así pues, era ya en el s. XVI un alimento habitual, con el tiempo ha llegado a convertirse, además, en el queso más famoso de España.

GENEALOGÍA

Orléans, Casa de. Nombre que reciben cuatro dinastías diferentes emparentadas con la Casa Real francesa, cuyo título familiar proviene del antiguo condado carolingio de Orleáns (Loiret, Francia), de posesión capeta desde el s. X, erigido en ducado en 1344 por Felipe VI de Francia (1328-1350) para su quinto hijo Felipe I de Orleáns, cabeza de la primera dinastía, tras cuya muerte sin descendencia el título recayó en la Corona. La segunda casa de Orleáns fue fundada en 1392 por Carlos VI de Francia (1380-1422), al conceder el título y ducado a su hermano, Luis I de Orleáns (m. en 1407), cuyo nieto, Luis II, reinó más tarde en Francia como Luis XII (1498-1515), por lo que el título se reintegró de nuevo a la Corona. La tercera dinastía se inauguró y extinguió con Gastón I, hermano de Luis XIII (1610-1643), para quien el monarca francés separó de nuevo de la Corona el título y ducado orleanés en 1626. Al morir (1660) sin descendencia masculina –su única hija fue Ana María Luisa, duquesa de Montpensier, título asociado al de Orleáns en los miembros de la cuarta dinastía–, el título ducal revirtió de nuevo en la Corona, en concreto en Luis XIV (1643-1715), el Rey Sol, quien lo concedió (1660) a su hermano Felipe I de Orleáns (m. en 1701), cabeza de la cuarta dinastía orleanesa. De su primer matrimonio con Enriqueta Ana (1661), hija de Carlos I de Inglaterra (1625-1649), nació María Luisa de Orleáns (v. Luisa de Orleáns, María -), que llegó a ser reina de España tras su matrimonio (1679) con Carlos II (1665-1700). De sus segundas nupcias (1671) con Carlota Isabel, hija del elector del Palatinado Carlos Luis, nació Felipe II de Orleáns y Montpensier (1674-1723, v. Orleáns, Felipe II, Duque de -), heredero del título familiar, que fue nombrado (1707-1708) por su tío Luis XIV comandante en jefe de las tropas francesas en España durante la Guerra de Sucesión (1701-1714); participó en las tomas de Zaragoza (1707), Lleida (1707) y Tortosa (1708), y conspiró para acceder al trono español; posteriormente fue regente de Francia (1715-1722). Su hija Luisa Isabel de Orleáns (v.) fue reina de España (1724) por su matrimonio con Luis I (1724), hijo de Felipe V (1700-1724 y 1724-1746). De la línea troncal de la casa desciende Luis Felipe José, duque de Orleáns y Montpensier, llamado Felipe Igualdad (m. en 1793), diputado por París durante la Convención (1792-1793), y ejecutado por los jacobinos (IV-1793) acusado de haber aspirado al trono –había instigado para conseguir el derrocamiento de su primo Luis XVI (1774-1791)–, y padre de Luis Felipe I, que llegó a ser rey de Francia (1830-1848). Los hijos de Luis Felipe I inauguraron varias ramas familiares. Así, de Luis, duque de Nemours, descienden, por el matrimonio de su hijo Gastón con Isabel, hija y heredera de Pedro II, emperador del Brasil (1831-1889), la rama brasileña de los Orleáns-Braganza, jefes de la Casa Real del país sudamericano; de Fernando, príncipe real y cabeza de la rama de Orleáns, descienden los condes de París, jefes de la casa de Francia, mientras que Antonio, duque de Montpensier (v. Montpensier, Antonio María Luis de Orleáns, Duque de -), fue nombrado infante de España por su matrimonio (1846) con María Luisa Fernanda, hija de Fernando VII (1808, 1814-1833). Antonio de Montpensier conspiró activamente contra su cuñada Isabel II (1833-1868) y, a su muerte, fue aspirante al trono vacante. De su matrimonio con María Luisa Fernanda nacieron, entre otros, María de las Mercedes de Orleáns (v.), esposa de Alfonso XII (1874-1885); Antonio, duque de Galliera e infante de España por su matrimonio (1886) con Eulalia, hija de Isabel II, que inauguró la rama española de los Orleáns, duques de Galliera, e Isabel, también infanta de España, que casó (1864) con Felipe VII, conde de París y jefe de la casa de Francia. De este enlace nacieron, entre otros, Felipe VIII de Orleáns, jefe de la casa de Francia, y María Luisa de Orleáns y Orleáns, que casó (1907) con Carlos de Borbón-Dos Sicilias (v.), infante de España. De este segundo matrimonio del infante nacieron Alfonso, duque de Calabria, de cuya rama troncal descienden los jefes de la Casa Real de las Dos Sicilias, y María de las Mercedes de Borbón y Orleáns (v.), esposa (1935) de Juan de Borbón y Battenberg, conde de Barcelona, hijo y heredero de Alfonso XIII (1886-1931), y padre de Juan Carlos I, rey de España (1975-).

GEOGRAFÍA

Morena, Sierra. También Mariánica. Sistema montañoso sit. al S. de la Meseta Meridional, que sirve de límite entre ésta y la depresión del Guadalquivir. Orientada en dirección E.-O., se extiende a lo largo de cerca de 600 km por las provv. de Ciudad Real, Jaén, Córdoba, Sevilla, Huelva y Badajoz. Limita al N. con el río Guadiana y al S. con la depresión del Guadalquivir, mediante una separación rectilínea de unos 400 km de long. y de 1.000 m de alt. en sus cotas más altas, lo que le confiere un peculiar aspecto de escalón, característica que se habría debido bien a un hundimiento del zócalo de la Meseta, bien a un desgarre o falla de rumbo, pero no por lo que se había conocido como “gran falla del Guadalquivir”. Presenta una serie de fracturas y pequeñas fallas, muchas veces orientadas en dirección contraria al desnivel general de la flexión del zócalo, que tienden a resaltarlo, aunque con orientaciones contradictorias u oblicuas a su rumbo general, lo que origina una gran asimetría en sus vertientes, ya que mientras apenas sobresale al ser observada al N. desde la Meseta, destaca si se contempla al S., desde la depresión del Guadalquivir; en el extremo E. el escarpe queda camuflado por el contacto con las sierras de la Cordillera Subbética. Perteneciente a la parte meridional del macizo herciniano ibérico, Sierra Morena está constituida por un conjunto de materiales metamórficos y sedimentarios que se transformó durante un periodo muy extenso, desde el Precámbrico hasta el Carbonífero, época en que emergió. El macizo estuvo sujeto después a un largo proceso de erosión continental, desarrollado desde finales del Paleozoico hasta el Terciario, que aplanó sus cumbres y lo convirtió en un relieve de formas envejecidas. La erosión remontante de los afluentes del Guadalquivir ha resaltado, por otra parte, los crestones de cuarcita sobre los afloramientos de pizarras en que se excavan los valles. En la zona andaluza se distinguen tres grandes zonas, con características propias: la centroibérica, la Ossa-Morena y la surportuguesa, cada una de las cuales presenta diferentes características morfoestructurales. La centroibérica, que corresponde a la región oriental, queda limitada a la estrecha franja de la zona de Jaén y la parte oriental de Córdoba hasta el S. del batolito de la com. de Los Pedroches (penillanura de más de 3.000 km2 sit. al S. de las sierras de Alcudia y Madroña, en la prov. de Córdoba). Agrupa los terrenos del Paleozoico Inferior y Medio, con predominio de calizas cristalinas del Precámbrico, las cuarcitas del Silúrico y las pizarras arcillosas del Cámbrico. La disposición tectónica mantiene aún la directriz herciniana, aunque con clara tendencia hacia el E. y NE. La organización litotectónica ha creado importantes relieves diferenciales donde coinciden las principales sierras con enclaves cuarcíticos que emergen de entre las series plegadas. En esta área destacan los granitos de Linares, La Carolina y Santa Elena, sit. al E. de la Sierra Morena jiennense, donde se hallan filones de plomo. En el extremo E. se halla la sierra del Relumbrar (1.151 m de alt.), que marca el límite oriental de Sierra Morena y enlaza con las sierras de la Cordillera Subbética. La zona de Ossa-Morena se encuentra en la zona central, entre el batolito de Los Pedroches, al E., y el valle del río Viar, al O., dominando el N. de las provv. de Sevilla y Córdoba. Orientada en dirección NO.-SE., es bastante variada, con un predominio de rocas plutónicas y materiales del Carbonífero, junto con batolitos graníticos, como el de Los Pedroches, y materiales del Precámbrico, pizarras, calizas y dolomías del Cámbrico Inferior, así como materiales del Paleozoico Inferior en su sector occidental. Así mismo, cabe destacar los terrenos del Carbonífero de la cuenca del río Guadiato por sus yacimientos de carbón de Peñarroya-Belmez-Espiel, tres bandas diferentes del Carbonífero depositadas en capas lacustres o en llanuras de inundación, que ocupan 50 km de long. por 2 km de anchura y donde se encuentran los carbones de mejor calidad del S. de España. En la zona surportuguesa, casi en la prov. de Huelva, destaca el material del Carbonífero, rico en minerales. Se hallan los yacimientos de carbón de Villanueva del Río y Minas (Sevilla), así como un conjunto heterogéneo de rocas volcánicas detríticas silíceas, sulfuros y manganeso que se extiende a lo largo de 235 km de long. y 35-40 km de anchura entre Portugal y la depresión del Guadalquivir del área de la prov. de Sevilla; esta capa de sulfuros polimetálicos y de manganeso presenta grandes cantidades de sulfuro de hierro con calcopiritas, blenda, galena y otros minerales, de los que destacan las piritas masivas, con unas reservas de 437.000.000 t. Caracterizada por la uniformidad de sus líneas de cumbres, comprendidas entre los 900 y los 1.300 m de alt., en Sierra Morena destacan, en el tercio NE., las sierras del Relumbrar –con el cerro de Pilas Verdes (1.151 m de alt.)–, de San Andrés (1.224 m), de Madrona –donde se concentran varias de sus cumbres más importantes, entre ellas las de Bañuela (1.323 m), Abulagoso (1.301 m) y Rebollera (1.161 m)–, y la de Alcudia –en la que destacan los picos Navalmarcos (1.057 m) y Judío (1.107 m)–, así como el puerto del Mochuelo y la sierra de Aracena –que se prolonga hacia el O. por la superficie de erosión de la com. de El Andévalo y que aparece formada por un conjunto de cadenas entre las que sobresalen el pico de Tentudia (1.104 m) y las sierras de los Cerrajeros y de Cuchareda–. Así mismo, alberga numerosos parques naturales: Sierra de Aracena y Picos de Aroche (184.000 ha), en la prov. de Huelva; Sierra Norte (164.840 ha), en la prov. de Sevilla; Sierras de Andújar (60.800 ha) y Despeñaperros (6.000 ha), en la prov. de Jaén, así como Sierra de Cardeña y Montoro (41.212 ha) y Sierra de Hornachuelos (67.202 ha), en la prov. de Córdoba. A pesar de la escasa importancia del relieve, Sierra Morena constituye una verdadera frontera, casi despoblada, entre las comm. del S. de la Meseta y las de la campiña del Guadalquivir, y que aparece atravesada por diversos pasos; destacan el citado desfiladero de Despeñaperros (1.300 m de alt.), que une las provv. de Ciudad Real y Jaén; el paso de Villamanrique (924 m), entre estas mismas provv.; el puerto Rubio (659 m), entre Almadén (Ciudad Real) y Córdoba; la garganta de Gregorio (565 m), entre Badajoz y Córdoba; el puerto de Tía Gila (530 m), entre Ciudad Real y Córdoba, y el puerto de Monasterio (487 m), en la carretera de Badajoz a Sevilla. En Sierra Morena se halla el nacimiento de numerosos ríos que forman estrechos valles fluviales; los que transcurren por su vertiente N. desembocan en la margen izquierda del Guadiana, entre ellos el Azuer, el Jabalón, el Tirteafuera, el Zújar, el Ortiga, el Guadamez, el Matachel y el Guadajira; mientras que los de su ladera meridional vierten sus aguas en la margen derecha del Guadalquivir, después de transcurrir profundamente encajados en fuerte pendiente siguiendo la dirección herciana NO.-SE. –la de las alineaciones de las cuarcitas–, que cambia bruscamente hacia el S. e incluso hacia el SO. poco antes de desembocar en su principal, como el Guadalmellato, el Guadiato, el Bembézar, el Viar, el Rivera de Cala y el Rivera de Huelva; por el contrario, en el extremo oriental, en la prov. de Jaén, no se mantiene esta dirección a causa de la cobertera tabular del Triásico superpuesta al zócalo herciniano, localizándose ríos en dirección NE.-SO., entre ellos el Guadalimar, el Guadalmena, el Guadalén, el Guarrizas y el Jándula. Así mismo, se encuentran numerosos embalses, destinados fundamentalmente a riegos y energía eléctrica, entre los que destacan los de Gudalmena, Jándula, Puente Nuevo, Bembézar, El Pintado y Aracena. El clima es mediterráneo en su mayor parte, que se combina con una zona de clima mediterráneo continental en la mitad E. junto con clima de montaña en el área de la sierra de Aracena. Las temperaturas medias de enero oscilan entre 6 y 8°, mientras que las de julio varían entre 24 y 26°. Las precipitaciones son algo más abundantes que en las depresiones de sus alrededores, situándose sus medias anuales entre los 600 y 800 mm, con la aparición de algunos islotes muy lluviosos que llegan a superar los 1.000 mm anuales. La vegetación predominante es la encina, junto con alcornoques, quejigos, castaños y rebollos, que conviven con numerosas especies de monte bajo, como jaras, espliegos, romeros, tomillos, lentiscos y madroños; a pesar de la ausencia de suelos fértiles, se localizan áreas de rozas para el cultivo temporal de cereales. Entre su fauna destacan las comunidades de especies protegidas, como lobos, linces, águila imperial y buitre negro. La población se distribuye en núcleos superiores a los 3.000 h., que aparecen muy distanciados; entre ellos sólo se localizan algunas cortijadas aisladas. Sus actividades principales son la agricultura y la ganadería –que se caracterizan por el régimen de gran propiedad, donde un 50% de los terrenos aparecen ocupados por haciendas que superan las 250 ha, dedicadas a la explotación de corcho, la crianza de cerdos y el pastoreo invernal de los rebaños ovinos trashumantes– y, sobre todo, la minería, ya en declive. Iniciada por los romanos, la renovación de las actividades mineras a mediados del s. XVIII produjo grandes cambios en la economía de la región; supuso el crecimiento de varios núcleos de población, como Linares, La Carolina (Jaén), Almadén –donde se hallan los yacimientos de mercurio más importantes del mundo–, Puertollano (Ciudad Real) y Peñarroya-Pueblonuevo (Córdoba). Posteriormente, a finales del s. XIX, se originó el gran desarrollo de estos recursos con el aprovechamiento de las cuencas hulleras de Belmez (Córdoba) y Villanueva del Río y Minas (Sevilla). Las principales explotaciones son de plomo, carbón, mercurio, cobre, uranio y pirita.
–Hist. Anteriormente conocida también como cordillera Bética o Mariánica (de Sexto Mario, su propietario en el s. I d.C.), recibió su actual nombre por los colores oscuros y verdosos de las pizarras, los matorrales espesos y los bosques de encinas, que contrastan con el cromatismo de las fértiles tierras béticas colindantes. El carácter separador de Sierra Morena entre la Meseta y Andalucía ha conferido a los pasos existentes una importancia histórica, ya que fueron lugares donde se libraron grandes batallas, como las de Munda, nombre de la actual c. de Montilla (Córdoba), donde el 27-III-45 a.C. Julio César venció a los hijos de Pompeyo, Cneo y Sexto; Navas de Tolosa, en la que se enfrentaron los ejércitos cristiano y almohade el 16-VII-1212; o Bailén, ocurrida el 19-VII-1808 durante la Guerra de la Independencia (1808-1814) entre el ejército español, comandado por el capitán general de Andalucía Francisco Javier Castaños, y el francés del mariscal Dupont. Así mismo, Sierra Morena fue guarida de bandoleros hasta que, entre 1767 y 1770, Pablo de Olavide se encargó de colonizar sus zonas desérticas con la instalación de 6.000 alemanes y flamencos para explotar la minería y guardar los caminos que cruzaban la sierra (v. Morena, Nuevas poblaciones de Sierra -).

HERÁLDICA

Pérez. Apellido patronímico derivado del nombre de Pedro, por lo que no tienen ninguna relación genealógica entre sí los diversos linajes que lo ostentan. Muchos de éstos probaron su nobleza en las órdenes militares de Santiago, Calatrava, Alcántara, Montesa, Carlos III y San Juan de Jerusalén, en las reales cancillerías de Valladolid y Granada, en la Real Audiencia de Oviedo y en la Real Compañía de Guardias Marinas.
–Armas. La línea de Asturias y Galicia lleva escudo partido: primero de plata, con un peral de sinople frutado de oro, y bordura de azur, con tres flores de lis de plata; segundo de oro, con un león rampante y coronado de púrpura. La de Vizcaya y las montañas de Burgos usa: en campo de oro, un árbol de sinople y dos lobos de sable linguados de gules, atravesados al pie del tronco. La de Toledo y Extremadura trae: en campo de sinople, una torre de plata sobre unas peñas al natural y, saliendo de su homenaje, un brazo armado con un hacha encendida en la mano; bordura de plata, con cuatro jaqueles de sable, cargado cada uno de ellos de una estrella de oro y cuatro fajas de azur que se alternan. La de Huesca lleva escudo partido: primero de oro, con cuatro palos de gules; segundo de plata, con un árbol de sinople con dos peras de gules colgando. Otra de Aragón usa: en campo de plata, un árbol de sinople con dos peras de gules colgando. Otra de Aragón trae: en campo de plata, tres peras de púrpura bien ordenadas. La de Navarra lleva escudo cuartelado: primero y cuarto de oro, con un puente de piedra mazonado de sable; segundo de plata, con una caldera de sable. La de Pamplona usa: escudo jaquelado de oro y gules; en abismo, la esmeralda de Navarra. Otra trae: en campo de plata, una banda de sinople engolada en dragantes del mismo metal y acompañada en lo alto de un peral con tres peras de oro, y en lo bajo, de un león rampante de gules. El emperador Carlos V (1519-1556) concedió, por privilegio dado en Sevilla el 24-XI-1541, el siguiente escudo de armas a Francisco Pérez, regidor del Cuzco: en campo de gules, un tigre rampante de oro; bordura de azur, con siete rosas de oro.

HISTORIA ANTIGUA

Celtibéricas, Guerras. Con el nombre de Guerras Celtibéricas, la historiografía tradicional designa un periodo, comprendido entre el año 154 a.C. y el 133 a.C., de campañas y operaciones bélicas intermitentes sostenidas por Roma contra los pueblos celtibéricos. Existen relatos pormenorizados y precisos de numerosos episodios de estas guerras escritos por los historiadores clásicos, entre los que destacan las narraciones de Polibio, Diodoro, Apiano y Tito Livio. Varias son las causas que subyacen en el origen del enfrentamiento. El inadecuado sistema administrativo provincial desarrollado por la República romana contrastó con la realidad social y económica local. La presión demográfica indígena y el desarrollo de sus estructuras socio-económicas estaban motivando una lenta pero paulatina expansión y el aumento de poder de los principales centros urbanos. La emigración pacífica, el saqueo y el mercenariado de la juventud, sistemático desde las Guerras Púnicas, sólo eran una solución momentánea del problema. La respuesta de Roma ante esta situación, con excepción de la obra de T. Sempronio Graco, determinó un rápido empeoramiento. La guerra y el gobierno provincial, de duración muy limitada por las leyes, se habían convertido en la mejor forma de enriquecimiento y de adquisición de clientela política para la nobilitas romana. Se generalizó una presión fiscal desproporcionada y se violaron los sucesivos pactos establecidos. Los abusos de los gobernadores de la Citerior extendieron un profundo malestar que provocó, incluso, el envío de una embajada de protesta ante el Senado romano en 171 a.C. Los precedentes del conflicto se sitúan a principios del s. II a.C., una vez concluidas las Guerras Púnicas. En el año 195 a.C., M.P. Catón sojuzgó a belos, titos y lusones. En el 188 a.C. Acidino contuvo a los celtíberos en Calagurris (Calahorra, La Rioja) y dos años después fueron vencidos de nuevo en Toledo, donde auxiliaban a los carpetanos. En el 181 a.C., Q. Fulvio Flaco sometió a los lusones del Moncayo y a los celtíberos del alto Duero. Tiberio Sempronio Graco, gobernador en la Citerior desde el 180 a.C., pacificó la región, fundó Grachuris (Alfaro, La Rioja) y dotó de tierras a la población indígena. Su labor tuvo en cuenta la situación social de los hispanos, y cerró tratados con belos, titos y arévacos. Durante veinte años reinó la paz, a excepción de revueltas aisladas. Pero en 154 a.C. Segeda (Belmonte de Gracián, Zaragoza), ciudad de los belos, intentó aumentar su recinto amurallado para concentrar un mayor número de población. Roma juzgó esta concentración de hombres y el surgimiento de una entidad política poderosa como un amenaza para sus intereses y, amparándose en una interpretación particular de los tratados firmados por T. S. Graco, la prohibió. La negativa segedense a obedecer motivó la declaración de guerra. No hubo, por parte de Roma, una conquista planificada, sino una guerra de asedio y exterminio. En el año 133 a.C., Q. Fulvio Nobilior encabezó un ejército de 30.000 hombres, según Apiano, de los que al menos 20.000 eran itálicos. Ante tal despliegue, los segedenses se refugiaron en territorio arévaco, hasta donde los siguieron las tropas romanas. La coalición celtibérica atacó por sorpresa la vanguardia enemiga, en el valle del río Valdano, desbaratándola y dando muerte a más de 6.000 legionarios. Sin embargo, al salir en persecución de los fugitivos, se encontraron con la caballería romana, que contraatacó; en el combate pereció Caro, el caudillo segedense. Los indígenas tuvieron que retirarse a Numantia (Numancia, Soria), la principal ciudad arévaca, a donde los siguió Nobilior. El asedio al que fue sometida la ciudad resultó infructuoso y los romanos se vieron obligados a invernar en territorio hostil, con frío riguroso y dificultades de abastecimiento. Al año siguiente, el Senado envió a M. Claudio Marcelo, buen conocedor de la Península Ibérica, donde había sido pretor en 169 a.C., en apoyo de Nobilior. Antes de unirse con él se aseguró el control del bajo Jalón y tomó Ocilis (Medinaceli, Soria) y Nertobriga (¿Ricla?, ¿Calatorao?, Zaragoza). Ante la presencia de dos ejércitos romanos en su territorio (151 a.C.), tanto arévacos como belos y titos ofrecieron su rendición, el pago de indemnizaciones de guerra y la vuelta a los acuerdos pactados con T. S. Graco. Pero el Senado romano, continuando su política belicista, ya había encontrado sucesor a Marcelo en la persona de L. Licinio Lúculo, al que se sumó P. Cornelio Escipión Emiliano, firme defensor de continuar la lucha. Al llegar a la Península, el ejército de Lúculo se encontró con que el conflicto se había dado por concluido, pero decidió acrecentar el dominio romano y enriquecerse al mismo tiempo, y asoló el territorio vacceo, ajeno hasta entonces a la guerra (toma de Cauca, Coca; Segovia e Intercatia, proximidades de Villalpando; Zamora). En el año 143 a.C. se reanudaron las hostilidades, tras la sublevación celtibérica alentada por los éxitos lusitanos frente a Roma. Q. Cecilio Metelo dirigió un contingente de 32.000 hombres. En primer lugar, marchó sobre territorio de titos y belos, y ocupó Centobriga. Al año siguiente atacó a los lusones e invernó frente a Contrebia Carbica, ciudad que sitió y tomó, para posteriormente dirigirse a territorio vacceo, en el Duero medio, cortando un posible avituallamiento de los arévacos. Al terminar su mandato le sustituyó Q. Pompeyo (141 a.C.), que atacó sin éxito Tiermes (Montejo de Tiermes, Soria) y Numancia. El general romano negoció con numantinos y termestinos, pero el Senado se desentendió de un pacto en el que no había intervenido y ordenó a M. Popilio Lenas reanudar las hostilidades (139 a.C.). Éste se limitó a saquear las tierras de lusones y vacceos. El cónsul del año 137 a.C., C. Hostilio Mancino, no sólo se vio obligado a levantar el sitio de Numancia sino que, acorralado militarmente, capituló. Los numantinos exigie­ron un tratado con paridad de derechos (foedus aequum); a pesar de que en él se reconocían las conquistas ya realizadas por Roma, el Senado lo rechazó y obligó a Mancino a entregarse personalmente al enemigo. Aunque el pacto fue desestimado, durante tres años Roma mantuvo un armisticio real. Entre el 137 a.C. y el 135 a.C. ni Emilio Lépido, ni Furio Filón, ni Calpurnio Pisón reanudaron la guerra. Pero el año 134 a.C. Escipión Emiliano, gracias a un procedimiento jurídico extraordinario, obtuvo de nuevo un mando consular, sin que hubieran transcurrido los diez años de intervalo que marcaba la ley. Decidido a continuar la lucha y ante la prohibición de nuevas levas, formó una cohors amicorum de clientes y amigos, de unos 4.000 hombres, entre los que se encontraban personalidades tan destacadas como C. Mario, Polibio o Yugurta. A su llegada a la Península Ibérica reorganizó y disciplinó el ejército provincial. Durante el verano saqueó el territorio vacceo y en la primavera del 133 a.C. inició el definitivo asedio de Numancia. Rodeó la ciudad con siete campamen­tos, fosos y torres de vigilancia y cortó el Duero a los sitiados, cuyos intentos de eludir el cerco o ganar aliados resultaron baldíos. La ciudad arévaca fue reducida por hambre, y los supervivientes fueron vendidos como esclavos, quedando inhabitada Numancia hasta comienzos del imperio. Su destrucción puso fin a las Guerras Celtibéricas. La Celtiberia había sufrido veinte años de lucha continua que ocasionaron el desplazamiento y la reducción de las poblaciones y la devastación del territorio, con las consiguientes secuelas sociales y económicas. Pero también Roma sufrió las consecuencias del enfrentamiento. Las lagunas del sistema político-legislativo republicano quedaron en evidencia. La dilatada duración de la guerra fue fruto del rígido mecanismo jurídico romano y de las rivalidades internas de las distintas facciones senatoriales, más que de las virtudes guerreras indígenas. La leva continua de campesinos itálicos para las distintas campañas incrementó las tensiones sociales que tuvieron su apogeo poco después, en época de los Graco (hijos de Tiberio Sempronio). El alistamiento, por Escipión, de clientes y amigos sirvió de precedente a otros posteriores y esbozó unos métodos de corte principesco que, en el siglo siguiente, acabaron con el régimen republicano en Roma. [J.R.P.]

HISTORIA MEDIEVAL

Mudéjares. [Del ár. mudach-chan o mudayyan, ‘que paga impuestos’]. Término con el que se designaba a los musulmanes que vivían entre cristianos. Este grupo humano, típico de los tiempos de la Reconquista, tenía algunas analogías con el de los mozárabes, aunque las diferencias eran profundas porque se desarrolló en épocas más tardías y con grandes contrastes entre los reinos de Castilla y de Aragón. Cuando los reyes aragoneses, en particular Alfonso I el Batallador (1104-1134), se apoderaron de la mayor parte de la cuenca central del Ebro, hubo musulmanes que huyeron, pero otros se quedaron, sujetos a capitulaciones especiales; unos, como los de Zaragoza y Calatayud, quedaron sometidos directamente a la autoridad real; otros fueron señorializados, lo cual, por una parte, agravó su condición desde el punto de vista económico, mas por otra les garantizó su seguridad, pues los señores no querían que sus vasallos huyeran. En Castilla las cosas sucedieron de otra manera: durante los primeros siglos de la Reconquista los musulmanes derrotados, poco numerosos, huyeron, y así se formaron los inmensos despoblados de la cuenca del Duero, pero en 1089, poco antes de que Alfonso el Batallador tomara Zaragoza (1118), otro Alfonso, VI de Castilla y León (1065-1109), el Bravo, se apoderó de Toledo y de su reino (1085) mediante una capitulación que aseguraba cierta autonomía a los vencidos. Los más significados se retiraron al S., pero la mayoría se quedó en la zona y, en gran proporción, se convirtió al cristianismo. Los mudéjares, así pues, siempre fueron pocos en los reinos de Castilla. Siguieron las invasiones de almorávides y almohades, y el proceso reconquistador se detuvo, reanudándose en el s. XIII con gran ímpetu. Fue entonces cuando el mudejarismo alcanzó gran extensión, y así, la mayoría de los musulmanes del reino de Valencia permanecieron en éste, ya en morerías urbanas ya en pueblos y aldeas, con cierta autonomía interna y con relativa libertad religiosa, pero sometidos a sus señores. Fernando III el Santo de Castilla (1217-1252) y León (1230-1252) se encontró en Andalucía con el mismo problema que Jaime I el Conquistador (rey de Aragón, 1213-1276, y de Mallorca, 1229-1276) en Valencia, a saber, con una enorme extensión de fértiles tierras y falta de brazos para cultivarlas; por eso pensó en adoptar la misma solución: mantener la población anterior como mano de obra rural, haciendo que evacuara los recintos fortificados. Los mudéjares andaluces tenían, sin embargo, dos factores incitantes a la revuelta: la vecindad del reino de Granada y el posible apoyo de los merínidas de Marruecos. Así se forjó el gran levantamiento de 1264 y la posterior orden de expulsión general que dejó reducido a míseros restos el mudejarismo andaluz. El caso del reino de Murcia, conquistado también por los reyes castellanos, ofrece curiosas variantes y, si en un principio se configuró como un protectorado, en 1243 el emir, cuya autoridad se extendía también a la actual provincia de Alicante, se reconoció vasallo de Fernando III, a raíz de lo cual algunas guarniciones cristianas se instalaron en puntos clave del reino, pero pocos cambios afectaron a la vida corriente. Alfonso X el Sabio (1252-1284), por su parte, tras una larga estancia en Murcia, proyectó establecer allí una universidad que sería común a cristianos, musulmanes y judíos. Pero la presencia cristiana se acentuaba, pues aumentaba el número de colonos, que adquirían tierras, y aumentaba la presión económica ejercida por ellos, factores que incitaron a los murcianos a unirse a la gran revuelta de los mudéjares andaluces de 1264. Fracasada la sublevación, la mayoría de las tierras pasaron a los cristianos y, aunque el rey musulmán conservó todavía algunos años una sombra de autoridad, antes de terminar el s. XIII, y a pesar de que no se decretó una expulsión general, sólo quedaban unos pocos millares de mudéjares empobrecidos.
La onda de intolerancia que en toda Europa prevalecía repercutió en España en perjuicio de moros y judíos. España era el único país europeo donde existían mezquitas. La Iglesia canalizó esos sentimientos de rechazo y las Cortes los recogieron en sus peticiones, forzando a la realeza, más tolerante, a darles eficacia legislativa. Señalemos sólo algunos hitos: en 1215, el Concilio Universal de Letrán ordenó que judíos y moros habitaran en barrios separados, llevaran distintivos en sus ropas y pagaran el diezmo. En España, las Cortes de Valladolid de 1293 prohibieron a los musulmanes poseer tierras y, por lo tanto, las que tuvieran debían venderlas a los cristianos; las Cortes de 1322 prohibían a éstos usar los servicios de los médicos y boticarios mudéjares; el Ordenamiento de 1412, decretado por la reina Catalina, regente desde 1406 hasta 1418 de su hijo Juan II de Castilla y León (1406-1454), decidió el encerramiento de las morerías. Otras prohibiciones o bien renovaban algunas muy antiguas, como la de contraer matrimonios mixtos, o introducían otras nuevas, como la de usar vestidos de seda o de otros materiales preciosos. Estas disposiciones restrictivas se reiteraban porque, en realidad, no se guardaban bien: los cristianos no querían privarse de los servicios de los médicos musulmanes y judíos, que eran los más reputados; además, se apreciaban mucho las labores de los artesanos, en especial de los carpinteros y albañiles que labraban al estilo mudéjar. Esta misma variedad de comportamientos se observa en los monarcas: Enrique II (1369-1379) levantó la prohibición de que los mudéjares adquiriesen fincas rústicas; el mudejarismo de Enrique IV (1454-1474) llegó a causar escándalo, vestía a la morisca y estaba rodeado de una guardia mudéjar que cometía tropelías. También los reyes aragoneses y los señores valencianos contrarrestaron muchas veces con medidas favorables las leyes restrictivas, pero en Valencia la plebe era, en general, más hostil a los mudéjares que en Castilla, quizás porque veía en ellos competidores peligrosos en el mercado de trabajo. Hay que tener en cuenta que su número era más elevado que en Castilla, donde, según los cálculos del historiador Miguel Ángel Ladero, apenas serían veinte mil al finalizar el s. XV. Se habían ido concentrando en las ciudades de Castilla la Vieja, al parecer porque en ellas eran menos duros los tributos personales (pechas) que pesaban sobre ellos. Valladolid, Palencia, Ávila, Segovia y otras ciudades de la meseta norte tenían morerías compuestas por centenares de familias, en su mayoría dedicadas a la artesanía y sin graves problemas de convivencia. En Toledo, en cambio, habían ido perdiendo protagonismo y en la Andalucía baja su número era muy reducido. El bloque principal del mudejarismo estaba en comarcas valencianas y, en menor número, en Aragón y Murcia. Siendo campesinos laboriosos la mayoría, no hay que olvidar, sin embargo, su contribución a la persistencia de un estilo mudéjar que, en ocasiones, se combinó con el gótico y aun el renacentista, dando lugar a obras de gran originalidad.
La conquista del reino de Granada por los Reyes Católicos (1492) acrecentó el número de mudéjares en cerca de medio millón de personas, un número superior el de esa zona al de todo el resto de España. Su asimiliación planteaba problemas difíciles, sobre todo por el incremento creciente de un cristianismo militante y agresivo cuyo representante fue el cardenal Cisneros, primado de España, frente al criterio tolerante y evangélico del primer arzobispo de Granada, fray Jerónimo de Talavera. Los granadinos se habían rendido habiendo obtenido la promesa de cumplimiento de unas condiciones que debían velar por la libertad de culto, el mantenimiento de impuestos reducidos y la igualdad de derechos cívicos. El incumplimiento de las capitulaciones originó un levantamiento que se transformó en guerra sangrienta, al término de la cual se declararon abolidos los tratados anteriores y se puso a los vencidos en el dilema de aceptar el bautismo o emigrar (1502). Sin ningún motivo, esta medida se aplicó también a los mudéjares de Castilla, que no habían tenido ninguna participación en los sucesos. Como consecuencia de todo ello, los mudéjares se convirtieron en moriscos. Por último, el fin del mudejarismo en la Corona de Aragón no fue menos violento y arbitrario: durante las Germanías de Valencia (1519-1523) la plebe puso a los mudéjares en el dilema de bautizarse o morir. Incomprensiblemente, una junta de teólogos declaró válidos y obligatorios esos bautismos y Carlos I de España (1516-1556) extendió la prohibición del islam a Cataluña y Aragón. A partir de esa fecha (1525) no hubo ya mudéjares en España. [A.D.O.]

ARTE MUDÉJAR Desde el punto de vista artístico el término “mudéjar” fue utilizado por vez primera en el año 1859 por José Amador de los Ríos en su discurso de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid con el títuto El estilo mudéjar en arquitectura, entendiéndose por arte mudéjar la pervivencia del arte hispanomusulmán en la España cristiana. Obviamente, un término de connotación étnica aplicado a una manifestación artística originó múltiples rechazos historiográficos, aunque su uso ha terminado imponiéndose. Por razones de pragmatismo político la conquista cristiana de al-Ándalus no sólo autorizó la permanencia de los mudéjares, sino que asumió para uso cristiano los monumentos islámicos; de este modo, las mezquitas mayores de las ciudades conquistadas pasaban a utilizarse como catedrales cristianas mediante una simple ceremonia de purificación y consagración, mientras que los alcázares musulmanes se convertían en propiedad de la Corona, utilizándose como alcázares cristianos. Por ello, el panorama urbano de las ciudades cristianas españolas durante la Edad Media sigue en gran parte dominado por la pervivencia de los monumentos islámicos. La fascinación cristiana por el arte hispanomusulmán alcanzó así mismo a las artes suntuarias, tales como marfiles y tejidos, con cuyo acopio se enriquecieron los tesoros de las catedrales españolas. Esta doble circunstancia –la fascinación de la España cristiana por los monumentos y los objetos suntuarios islámicos, por un lado, y la permanencia de la mano de obra mudéjar, que los había realizado, por otro– permitirá el nacimiento y desarrollo del arte mudéjar, aunque tales factores no explican por sí sólos este singular fenómeno artístico. El arte mudéjar constituye, ante todo, un sistema de trabajo artístico de tradición islámica, que debe ser valorado como un conjunto, en el que los materiales utilizados, las técnicas con que se trabajan y los elementos formales que ostentan no pueden considerarse aisladamente. El sistema de trabajo mudéjar entró en competencia artística con el sistema de trabajo de cantería de la Europa occidental cristiana. El influjo francés, dominante en el arte español de los ss. XI a XIII y evidente en los monumentos románicos, cistercienses y góticos, comportaba la utilización de un sistema de trabajo de cantería que utilizaba primordialmente la piedra sillar. Condicionamientos tanto geográficos como sociales y económicos explican que a lo largo del s. XIV el sistema de trabajo mudéjar se impusiera con éxito, desplazando al sistema de cantería; así, la facilidad de obtención de los materiales mudéjares –el ladrillo, el yeso, la madera y la cerámica– frente a la escasez de piedra sillar en muchas zonas geográficas de España, la abundancia de mano de obra mudéjar frente a la mano de obra de cantería y la rapidez y eficacia del sistema de trabajo mudéjar son otros tantos factores que explican el auge que el arte mudéjar alcanzó en muchas regiones españolas durante la Baja Edad Media. Desde un punto de vista formal, el arte mudéjar ofrece una extraordinaria riqueza y diversidad en los diferentes focos regionales de la Península Ibérica. Incluso esta diversidad ha constituido a veces un obstáculo para la comprensión global de este fenómeno artístico. Las razones de esta particularidad por focos regionales son tanto de índole histórica como geográfica. Por un lado, los territorios peninsulares fueron conquistados paulatinamente de N. a S. a lo largo de varios siglos, por lo que el comienzo del fenómeno mudéjar no es sincrónico en todo el territorio peninsular; por otro, y sumado a este factor histórico, existen en cada región unos precedentes monumentales islámicos diferentes, que se reflejan formalmente en el arte mudéjar de cada foco regional. Pero, a pesar de esta aparente diversidad formal, existe una extraordinaria unidad artística, que viene dada por la singularidad del fenómeno social que hizo posible la existencia del arte mudéjar en la España bajomedieval: la convivencia pacífica de tres culturas, cristiana, musulmana y judía, compartiendo unas mismas formas expresivas.
Con frecuencia se ha intentado reducir el arte mudéjar a un fenómeno puramente ornamental y decorativo, interpretándolo como la pervivencia de la decoración islámica sobrepuesta a las estructuras occidentales cristianas; en consecuencia con esta interpretación se ha preferido hablar de románico-mudéjar y de gótico-mudéjar, es decir, de un arte en el que lo esencial, las estructuras, correspondería a la tradición occidental europea, mientras que lo islámico solamente se apreciaría de forma epitelial o epidérmica en los revestimientos ornamentales. Esta interpretación no sólo ha olvidado que la decoración es por sí misma un factor fundamental en la estética islámica, y por lo mismo en la mudéjar, que no puede minusvalorarse desde una perspectiva estética occidental, sino que tampoco ha tenido en cuenta que la tradición islámica aportó numerosos elementos de carácter estructural al arte mudéjar, como la disposición interna de los alminares para la construcción de torres-campanario o las armaduras de madera de par y nudillo en la carpintería, por mencionar solamente algunas más sobresalientes. Hay tipologías de iglesias mudéjares sevillanas que reproducen, sin modificación alguna, la disposición de las mezquitas de época almohade. Este punto de vista no pretende minusvalorar el aporte cristiano al arte mudéjar, comenzando por los propios clientes, mayoritariamente cristianos, que necesitaban de tipologías arquitectónicas cristianas. Se trata de una manifestación artística nueva y diferente de los elementos islámicos o cristianos que la integran. Por esta razón el estudio del arte mudéjar, por su particularidad como fenómeno privativo de la Península Ibérica durante la Edad Media, no encaja ni en la historia del arte occidental europeo ni tampoco en la del arte musulmán, constituyendo un enclave cultural entre la cristiandad y el islam.
–Los focos regionales del arte mudéjar en la Península Ibérica. Desde un punto de vista geográfico, los focos más destacados son el leonés y castellano viejo, el toledano, el sevillano y el aragonés, no contando Portugal con un foco artístico comparable a los españoles mencionados. El foco leonés y castellano viejo se caracteriza por su precocidad cronológica –ss. XII y XIII–, por la carencia de precedentes monumentales islámicos en la región, por una mano de obra mudéjar inmigrada y por el uso abundante del ladrillo en el que se impone la sencillez de los motivos decorativos a base de series de arcos doblados, recuadros, y fajas formando esquinillas o dispuestas a sardinel. Sin una capitalidad artística (como sucede en los otros focos con Toledo, Sevilla o Zaragoza), un numeroso conjunto de pequeñas iglesias tapiza toda la meseta norte, alcanzando mayor densidad monumental en algunas ciudades, como Sahagún (León; iglesias de San Tirso, San Lorenzo, La Peregrina y las ruinas del monasterio de San Benito), Toro (Zamora; iglesias del Salvador, de San Pedro del Olmo y ermita del Cristo de las Batallas), Arévalo (Ávila; iglesias de Santa María y de San Martín, y en sus cercanías la iglesia del despoblado de La Lugareja), Olmedo (Valladolid; San Andrés, San Juan y la Trinidad) o el populoso grupo de las iglesias mudéjares de Cuéllar (Segovia).
Junto a esta arquitectura mudéjar de carácter popular y sencillo convive otra de carácter cortesano y de lujo, destacando las intervenciones de Alfonso VIII de Castilla (1158-1214) y de Fernando III de Castilla y León (1217-1252) en el monasterio de las Huelgas Reales de Burgos (capilla de la Asunción, capilla del Salvador, claustro de San Fernando y capilla de Santiago), los restos de los palacios de Alfonso XI (1312-1350) y de Pedro I (1350-1369) en los conventos de clarisas de Tordesillas (Valladolid) y de Astudillo (Palencia), así como todo el impulso de las empresas edilicias de Enrique IV (1454-1474) en la c. de Segovia (varias salas del alcázar y el palacio de San Martín).
El foco toledano rivaliza en precocidad cronológica con el leonés y castellano viejo. Toledo fue conquistada por capitulación en el año 1085 y ella alimentó la inmigración mudéjar hacia la meseta norte. Un fuerte fenómeno de capitalidad artística concentra en la c. de Toledo lo más notable, aunque su área de influencia va desde Talavera de la Reina (Toledo), pasando por Madrid y Alcalá de Henares (Madrid) hasta Brihuega (Guadalajara). La primera etapa mudéjar, representada por la iglesia de San Román de Toledo, se adscribe a la tradición islámica local, muy arcaizante, rasgo que nunca abandonará el mudéjar toledano, con una tipología de iglesias de tres naves separadas por arquerías de herradura. A lo largo del s. XIII el mudéjar toledano crea nuevas fórmulas estructurales y ornamentales, representadas en la iglesia de Santiago del Arrabal, que le confieren poderosa personalidad; destaca en lo ornamental el motivo del arco túmido doblado por lobulado, y en lo estructural el nuevo sistema de separación de naves por arcos apuntados sobre pilares y la cubierta con armaduras de madera de par y nudillo. Las sinagogas de Santa María la Blanca, del s. XIII, y la del Tránsito, del s. XIV, constituyen un brillante ejemplo de cómo en la c. de Toledo el arte mudéjar resolvía las necesidades funcionales de las diferentes religiones. Muy importante es así mismo la arquitectura civil, con tipología propia de palacio y numerosas casas preservadas en el interior de los conventos toledanos, como los de Santa Clara y Santa Isabel.
El foco sevillano, tras la conquista cristiana de la c. en 1248, se caracteriza por la pervivencia de las fórmulas islámicas almohades, muy fuertes en las iglesias mudéjares de Lebrija (tanto la parroquial como la iglesia del Castillo), en Santa María de Sanlúcar la Mayor, en San Mateo de Carmona y en la iglesia de San Marcos de Sevilla, ejemplos en los que la tipología de mezquita almohade pervive como iglesia cristiana. Por otro lado, los conquistadores, además de la arquitectura gótica, importan la nueva fórmula mudéjar toledana, de interiores más altos y diáfanos, a base de arquerías apuntadas, como en las iglesias de Santa Marina y de Omnium Sanctorum de Sevilla o en la parroquial de Aznalcázar, tipología que acabará imponiéndose a la anterior. La arquitectura civil mudéjar alcanza en Sevilla su máxima representación en el palacio de Pedro I, construido en los Reales Alcázares por maestros de obras moros de Sevilla, Toledo y Granada, de 1364 a 1366; este palacio mudéjar, émulo del palacio nazarí de Leones en La Alhambra de Granada, servirá de modelo para toda la arquitectura palatina sevillana hasta bien entrado el s. XVI, con un epígono excepcional en la llamada “Casa de Pilatos” de Sevilla.
Aunque de carácter tardío tambien tiene notable interés el arte mudéjar desarrollado en los territorios del antiguo reino nazarí de Granada, en las actuales provv. de Málaga, Granada y Almería, a partir de la reconquista de 1492. Pueden destacarse algunas techumbres de carpíntería mudéjar con que se cubren las naves de la iglesias, así como las torres-campanario decoradas con cerámica, siendo una de las iglesias más emblemáticas la de Santa Ana de Granada.
La arquitectura mudéjar de Aragón se caracteriza por el uso del ladrillo con carácter ornamental en los exteriores arquitectónicos, a los que se incorpora la cerámica vidriada. Algunos interiores han conservado su decoración original, con enlucido de yeso agramilado y pintado, como la iglesia de la Virgen en Tobed (Zaragoza), la de San Félix en Torralba de Ribota (Zaragoza) o la de Santa Tecla en Cervera de la Cañada (Zaragoza). Los ábsides de las iglesias, las torres con estructura de alminar, tanto las cuadradas como las octogonales, y los cimborrios de las catedrales constituyen algunos de los elementos más destacados artísticamente. Algunos famosos maestros de obras mudéjares trabajaron para reyes y pontífices, como es el caso de Mahoma Rami, arquitecto de Benedicto XIII en Aragón. Todas las grandes ciudades del valle del Ebro y de sus afluentes meridionales concentran numerosos monumentos religiosos mudéjares; así en Zaragoza las iglesias y torres de las parroquias de San Pablo, San Gil, Santa María Magdalena y San Miguel de los Navarros, además de la parroquieta de San Miguel y el cimborrio en la catedral o Seo de San Salvador; en Borja (Zaragoza), el claustro y parte de la colegiata de Santa María; en Tarazona (Zaragoza), la torre, cimborrio y claustro de la catedral y la iglesia y torre de la Magdalena; en Calatayud (Zaragoza), las iglesias y torres de San Pedro de los Francos, de Santa María y de San Andrés; en Daroca (Zaragoza), el ábside de San Juan de la Cuesta y la torre de Santo Domingo de Silos; y en Teruel, la torre, techumbre y cimborrio de la catedral, la iglesia y torre de San Pedro y las torres de San Martín y de El Salvador, habiendo sido el arte mudéjar de esta última c. declarado por la Unesco como patrimonio de la humanidad. Por lo que se refiere a la arquitectura civil mudéjar, el palacio hudí de la Aljafería de Zaragoza del s. XI, al convertirse en alcázar de los reyes de la Corona de Aragón, va a ser ampliado en estilo mudéjar tanto por Pedro IV (1336-1387) en 1356 como por los Reyes Católicos en 1492, constituyendo el modelo para los palacios mudéjares de la nobleza, de los que se conservan dos magníficos ejemplares de la familia Luna en Illueca (Zaragoza) y en Daroca.
El foco levantino conserva tan sólo algún monumento de interés, como la ermita de la Virgen de la Sangre en Liria (Valencia) o algunas techumbres mudéjares en la comunidad de Murcia.
–Pervivencias mudéjares en los archipiélagos de Madeira y Canarias y en Hispanoamérica. El mudéjar es un fenómeno artístico estrictamente hispánico. Aunque se hayan querido establecer paralelismos históricos con Italia por la presencia islámica en la isla de Sicilia y en el S. de la península italiana, propugnando la existencia de un arte mudéjar italiano, similar al mudéjar hispánico, lo cierto es que en Italia tanto la realidad histórica como la artística han sido bien diferentes en todo a las de la Península Ibérica, pudiendo afirmarse que no existe un arte mudéjar italiano. Una última cuestión que se debe considerar es la de la pervivencia del mudéjar hispánico en los archipiélagos de Madeira y Canarias, así como en las tierras del Nuevo Mundo. Se trata de un fenómeno histórico ya tardío, desarrollado a partir del s. XVI, cuando en la misma Península Ibérica el arte mudéjar había iniciado una clara recesión, tanto por causas sociales (ruptura de la convivencia de las tres culturas, debida a la expulsión de los judíos y a la conversión forzosa de los mudéjares) como artísticas (difusión de la moda italiana renacentista), causas que redujeron cada vez más el ámbito de aceptación social, así como la eficacia constructiva del arte mudéjar, perviviendo tan sólo algunos elementos de tradición mudéjar integrados en la nueva arquitectura hispánica del Renacimiento y del barroco, sobre todo las cubiertas de madera, las afamadas armaduras de lazo de tradición mudéjar, la llamada “carpintería de lo blanco”. Por otra parte, tanto en los archipiélagos de Madeira y de Canarias como en el Nuevo Mundo se plantea una nueva situación cultural, tan distinta de la hispánica medieval, que hace inviable aplicar el concepto de arte mudéjar en sentido estricto a las manifestaciones artísticas de estos territorios. Ya no se puede hablar en puridad de arte mudéjar, sino de pervivencias mudéjares, puesto que se trata de elementos aislados, no existiendo ningún edificio que pueda clasificarse como mudéjar. Estas pervivencias mudéjares se cifran particularmente en el trabajo de la madera, tanto en las armaduras de lazo de tradición mudéjar para cubrir naves de iglesias o salas de edificios civiles como en los ajimeces o celosías de cierre de los balcones de las casas. En este sentido merecen anotarse algunas techumbres mudéjares de Madeira (así se cubren las tres naves de la catedral de Funchal, en la isla de Madeira, cuyo ejemplo siguen otras iglesias y ermitas en Calheta) y de Canarias (en la isla de la Palma, en la c. de Santa Cruz de La Palma, destacan las techumbres mudéjares de la iglesia de El Salvador y del convento de Santo Domingo; por lo que se refiere a ajimeces y voladizos, destacan algunos conjuntos urbanos de la isla de Tenerife, como La Laguna o Icod de los Vinos). En cuanto a los países de Hispanoamérica, se constatan así mismo todas las variables de cubiertas mudéjares, predominando por su belleza y abundancia las de algunos países como México, Cuba, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia. [G.B.G.]

HISTORIA MODERNA

Magallanes, Fernando de. (Porto ou Sabrosa, Tras-os-Montes, Portugal, h. 1480 – isla de Mactán, Filipinas, 27-IV-1521). Fernão de Magalhães. Navegante. Miembro de una estirpe vinculada con la baja nobleza, era hijo de Rodrigo de Magalhães y de Alda de Mesquita, bien relacionados con la Corte, circunstancia que le permitió llegar a ser paje de la reina Leonor y disfrutar de “vara alta” en la Casa Real. Durante el reinado de Manuel el Afortunado (1495-1521), tuvo importantes informaciones y contactos que determinaron su vocación aventurera, probablemente por influjo del gran navegante Juan de Lisboa, quien habría de ir como piloto mayor en el viaje a la península indostánica. Entre 1505 y 1513, Magallanes fue un asiduo de las expediciones a la India y Malaca con los virreyes Almeida y Alburquerque; combatió también en África, concretamente en la captura de Mombasa y Quiloa; y participó en el combate naval de Diu (1509), en el que los portugueses se hicieron con el control de la navegación desde el golfo Pérsico hasta el Océano Índico. Más tarde, sus disensiones con Alburquerque –que ya manifestaban el genio fortísimo del nauta– le obligaron a regresar a Portugal en 1513 y decidió incorporarse, junto con su hermano Diego de Sousa, a la expedición a Marruecos encabezada por el duque de Braganza; participó en la captura de la c. de Azamor, que le dejó el recuerdo permanente de una cojera visible, resultado de una herida en la pierna. Viendo sus servicios mal recompensados, se desnaturalizó del rey de Portugal en 1516 y, asociado con el cosmógrafo Ruy Faleiro, pasó a ofrecer sus servicios a la Corte española. La línea de demarcación oceánica acordada entre España y Portugal por el Tratado de Tordesillas (1494, v. Tordesillas, Tratado de -), fijada sobre un meridiano a 370 leguas al O. de Cabo Verde, convertía en imperativa la necesidad de alcanzar el paso hacia Asia, algo que ya se había constituido en una constante de los viajes colombinos y que venía hurtándose como una maldición. El último fracaso, el correspondiente a la expedición de Díaz de Solís, que había concluido trágicamente en el Río de la Plata (1516), convirtió en muy oportuna la oferta de Magallanes de alcanzar las islas Molucas o de las Especias, que, según sus cálculos y de acuerdo con las informaciones que había adquirido durante su estancia en Malaca y la hipotética delineación de antemeridiano, se localizaban en la parte española. Se trataba, pues, de afrontar un nuevo intento para encontrar el paso hacia el mar del Sur, partiendo del punto de retorno de la expedición de Solís. Carlos I (1516-1556) aceptó el proyecto y acordó capitulación con Magallanes y Faleiro en Valladolid el 22-III-1518.
Los preparativos del viaje, financiado por el mercader Cristóbal de Haro, los banqueros alemanes de la casa Fucar, su amigo Diego Barbosa –refugiado portugués en Castilla– y aportaciones menores de otros socios, contaron también con el apoyo de la Corona, que se comprometió a costear mercancías con un valor total de hasta 4.000 ducados. No faltaron dificultades para la concreción de la empresa, especialmente debidas a las trabas puestas por el rey de Portugal, quien temía razonablemente que, pese a las cautelas acordadas, la expedición se dirigiera hacia territorios que le pertenecían. Una tripulación muy heterogénea, compuesta por 239 hombres, en la que abundaban extranjeros (112), sobre todo portugueses (44) –pese a las evidentes reticencias y prohibiciones–, se embarcaba en cinco naos adquiridas en Cádiz (Trinidad, Concepción, San Antonio, Victoria y Santiago) y salía del puerto de Sevilla el 10-VIII-1519; el 20 de septiembre de ese mismo año se hacía a la mar, rumbo a las islas Canarias, desde Sanlúcar de Barrameda (Cádiz). Tras costear Guinea, la travesía del Océano Atlántico llevó la expedición a costas brasileñas, la cual alcanzó el 13 de diciembre la bahía de Río de Janeiro. Allí se pusieron de manifiesto las primeras desavenencias entre Magallanes y otros capitanes y pilotos, debido al secretismo con que dirigía la expedición y a la estricta disciplina que imponía. El 10-I-1520 avistaban el cerro donde hoy se alza Montevideo (Uruguay) y pasaron a recorrer con detenimiento el estuario del río de la Plata, llamado río de Solís. Durante los meses de febrero y marzo recorrieron la costa de Patagonia, aspirando hallar el ansiado paso. El 31 de marzo alcanzaron un paraje propicio para invernar, el puerto de San Julián, donde permanecieron hasta el 24 de agosto; unos días después, la nao Santiago se perdía en la exploración del río que llamaron de la Santa Cruz. El descontento hizo mella en una tripulación ociosa, entre la que fue ganando terreno la idea de invertir la ruta y marchar hacia la especiería por la ruta portuguesa, que tan bien conocían buena parte de los enrolados. El motín del 2 de abril, que levantó a tres de las naves contra Magallanes, fue resuelto con auténtica ferocidad por el nauta portugués, quien ejecutó a los capitanes de las naos Victoria y Concepción y abandonó en tierra, a su suerte, a Juan de Cartagena, capitán de la nao San Antonio y al clérigo Sancho de Reina. Tras partir de San Julián a finales de agosto, la expedición se detuvo de nuevo en el paraje del río de la Santa Cruz hasta el 18 de octubre, donde Magallanes decidió poner fin a la búsqueda del paso, si éste no se encontraba antes de los 75° de lat. S.; en tal caso, se pondría rumbo hacia la especiería por el extremo meridional de África.
Finalmente, el 21-X-1520 los expedicionarios llegaron al estrecho que, desde entonces, ha llevado el nombre de Magallanes (v. Magallanes, Estrecho de -). Tras una detenida exploración llevada a cabo por las naos San Antonio y Concepción, llegaron al convencimiento de que habían encontrado el paso. De regreso al punto de partida en el cabo de las Vírgenes, algunos capitanes opinaban que era preciso volver a España para afrontar la travesía en mejores condiciones, dada la carencia de víveres que padecían. Magallanes impuso su decisión de continuar la empresa, de manera que, a finales de octubre se internaron en el estrecho. Unos días después, la nao San Antonio desertó e inició el regreso a España. Tras pasar no pocas penalidades, las naos restantes se adentraron en el Océano Pacífico el 28 de noviembre, perdiendo de vista la Tierra del Fuego, nombre que se dio al extremo meridional del continente sudamericano debido a las hogueras encendidas por los nativos que penetraban la oscuridad de la noche. La travesía del mar del Sur, rebautizado como Océano Pacífico, se desarrolló en circunstancias terribles, sin alimentos, con agua escasa y en malas condiciones, durante tres meses y medio. Por fin, tras hacer escala en la isla de Guam, en el archipiélago de las islas de las Velas Latinas o de los Ladrones (hoy Marianas), entre el 6 y el 9-III-1521, donde la expedición se repuso de las penalidades pasadas, alcanzaron el 16 de marzo otro archipiélago, al que pusieron el nombre de San Lázaro (Filipinas). Percatado de las riquezas que podían extraerse de aquellos territorios, Magallanes prosiguió su reconocimiento, sometiendo a las jerarquías locales sin apenas esfuerzo, publicando su conversión al cristianismo –al menos formal mediante el rito bautismal– y practicando algunas represalias y escarmientos hacia los resistentes, que provocaron la reacción de uno de los señores de Mactán, Lapulapu. Sobreestimando su poder, Magallanes acudió al frente de unas decenas de hombres y auxiliares de la isla de Cebú a someter al de Mactán, donde se encontró con fuerzas muy superiores, ante las que encontró la muerte en combate el 22-IV-1521. Dos de sus navíos alcanzaron las Molucas y solamente uno, la nao Victoria, al mando de Juan Sebastián Elcano, consiguió regresar a España, tras dar la vuelta al continente africano doblando el cabo Tormentario, el 9-IX-1522 con un total de 81 supervivientes. Tal fue el primer viaje marítimo alrededor del mundo. La expedición de Magallanes tuvo consecuencias científicas de gran alcance: demostró empíricamente la redondez de la tierra y que América era un continente distinto del de Asia. El relato completo más importante de la expedición iniciada por Magallanes se debe al piloto italiano de la nao Trinidad Antonio Pigaffeta, testigo presencial que regresó a España con Elcano. [J.A.V.]

HISTORIA CONTEMPORÁNEA

Partido Liberal. Partido político creado por Práxedes Mateo Sagasta (1825-1903), que constituyó, junto al Partido Conservador de Antonio Cánovas del Castillo, la base del sistema político del periodo de la Restauración. El modelo político y constitucional de ésta quiso recrear en España el sistema parlamentario británico. Su funcionamiento requería, así pues, la existencia de dos grandes formaciones partidistas capaces de alternarse pacíficamente en el poder y de incorporar al régimen el grueso de las fuerzas de la izquierda y de la derecha, y leales a los dos principios básicos de la Constitución de 1876: la co-soberanía del rey y las Cortes y el acatamiento de la dinastía histórica. La Agrupación Liberal Fusionista, como se bautizó primero al partido de Sagasta –un ingeniero de ferrocarriles, antiguo oficial de la milicia y conspirador con Prim, de escasa formación y preocupaciones intelectuales, pero con una considerable habilidad para el pacto y la táctica política–, era la heredera ideológica y política de los antiguos progresistas, demócratas y unionistas de izquierda. Cánovas y Alfonso XII (1874-1885) apoyaron y estimularon esta iniciativa para lograr que el grueso de las fuerzas liberales abandonase los métodos revolucionarios como vía para lograr su acceso al poder. Su misión durante la Restauración consistió en absorber el radicalismo, neutralizar el republicanismo y ser un refugio para los disidentes conservadores; la cumplió con bastante éxito hasta la muerte de su fundador. Durante un tiempo (1881-1883), el Partido Liberal sufrió la competencia de la Izquierda Dinástica liderada por el general Serrano. Más allá de él se situaron personalidades republicanas con una presencia testimonial en el régimen (Castelar o Salmerón) o situadas fuera de él (Ruiz Zorrilla). En los albores de la Restauración, los grupos antisistema carecían de un soporte social representativo (neorrepublicanos) o no mostraban demasiado interés en la actuación política y privilegiaban la actividad sindical (socialistas) o la acción directa (anarquistas). Desde su fundación, el Partido Liberal fue una amalgama de facciones, cada una de las cuales rendía obediencia más a su jefe que a un proyecto político común. Por añadidura convivían en él proteccionistas y librecambistas, intervencionistas y defensores del laissez-faire, centralistas y regionalistas, etc. A pesar de todo, las expectativas de gobernar y el talento componedor de Sagasta lograron mantener cohesionado un grupo tan heterogéneo. El fraccionamiento sólo se convirtió en un cáncer para los liberales tras el vacío de poder provocado por la muerte de su fundador y el derivado del agotamiento de su programa. Este problema se hizo crónico después de la desaparición de José Canalejas. A partir de ese momento, el Partido Liberal se quedó huero de contenido y se convirtió en una federación de clientelas, de fuerzas centrífugas cuyo principal objetivo era repartirse el poder cuando el turno se lo confería. Su progresiva descomposición, al igual que la del Partido Conservador, fue una de las causas básicas del hundimiento del sistema de la Restauración y de la Dictadura de Primo de Rivera (1923-1929) y, en consecuencia, del advenimiento de la República en 1931.
Entre 1876 y 1891, el partido de Sagasta representó y defendió un programa liberal clásico en lo político –sufragio universal, introducción del jurado popular, libertad de culto, de prensa y de asociación– y en lo económico –librecambio y una injerencia estatal mínima en la actividad productiva–. Su liberalismo estaba más cerca del de corte anglosajón que del continental. Por lo que se refiere a la organización territorial del Estado, los liberales fueron centralistas en tanto el centralismo significaba igualdad de todos ante la ley. Desconfiaban del foralismo y del regionalismo porque los consideraban herederos de los privilegios del Antiguo Régimen. Después de una breve estancia liberal al frente del ejecutivo (1881) y un nuevo mandato conservador, se inició el Gobierno Largo de Sagasta (1885-1890), en el cual se pusieron en marcha las viejas aspiraciones liberales, que hicieron de España, al menos sobre el papel, la monarquía más democrática del mundo. Al mismo tiempo, Segismundo Moret creó el Instituto de Reforma Social (1883) para asesorar al Gobierno en materia de legislación laboral, con presencia de representantes de los trabajadores y cuyos informes sobre las condiciones laborales, las huelgas, etc. resultan todavía impresionantes. Con su gestión, el Gobierno Largo contribuyó a consolidar la monarquía constitucional y a debilitar las amenazas contra ella provenientes de la izquierda antisistema. A partir de 1891 se produjo un cambio de gran calado en el ideario del liberalismo español. El arancel introducido por Cánovas en ese año significó el triunfo del proteccionismo en España tras la etapa librecambista abierta por la reforma arancelaria de Figuerola en la segunda mitad de la centuria. En 1892, Moret trató de volver a abrir la economía española al exterior mediante un tratado de librecomercio con Alemania, pero su propuesta fue rechazada por el Senado. Éste se olvidaba de que, en la fase librecambista (1860-1890), el crecimiento económico español fue similar al de los países desarrollados. A partir de ese momento, el Partido Liberal comenzó a apartarse de sus principios tradicionales por temor a perder base electoral. Esta inflexión doctrinal no fue privativa del liberalismo español, sino del europeo de finales del siglo XIX, y se acentuó a lo largo de la siguiente centuria. Desde esta óptica, la decadencia de la doctrina liberal clásica en España se inserta en la crisis global del liberalismo, que sufrió un golpe de muerte con la I Guerra Mundial (1914-1918) y arrastró una dolorosa agonía en el periodo de entreguerras. En ese espacio temporal, los partidos liberales perdieron cada vez más influencia a pesar de su creciente radicalización y del abandono de sus planteamientos clásicos. En 1892 terminó en España la época dorada del Partido Liberal que, además, presidió el Desastre de 1898. Con la muerte de Sagasta (1903), la lucha por el poder erosionó la eficacia del Partido Liberal como maquinaria política. Al Viejo Pastor le sucedieron al frente de las huestes liberales dos hombres formados en los principios de la Gloriosa Revolución de 1868, Eugenio Montero Ríos y Moret. La esperanza renovadora abierta por Canalejas se esfumó con su asesinato en 1912 y, a continuación, se disputaron la jefatura liberal Manuel García Prieto y el conde de Romanones. Durante toda esta etapa, el Partido Liberal fracasó en sus intentos de atraer a su causa a la opinión democrática avanzada, no pudo incorporar al sistema a un movimiento obrero (socialistas y anarquistas) seducido por la revolución e intentó llenar su ausencia de ideas con alianzas contra natura (Bloque de Izquierdas contra Antonio Maura en 1908) y con el recurso al anticlericalismo. El Partido Liberal posterior a Canalejas fue un cuerpo en descomposición, incapaz de recuperar un lugar en la escena política española. Canalejas era un universitario enriquecido en las empresas ferroviarias de su padre. Patriota regenerador y excelente parlamentario estaba influido por el nuevo liberalismo inglés y por la noción krausista del Estado ético, que avalaban la intervención estatal en los asuntos económicos y sociales en nombre de la justicia social. Su mandato constituye un paso más en el abandono del liberalismo clásico por parte del Partido Liberal español. Con una agenda socio-económica intervencionista pensaba atraer a las masas obreras en la misma línea que adoptarían los liberales británicos con Lloyd George. Al mismo tiempo deseaba un ejército fuerte y una política exterior valiente, sobre todo en Marruecos, para que España adquiriese peso específico en el concierto internacional de naciones y recuperase algo del prestigio perdido después del Desastre. También intentó colaborar con Maura para reconstruir y dar savia nueva al marchito bipartidismo de la Restauración. Su muerte acabó con todas esas expectativas pero su labor de gobierno dejó importantes realizaciones. En el campo de la reforma social, Canalejas introdujo el arbitraje salarial estatal para evitar conflictos y abusos, reguló la jornada laboral y las condiciones de trabajo, creó el seguro laboral y la compensación por accidentes de trabajo. Distinguió las huelgas cuya finalidad era económica de aquellas que perseguían fines revolucionarios o políticos, permitiendo las primeras y combatiendo con dureza las segundas. Su preocupación por el campesinado pobre le llevó a ser partidario de extender la noción legal de expropiación por utilidad social a los latifundios poco cultivados. En el terreno fiscal suprimió los consumos y los sustituyó por impuestos que gravaban a los ricos (impuestos progresivos sobre las rentas municipales) y cambió las finanzas municipales. Eliminó la posibilidad de que los ciudadanos con ingresos altos se librasen del servicio militar mediante pagos en metálico y dio una solución transaccional y temporal a la cuestión religiosa con la famosa Ley del Candado. Por último, su sentido común quizá le hubiese llevado a resolver la cuestión catalana de no haber sido asesinado. Como ha señalado Raymond Carr: “Fue el único liberal que supo mandar y hacer”. Después del asesinato de Canalejas, el Partido Liberal no acertó a continuar su obra. Romanones y García Prieto no lograron adquirir la autoridad interna y el prestigio externo del líder desaparecido. Tampoco tenían el talento exigido por las circunstancias. Quizá Santiago Alba hubiese sido capaz de trazar el programa moderno que atrajese a la izquierda moderada hacia un proyecto para regenerar España y para alejarla del republicanismo. Tal vez, la prosecución de la reforma económica y social hubiese logrado apartar a amplios sectores del movimiento obrero de las filas del socialismo y del sindicalismo anarquista. En todo caso, la solución de Alba no se abrió camino y cuando se intentó ya era muy tarde. Alba, resentido con Alfonso XIII por su claudicación ante el golpe de Estado de Primo de Rivera, no se avino a crear con Cambó un nuevo bipartidismo en las postrimerías de la monarquía, dando paso a la República. Entre 1912 y 1923, el Partido Liberal dejó de ser una fuerza política viva. Su incapacidad de renovarse lo condenó a una lenta pero inexorable extinción y con él a la del sistema político alumbrado por Cánovas en 1876. La evolución del Partido Conservador fue similar. Entre 1912 y 1923, la duración media de los gobiernos fue de nueve meses, lo que condenó al régimen a un desgobierno crónico. La crisis de 1917, la Dictadura de Primo de Rivera y la imposible vuelta al viejo régimen tras la caída del general certificaron la defunción del bipartidismo de la Restauración. Con ligeras excepciones, la crisis del liberalismo y el desplome del parlamentarismo español siguieron con una precisión milimétrica la dinámica europea.

INSTITUCIONES

Nación. El concepto de “nación” es uno de los más importantes y polémicos del lenguaje político contemporáneo. Gran parte de los debates y de los desencuentros en torno a este término se deben al hecho de que, en realidad, engloba dos acepciones muy distintas, una con sentido político y otra con sentido étnico o cultural. En sentido político, “nación” designa la comunidad de personas que conviven en un Estado; una de sus definiciones más clásicas la dio el abate Sieyès en su influyente ensayo de propaganda revolucionaria ¿Qué es el Tercer Estado? (1789), en el que definía la nación como “un cuerpo de asociados que viven bajo una ley común y están representados por una misma Asamblea legislativa”. La definición fue utilizada como argumento para legitimar la Revolución Francesa de aquel mismo año, al considerar los nuevos legisladores que los estamentos privilegiados –nobles y eclesiásticos– no formaban parte de la nación, precisamente porque sus privilegios les hacían vivir según leyes distintas de las que obligaban a la mayoría de los franceses; de este modo, el pueblo llano, sin privilegios, era en sí mismo la nación y, como tal, tenía derecho a modificar por sí y ante sí la constitución política de Francia. Aquella argumentación fijó el modelo que se iba a repetir en todas las revoluciones liberales de la Europa continental e Iberoamérica, empezando por la revolución española de 1808-1840: las naciones asumían el poder supremo en detrimento de los monarcas absolutos, y elegían representantes que reformaran el Estado en un sentido liberal, dictando una Constitución a cuyo frente figuraran la soberanía nacional y la igualdad de los ciudadanos ante la ley. El concepto político de la nación, de origen francés, ha estado ligado históricamente al pensamiento liberal, y se ha basado en la idea de que los miembros de la nación lo son por decisión propia, pues han elegido voluntariamente dotarse de una organización política común. Este aspecto voluntarista de la nación política fue reafirmado, cien años después, en una famosa conferencia de Ernest Renan (¿Qué es una nación?, 1882), quien sostuvo que la voluntad de los individuos es el criterio último para decidir la pertenencia a una nación y, por lo tanto, la constitución legítima de un Estado; y, ante la imposibilidad de hacer consultas continuas y generalizadas sobre el deseo de unirse, separarse o permanecer dentro de una nación, recurrió a la fórmula metafórica de que “una nación es un plebiscito de todos los días”, es decir, que la mera convivencia pacífica de los ciudadanos en el marco de un Estado, a lo largo de generaciones, sería demostrativa de su consenso tácito, como si se hubiera celebrado un plebiscito diario durante todo el tiempo en que esa estabilidad nacional perduró. Junto al sentido político, hay también un sentido étnico-cultural de la nación, que se identifica con una comunidad de personas de la misma raza, lengua o cultura, con independencia de que tengan un Estado propio o no. Aunque tal concepto procede de la misma época que la concepción política, no deriva de los revolucionarios liberales, sino de quienes reaccionaron contra ellos y contra el tipo de cultura y de organización política que irradiaba de la Francia revolucionaria; el concepto etnicista de nación está estrechamente ligado en sus orígenes a la cultura alemana del romanticismo (desarrollado entre los últimos decenios del s. XVIII y los primeros del s. XIX) y a la obra de autores como Johann Gottfried von Herder o Johann Gottlieb Fichte. Para ellos, la nación no es fruto de la voluntad de los individuos, sino una realidad natural que está por encima de las personas y que se refleja en la raza, en la cultura de un pueblo y en las manifestaciones exteriores de su “espíritu” original y específico: la lengua, el arte, la literatura, la religión, el folclore, etc. Para los partidarios del concepto político, la nación, por el contrario, es un artificio creado voluntariamente por los hombres con fines prácticos, y sus logros se sitúan en terrenos como la paz social, el orden, las libertades personales o el progreso material. Esta dualidad de significados ha sido fuente de malentendidos y de conflictos en los dos últimos siglos. Para mayor dificultad, “nación”, en sus dos sentidos originarios principales, se equipara a veces con “pueblo”, término menos preciso que alude a una masa humana indiferenciada a la que se observa con abstracción de sus diferencias sociales y como sujeto de una conciencia subjetiva de formar una unidad en sentido político o cultural (que sería lo propio de la nación). También en ambas concepciones, “nación” se considera a veces equivalente a “patria”, término que insiste en el vínculo sentimental que une a los individuos con el grupo humano (nación) al cual pertenecen, sea por razones políticas o culturales.
–Evolución semántica en España. La etimología de “nación” remite a la voz latina natio, que designaba el grupo humano caracterizado por su comunidad de origen y por tener unas dimensiones superiores a la familia, aunque sin llegar a la generalidad de un pueblo; esta denominación se aplicaba, generalmente, a grupos de extranjeros, significado que pasó al castellano común (así lo recogen los diccionarios de la Real Academia Española desde el s. XVIII) y que aún se conserva en algunos países de Hispanoamérica. Los usos del término en la Edad Media y en la Alta Edad Moderna continúan aludiendo a un grupo reconocible por sus orígenes geográficos, aspecto éste de la comunidad de origen que adquiere especial relevancia para identificar a un grupo cuando se halla fuera de su territorio. En los textos de los historiadores medievales, las naciones eran gentes de un mismo linaje esparcidas sobre la Tierra, siguiendo el esquema de la Historia Sagrada y el relato de las vicisitudes de las clásicas tribus de Israel (que eran el modelo de la nación por excelencia). San Isidoro de Sevilla articuló en el s. VII un relato genealógico de la nación goda, cuya raíz llegaba hasta Magog, hijo de Jafet, para entroncar a los reyes visigodos con los linajes de Judá; algo semejante se observa en la General e Grand Estoria de Alfonso X el Sabio (1252-1284). Gradualmente, “nación” fue perdiendo su connotación medieval de extranjería o de linaje errante y adquirió su significado moderno de “reyno o provincia estendida, como la nación española”, que era la definición que ofrecía Sebastián de Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana o española (1611); o, en un sentido más restringido, el significado de un círculo de personas –definidas generalmente con un criterio territorial– que disponían de una representación propia en asambleas o consejos de distinto tipo. Un paso significativo en esa transformación semántica de la Edad Media a la Moderna fue la organización de los concilios de la Iglesia Católica en naciones, desde que el Concilio de Constanza (1414-1418) formalizara la compartimentación de la cristiandad en un reducido número de ellas (España, Francia, Inglaterra, Italia y Alemania); tales naciones se entendían como grandes unidades singulares, cuyos soberanos trataban de igual a igual con el papa y firmaban concordatos con él. Efectivamente, el Diccionario de Autoridades (1726-1739) de la Real Academia Española da fe de que, junto a otros significados (el equivalente a extranjero y el sinónimo de nacimiento), la nación era entendida entonces como “la colección de habitadores en alguna provincia, país o reino”, aludiendo a su uso en las obras de fray Luis de Granada y en La Araucana de Alonso de Ercilla (ambas del s. XVI). Frente a la aparente ambigüedad de aquella definición, cabe resaltar que lo que fue tomando forma entre los ss. XV y XVIII era el sentido “político” de la nación, pues el grupo humano así denominado no se identificaba por su homogeneidad racial o cultural, sino por habitar en un mismo país o demarcación política, como un reino o una provincia. Los autores españoles del s. XVIII utilizaron de forma creciente el vocablo “nación”, aplicado siempre a España y no a los antiguos reinos y provincias que habían formado la monarquía desde tiempos de los Reyes Católicos. Autores como José Cadalso, fray Benito Jerónimo Feijoo, Cavanilles, Juan Francisco Masdéu, Juan Pablo Forner o Leandro Fernández de Moratín escribieron sobre la nación española, poniéndola en contraste con otras naciones políticas europeas, como la inglesa o la francesa. Podría pensarse que el contenido que los ilustrados españoles daban a la nación tenía connotaciones culturales, dado que uno de sus temas recurrentes era el del “temperamento” de los españoles, personalidad nacional diferenciada que permitía reconocerlos por comparación con los extranjeros. Cadalso, p. e., aborda la historia como el proceso de diferenciación de los pueblos, que han ido adquiriendo unas costumbres, una constitución y un “carácter nacional” (visión que recuerda a la de Herder). Forner, por su parte, recorre la historia nacional desde la Antigüedad, como si España hubiera sido un ente unitario con personalidad propia desde los tiempos más remotos; y emplea la idea de que el carácter específico de cada nación se manifiesta en sus creaciones culturales, lo que le permite hablar de “cultura nacional”. Además, para hablar de la nación como un grupo humano que actúa por sí mismo a lo largo de la historia, requerían –Forner lo señala expresamente– que el grupo formara un Estado o República unida e independiente, pues era la convivencia bajo un mismo poder político la que cohesionaba al grupo, le daba rasgos comunes y creaba en él el sentimiento de pertenencia a un cuerpo común. En definitiva, cuando los ecos de la Revolución Francesa (1789-1799) llegaron a España, y cuando la propia España desarrolló su proceso de revolución liberal, el concepto de “nación” en sentido político no era una novedad ni un artificio importado de más allá de los Pirineos: aquel concepto, que había de encabezar las constituciones españolas del s. XIX como emblema del nuevo régimen, hundía sus raíces en los escritos autóctonos de la Ilustración; si no se había prodigado más, o en un empleo más abiertamente político y antiabsolutista, hay que achacarlo a la presión de la censura en el reinado de Carlos IV, que impidió la publicación de textos que reflejaran las “peligrosas” doctrinas de los revolucionarios franceses.
–De 1808 a 1868. Los efectos de la Revolución Francesa, a pesar de todas las precauciones, alcanzaron a España cuando ésta fue ocupada en 1808 por los ejércitos de Napoleón. Para legitimar la usurpación del trono a favor de su hermano José, éste reunió en Bayona a una junta de notables que llamó “nacional”, a fin de que aprobaran una ley fundamental del nuevo Estado, inspirada en la de la Francia imperial. A pesar del contenido conservador de la llamada Constitución de Bayona (1808, v. Constitución de Bayona), el término “nación” ocupó en ella un lugar importante, siempre en un sentido político: aparece mencionado desde el art. 1.º como sujeto al que se atribuye la unidad religiosa; en la parte dedicada a las Cortes, a las que se da el nombre de Juntas de la Nación, ésta vuelve a aparecer como sujeto político, ya que las Cortes representarían a la nación española en su conjunto y no a sus diferentes territorios. La invasión francesa, sin embargo, desató una reacción popular que demostró hasta qué punto se hallaba extendido el sentimiento patriótico de adhesión a la nación española. La Guerra de la Independencia (1808-1814) se desarrolló bajo el signo movilizador de la idea nacional, que servía al mismo tiempo para rechazar al Gobierno “intruso” de los afrancesados y para poner de manifiesto el carácter revolucionario de las transformaciones políticas que se habían puesto en marcha: retenida en Francia la familia real y desaparecido el entramado de las autoridades tradicionales de la monarquía, era la nación española (en el sentido de Sieyès, del pueblo llano) la que había tomado las riendas de la situación y había hecho frente a los invasores. Pronto, la nación habría de extraer las conclusiones últimas de esa situación, y dotarse de instituciones políticas nuevas para organizar su convivencia. Esas nuevas instituciones son las que aparecen en la primera Constitución española propiamente dicha (la de Bayona fue una carta otorgada por un poder invasor), que fue la elaborada por las Cortes de Cádiz en 1812. En ella aparece como concepto esencial el de nación, en su sentido político; todo el s. XIX estará marcado por la hegemonía de esta concepción política de España como nación, que no fue seriamente puesta en duda hasta la última década de la centuria. El capítulo I de la Constitución de Cádiz (“De la Nación española”) afirmaba con fuerza el uso político y liberal del término, en la línea del abate Sieyès –aunque no sólo aplicado el estado llano–: “La Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios” (art. 1); “La Nación española es libre e independiente, y no es ni puede ser patrimonio de ninguna familia ni persona” (art. 2); “La soberanía reside esencialmente en la Nación, y por lo mismo pertenece a ésta exclusivamente el derecho de establecer sus leyes fundamentales” (art. 3); “La Nación está obligada a conservar y proteger por leyes sabias y justas la libertad civil, la propiedad y los demás derechos legítimos de todos los individuos que la componen” (art. 4). Y sigue: “El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen” (art. 13); “Las Cortes son la reunión de todos los diputados que representan a la Nación” (art. 27). En el ánimo de los autores de la Constitución de Cádiz, los azares dinásticos y bélicos que habían configurado los dominios patrimoniales de los Borbón habían dado lugar a una identificación entre sus súbditos, a quienes la revolución convertía en ciudadanos de una nueva comunidad política: la nación española. Ésta se creaba por el acto mismo de dotarse de una Constitución, especie de “contrato social” originario de un nuevo sujeto político, cuya unidad e independencia no se referían ya a los derechos dinásticos del monarca, sino a la voluntad, libremente expresada por sus representantes, de convivir en un marco de igualdad y libertad, división de poderes y garantía de los derechos del hombre. No obstante, la ruptura revolucionaria con el pasado se enmascaró con referencias legitimadoras al pasado, fingiendo creer –para amortiguar el conflicto– que la Constitución aprobada no era sino la actualización y perfeccionamiento de una constitución histórica recientemente conculcada; y tratando de hacer ver –con fines propagandísticos– que la nación española había existido, como sujeto político dotado de derechos, desde tiempo inmemorial. Este historicismo táctico quedó reflejado en las discusiones de las Cortes celebradas de 1810 a 1814 y en los escritos de sus principales protagonistas, como el liberal Agustín de Argüelles, que fue el diputado que más intervino en el debate constitucional; en su Examen histórico de la Constitución española (1835) escribió anacronismos como el siguiente, que proyectaba retrospectivamente el concepto político contemporáneo de la nación española: “El principio de la elección libre de los reyes y de restricciones impuestas a su autoridad en la monarquía goda, se reprodujo en los gobiernos fundados en España, apenas empezó a rescatarse la nación del dominio de los árabes”. Con esta afirmación, Argüelles no hacía sino admitir el concepto genérico de la nación como “conjunto de los habitadores en alguna provincia, país o reino, y el mismo país o reino”, que figuraba en los diccionarios editados por la Academia hasta el final del reinado de Isabel II (1833-1868). La nación se convirtió en el símbolo de la revolución liberal durante los reinados de Fernando VII (1808, 1814-1833) e Isabel II. “Nacionales” o “patriotas” se llamaba a los partidarios de la Constitución; “Guardia Nacional”, a la organización de ciudadanos en armas para defender el régimen constitucional; y “Bienes Nacionales”, a los desamortizados de manos de la Iglesia y de otras corporaciones para consolidar la revolución con la formación de una clase propietaria adicta en una economía de libre mercado. La nación y la soberanía nacional siguieron formando parte del lenguaje constitucional a lo largo de todo el s. XIX, si bien el giro conservador impuesto por los moderados desde 1833 hizo que ambos conceptos quedaran velados por la doctrina de la “soberanía compartida”, que atribuía la potestad de hacer las leyes a “las Cortes con el rey” y no sólo a los representantes electos de la nación, tal como figura en los textos constitucionales de 1837 y 1845).
–De 1868 a 1898. La Revolución de Septiembre de 1868, que destronó a Isabel II, dio paso a un breve periodo democrático (Sexenio Democrático, 1868-1874), en el cual adquirió nuevo protagonismo el concepto político de nación. La Constitución promulgada en 1869 se iniciaba con la mención a “La Nación española y en su nombre las Cortes Constituyentes”, que recordaba la idea de un sujeto político capaz de ejercer su soberanía dotándose de una ley política fundamental; el art. 32 confirmaba esa orientación, al afirmar que “La soberanía reside esencialmente en la Nación, de la cual emanan todos los poderes” (tanto es así que los representantes de la nación no sólo podían reformar la constitución política del Estado, sino también buscar un candidato idóneo para ocupar el trono, cuya legitimidad derivaría del hecho de ser aceptado por las Cortes). Aquel cambio político tuvo también reflejo en el lenguaje común, pues la décimoprimera edición del Diccionario de la lengua castellana (1869) de la Real Academia añadió una nueva acepción a la voz “nación”: “El Estado o cuerpo político que reconoce un centro común supremo de gobierno”; esta acepción, que no sustituía a las anteriores, sino que se añadía a ellas, venía a insistir en el significado estrictamente político de la nación como cuerpo político al que dota de unidad la sumisión a un mismo poder; y ponía por vez primera en conexión los conceptos contemporáneos de “nación” y “Estado”. La claridad de tales pronunciamientos no tuvo continuidad, pues, como es sabido, las experiencias políticas del Sexenio Revolucionario fracasaron y dieron paso a la restauración de la monarquía borbónica, en medio de un nuevo giro conservador dirigido por Antonio Cánovas del Castillo. La Constitución de 1876, que organizó las instituciones del nuevo régimen, retomó la definición doctrinaria de la “soberanía compartida”, abandonando la idea de la nación como titular única de la soberanía. Ello no quiere decir que Cánovas y los conservadores que le seguían no tuviesen una idea firmemente arraigada de España como nación –que sí la tenían–, sino que no estaban dispuestos a asumir las virtualidades democráticas del concepto de nación heredado de la revolución. Efectivamente, Cánovas del Castillo hizo explícita su concepción de la nación en una conferencia pronunciada en el Ateneo de Madrid en 1882, en respuesta a la de Renan del mismo año: para Cánovas, la nación no es un mero fruto de la suma de voluntades individuales, sino que tiene un ser específico; ahora bien, alejándose en cierto modo de la concepción puramente política de la nación (quizás por miedo a la democracia), tampoco aceptaba que fueran la raza, la lengua o la cultura los factores determinantes de la existencia de la nación (tal postura habría puesto en entredicho la legitimidad como naciones de España y de otros estados europeos que Cánovas admiraba sin límites, como el Reino Unido). La tercera vía era la de la historia, siguiendo un modo de razonamiento inaugurado por Edmund Burke: la nación es un precipitado de la historia, que extrae su legitimidad como organización política presente de los largos siglos de experiencia compartida en el pasado. Cada nación tiene unos rasgos característicos, que se reflejan en su historia, dando lugar a instituciones que le son propias; a esto es a lo que Cánovas llama la “constitución interna” de la nación; los representantes de la nación, al dotar a ésta de una constitución política, no deben (ni pueden, porque sería inútil) inventar las instituciones que crean adecuadas, sino descubrir y plasmar las instituciones que forman esa “constitución interna”. En el caso de España, entendía Cánovas que el fundamento de la constitución interna era el principio monárquico, atemperado por la existencia tradicional de asambleas representativas; en la Constitución de 1876 trató de establecer un equilibrio entre ambos principios, pero dejó bien claro el carácter indiscutible y heredado de la monarquía, al sustraer los artículos correspondientes del debate del texto constitucional en las Cortes. Esta vía “historicista”, que habría de hacer fortuna en España, era en realidad una variante conservadora del concepto político de la nación; a pesar de la intención de Cánovas, no se oponía radicalmente a la doctrina de Renan, pues éste había concebido su “plebiscito de todos los días” como una metáfora de la pacífica aceptación del Estado por los ciudadanos a lo largo de la historia, dado que la celebración efectiva de plebiscitos habría estado plagada de problemas prácticos y de contradicciones teóricas. En todo caso, a lo que se oponían frontalmente tanto la visión de Renan como la de Cánovas era a la posibilidad de una secesión por razones culturales, étnicas o lingüísticas (según el concepto étnico-cultural de la nación), posibilidad que, en el caso de Francia, había planteado la anexión por la fuerza a Alemania de las regiones germanófonas de Alsacia y Lorena, y que, en el caso de España, empezaba a despuntar con la aparición de movimientos regionalistas apoyados en las especificidades culturales de Cataluña, el País Vasco y Galicia. La postura de Cánovas sobre el particular no admite dudas, pues diseñó un régimen político de Estado unitario, marcado por el centralismo y por la oposición a cualquier género de reivindicación regional; fue Cánovas quien, al término de la III Guerra Carlista (1872-1876), abolió lo que quedaba de los fueros del País Vasco, dando paso al Concierto de 28-II-1878 con las Provincias Vascongadas, que estuvo en vigor hasta que fue abolido por el general Franco para Vizcaya y Guipúzcoa y conservado para Álava. El historicismo de Cánovas no nacía en el vacío. Había a su alrededor una corriente intelectual empeñada en definir las peculiaridades de lo español en la historia, en el arte y en la literatura, como forma de legitimar el hecho político de la existencia de España y de mostrar cómo, con el paso de los siglos, la convivencia bajo una organización política común había terminado por producir una cierta personalidad nacional que se reflejaba también en la producción cultural. Los escritos del s. XVIII sobre el “carácter nacional” fueron seguidos de trabajos eruditos como los de la escuela de Barcelona (Javier Llorens, Manuel Milá y Fontanals) o de su discípulo Marcelino Menéndez Pelayo, quienes, a lo largo del s. XIX, trataron de encontrar en la literatura un canon nacional representativo del “espíritu del pueblo” español. Ese tipo de razonamientos culminó en la obra de Menéndez Pelayo Historia de los heterodoxos españoles (1880-1882), coetánea de la formulación de Cánovas, donde sostenía que el contenido esencial del “genio español” era su ortodoxia religiosa católica, fundamento último de la personalidad de la nación.
–El siglo XX. La tradición liberal no abandonó nunca la idea originaria de la nación como comunidad política. Pero no hubo grandes teorizaciones sobre ella después de 1812, en la medida en que formaba parte de un consenso muy amplio: hasta el cambio de siglo nadie puso en duda la legitimidad de la nación española, ni pensó que la relativa diversidad cultural del país exigiera otro concepto de nación. El liberalismo español conservó la huella romántica de su origen en la Guerra de la Independencia y siguió avalando la idea de España como nación. En el extremo más progresista del espectro político decimonónico, los republicanos (Emilio Castelar, Clarín, Manuel Ruiz Zorrilla, Vicente Blasco Ibáñez, Alejandro Lerroux, Francisco Pi y Margall, Manuel Azaña, etc.) mostraron aún más celo que los monárquicos en su adhesión a la nación política, pues, sin el elemento cohesivo de la Corona, el ente abstracto de la nación se erigía como soporte único del Estado. Esta creencia en la nación española como comunidad política básica iba de la mano, a veces, con la idea de una descentralización del Estado, fuera en un sentido federal (como en Pi y Margall) o mediante la aceptación de la autonomía de ciertas regiones (como en Azaña). A finales del s. XIX, el régimen de la Restauración entró en crisis, y con él la conciencia nacional de los españoles; en ello tuvo mucho que ver la derrota militar frente a Estados Unidos y la consiguiente pérdida de las últimas colonias ultramarinas de Cuba, Puerto Rico y Filipinas (1898), pero también un descontento generalizado con el atraso político, social, económico y cultural del país en comparación con Europa. Las reacciones fueron en dos sentidos: auge del nacionalismo antiespañolista en algunas regiones de la periferia –Cataluña y el País Vasco fundamentalmente– y otro, paralelo, del nacionalismo españolista; reacciones contradictorias sólo en apariencia, pues en ambos casos se trataba de movimientos intelectuales centrados en la idea de nación, y caracterizados por dar un contenido étnico-cultural a tal idea. En las últimas décadas del s. XIX y las primeras del s. XX, efectivamente, hizo su aparición en España el concepto étnico-cultural de la nación, con un siglo de retraso con respecto al concepto político liberal. La Real Academia Española tomó nota de esta innovación semántica, en su decimoquinta edición del Diccionario (1925), que por primera vez se llamó “de la lengua española” (y no “castellana”): junto a las acepciones tradicionales del término “nación”, se añadió entonces la de “conjunto de personas de un mismo origen étnico y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común”. Este cambio no fue exclusivo de España, pues las décadas alrededor del cambio de siglo vieron en todo el mundo un deslizamiento de la idea nacional hacia su sentido étnico-cultural, que culminó en la aceptación del principio de las nacionalidades como criterio para reorganizar el mapa de Europa al término de la I Guerra Mundial (1914-1918); dicho principio, impuesto por el presidente norteamericano Woodrow Wilson, requería que el trazado de las fronteras políticas se adecuara a las fronteras lingüísticas y culturales, razón por la que fue desmembrado, p. e., el Imperio Austrohúngaro. El clima intelectual era favorable a ello, por el éxito de las concepciones sociales organicistas, la aceptación de las teorías racistas, la crítica al liberalismo clásico y el auge correlativo de doctrinas autoritarias y antidemocráticas. Este tipo de doctrinas aludía siempre a un concepto exclusivista y dogmático de la nación, que sustentó el imperialismo europeo, agrió las relaciones internacionales, provocando el estallido de las dos guerras mundiales, y se fue exacerbando hasta degenerar en los fascismos; todos ellos se autodenominaban nacionales: el Partido Nacional Fascista en Italia, el Partido Nacionalsocialista del Trabajo en Alemania y las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (JONS) en España, además de los combatientes del bando franquista (“nacional”) en la Guerra Civil de 1936-1939.
El catalanismo (v.) fue el primer movimiento nacionalista de ámbito regional que surgió en España (v. nacionalismo), precisamente hacia el final del s. XIX, pues no pueden considerarse propiamente nacionalismos los brotes cantonalistas anteriores, entre los que el de Cartagena (1873) pasa por ser el arquetipo. En sus orígenes destaca la figura de Enric Prat de la Riba, quien reivindicó en varias obras el carácter de nación para Cataluña, en virtud de su lengua, de su cultura y temperamento diferenciados, y también de la historia (en el Compendi de doctrina catalanista, de 1895, y en La nacionalitat catalana, de 1906). Para Prat de la Riba, una nación es “una sociedad de gentes que hablan una lengua propia y tienen un mismo espíritu que se manifiesta uno y característico bajo la variedad de toda la vida colectiva”, definición que creía apropiada para Cataluña (y que encaja con las de Herder y Fichte). España no sería, para él, sino un espacio geográfico hegemonizado por una de sus naciones, Castilla; y Cataluña, una nación independiente hasta que perdió su soberanía por la derrota militar frente a los partidarios de la dinastía borbónica en la Guerra de Sucesión (1701-1714). El hecho político de la existencia de España no tendría nada que ver con el hecho cultural de las naciones, pues “la Nación es la Nación aunque para la ley no lo sea”; y el trabajo que tenían por delante los nacionalistas era el de hacer que se cumpliera el principio de las nacionalidades: “A cada nación, un Estado”. Prat de la Riba fue uno de los inspiradores de las Bases de Manresa (1892), primera manifestación del catalanismo político; fundó y dirigió el partido catalanista conservador Lliga regionalista (1901), y presidió la Mancomunitat de Catalunya, primer órgano de autogobierno de la Cataluña contemporánea (1914). En la práctica política, Prat de la Riba se mostró como un nacionalista moderado y un posibilista: sus llamadas a que Cataluña recuperara la soberanía perdida iban seguidas de la propuesta de que el Estado resultante se confederara con otras naciones españolas, en una especie de Estado multinacional. Es cierto que los orígenes del catalanismo fueron plurales desde el punto de vista ideológico, y no se limitan a la obra de Prat de la Riba: por la misma época habría que señalar los escritos del obispo Torras i Bages, muestra de un catalanismo reaccionario y medievalizante, que entronca con el carlismo; y algún tiempo antes la de Valentí Almirall, que representaba un catalanismo progresista y democrático. Pero fue el grupo conservador encabezado por Prat de la Riba el que hegemonizó el catalanismo político durante la crisis de la Restauración, y el que teorizó de forma más clara una doctrina nacionalista de base cultural: Torras i Bages hablaba, sobre todo, de volver a la tradición y de fomentar el uso de la lengua catalana; mientras que Almirall insistía en un proyecto federal, en el que Cataluña asumiría el papel de regeneradora de España y obtendría el reconocimiento de sus particularidades culturales.
La influencia catalana y alemana es visible en la obra del fundador del nacionalismo vasco, Sabino Arana (v. vasquismo). Procedente del ámbito del carlismo, Arana rompió con éste y con la tradición del fuerismo (v.), para desarrollar una doctrina nacionalista extremista entre 1893 y 1903. La base de su planteamiento es racial, pues considera que existe una raza vasca diferenciada de la raza española, como mostrarían la lengua vascuence y otras manifestaciones culturales amenazadas de desaparición por el avance del mundo moderno y por la mezcla de sangres y razas. El liberalismo, la democracia, el socialismo, la industria, la inmigración y el capitalismo amenazaban, en su opinión, a la esencia de la raza vasca, cuyo bien más preciado, tras la pureza racial, era la religiosidad católica; para preservarla, los vascos tenían que recuperar su independencia originaria, que Arana creía perdida con la abolición parcial de los fueros que se produjo en 1839. Para ello creó el Partido Nacionalista Vasco, que desde 1895 ha sido la organización más relevante del conjunto de movimientos nacionalistas del País Vasco. Arana empezó pensando en que Vizcaya recuperara su antigua “independencia” (para luego federarse con Guipúzcoa, Álava, Navarra y las provv. vascofrancesas, todas ellas emancipadas por sí mismas); luego propuso un proceso general de independencia para la nación vasca, para la cual ideó incluso el neologismo Euzkadi (1899); y hacia el final de su vida moderó su discurso, admitiendo la posibilidad de una amplia autonomía vasca en el marco del Estado español. Debatiéndose entre estas opciones, sus seguidores han mantenido durante algo más de cien años unas propuestas políticas en las que se niega o tiende a negarse a España el carácter de nación y se atribuye tal carácter, por razones étnico-culturales, al País Vasco.
La aparición de los nacionalismos periféricos no fue la única respuesta a la crisis de la conciencia nacional española desde finales del s. XIX. Hubo una reacción aún más intensa y numerosa de recuperación de las señas de identidad de España como nación, reacción espoleada por el desafío de aquellos primeros nacionalismos periféricos, aún muy minoritarios. La peculiaridad de estas reflexiones del s. XX es que no se remite al Estado como fundamento de la nación española –pues éste se hallaba en crisis, o así se creía–, sino al concepto “cultura de nación”, recogiendo la herencia de Menéndez Pelayo y de los demás autores que, desde el s. XVIII, se habían pronunciado sobre los rasgos nacionales específicos de España y los españoles. En el ámbito de la literatura, dicha reacción se encuentra en la Generación del 98 (v.), caracterizada por su ardiente patriotismo y por su rechazo crítico al Estado. Autores como Ángel Ganivet, Azorín, Pío Baroja, Antonio Machado o Miguel de Unamuno (que había sido nacionalista vasco en su juventud) vivieron atormentados por la búsqueda del “ser de España”. Convencidos de que cada nación tiene sus rasgos específicos, indagaron en el “alma” del pueblo y, a pesar de que procedían de diversas regiones periféricas, todos ellos creyeron encontrarla en Castilla: exaltaron su paisaje, su lengua, sus gentes y su historia como elementos unificadores de España; e hicieron gala de un patriotismo angustiado ante la decadencia y la atonía de España, cuya regeneración anhelaban. De la regeneración de España hablaron también otros autores que escribieron en torno al cambio de siglo y que practicaron un género más cercano al ensayismo político: los regeneracionistas, entre los que habría que incluir a Ricardo Macías Picavea, Lucas Mallada, Damián Isern, Luis Morote o Joaquín Costa (v. regeneracionismo). En ellos se encuentra la misma idea de la postración de España, la misma voluntad de indagar sobre la raíz del problema suponiendo la existencia de un “carácter nacional”, y una diversidad de propuestas concretas para reformar las instituciones y dar “nueva vida” a la patria. Los ecos de sus preocupaciones alcanzaron la política cotidiana, en la que algunos dirigentes conservadores (p. e., Francisco Silvela y Antonio Maura) asumieron su lenguaje y lanzaron propuestas de “regeneración de la vida nacional”. Tales propuestas (como el saneamiento de las elecciones o el impulso a la industria “nacional”) no llegaron a fraguar; interesa destacar, no obstante, que la visión de España de estos nuevos conservadores se diferenciaba de la de Cánovas en su mayor apertura hacia la diversidad regional (sin por ello poner en entredicho la exclusividad del concepto de nación aplicado a España). Un tercer nivel de la reacción nacionalista española desde finales del s. XIX está representado por los estudiosos que contribuyeron a reforzar la identidad nacional de España desde una investigación erudita, y muchas veces rigurosa, sobre su historia y su cultura. Gran parte de esta producción intelectual tiene una raíz liberal, ligada al krausismo (v.) y a la Institución Libre de Enseñanza (v.). Así ocurre con las grandes figuras del Centro de Estudios Históricos (fundado en 1910), como Ramón Menéndez Pidal, Claudio Sánchez Albornoz o Américo Castro. La existencia de rasgos permanentes de la personalidad nacional española a lo largo de la historia, preconizada por Menéndez Pelayo, fue aceptada por autores liberales, demócratas, republicanos, e incluso por un socialista como Luis Araquistáin, que llamó a Menéndez Pelayo “el Fichte de la cultura española” (si bien rechazó que la esencia del genio español se hallase en el catolicismo, proponiendo como rasgo duradero el “senequismo”, carácter nacional de austeridad y de moral estoica que los españoles habrían mostrado desde tiempos de Séneca). Menéndez Pidal (discípulo de Menéndez Pelayo, por cierto) investigó la literatura medieval castellana, reconociendo en ella las narraciones de la infancia de la nación que revelaban su ser más íntimo, según un criterio propio del nacionalismo romántico, que veía a las naciones como seres vivos, en cuyo desarrollo pesaban de manera especial las experiencias vividas en los orígenes. En La España del Cid (1929) fue más lejos, hasta reconocer como españoles a los visigodos, e incluso a los iberos, que gozaban de “una cierta unidad cultural o nacional”; abiertamente opuesto a los particularismos regionales, Menéndez Pidal defendió la función unificadora de Castilla, la cual “creó la nación por mantener su pensamiento ensanchado hacia España toda”. Este españolismo castellanista se halla también en los estudiosos de la pintura, de la escultura y de la música, que, por los mismos años, encontraban rasgos supuestamente nacionales en esas manifestaciones culturales, estableciendo un canon del arte nacional.
–La década de 1930 y el franquismo. La experiencia de la II República (1931-1939) y la Guerra Civil (1936-1939) alteró para siempre la concepción nacional de España. Por un lado, los incipientes nacionalismos periféricos dispusieron de una primera oportunidad para hacer realidad sus aspiraciones de autonomía, difundir públicamente sus propuestas y, en algunos casos, radicalizar sus planteamientos (los catalanistas proclamaron por dos veces el Estado catalán, en 1931 y 1934, aunque sin segregarlo de España). Por otro lado, la experiencia desgarradora de la guerra llevó a los intelectuales a una reflexión más desesperanzada sobre el “ser de España”, en el que ahora incluían una propensión nacional a la confrontación y a la autodestrucción. Es célebre, en este sentido, la polémica que mantuvieron dos historiadores republicanos en el exilio, Américo Castro y Claudio Sánchez Albornoz, los dos convencidos de la existencia de un carácter nacional español, fruto de la historia y causa última de la tragedia a la que el país se había visto abocado. Por último, la victoria militar del bando autodenominado “nacional” dio lugar al régimen del general Franco, en la que desempeñó un papel primordial una cierta concepción tradicionalista, militarista y católica de la nación española. El franquismo (v.) persiguió a los nacionalismos regionales, que tendieron a radicalizar sus posturas en la clandestinidad y en el exilio. Tampoco podía admitir en modo alguno la tradición liberal del concepto de nación política, pues éste remitía a una participación de los ciudadanos en la toma de decisiones. En consecuencia, exacerbó un discurso de España como nación histórica y cultural, al tiempo que desarrollaba políticas uniformizadoras tendentes a hacer realidad la homogeneidad que preconizaba. Se ha denominado a ese peculiar nacionalismo franquista “nacionalcatolicismo” (v.), debido a la importancia que concedió a la religión católica como cimiento ideológico del Estado y factor principal de la unidad nacional. En ese sentido, el régimen hizo suyas reflexiones como las de Menéndez Pelayo (que veía en el catolicismo la esencia del “genio nacional”), e incluso nombró ministro de Educación Nacional en 1938 a uno de sus discípulos, Pedro Sáinz Rodríguez, quien pretendió reorganizar el sistema educativo inspirándose en las enseñanzas de su maestro. Del falangismo (v.) tomó el franquismo lo que se suponía que era una definición original de la nación, apartada por igual de la concepción política (hija del denostado ideario liberal-democrático) y de la concepción cultural (que alentaba los nacionalismos catalán y vasco). Esa concepción, más retórica que efectiva, era la de la nación como “unidad de destino en lo universal”, que había formulado José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange Española; en ese sentido, la nación no era un territorio ni una suma de individuos, sino una empresa común, un mandato que cumplir, al cual debían entregarse individuos, instituciones, regiones y clases, para forjar una unidad que los superara; la dirección de la empresa común correspondería al Estado, con lo que esta idea de nación se limitaba a aportar al régimen franquista una pretensión totalitaria. En cuanto al “destino” común de la nación, los ideólogos del régimen lo identificaron con el imperio, el pasado imperial de España. El imperio formó parte de la retórica política del franquismo, pero no podía aplicarse en la práctica política. Encontraron un sustitutivo adecuado en el concepto de Hispanidad, tal como había sido formulado por Ramiro de Maeztu (aunque no lo había creado él, pues procedía de la propuesta del sacerdote Zacarías de Vizarra en 1926, y mucho antes lo había empleado ya Unamuno). La Hispanidad englobaría el conjunto de los pueblos de habla española de ambos lados del Atlántico y las cualidades propias de esos pueblos; sería lo más parecido a una idea de nacionalidad lingüística vinculada a la lengua castellana o española. En manos de Maeztu, el concepto iba ligado al fortalecimiento de la conciencia de España como nación, ofreciéndole de nuevo la “empresa común” de liderar a los países hispanoamericanos, como en el pasado había tenido la empresa común y unificadora de gobernar el imperio. Dado que la empresa de colonizar América había sido al mismo tiempo la de evangelizarla, el ideal nacional español se entendía dotado de un contenido inequívocamente católico (en el doble sentido de ortodoxia religiosa y vocación universal).
–La democracia. La muerte del general Franco en 1975 y la posterior transición a la democracia revelaron la vitalidad de los nacionalismos periféricos, que volvieron a hacerse presentes en la vida pública reivindicando el reconocimiento de las especificidades postuladas como nacionales de Cataluña, el País Vasco y Galicia sobre la base de su identidad lingüística y cultural diferenciada, si bien el fenómeno no se produjo con fuerza comparable en otras comunidades autónomas que, además de poseer así mismo personalidad histórica claramente definida, como antiguos reinos, poseían también lenguas antiguas, arraigadas y distintas del castellano o español, como Valencia, Baleares o Navarra. La transición reveló también que el énfasis del franquismo en la idea de España como nación había apartado de la misma a sectores importantes de la opinión democrática e izquierdista, identificando en gran medida el único nacionalismo español existente y activo durante tantos años con la derecha más conservadora. El proceso de transición a la democracia estuvo marcado por estos parámetros. No obstante, la Constitución aprobada en referéndum en 1978 significó un reencuentro con el concepto político de nación, retomando el lenguaje de la tradición liberal y democrática desde 1812.
La terminología de la Constitución es concluyente en cuanto a la vigencia del concepto político de nación y su atribución exclusiva a España como conjunto: desde su preámbulo, proclama que es “la Nación española” la que declara su voluntad en la Constitución con el ánimo de “establecer la justicia, la libertad y la seguridad y promover el bien de cuantos la integran, en uso de su soberanía”. A partir de ahí, se establece un equilibrio entre los aspectos descentralizadores y unitarios de la Ley de Leyes, al proclamar el art. 2 que “la Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles”, si bien “reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas”. La pluralidad cultural y la autonomía quedan reconocidas con esta posibilidad de que las “nacionalidades y regiones” se constituyan en comunidades autónomas, posibilidad que, encauzada por el título VIII de la Constitución, ha llevado a generalizar la fórmula autonómica, dividiendo el territorio nacional de forma que en España se integran diecisiete comunidades autónomas (más dos ciudades autónomas, Ceuta y Melilla), sin diferencias de principio en cuanto al grado de autonomía, ya sean nacionalidades o regiones o sin que se declare expresamente esta calidad, como, entre otros, en el caso de la Comunidad Foral de Navarra. De hecho, la Constitución no establece ninguna distinción cualitativa las regiones y las nacionalidades, aunque este segundo concepto parece remitir, según numerosos intérpretes, a una cierta mayor o más intensa vigencia de algunos rasgos diferenciales. (Debe notarse, por su extendido uso, que no pertenece al lenguaje de la Constitución la expresión “nacionalidades históricas”.) La Constitución de 1978, elaborada por consenso, ha realizado, pues, una síntesis de los dos conceptos de la nación, que conviven en el Estado democrático actual: sólo España es nación, en sentido político (y el art. 1.2 proclama la soberanía nacional, indivisible e inalienable, que “reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”); pero se da reconocimiento a las nacionalidades, en sentido cultural, es decir, a las regiones con lengua vernácula o con algún otro tipo de diferencia arraigada. La propia Constitución, empero, hace radicar en las comunidades autónomas y en sus respectivos estatutos de Autonomía, que tienen carácter de Ley Orgánica del Estado y que han de ser aprobados por mayoría cualificada en las Cortes Generales, la iniciativa de definirse como nacionalidad, región o no pronunciarse expresamente. Para los nacionalistas más extremos, este grado de reconocimiento es insuficiente, pues los estatutos de Autonomía no serían actos plenemante soberanos, sino leyes del Estado español en el marco de su Constitución. Por ello, a pesar de que el desarrollo del Estado de las Autonomías ha dado lugar a una descentralización administrativa y política sin precedentes y objetivamente elevado en relación con los países de la Unión Europea, algunas formaciones nacionalistas reclaman el reconocimiento de sus respectivas comunidades autónomas como naciones y emplean este argumento para negociar mayores cotas de poder para los gobiernos autónomos que controlan. Formaciones nacionalistas de Cataluña, el País Vasco y Galicia reclamaron conjuntamente en 1998 (Declaración de Barcelona y Pacto de Estella) el reconocimiento de su soberanía y el derecho de autodeterminación. [J.Pr.R.]

LINGÜÍSTICA

Ortografía. [Del gr. orthós, ‘recto, correcto’, y graphé, ‘letra, escritura’, a través del lat. ortographia]. El sistema ortográfico español responde al tipo de escritura alfabética, que intenta representar cada uno de los sonidos de la lengua mediante una letra. El ideal de escritura alfabética pura, sin embargo, es difícil de alcanzar, de manera que, pese a ser el español una de las lenguas que más se aproxima a ese ideal teórico, la correspondencia entre fonemas y letras ha sido modificada por motivos históricos y de diversa índole, como el origen de las voces, las variedades dialectales y el propio uso: el sistema fonológico experimenta cambios a lo largo del desarrollo de una lengua, mientras que la escritura se muestra reacia a prescindir de determinadas grafías y a crear otras nuevas para representar fonemas hasta entonces inexistentes, empleando en su lugar grafemas complejos, polivalentes o equivalentes.
–Hist. A lo largo de la historia de la ortografía española, los métodos de escritura propuestos por los teóricos de la materia se han desarrollado en atención a los principios de pronunciación, uso y etimología. Sin olvidar la labor de fijación del sistema ortográfico llevada a cabo por Alfonso X (1252-1284), cuyas obras constituyen un reflejo de la pronunciación estándar del castellano medieval, es el Arte de Trovar (1433) de Enrique de Villena el primer tratado donde se introducen comentarios de interés acerca de la pronunciación y ortografía del español, entre ellos diversos principios ortográficos sobre la utilización de determinadas grafías impuestas por el uso y que responden al principio etimológico: “Quien dize philosophia pronunçia f e no se pone (...); honor pónese h e no se pronunçia.” Basándose en Quintiliano, el humanista Antonio de Nebrija planteó en su Gramática Castellana (1492) y en Reglas de Orthographia de la lengua castellana (1517) la idea de que la escritura debía acomodarse a la pronunciación de la lengua, una idea que fue aceptada por la mayor parte de los autores que trataron la ortografía durante los ss. XVI y XVII. Alejo Vanegas publicó Tractado de Orthographía y accentos en las tres lenguas principales (1531); Bernabé de Busto, Arte para aprender a leer y escriuir perfectamente en romance y latín (1533), en el que únicamente describe el uso ortográfico de su tiempo y cuya finalidad era que el entonces príncipe Felipe (futuro Felipe II, 1556-1598) aprendiera los fundamentos de la ortografía; Francisco de Robles, el tratado Copia accentuum fere dictioren difficilium (1533), en el que presenta la acentuación correcta de las voces más usuales de los breviarios y en el que incluye las Reglas de Orthographia, elaboradas pensando en el latín, si bien trata también de diversos problemas de la escritura en romance castellano. Una obra de singular interés, pues muestra la gran vitalidad de la lengua de la época, es el Diálogo de la Lengua de Juan de Valdés (1535), que, a través del diálogo entablado por dos personajes, muestra la falta de un principio de autoridad (cada uno de ellos sostiene una postura distinta, enfrentando el criterio etimológico al criterio de uso) y expone lo que, en su opinión, constituyen algunas imperfecciones de la obra de Nebrija. En el Arte para bien leer y escribir: y para lo perteneciente a ello, tercera parte de Jesús. Doctrina Christiana del Ermitaño y el Niño (1552), Andrés de Flórez opina que la ortografía más adecuada es la que nace del principio de pronunciación criticando las grafías etimológicas, excepto en los casos en que ayudan a descubrir el significado exacto de un vocablo. En el Manual de Escribientes, el humanista Antonio de Torquemada exige una buena ortografía como condición del perfecto secretario y, además de atender al uso ortográfico, parece apoyar la pronunciación como elemento fundamental de la ortografía, como lo demuestra su actitud positiva ante las obras de Quintiliano, Nebrija y Alejo Vanegas. En 1555 se publicó en Lovaina la obra anónima Vtil y Breve Institución, para aprender los principios, y fundamentos de la lengua Hespañola, que, tomando la pronunciación como principio ortográfico, únicamente señala el valor de las grafías que no existen en la escritura latina (ç, ñ) o cuyo sonido es diferente al que representan en español (ch, ll, j). Martín Cordero, en La manera de escrevir en Castellano, o para corregir los errores generales en que todos yerran, incluido en Las quexas y llantos de Pompeyo (1556), propone una ortografía basada en la pronunciación, pero sin llegar al extremo de los sistemas fonológicos de escritura, idea que también sugiere Cristóbal de Villalón en su Gramática Castellana (1558). Separándose de la corriente general iniciada por Nebrija, en 1563 fray Miguel de Salinas defendió que se escribiera anteponiendo el principio de uso al de pronunciación. Sin embargo, Pedro de Madariaga, en Libro subtilissimo intitulado honra de escribanos (1564) –obra de calidad equiparable a la de Nebrija cuya tercera parte está dedicada a la ortografía–, considera que pronunciación y ortografía deben estar íntimamente relacionadas y condicionadas mutuamente, y propone nuevas grafías para sustituir a las compuestas ch, ll, ñ. El poeta Fernando de Herrera llevó a cabo una reforma ortográfica en Anotaciones a Garcilasso de la Vega (1580); entre las características de su peculiar ortografía destacan el empleo de la c en voces que hasta entonces se habían escrito con q, las letras i y j escritas sin punto, el uso de apóstrofe, y el de la grafía h sólo en los casos en que procede de f inicial latina.
Un hito capital en la evolución y desarrollo de la ortografía castellana lo constituyó la Orthographia y pronunciación castellana (1582) de López de Velasco, quien propuso un sistema en el que se armonizaban pronunciación, uso y razón, que tuvo gran influencia en su tiempo y en los ortógrafos del s. XVIII, especialmente en el seno de la Real Academia Española (RAE). En 1586, Felipe II (1556-1598) recibió un Memorial en el que ocho maestros le exponían la grave situación por la que atravesaba la ortografía española debido a la variedad de criterios seguidos, aconsejando que se examinara a los maestros y se controlaran los textos utilizados, solución que el monarca ordenó que se llevara a cabo siguiendo las normas señaladas en la obra de López de Velasco. En el s. XVII el primer intento destacado de reforma ortográfica fue la Ortografía castellana (1609) de Mateo Alemán, quien pretendió simplificarla eliminando de la escritura las grafías etimológicas que podían llevar a confusión y añadiendo nuevos signos para algunos sonidos romances. Bautista de Morales publicó el tratado Pronunciaciones generales de lenguas, ortografía, escuela de leer, escrivir y contar, y significación de letras en la mano (1626), en el que las normas ortográficas propuestas responden a los principios de pronunciación y uso. El profesor Gonzalo Correas fue quien más luchó para acomodar la ortografía del castellano a la pronunciación del mismo con las obras Nueva i zierta ortografía kastellana (1624) y Ortografía Kastellana nueva y perfeta (1630), entre otras; ello provocó la reacción de los ortógrafos etimologistas, encabezados por Juan de Robles (1631) y Bravo Grájera (1634), que pensaban que era preciso respetar la grafía originaria en las voces que procedían del griego y del latín, propuesta que fue tenida en cuenta en el s. XVII por Juan de Palafox (1679) y, en el s. XVIII, por González de Dios (1724), Salvador José Mañer (1725), Carlos Ros (1732), Gutiérrez de Terán y Torices (1733) y José del Rey (1734). Pero el éxito de la propuesta etimologista vino dado por el entusiasmo con que ésta fue acogida por la RAE en el Discurso Proemial (1726), donde se antepone el principio etimológico al de pronunciación y uso. En 1741, sin embargo, la RAE publicó la primera edición de la Orthographia (que se escribió Ortografía ya en su segunda edición, de 1752), en la que cambia de postura y determina que la escritura debe regirse en primer lugar por la pronunciación, debiéndose considerar la etimología sólo en el caso de que el uso constante no haya seleccionado una grafía diferente a la originaria. La doctrina académica logró cada vez más adeptos durante los ss. XVIII y XIX, entre ellos Benito Martínez Gómez Galloso (1743), Antonio Fernández de San Pedro (1761), Benito de San Pedro (1769), Diego Sánchez Molina (1789), Juan J. López y León (1803), Santiago Delgado (1817), Tomás Ballester de Belmonte (1826), Francisco Pons y Argentó (1850), Juan de Medina y Godoy (1862) Fernando Gómez de Salazar (1870), Cristóbal Reyna (1876), José Hilario Sánchez (1883) y Ramón Martínez García (1896). La influencia de la RAE fue tal que se actualizaron las reglas incluso en las reediciones de obras de autores ya fallecidos, de acuerdo con las normas vigentes en ese momento. No faltaron quienes, desde un primer momento, se mostraron contrarios a las teorías ortográficas de la RAE, y defendieron el principio de pronunciación: Antonio Bordázar (1730), Hipólito Valiente (1731), Esteban Terreros y Pando (1786), González Valdés (1791) y Hervás y Panduro (1785). En 1843, nació en Madrid la Academia Literaria y científica de Profesores de Instrucción Primaria, asociación de maestros que propuso adoptar en su magisterio un sistema ortográfico basado sólo en la pronunciación. Ello condujo a la inmediata oficialización de la ortografía académica, lo que nunca antes se había estimado necesario. Informada del problema por el Consejo de Instrucción Pública, la reina Isabel II (1833-1868), por R. O. de 25-IV-1844, estableció como texto oficial el Prontuario de ortografía de la lengua castellana (...) para el uso de las escuelas públicas por la Real Academia Española con arreglo al sistema adoptado en la novena edición de su Diccionario (1844), norma que los maestros debían seguir obligatoriamente en sus enseñanzas. Durante el Sexenio Democrático (1868-1874), el Gobierno liberal declaró la libertad de enseñanza, y el sistema ortográfico de la RAE perdió el principio de autoridad de que había disfrutado desde 1844. Sin embargo, restuida la monarquía en la persona de Alfonso XII (1874-1885), por R. D. de 26-II-1875, se restableció su uso en los distintos niveles de enseñanza. Por otra parte, un grupo de ortógrafos reformistas encabezado por Mariano Basomba y Moreno propuso un sistema de escritura en el que cada fonema se representaba únicamente por una letra; entre las obras que tratan sobre dicha propuesta destacan A la nación española sobre reformas ortográficas (1852), de Mariano Cubí y Soler; Estudios ortográfico-prosódicos sobre la reforma que admite la escritura y pronunciación castellanas (1865), de Rafael Monroy; Ortografía castellana teórico-práctica (1875), de Francisco Ruiz Morote, y Reforma de la ortografía Castellana (1890) de Tomás Escriche y Mieg. El tema de la ortografía suscitó un intenso debate a finales del s. XIX, como lo demuestra el artículo de Miguel de Unamuno Acerca de la reforma ortográfica castellana (1896). En cuanto a Hispanoamérica, los iniciadores de la renovación ortográfica fueron Andrés Bello y Juan García del Río con el artículo Indicaciones sobre la conveniencia de simplificar y unificar la ortografía en América (1823), cuestión que resurgió en Chile a finales del s. XIX por los denominados “neógrafos”, como Rodolfo Lenz, que lucharon con la RAE solicitando una reforma más radical. Sin embargo, los chilenos, por Decreto presidencial (12-X-1927), fueron obligados a utilizar en la enseñanza y en los escritos no personales la ortografía de la RAE. En España, durante el s. XX, a pesar de que apenas existían posibilidades de que triunfara una reforma de la ortografía, aparecieron algunas propuestas, como la Nueva ortografía del idioma castellano (1905), de Onofre Peligro y Valle, quien consideraba que la escritura española debía atender a la pronunciación. En este contexto, ocupa un lugar de honor Julio Casares, quien opinaba que era necesario conseguir un sistema ortográfico caracterizado por la sencillez y la eficacia. Casares, miembro de la RAE desde 1919, realizó un primer esbozo de sus ideas en La reforma ortográfica (1941). El 8-XI-1951 presentó a la Junta de la Academia el informe Problemas de Prosodia y Ortografía en el Diccionario y en la Gramática, un proyecto reformador que fue posteriormente examinado por una Comisión mixta y aprobado el 30-IV-1952 con el nombre de Nuevas normas de prosodia y ortografía (1952), que tuvieron una notable repercusión, sobre todo en Hispanoamérica. Tras calibrar los informes y dictámenes emitidos por las diferentes academias correspondientes, el texto definitivo fue declarado preceptivo –hasta entonces había sido sólo potestativo– el 1-I-1959 y publicado en el Boletín de la RAE; paradójicamente, la RAE siguió publicando su Gramática sin introducir en el apartado Ortografía las modificaciones resultado de la reforma, obligando de este modo a un incómodo cotejo de textos. Tras la petición formulada a la RAE en el IV Congreso de Academias de la Lengua celebrado en Buenos Aires (Argentina), en 1969 se publicó un tratado de Ortografía separado de la Gramática, en el que se reunieron por primera vez la teoría tradicional y las modificaciones introducidas posteriormente. En el año 2000, la RAE dio a la luz una nueva edición de la Ortografía, que, si bien no introduce demasiadas novedades, sin embargo, recoge, sistematiza y clarifica la doctrina dispersa en distintas publicaciones, atendiendo especialmente a las variantes de uso americanas.

LITERATURA

Pardo Bazán y de la Rúa-Figueroa, Emilia. (A Coruña, 16-IX-1851 – Madrid, 12-V-1921). Escritora. Hija única del político y escritor José Pardo Bazán y Mosquera, conde de Pardo Bazán, cuyo título heredó, cursó estudios primarios en un colegio francés de Madrid. Gracias a su afición a la lectura, estimulada por su familia, adquirió de forma autodidacta una gran cultura humanística a la que en aquella época las mujeres no tenían acceso. Con sólo dieciséis años se casó y se trasladó a Madrid, y muy pronto inició su carrera literaria, que abarcó todos los géneros, especialmente la novela, el cuento, el ensayo y la crítica literaria. Los primeros años de su matrimonio se caracterizaron por una intensa actividad social y por constantes viajes a Francia, Bélgica, Italia y Austria, en los que acompañaba a su padre, que fue nombrado diputado tras la Revolución de 1868. A través de los viajes y de su esfuerzo personal, fue ampliando su educación, entablando relación con los intelectuales de la época, como Víctor Hugo (cuya influencia se deja sentir en su estilo narrativo), y dedicándose al estudio del pensamiento y la literatura de los países que visitaba. En 1876 ganó el certamen en homenaje a Feijoo que se organizó en Oviedo con motivo del bicentenario del nacimiento del autor, con su ensayo Estudio crítico de las obras del padre Feijoo. Ese mismo año publicó la colección de poemas Jaime (dedicada a su primer hijo, recién nacido), editada por su amigo Francisco Giner de los Ríos, que acabó, tal como empezó, con sus aspiraciones poéticas (del mismo modo que fracasaron sus posteriores intentos de cultivar el género dramático, con las obras Verdad y Cuesta abajo, estrenadas en 1906), mientras que, por el contrario, el género ensayístico, así como la novela y el cuento, fructificaron y proliferaron a lo largo de su creación literaria. En 1879 publicó su primera novela, Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina (una de sus aportaciones a la lengua española fue la palabra “autobiografía”, que tomó del francés), inspirada por las lecturas de José María de Pereda y Juan Valera, en cuyo prólogo se declaraba partidaria de la novela realista. Pronto se distanció de este tipo de realismo y, entre 1881 y 1883, publicó en la revista literaria La Época unos artículos sobre la corriente del naturalismo creada por Émile Zola que fueron recogidos en 1883 en un volumen titulado La cuestión palpitante y que provocaron una sonada polémica dentro del mundo de las letras españolas. En ellos mostraba su adhesión al naturalismo, que ya se había dejado entrever en su segunda novela, Un viaje de novios (1881), a la vez que establecía distancias, ya que intentaba conciliar la moral cristiana con los preceptos de Zola (rechazaba las teorías deterministas) y entroncar el naturalismo dentro de la tradición literaria española, vinculándolo a la novela picaresca. La cuestión palpitante es la principal obra de referencia en lo que se refiere a la introducción y asentamiento del naturalismo en España; por esta razón, se considera a su autora como la introductora de la doctrina en el país, aunque ello le acarrease no pocas críticas por parte de los intelectuales españoles, que se sumaron a las reticencias que despertaba su figura por el solo hecho de ser mujer. Aunque contó con algunos apoyos –no sólo de Galdós, gracias a cuyas obras se lanzó a escribir novela y con quien mantuvo una relación amorosa, y de Clarín, que prologó La cuestión palpitante–, también tuvo muchos detractores, especialmente Juan Valera, que abominaba del naturalismo y contestó a sus artículos y a los de Clarín con sus Apuntes sobre el arte de escribir novela. En 1883 publicó la novela La tribuna, ya plenamente naturalista, y en 1885 salió a la luz El cisne de Vilamorta, que obtuvo gran éxito de público. Año clave fue 1886, en que tuvo ocasión de conocer a Émile Zola, Alphonse Daudet y a los hermanos Goncourt y empezó a interesarse por la literatura rusa, que influyó mucho en su evolución literaria posterior y sobre la que dictó una conferencia en el Ateneo de Madrid en 1887: “La revolución y la novela en Rusia”. El mismo año publicó Los pazos de Ulloa, su obra más conocida, todavía de filiación naturalista, aunque se podría decir que trasciende el naturalismo puro, en la que se combinan la ignorancia, la crueldad y las bajas pasiones en un ambiente rural gallego que ella conocía muy bien y que también sale retratado en la continuación de la novela, La madre naturaleza (1887). En estas obras están presentes los preceptos deterministas de Taine (aunque la autora, como católica, abjurase de ellos), ya que los personajes se encuentran atrapados por los tres factores que determinan su destino: la raza, el medio y el momento. En sus dos obras siguientes, Insolación y Morriña, ambas publicadas en 1889, se observa ya un distanciamiento de las novelas anteriores y una inclinación hacia una espiritualidad cercana al modernismo que se reafirma en Una cristiana (1890) y La prueba (1890) y que evoluciona en La piedra angular (1891), que trata sobre las contradicciones y dudas morales de un verdugo. Sus últimas novelas, La quimera (1905), La sirena negra (1908) y Dulce dueño (1911), están marcadas por una fuerte tendencia cristiana que delata la influencia de Tolstoi y Dostoievski. Además de publicar regularmente novelas, escribió más de quinientos cuentos (ya que consideraba que “la forma del cuento es más trabada y artística que la de la novela”), recogidos en diversos volúmenes, entre los que destacan Cuentos escogidos (1891), Cuentos de Marineda (1892), Arco Iris (1895) y Cuentos sacroprofanos (1899), entre otros. Por otro lado, entre su obra de no ficción, cabe mencionar sus ensayos literarios (Literatura y otras hierbas, 1887; Lecciones de literatura, 1906; Literatura francesa moderna, 1910) y estudios monográficos sobre autores, sus obras sobre historia (San Francisco de Asís, 1882; Hernán Cortés y sus hazañas, 1914) y sus libros de viajes (Al pie de la torre Eiffel, 1889; Por Francia y por Alemania, 1890; Por la España pintoresca, 1895). De carácter emprendedor y gran fuerza de voluntad, luchó por los derechos de la mujer consiguiendo hacerse un hueco entre la intelectualidad española, aunque no logró ser admitida en la Real Academia Española (sobre cuyo rechazo en 1891 escribió Valera la sátira Las mujeres y las academias). Publicó la revista Nuevo Teatro Crítico (1891-1893), redactada íntregamente por ella, en la que debatía sobre la vida intelectual, social y política del país; dirigió la colección “Biblioteca de la Mujer” (1892), que editaba libros de reivindicación feminista, y fue presidenta de la sección de literatura del Ateneo de Madrid (1906) y consejera de Instrucción Pública (1910). Obtuvo de Alfonso XIII (1886-1931) el título del reino de condesa de Pardo Bazán (1908), consiguió que el ministro de Educación crease para ella la cátedra de Literatura Neolatina en la Universidad Central (1916), impartió clases en la Escuela Superior de Magisterio (1916) y recibió un homenaje en vida por parte de los jóvenes escritores.

MEDIO NATURAL

Pino. Nombre que reciben diferentes especies de árboles coníferos pertenecientes al género Pinus, de la familia de las pináceas, con hojas perennes dispuestas sobre braquiblastos. Se trata de árboles resinosos de ramificación monopódica, unisexuales y monoicos. Las flores masculinas están dispuestas en amentos, compuestos por un eje floral leñoso, con escamas en la base, y varios estambres dispuestos helicoidalmente. Las flores femeninas se encuentran reunidas en las piñas, inflorescencias leñosas de forma cónica provistas de escamas seminíferas, que en la época de polinización suelen estar abiertas y orientadas hacia arriba, a fin de permitir la fecundación de los primordios seminales. Una vez producida ésta, las escamas se cierran y los primordios se rodean de una fuerte cubierta, proceso que culmina con la formación de los piñones. Más tarde, las escamas vuelven a abrirse para permitir la salida de los piñones, tras lo cual las piñas caen enteras al suelo. Los vástagos de los pinos pueden ser de dos tipos: macroblastos y braquiblastos. Los primeros son largos y, aunque cuando son jóvenes presentan hojas, posteriormente las pierden y sólo quedan pequeñas escamas pardas en cuyas axilas brotan los braquiblastos, que son cortos y están provistos de hojas largas, aciculares, perennes y unidas en su base por una pequeña vaina. Cada braquiblasto puede tener dos, tres o cinco hojas. La mayor parte de las setenta especies de pinos conocidas viven en la zona templada boreal.
Pino albar. Pinus sylvestris. También pino silvestre, blanquillo, rojo, royo, de Valsain o de Flandes. Puede alcanzar los 40 m de alt. El tronco es recto, cilíndrico y con ramas bajas; los ejemplares jóvenes presentan un aspecto cónico piramidal, que con el paso de los años se vuelve irregular. La corteza, gris verdosa en los ejemplares jóvenes, es ceniza en los adultos, y muestra notables incisiones que favorecen la aparición de placas irregulares de forma cuadrangular. En las ramas, la corteza adquiere un color ladrillo asalmonado, que constituye uno de los rasgos distintivos del pino albar. Las hojas son punzantes y cortas, de 3 a 7 cm de long. y de 1 a 1,5 cm de ancho, de un color entre verde oscuro y verde azulado. Se encuentra en zonas continentales de clima contrastado, entre 1.000 y 1.800 m de alt., aunque puede verse a 2.000 m en los sistemas Ibérico y Central. Su presencia es frecuente en los macizos montañosos del N. y centro peninsular, así como en los valles internos de los Pirineos, el Sistema Ibérico y el Sistema Central. Aparecen bosques dispersos en Sierra Nevada. Se han descrito diferentes variedades, que corresponden a otras tantas situaciones geográficas: así, en Sierra Nevada aparece el Pinus nevadensis; en los sistemas Ibérico y Central, la variedad Iberica; en los Pirineos, la Pyrenaica, y en el NE. de Cataluña, la Catalaunica. Los brotes jóvenes se emplean como balsámicos y diuréticos en medicina popular. Los piñones son comestibles. La madera es muy apreciada en carpintería por la gran variedad de usos a que puede ser destinada.
Pino canario. Pinus canariensis. Puede llegar a superar los 25 m de alt. y los 2,5 m de diámetro en el tronco. La copa es abierta, poco densa e irregular. El tronco está cubierto por una corteza pardusca, gruesa y con numerosas fisuras alargadas, que la cuartean en placas más o menos rectangulares. Las hojas, de color verde intenso, pueden llegar a medir 30 cm de long. y cuelgan hacia el suelo. Se encuentra en las umbrías de las montañas entre 900 y 2.000 m de alt., y en las solanas entre 800 y 1.000 m. Aunque es oriundo de las islas Canarias, se cultiva en la Península en parques, paseos y repoblaciones forestales del litoral mediterráneo, desde Cataluña hasta el S. de la Comunidad Valenciana, en el litoral mediterráneo de Andalucía y en el S. de Portugal.
Pino carrasco. Pinus halepensis. También pino blanco o de Alepo. No supera los 20 m de alt. La copa es abierta y poco densa, y el tronco, ligeramente tortuoso, está cubierto por una corteza gris cenicienta y lisa en los ejemplares jóvenes, que con el tiempo se agrieta en forma de escamas alargadas y adquiere un tono gris blanquecino. Las ramas son finas y grisáceas, y están desprovistas de hojas en la base. Las hojas, finas, flexibles y de color verde claro, se agrupan de dos en dos. Se encuentra en toda la región mediterránea, desde el nivel del mar hasta 800 o 1.000 m de alt. Se ha utilizado masivamente para colonizar terrenos áridos, y su corteza se aprovecha para curtir cueros y pieles.
Pino insigne. Pinus radiata. También pino de Monterrey. Generalmente no supera los 30 m de alt., y el tronco puede alcanzar 0,9 m de diámetro. La copa es cónica y poco densa en los ejemplares jóvenes. El tronco, recto, presenta una corteza gruesa y profundamente surcada con numerosas grietas en forma de ‘V’, elipsoides y rojizas en la base. En la corteza aparecen irregularidades de contorno rectangular sobre la superficie, que es llana, escamosa y de un tono gris negruzco. Las hojas miden entre 8 y 15 cm de long., se distribuyen en grupos de tres y son recias, de color verde brillante, con márgenes serrulados. Oriundo de la costa de California (Estados Unidos), es muy sensible al frío, por lo que su presencia se limita a las zonas marítimas con inviernos templados y húmedos. Se ha empleado masivamente en repoblaciones desde el N. de la Península Ibérica hasta el centro de Portugal, hasta los 800 m de alt. Su madera se ha empleado tradicionalmente en la elaboración de pasta de papel, aunque también se aprovecha para la fabricación de muebles.
Pino marítimo. Pinus pinaster. También pino rodeno. Puede alcanzar los 25 m de alt. Aunque la copa es cónica en los ejemplares jóvenes, en la edad adulta sólo ramifica en el extremo del tronco, con lo cual la copa queda limitada al tercio superior. La corteza, de color gris oscuro, se agrieta profundamente con el tiempo. Las hojas son rígidas, de color verde oscuro, miden hasta 25 cm de long., y se agrupan en pares. Resistente a las sequías estivales y a las heladas, se encuentra desde el nivel del mar hasta los 1.500 m de alt. en Galicia y en el centro de Portugal, desde donde se ha extendido hacia el Sistema Ibérico. De manera dispersa aparece también a lo largo de las sierras costeras, desde Cataluña hasta Portugal. La resina se emplea en la industria química para obtener trementina, y también en medicina por sus propiedades antisépticas y balsámicas. Por destilación seca de la madera se obtiene pez o alquitrán vegetal.
Pino negro. Pinus mugo uncinata. Generalmente no supera los 20 m de alt. Tiene aspecto cónico, y su copa es densa. El tronco es recto, y se halla cubierto por una corteza fina, bastante agrietada y de color gris negruzco. Las hojas miden entre 4 y 8 cm de long., y son rígidas, rectas o ligeramente curvadas, punzantes y de color verde oscuro. Crece en montañas elevadas entre los 1.600 y 2.400 m de alt. No tolera las sequías. Es propio del nivel subalpino de los Pirineos, donde forma bosques densos, y crece también en algunos puntos del Sistema Ibérico, como los macizos de Cebollera, entre Soria y La Rioja, y Gúdar, en Teruel. Así mismo, se ha empleado para repoblar las sierras de Guadarrama y de Gredos. Los brotes jóvenes son útiles para el tratamiento de las afecciones de las vías respiratorias, y las hojas se emplean en perfumería. La madera es muy apreciada en tornería y ebanistería por su maleabilidad. Se emplea en construcción en zonas de montaña, y en la fabricación de cajas de resonancia de instrumentos musicales. En el Sistema Ibérico aragonés existe un híbrido resultante del cruzamiento de pino negro con pino albar, que recibe el nombre de pino moro.
Pino piñonero. Pinus pinea. También pino doncel, manso o real. Puede medir entre 20 y 30 m de alt. La copa tiene forma de parasol, y su tronco, recto y cilíndrico, se halla cubierto por una corteza gruesa y resquebrajada, con teselas de color rojizo y grietas profundas de tono más oscuro. Las ramas crecen de forma verticilada, y las hojas, rígidas, arqueadas y de color verde vivo, miden de 10 a 20 cm de long. y están agrupadas de dos en dos. Se da en suelos arenosos entre el nivel del mar y 1.000 m de alt., en el litoral mediterráneo, Andalucía y el S. de Portugal, aunque se encuentran también núcleos importantes en la Meseta septentrional y en el centro de la cuenca del Duero; así mismo, es habitual en las islas Baleares. Los piñones son comestibles, y la madera se emplea en la construcción. El pino piñonero se planta con frecuencia para fijar dunas litorales.
Pino salgareño. Pinus nigra. También pino negral, laricio, blanco, cascalbo, pudio o de Cuenca. Puede alcanzar hasta 30 m de alt. La copa es cónica en los ejemplares jóvenes, pero en la edad adulta deriva en una copa irregular, abierta en la parte inferior y densamente ramificada en la superior. El tronco, recto y cilíndrico, puede retorcerse en condiciones adversas. La corteza es lisa y grisácea al principio, escamosa y pardusca más tarde. Las ramas jóvenes son muy oscuras, en ocasiones negras, mientras que las adultas, gruesas y robustas son de color pardo rojizo y muestran surcos longitudinales. Las hojas, agrupadas en fascículos de dos, son rectas o algo curvadas, rígidas pero poco punzantes, de color verde oscuro, y miden entre 10 y 15 cm de long. Resistente a las sequías y al frío invernal, el pino salgareño crece en zonas montañosas entre 800 y 1.500 m de alt., en la mitad E. de la Península, especialmente en el Prepirineo, el Sistema Ibérico y las sierras de Cazorla y de Segura. La resina se emplea para la obtención de trementina, aunque de menor calidad que la obtenida a partir de la resina del pino marítimo. La madera, que se astilla fácilmente, es utilizada para fabricar embalajes y otros derivados poco elaborados.

NUMISMÁTICA

Peseta. Unidad monetaria española durante poco más de 132 años, desde su adopción oficial por el Gobierno Provisional de Serrano el 19-X-1868 hasta su derogación el 31-XII-2001. Moneda de Andorra cooficial junto con el franco francés hasta finales de diciembre del año 2001. También fueron llamadas “peseta” la moneda de plata de 5 g acuñada en Perú en 1880 y la moneda oficial de Guinea Ecuatorial desde 1968, año de la independencia del país, hasta 1975, en que fue sustituida por el ekuele.
La primera peseta que se acuñó con esta denominación salió de la ceca de Barcelona en 1809, durante la ocupación de las tropas napoleónicas. El grabador que la diseñó recogió el nombre con el que popularmente se conocían en Cataluña las piezas de 2 y 4 reales de plata: pecetes (‘piezas pequeñas’, en catalán). Esta moneda nació de la necesidad de moneda circulante en el interior de la c. de Barcelona ocupada por las tropas francesas y sitiadas por las realistas de Fernando VII (1808, 1814-1833). La ceca de Barcelona acuñó estas piezas entre 1809 y 1814. La responsabilidad de la acuñación la asumió José de Ezpeleta y Veire-Galdeano, conde de Ezpeleta y capitán general de Cataluña, quien mandó publicar un bando el 21-VIII-1808 “por el cual se restablece en la ciudad de Barcelona la antigua casa de la moneda, para acuñar la de oro, plata y cobre”. La ceca de Barcelona “se hallaba situada en la calle Flassaders, junto a la de las Moscas, en un viejo caserón, lúgubre y sin carácter, con un enorme escudo imperial sobre la puerta”. Esta ceca estaba inactiva desde 1720, y tras unas obras de remodelación se reiniciaron las acuñaciones de las monedas que se habían publicado en el bando del conde de Ezpeleta: se labraron medio cuarto, 1 cuarto, 2 cuartos y 4 cuartos de bronce; 1, 2 y media y 5 pesetas de plata y 20 pesetas de oro. Éstos eran los múltiplos y divisores de la unidad monetaria que por primera vez incorporaba la palabra “peseta”. El modelo de 1 peseta recoge en el anverso el valor dentro de un círculo y, en orla, la leyenda: “En la ciudad de Barcelona 1809”. En el reverso se representa el escudo en forma de rombo de la c., entre dos ramas de encina. Con la acuñación de estas monedas, José I (1808-1813) trató de implantar el sistema decimal que se iba extendiendo por los distintos países que ocupaban las tropas de su hermano, Napoleón Bonaparte (cónsul, 1799-1804, y emperador de los franceses, 1804-1814 y 1815). Este sistema monetario estaba basado en los pesos y medidas que se acuñaron en Francia tras la Revolución de 1789. El metal para la obtención de los flanes, los discos donde más tarde se acuñarían las monedas, dado que Barcelona estaba sitiada, se obtenía de los particulares, que obligados por las normas dictadas por las Juntas Corregimentales y la Junta Superior de Cataluña y por los mandos de la Administración francesa, debían entregar una parte de la plata y del oro que poseyeran. De esta disposición tampoco se escapó la Iglesia. Muy escaso debía de ser el circulante de monedas cuando, pese al sentimiento patriótico y animadversión a lo francés, se aceptó esa disposición.
Durante el reinado de Isabel II (1833-1868) se ordenó la acuñación de las segundas monedas con la denominación de “peseta”, datadas en 1836 y 1837. Como las pesetas anteriores, éstas también fueron monedas de necesidad. Durante la I Guerra Carlista (1833-1840) se emitió la siguiente orden: “Por disposición de la Junta de Armamento y Defensa y acordado por la Diputación Provincial, se batirán monedas en la ceca de Barcelona desde el año 1836 para atender a los gastos de la guerra civil. Se acuñarán monedas de oro, plata y cobre”. La mayoría de las monedas que se mandaron labrar correspondían a los mismos modelos y valores que se acuñaron en las restantes cecas españolas. Sólo tres monedas eran diferentes de las habituales: la peseta de plata, el 3 cuar y el 6 cuar de cobre. En la peseta, a diferencia de las acuñadas durante la ocupación francesa, no figura el nombre ni el escudo de la c. de Barcelona, sino las armas de la Corona de Aragón, surmontada de corona real.
El 19-X-1868, durante el Gobierno Provisional del general Serrano surgido tras la revolución de ese año, se publicó, en la Gaceta de Madrid, el decreto que inició el periodo de oficialidad de la peseta. El nuevo sistema monetario estableció la peseta como unidad monetaria en toda España, acabando de esta forma con un periodo de coexistencia de multitud de monedas españolas anteriores, e incluso foráneas, que eran admitidas por su valor intrínseco. Solamente del reinado de Isabel II se utilizaban más de setecientas, de 85 modelos diferentes. Desde la reforma de los Reyes Católicos establecida en la Pragmática de Medina del Campo de 13-VI-1497, no se había acometido una empresa de tal magnitud para unificar el criterio de las monedas circulantes. El decreto de octubre estaba firmado por Laureano Figuerola, ministro de Hacienda, y elevó a rango oficial el nombre de “peseta” que utilizaba el pueblo en su lenguaje coloquial desde hacía muchos años. También a propuesta del Gobierno, la Real Academia de la Historia emitió un informe que establecía cómo debía ser el escudo y la figura principal de las nuevas monedas. El sistema monetario que recogía el decreto estaba formado por 1, 2, 5 y 10 céntimos de bronce, 20, 50 céntimos, 1, 2 y 5 pesetas de plata, y 5, 10, 20, 50 y 100 de oro. Con el tiempo se llegaron a labrar todas estas monedas a exención de las de 5 y 50 pesetas de oro. A principios de enero de 1869 se convocó un concurso internacional con la intención de que los mejores grabadores del momento presentaran sus proyectos para llevar a cabo los distintos modelos. No obstante, los miembros del jurado declararon desierto el concurso referido a las monedas de plata 20 y 50 céntimos, 1, 2 y 5 pesetas. La tarea se le encomendó al grabador general de la ceca de Madrid Luis Marchionni. La primera peseta tras el decreto se acuñó en 1869 y es atípica por dos motivos: es la única moneda en la que aparece la leyenda “Gobierno Provisional”, y de las pocas monedas españolas donde no aparece el nombre del país emisor. Esta circunstancia cambió al cabo de pocos meses con la emisión de una moneda idéntica pero en la que se sustituyó la leyenda inicial, por la de “España”. Esta primera peseta recoge en el anverso la imagen de una matrona (Hispania) recostada a la izquierda y apoyada sobre los montes Pirineos, teniendo a sus pies el Peñón de Gibraltar; tocada con corona mural y sosteniendo en la mano derecha una rama de olivo. Encima, entre dos estrellas de seis puntas (símbolo de la ceca de Madrid), la fecha de acuñación (18-69) y la palabra “ESPAÑA”; debajo, en el exergo la fecha del decreto (1869) y las siglas “L. M.” (Luis Marchionni). En el reverso se muestra el escudo de España surmontado de corona mural entre las dos columnas de Hércules liadas en una cinta cargadas con el “PLUS ULTRA”. Encima, la leyenda: “200 PIEZAS EN KILOGRAMO”, debajo, entre las siglas de los ensayadores y el fiel de balanza (SN - M), el valor: “UNA PESETA”. Esta moneda tiene diámetro de 23 mm y un peso de 5 g. Una de las innovaciones que aportó el nuevo sistema monetario fue la incorporación de las estrellas de “apertura de cuños”. Con esta novedad se pretendía reflejar la fecha de la apertura de los cuños dentro de dos estrellas de seis puntas, una fecha que no siempre coincidía con la del decreto que ordenaba la acuñación. Estas estrellas aparecen en el exergo, a los lados de la fecha del decreto de acuñación. Normalmente se grababan dos cifras de la fecha dentro de cada estrella. Durante el reinado de Amadeo I de Saboya (1870-1873) no se acuñaron monedas de 1 peseta a su nombre; los talleres siguieron labrado las “rectificadas” de 1870, en acuñaciones de 1870 y de 1873. Amadeo I tan sólo ordenó la acuñación con su imagen de piezas de plata de 5 pesetas y de oro de 25 y de 100 pesetas. La reinstauración en el trono de la Casa de los Borbón con Alfonso XII (1874-1885), tras el golpe de Estado del general Pavía del 13-XII-1874, permitió desarrollar casi en su totalidad el proyecto del nuevo orden monetario que se estableció con el Decreto de 19-X-1868. Alfonso XII acuñó la primera moneda de 1 peseta en 1876. El diseño de la imagen del rey joven del anverso fue obra del grabador general de la Casa de la Moneda de Madrid, Gregorio Sellán González. Por lo demás, esta pieza seguía las directrices marcadas en el decreto de 1868, manteniendo los 5 g de peso, el diámetro de 23 mm y la ley de la plata de 835 milésimas. Los ensayadores que aparecen en esta moneda son Eduardo Díaz y Julio Escosura, y el juez de balanza, Ángel Mendoza, a los que se alude mediante las siglas “DE M”. El siguiente grabado del rey, ahora de mediana edad, con el que se labraron monedas desde 1881 hasta 1885 (1886, fecha de la apertura de cuños), también lo realizó Gregorio Sellán. Esta peseta presentaba, por lo demás, todas las características de la anterior.
En agosto de 1887, cuando el hijo póstumo de Alfonso XII, el rey Alfonso XIII (1886-1931), aún no contaba un año, el grabador general de la Casa de la Moneda de Madrid, Gregorio Sellán, recibió el encargo de realizar los trabajos para la puesta en marcha del monetario del joven monarca. La primera peseta que se acuñó con el busto de Alfonso XIII llevaba la fecha de 1889 y es el modelo que se conoce como el “pelón”, debido a la imagen del rey. Por los cambios fisiológicos derivados de su crecimiento, la imagen de Alfonso XIII se tuvo que actualizar en tres ocasiones, y todas ellas poseen su apodo: el rizos, que apareció en 1893, el tupé, en 1896, y el llamado “cadete” en 1903, aunque en este último grabado, realizado por Bartolomé Maura, el rey aparece en realidad con el uniforme de capitán general. Entre 1869 y 1905, fecha en la que se labró la última peseta de plata anterior a la II República (1931-1939), se acuñaron 111.544.000 unidades de las distintas fechas, empleándose para tal menester 557.688 kg de plata.
En 1926, siendo monarca todavía Alfonso XIII, se acuñaron monedas de 50 céntimos de plata y se anunciaba la inminente salida de un nuevo modelo de peseta. El grabador Enrique Vaquer Atienza había preparado los moldes de ésta y de toda la serie de monedas de plata y oro, pero estas piezas no se llegaron a labrar nunca. Tras la proclamación de la II República (14-IV-1931) se paralizaron todos los proyectos de acuñación de nuevas monedas. La falta de acuerdo en los partidos que componían el Gobierno republicano retrasó la aparición de las monedas del nuevo orden político del país. Tras las elecciones de 1933, los proyectos existentes de descentralizar las emisiones monetarias quedaron aparcados, y procedió a la acuñación de la moneda de 1 peseta de plata (1933) en la Casa de la Moneda de Madrid. En esta acuñación, que seguía a sus predecesoras en cuanto a peso, diámetro y ley, se utilizó la simbología que estaba en uso en la mayoría de los países republicanos. En el anverso aparece la figura alegórica de la República, sentada, mirando a la izquierda y sosteniendo una rama de olivo en su mano derecha. Además, ante ella figura la leyenda “República española” y en el exergo la fecha 1933 entre dos estrellas de seis puntas (Madrid), con un 3 y un 4, respectivamente, que indican la fecha 1934, la fecha de apertura de cuños. En el reverso figura el escudo de España acompañado de las columnas de Hercúles y corona mural; en el exergo, la leyenda “Una peseta”. Esta moneda no incorporaba las siglas de los ensayadores ni del juez de balanza, como era tradicional. La abolición de esta práctica se estableció con la Orden Ministerial de 30-I-1934. Los avatares de la Guerra Civil (1936-1939) y la cercanía de las tropas golpistas del general Francisco Franco aconsejaron el traslado de la Casa de la Moneda lejos de Madrid: se instaló en Castellón de la Plana. En estas nuevas instalaciones se acuñaron piezas de 1 peseta de bronce en 1937. Pese a ser acuñadas fuera de la ceca de Madrid, estas monedas siguen llevando la estrella de seis puntas que identifica la ceca de la cap. de España. En el anverso de estas pesetas aparece un busto de la matrona, símbolo de la República y la leyenda “República española”. El reverso está formado por un gran número 1, un sarmiento con racimo de uva y hojas, además de la leyenda “Peseta” y la fecha (1937). A pesar de las grandes tiradas de esta moneda, el atesoramiento de las monedas de plata acuñadas con anterioridad debido a la guerra provocó que el circulante escasease cada vez más. Por este motivo, el Gobierno permitió a diversas instituciones (consejos, ayuntamientos, etc.) emitir tanto moneda como billetes, conocidos como “de necesidad”. Entre las de mayor tirada y más representativas se cuentan las piezas de 1 y de 2 pesetas de níquel emitidas a nombre del Gobierno de Euzkadi en 1937. Estas acuñaciones se llevaron a cabo en Bélgica y las tiradas fueron de 7 millones para la primera y 6 millones para la segunda.
Tras la guerra civil, asentado en el poder el general Franco (1939-1975), la Ley de 18-III-1944 dio inicio a una nueva andadura de la peseta, creándose la popular peseta conocida como “rubia”. La primera de ellas se emitió en 1944. En el anverso aparece una serie de arabescos que enmarcan el número 1 y la palabra “peseta” ante él. En el reverso figura el nuevo escudo del Estado, la palabra “España” y la fecha. Las nuevas rubias eran de cobre (90%) y aluminio (10%), pesaban 3,5 g y su diámetro era de 21 mm. Estaban basadas en la moneda de 1 dinar de Yugoslavia, de igual peso y medida, así como de la misma composición de metales. El mismo año de la acuñación de esta primera peseta se le encargó al escultor valenciano Mariano Benlliure la realización de un bajorrelieve del general Franco con la intención de que sustituyera el anverso anterior. Las pruebas que se realizaron con el nuevo diseño en 1946 no complacieron ni a los técnicos ni al entorno más cercano del jefe del Estado, debido al grosor del liste (canto) y a un abultamiento en la parte posterior de la cabeza de Franco. No obstante, de este modelo rechazado se emitieron unas mil piezas que se distribuyeron entre las monedas del año siguiente, en las cuales el grabador Manuel Marín había realizado las oportunas modificaciones. Este modelo se acuñó hasta 1967, fecha en la que fue sustituido por otro que realizó el escultor Juan de Ávalos, del cual partieron todas las monedas de los últimos años del general Franco. De la primera peseta, la conocida como del “1”, se acuñaron 150 millones de piezas. En el periodo de 1944 a 1975 se acuñaron más de 1.859 millones de monedas de 1 peseta.
Tras la muerte de Franco acaecida el 20-XI-1975, las Cortes, reunidas en sesión extraordinaria, aprobaron la sucesión en la jefatura del Estado, ofreciéndole el cargo al entonces príncipe de Asturias Juan Carlos de Borbón. Con la reinstauración de la monarquía, las primeras pesetas con el busto del nuevo rey, Juan Carlos I (1975-), vieron la luz a principios de 1976. El retrato del monarca, de donde partieron todos los diseños de las distintas monedas, fue obra del grabador jefe de la Casa de la Moneda de Madrid, Manuel Martín Gimeno. Se aprovechó la Ley de 28-XII-1966, rectificada por la Real Orden de 19-XII-1975, y se siguieron utilizando los mismos módulos y valores anteriores, así como los mismos metales. Así pues, durante unos años las nuevas pesetas continuaron siendo “rubias” y conservaban en el reverso el escudo que el país identificaba con el fascismo: el águila de San Juan que seguía la composición heráldica llamada “del imperio”. Además, la peculiaridad de la transición española tras la muerte de Franco también se mostró en las monedas. Durante cerca de veinte años convivieron las monedas con la imagen de Juan Carlos I y las de Franco, dado que la lenta y costosa labor de retirar las segundas topó con la negativa de los bancos a colaborar en el esfuerzo desinteresadamente. La siguiente pieza de 1 peseta se emitió entre 1980 y 1982, con motivo de la celebración en España del Campeonato del Mundo de Fútbol (1982). Las características de esta piezas eran similares a las anteriores, excepto en el diseño del reverso, en el que aparece un gran número 1 en posición central flanqueado por un pequeño escudo del país preconstitucional y la abreviatura “Pta”. En el exergo figura la leyenda “España ‘82”. El penúltimo modelo de peseta se labró en aluminio, manteniendo el diámetro de 21 mm de las anteriores y siendo su peso de 1,2 g (frente a los 3,5 g de sus antecesoras); las emisiones se iniciaron en 1982 y se prolongaron hasta 1989. A diferencia de la anterior, emitida con motivo del mundial, en este modelo, se incorpora el escudo constitucional vigente en la actualidad. La última de las pesetas que se acuñaron fue obra del grabador Luis Antonio García Ruiz. El trabajo realizado sobre aluminio fue espléndido dado lo diminuto de la pieza (14 mm de diámetro y 0,55 g de peso) y la cantidad de información que era necesario transmitir. En el anverso aparece medio busto a la izquierda, de perfil, de Juan Carlos I, leyenda en orla, en la mitad derecha: “JUAN CARLOS I, ESPAÑA”. En el centro de esta mitad, el número 1, que incluye en su interior la palabra “PESETA”. En el reverso: escudo de España desplazado a la izquierda y abajo; leyenda: en la parte superior, desplazada a la derecha “1989” entre dos estrellas de cuatro puntas; abajo a la derecha, M coronada (el símbolo de la ceca de Madrid). De esta peseta se labraron cerca de 2.000 millones de piezas.
Desde la primera peseta, acuñada durante la ocupación francesa, de 5,52 g de plata, hasta la última emitida, de medio gramo de aluminio, han visto la luz auténticas obras de arte dentro del diseño de la numismática. En total se han acuñado veinte modelos diferentes (contando la peseta de 1946), cuyos soportes han sido la plata, el bronce, el cobre y el aluminio. [J.V.V.]

PREHISTORIA

Paleolítico. [Del gr. palaios, ‘viejo’ y lithos, ‘piedra’]. Etapa de la Prehistoria, la más extensa en la existencia de la Humanidad, que abarca desde la aparición de los primeros Homo sobre la Tierra (hace unos 2,5 millones de años) hasta hace tan sólo 10.000 años aproximadamente, momento en que se produce el paso del Pleistoceno al Holoceno, dentro del Cuaternario, y se entra en la fase climática actual, en que tras la última glaciación Würm, la Tierra entra en una etapa de clima moderado que se mantiene hasta nuestros días. Así pues, el ser humano ha vivido en el Paleolítico casi el 99,6% de su existencia. El término Paleolítico o edad de la piedra antigua fue definido por primera vez por el inglés John Lubbock en 1865, quien denominó así a la primera edad de piedra, utilizando para ello un criterio exclusivamente técnico: la talla de la piedra, frente al Neolítico (v.) o edad de la piedra pulida. Actualmente, se tienen en cuenta otros muchos aspectos para determinarlo, como son el geológico, el biológico y, en su caso, el antropológico y, muy especialmente, el socioeconómico, siendo definido el Paleolítico como el periodo de los cazadores-recolectores. El primer yacimiento prehistórico español reconocido como tal por la comunidad científica internacional fue el yacimiento paleolítico de San Isidro (Madrid), excavado en 1862, que fue el tercero del mundo en alcanzar tal privilegio después de los de Brixham Cave (Inglaterra) y Saint-Acheul (Francia). Al margen de otras divisiones de carácter cultural, el Paleolítico fue dividido por Henri Breuil en tres grandes fases: Inferior, Medio y Superior.
–Paleolítico Inferior. Aparte de los importantísimos yacimientos de Venta Micena, en Orce (Granada), y de cueva Victoria (Murcia) –sobre la naturaleza humana de algunos de cuyos restos aún se debate–, que se remontan a una antigüedad superior al millón de años, es sin duda el yacimiento de Atapuerca (Burgos) el que ha marcado una nueva forma de entender la evolución humana en sus fases más antiguas (vv. Atapuerca, Yacimiento de -; Orce, Hombre de -; Venta Micena, Yacimiento de -). Entre las razones que se han esgrimido para que este conjunto de yacimientos tenga un reconocimiento internacional se encuentra la abundancia de restos humanos de gran antigüedad, algunos de ellos pertenecientes a especies humanas hasta ahora desconocidas, que han aparecido junto a abundantes restos de fauna. Los huesos humanos más antiguos encontrados hasta la fecha tienen unos 800.000 años, y proceden de Trinchera-Gran Dolina; se espera hallar otros aún más viejos, conforme avancen las excavaciones en capas inferiores. El tipo humano correspondiente se ha clasificado como Homo antecesor, que habría evolucionado tiempo después a Homo sapiens. Otros restos humanos del Paleolítico Inferior se han encontrado en Tossal de la Font (Castellón) y en Pinilla del Valle (Madrid). La primera fase de la ocupación humana en la Península Ibérica se habría iniciado hace 1.300.000 años con una densidad de población escasa y muy dispersa, como lo demuestran los testimonios de la depresión de Guadix-Baza, Orce y Atapuerca. Las industrias más antiguas correspondientes a este periodo son las denominadas de “cantos trabajados”, y los yacimientos más antiguos se localizan en la zona S. atlántica, preferentemente en los depósitos en terrazas fluviales y de costa, como en el caso de El Aculadero y El Rompido. En Atapuerca se han encontrado también cantos trabajados en el nivel 6 de Trinchera-Gran Dolina, que corresponderían a los comienzos del Pleistoceno Medio. El Achelense (v.) es una industria con útiles mejor elaborados; en ella se han llegado a fabricar bellos bifaces. Muy interesante ha sido el estudio realizado sobre la evolución de esta industria en España a partir de los restos depositados del valle del Tormes. Los yacimientos achelenses se encuentran repartidos por casi toda la geografía peninsular, hallándose situados la mayoría de ellos al aire libre, como es el caso del yacimiento de Áridos (Arganda del Rey, Madrid), las terrazas del Manzanares (Madrid), Pinedo (Toledo) o los de Torralba y Ambrona (Soria). Las excavaciones de estos dos últimos yacimientos en 1909 y 1911, realizadas por el marqués de Cerralbo, fueron de las primeras realizadas en el mundo al aire libre con una metodología moderna.
–Paleolítico Medio. Este periodo, iniciado con el complejo técnico industrial denominado Musteriense (v.), se caracteriza por el desarrollo y el perfeccionamiento de útiles líticos ya conocidos, ahora de tamaño más reducido. Ello indica una mayor habilidad en la fabricación y en el uso de los instrumentos, objetos obtenidos a partir de lascas, como puntas, raederas y bifaces, resultado de un importante desarrollo de la técnica levalloisiense (v.) de preparación del núcleo, que se había iniciado durante el Achelense. Aparecen, así mismo, útiles en hueso. Se han propuesto diferentes tipos de Musteriense, según la proporción de raederas: Musteriense charentiense, Musteriense típico, Musteriense de denticulados y Musteriense de tradición achelense. Estos musterienses, seguramente, no tendrían tanto el sentido de una evolución cronológica o cultural como el de una acción conjunta de la tradición cultural y la adaptación al medio. Este periodo se habría iniciado a finales de la glaciación Riss-Würm y se prolongaría hasta el interestadial Würm II-III. Aun con algunos reparos, puede asegurarse, en líneas generales, que el tipo humano de esta etapa en la Península Ibérica es el hombre de Neanderthal, que vivió en este territorio entre hace más de 200.000 años y el 30000 a.C., o incluso algo después, según se deduce de algunos descubrimientos realizados en Portugal en los últimos años (v. Neanderthal, Hombre de -). El primer resto hallado en la Península Ibérica fue un cráneo de una mujer adulta perteneciente al Homo neanderthalensis, encontrado en la cueva de Forbes Quarry (Gibraltar) en 1848, ocho años antes del hallazgo del fósil de un esqueleto humano perteneciente a esta misma especie en el valle del Neander. Otros restos de neanderthales de interés se han encontrado en la cueva de la Carigüela (Piñar, Granada), Cova Negra (Xàtiva, Valencia), Lezetxiki (Mondragón, Guipúzcoa). Existen yacimientos de este periodo al aire libre y en cuevas. En la franja cantábrica, se pueden destacar los yacimientos en cueva de El Castillo y La Flecha (Puente Viesgo, Cantabria), Morín y El Pendo (Camargo, Cantabria), Covalejos (Piélagos, Cantabria), Hornos de la Peña (San Felices de Buelna, Cantabria), Cudón (Miengo, Cantabria), abrigo de Axlor (Vizcaya), Amalda (Aizarna, Guipúzcoa) y la ya citada de Lezetxiki, que forman un conjunto con los yacimientos del Pirineo vascofrancés. En la Meseta Central es de suma importancia la concentración existente en el valle del Manzanares, cuyos yacimientos han desaparecido en su mayoría por la expansión del área metropolitana de Madrid. En la Submeseta Norte se han estudiado yacimientos musterienses en los alrededores de Burgos y en el Bajo Pisuerga. En la Submeseta Sur, aparte de los ya mencionados del valle del Manzanares, destacan los situados en los valles de los ríos Jarama y Guadiana, además de la cueva de Los Casares (Guadalajara). En la depresión del Ebro existen varios yacimientos en cueva y abrigo, en los que no es fácil la diferenciación con los achelenses. Junto a la zona de la cueva de Coscobilo (Olazti, Navarra) existió una intensa ocupación musteriense. En la zona mediterránea y S. se encuentran los yacimientos catalanes de Els Ermitons (Sant Aniol de Finestres, Girona), L’Arbreda (Serinyà, Girona), Muricecs (Llimiana, Lleida), Toll (Moià, Barcelona) y los abrigos de Agut y Romaní (Capellades, Barcelona) y de Roca del Bous (Camarasa, Lleida). En el área valenciana sobresalen los de Cova Negra (Xàtiva, Valencia), Cova Petxina (Bellús, Valencia), Cueva del Cochino (Villena, Alicante) y el conjunto de la zona de Alcoy (Alicante). En Murcia y Almería cabe citar los que en su día fueron excavados por Luis Siret, como La Zájara y Cueva Vermeja (Cuevas de Almanzora, Almería), o la Cueva del Palomarico (Lorca, Murcia). En la zona granadina, finalmente, se hallan los yacimientos de La Carigüela (Piñar), Horá (Darro) y Solana de Zamborino (Fonelas).
–Paleolítico Superior. A partir del 33.000 a.C., aproximadamente, un nuevo tipo humano, muy similar ya al actual, el Homo sapiens, ocupa la Península Ibérica. Ello sucede a finales del interestadial Würm II/III, dando paso una etapa, la última del Paleolítico, que se prolonga hasta el cese de los fríos del último estadio glacial o Würm IV. No está claro de qué manera se produjo el paso de neanderthales a sapiens. De los últimos estudios realizados sobre la materia parece desprenderse que no existió una evolución directa de una a otra especie. Se vislumbra, más bien, que neanderthales y sapiens serían el resultado de la evolución de distintas ramas de los anteneanderthales. Otras hipótesis defienden que los sapiens procederían de fuera de Europa, adonde habrían llegado con las características que le son propias ya constituidas. El tipo humano que existió durante el Paleolítico Superior en la Península Ibérica se corresponde con el de la raza de Cro-Magnon, si bien no se han encontrado hasta el momento demasiados restos óseos completos; la mayor parte de los hallazgos consiste en fragmentos de hueso o en piezas dentales. Destacan, por su importancia, los de La Paloma y Tito Bustillo (Ribadesella), en Asturias; el Castillo y La Pasiega (Puente Viesgo), Peña del Mazo y Pendo (Camargo), Covalejos y Santián (Piélagos), y La Chora (San Pantaleón de Aras, Voto), en Cantabria; Urtiaga (Deba), en Guipúzcoa; Reclau Viver y Bora Gran d’en Carreras (Serinyà), en Girona; Parpalló (Gandía), Barranc Blanc (Rótova) y Mallaetes (Barx), en Valencia; Beneito (Muro de Alcoy), en Alicante; Nerja, La Pileta (Benaoján) y El Tesoro (Rincón de la Victoria), en Málaga. La industria de los Cro-Magnon se asocia a una amplia variedad de útiles de piedra, hueso, cornamenta y marfil. Algunos de los nuevos objetos, como los propulsores, son especialmente apropiados para la caza; otros, como los arpones, para la pesca, y otros, finalmente, como las agujas, para la vida diaria, pues posibilitan una mejora en la vestimenta. Las herramientas de hoja o láminas se multiplican considerablemente; al obtenerse de un mismo núcleo varias hojas de similar tamaño, se ahorra una gran cantidad de materia prima. Otra de las características del Paleolítico Superior es la aparición del arte como expresión de una capacidad de abstracción que va más allá de la que poseían los seres humanos anteriores, lo que nos habla de una vida intelectual más rica. En este sentido, se puede hablar ya de “santuarios” al hacer referencia a lugares donde existen pinturas rupestres cuyo simbolismo y ritual, en buena medida, no se han logrado desentrañar por completo. Desde el punto de vista económico, el Paleolítico Superior se identifica con el paso de una economía oportunista en la que se recolecta, caza o pesca de forma indiscriminada lo que se tiene a mano, a una economía especializada en la que, a partir de un campamento base ocupado de modo continuado, se pueden encontrar otras estaciones donde se desarrollan funciones específicas. Otra de las características del Paleolítico Superior es su regionalización, que en la Península Ibérica se traduce en marcadas diferencias entre la franja cantábrica y el levante. Las industrias y la evolución de la primera guardan un notable parentesco con las del SO. de Francia, mientras que las del levante muestran evidentes relaciones con las del Mediodía francés.
Dentro del Paleolítico Superior se suceden diferentes culturas: Chatelperroniense, en la transición del Paleolítico Medio al Superior, que abarcaría desde el 35000 al 31000 a.C.; Auriñaciense (31.000-27.000 a.C.) (v.); Perigordiense Superior (27.000 a.C.-19.000 a.C.); Solutrense (19.000-15.000 a.C.) (v.), y Magdaleniense (15.000 a.C.-8.500 a.C.) (v.). Las tres primeras culturas se hallan bien documentadas en las cuevas de Morín y el Pendo (Camargo, Cantabria), y algunas de ellas, en El Castillo (Puente Viesgo, Cantabria), Santimamiñe (Kortezubi, Vizcaya) y Aitzbitarte (Donostia-San Sebastián, Guipúzcoa); en la zona levantina y andaluza aparecen en Reclau Viver (Serinyà, Girona), Mallaetes (Barx, Valencia) y Ambrosio (Vélez-Blanco, Almería), entre otras. En el Solutrense, frente a la riqueza del retoque plano de las hojas de sauce y laurel, que invade la práctica totalidad de los utensilios, se da una escasa industria ósea. En el Cantábrico, los yacimientos más antiguos son, curiosamente, los más occidentales: Caldas (Oviedo), La Riera y Cueto de la Mina (Llanes), en Asturias. Otros yacimientos de la franja cantábrica con niveles solutrenses de importancia son los de El Castillo y Aitzbitarte. En la zona levantina y andaluza, los yacimientos de Parpalló, Mallaetes y Ambrosio han aportado un importante registro que permite fijar la evolución cultural en este periodo. El Magdaleniense, el último de los grandes periodos del Paleolítico Superior y el que ha dado las más bellas representaciones artísticas naturalistas, que desaparecerán con el paso al Neolítico, se caracteriza por la mayor especialización de la industria lítica, que tiende hacia la microlitización. En la franja cantábrica existe gran abundancia de yacimientos de este periodo, destacando entre ellos: El Castillo (Puente Viesgo), Caldas (Oviedo), Los Azules (Cangas de Onís), Tito Bustillo y La Paloma (Ribadesella), Cueto de la Mina (Llanes), en Asturias; Morín y El Pendo (Camargo), Rascaño (Miera), Altamira (Santillana del Mar), en Cantabria; Urtiaga y Ekain (Deba) y Aitzbitarte IV Rentería), en Guipúzcoa. En El Juyo (Puente Viesgo) se encontró un santuario presidido por un bloque de piedra grabado con una figura antropomorfa y, junto a ella, lo que parece son ofrendas. En la zona levantina, salvo excepciones donde se da un Magdaleniense de tipo francés –como en el Parpalló–, después del Solutrense existe una cultura epigravetiense caracterizada por la abundancia de hojitas de dorso y la ausencia de industria de hueso, que luego es suplantada por un Magdaleniense Final. [M.A.S.]

RELIGIÓN

Pilar, Basílica de Nuestra Señora del. La tradición pilarista descansa, esencialmente, en la venida a Zaragoza de la Virgen María el año 40 d.C. cuando ésta aún moraba en Jerusalén; no se trató de una aparición –tal y como aconteció en Lourdes o Fátima–, sino de una venida “en carne mortal”, como reza la jaculatoria pilarista. Quiso, de este modo, confortar al apóstol Santiago, que evangelizaba, no sin dificultades, en la ciudad de Caesaraugusta durante la dominación romana. La Virgen le entregó una columna, como símbolo de la firmeza que debe poseer la fe cristiana, y le ordenó construir una capilla. Según la tradición, el apóstol, con la ayuda de los primeros convertidos al cristianismo, que fabricaron los adobes con sus propias manos utilizando agua del río Ebro y tierra de su orilla, erigió en torno al pilar una modestísima construcción. El primer relato escrito de la tradición se encuentra en los últimos folios de un códice en pergamino de los Moralia in Job, de San Gregorio Magno, traído desde Roma en la época visigótica; la versión en castellano data de 1630, según la edición realizada por Dormer. No han faltado, obviamente, quienes han negado la historicidad de este relato, atribuyéndolo a una más de las múltiples y pías invenciones de la Edad Media europea. Sin embargo, existen numerosos argumentos que rebaten las impugnaciones pretéritas y contemporáneas. En primer lugar, a pesar de los continuos pleitos que enfrentaron a los cabildos de la Seo y el Pilar por la preeminencia de sus respectivos templos –discusiones que se prolongaron hasta 1676, año de la fusión de ambos–, nunca se impugnó la historicidad y autenticidad de la tradición pilarista. Por otra parte, es conocido el testimonio del monje Aimoino de Saint Germain des Prés (París), que, de vuelta de su viaje a Valencia para conseguir la reliquia de San Vicente Mártir, recaló en Zaragoza (finales s. IX), desde donde escribió a su abad informándole de la profunda religiosidad de la ciudad, que contaba con dos focos de espiritualidad: el templo de las Santas Masas, fuera de sus muros, y el templo de Santa María Virgen, “mater ecclesiarum eiusdem urbis”.
–Basílica de Nuestra Señora del Pilar. El templo actual, que data de 1681, fue erigido sobre un edificio gótico anterior, de una sola nave, que mandó levantar en 1515 el arzobispo Alfonso de Aragón, hijo de Fernando II el Católico, rey de Castilla (1474-1504) y Aragón (1479-1516), y de la noble dama catalana Aldonza Roig, habido antes del matrimonio de Fernando con Isabel I la Católica, reina de Castilla (1474-1504). Del templo gótico se conservan únicamente el retablo mayor y el coro; aledaño a él, existía un claustro rodeado de altares, donde se veneraba la imagen de la Virgen, colocada sobre el pilar traído por ella en el año 40 d.C. El pintor flamenco Anton van den Wyngaerde, que acompañaba a Felipe II (1556-1598) en sus viajes, pintó desde la arboleda del Ebro una vista de Zaragoza, donde se observa perfectamente la silueta del templo gótico. Sucedió este templo a otro anterior, de estilo románico, mandado edificar por el obispo Pedro Tarroja en 1118, tras la reconquista de la c. por Alfonso I el Batallador, rey de Aragón y de Navarra (1104-1134). El obispo Tarroja contó siempre con la bendición y ayuda del papa Gelasio II (1118-1119), quien concedió indulgencias a los favorecedores del templo; así mismo, los reyes de Aragón otorgaron numerosos salvoconductos y privilegios. Del templo románico se conserva un pequeño y muy bello crismón de piedra, empotrado en el muro de la fachada principal, junto a la puerta baja de entrada al templo. La construcción románica sustituyó, a su vez, al anterior templo visigótico, que apenas se tenía en pie desde hacía cinco siglos, debido a la prohibición de los musulmanes de restaurar y construir los templos cristianos. Aunque no existen restos arqueológicos ni documentación acerca de su fundación, dos famosos testimonios prueban su existencia: uno del mozárabe Moción (s. IX), quien en su testamento, conservado en el archivo de Barcelona, lega limosnas a la iglesia de Santa María; y el segundo, el del citado monje Aimoino (finales del s. IX). El templo visigótico, probablemente mandado edificar por San Braulio, obispo de Zaragoza entre 631 y 651, y elegido por él como lugar para ser enterrado, representaba la culminación de aquella primera capilla que, siguiendo el mandato de la Virgen, edificaron el apóstol Santiago y los primeros convertidos. De esta primera capilla habla el arquitecto Ventura Rodríguez, constructor, entre 1754 y 1765, de la Santa Capilla actual, quien dejó constancia en los planos preparatorios –conservados en el archivo del Pilar– de los adobes utilizados por los convertidos para servir de fondo al antiguo camarín de la Virgen, donde se albergaba el pilar puesto por ella misma. Fue a partir del s. XVII cuando el impulso popular, sacudido por el clamoroso milagro obrado por mediación de María del Pilar en el joven Miguel Pellicer, natural de Calanda, al serle restituida el 29-III-1640 la pierna que le había sido amputada dos años y medio antes en el hospital de Nuestra Señora de Gracia en Zaragoza, llevó a los zaragozanos a acarrear materiales para la construcción de un nuevo templo. En 1674, el cabildo del Pilar decidió tomar parte en el asunto y nombró director de las obras al arquitecto zaragozano Felipe Sánchez; presentado el proyecto a Carlos II (1665-1700), éste nombró por su cuenta a Francisco de Herrera director de las obras, con el consiguiente disgusto del cabildo. No obstante, Herrera aceptó como base el proyecto de Felipe Sánchez, y el 26-VII-1681 el arzobispo Diego Castrillo puso la primera piedra del nuevo templo, cuya construcción se prolongó durante dos siglos y medio, a lo largo de los cuales, como consecuencia de las improvisaciones de los primeros momentos, los nuevos planteamientos y la permanente amenaza del río Ebro, que prácticamente lame los cimientos de la obra, se sucedieron sin descanso los trabajos de remodelación, restauración y consolidación. La actual planta del templo del Pilar es rectangular, y sus dimensiones son, por el exterior, de 130x96 m y, por el interior, de 109x48 m, sin contar la profundidad de las capillas. Su altura es de 80 m, desde el pavimento hasta el remate de la cúpula mayor. Consta de tres naves a lo largo y siete en sentido transversal y de cuatro torres, las más altas de las catedrales de España, con 93 m de altura: la de Santiago, la más antigua, se terminó en 1892; la del Pilar, en 1907; la de San Francisco, en 1959, y la de Santa Leonor, en 1961. Catedral, basílica y santuario mariano al mismo tiempo, el Pilar constituye una auténtica joya del arte barroco en Aragón. Construida totalmente en ladrillo, se cubre con una originalísima cubierta que presenta once cúpulas y diez linternas, que conforman una silueta de reminiscencias orientales, acentuada por las tejas de cerámica vidriada de diversos colores. La decoración churrigueresca que tuvo en un principio, fue modificada y atemperada por Ventura Rodríguez en 1755. El conjunto arquitectónico, declarado Monumento Histórico-Artístico desde el 22-VI-1904, se ha convertido en el signo identificador de la c. de Zaragoza.
En el interior del templo destaca el retablo mayor, que, tras la restauración realizada en 1994 por el Instituto de Restauración y Conservación de Bienes Culturales (IRCBC) de Madrid, se puede admirar en su imponente grandeza. Diseñado siguiendo el esquema de los retablos aragoneses, a imitación del incomparable retablo mayor de la catedral del Salvador de la Seo, fue realizado entre 1509 y 1518 por el escultor valenciano de ascendencia aragonesa Damián Forment. Construido en alabastro del Bajo Aragón, consta de banco, sotabanco y cuerpo del retablo, que posee pulsera o guardapolvo en todo su perímetro. La mazonería y la decoración mantienen el formato y la organización del estilo gótico, pero la escultura es plenamente renacentista, muchas veces fiel trasunto del maestro Donatello, de Florencia. El retablo está dedicado a la Asunción de la Virgen en su escena principal; además, se representan diversas escenas de la vida de María, especialmente en los bellísimos nichos de la predela. Ante el retablo, se encuentra el altar mayor, bajo el cual se divisa el sepulcro de San Braulio, obispo de Zaragoza y amante de la Virgen del Pilar, en cuyo templo quiso ser enterrado. La mesa del altar tiene un imponente frontal de plata tallada, obra de los plateros del Pilar, Antonio Estrada, autor de los relieves barrocos de bulto redondo, y su hijo Domingo, a quien se debe la decoración rococó. Frente al altar, a los pies de la nave central, se sitúa el coro mayor, perteneciente también al templo gótico. Construido entre 1544 y 1547 en madera de roble de Flandes por el florentino Juan Moreto, el navarro Esteban de Obray y el zaragozano Nicolás Lobato, consta de 124 sillas de coro, ricamente labradas desde las misericordias hasta los remates del cornisamento, siendo visible el primor de esta obra en los respaldos de las sillas. Además de las escenas del Antiguo y Nuevo Testamento, y de la venida de la Virgen, en la superficie entera de este coro viven –parafraseando a Camón Aznar– toda la paganía y todos los caprichos de la mitología, en las labores ornamentales del riquísimo mundo renacentista. El templo del Pilar, por otra parte, cuenta con una rica decoración pictórica, para cuya realización el cabildo contrató siempre a los mejores pintores de cada momento. Destaca, por su entidad y mérito artístico, la decoración de la cúpula elíptica situada sobre la Santa Capilla, obra del pintor madrileño Antonio González Velázquez, discípulo de Corrado Giaquinto. En las dos medias naranjas de esta cúpula, González Velázquez, cuya obra no siempre ha sido justamente valorada, pintó las escenas de la Venida de la Virgen y de la Construcción del templo. No obstante, es la decoración pictórica realizada por Francisco de Goya en 1781 en la cúpula Regina Martyrum, frente a la capilla de San Joaquín, la que despierta mayores elogios, pese a que su excesiva altura impide una contemplación intensa y extensa. El programa iconográfico fue trazado por el escultor Carlos Salas, autor del magnífico relieve de la Asunción situado en el muro posterior de la Santa Capilla. Tras superar las diferencias habidas con su cuñado Francisco Bayeu y con Matías Allue, canónigo fabriquero del Pilar, Goya realizó un magnífico mural sobre una superficie de 230 m2, en el que incluyó, alrededor de la Virgen, una extensa galería de santos y santas mártires de Aragón, como San Vicente y San Lorenzo, San Jorge y San Frontonio, Santa Engracia, San Lamberto, San Pedro Arbués y Santo Domingo de Val, rodeados de un torbellino de ángeles. Todo el conjunto se halla magistralmente tratado a base de irrepetibles pinceladas, llenas de vigor, color y sabiduría. La Regina Martyrum muestra personas reales de la vida zaragozana de la época, en actitudes dignas pero cotidianas, que configuran la mejor representación –junto a la cúpula de San Antonio de la Florida de Madrid– de lo que hoy se da en llamar “religiosidad popular”, de la que Goya fue en su vida y en su obra, protagonista excepcional. Anteriormente, en 1772, el pintor aragonés había decorado, también con un mural, el techo del coreto situado frente a la Santa Capilla, en el que representó La adoración del nombre de Dios. Los hermanos Francisco, Ramón y Manuel Bayeu fueron los autores de las pinturas murales de las cúpulas, los plafones, los platillos y las pechinas de la primera mitad de las bóvedas, en la cabecera del templo. Bernardino Montañés realizó, en 1868, los bocetos preparatorios para la decoración de la cúpula central, que fueron llevados a ella por los pintores Lana, Abadías, Pescador y por el gran pintor zaragozano Marcelino de Unceta. Finalmente, a Ramón Stolz Viciano se deben los murales pintados en los paramentos interiores de las dos naves laterales a la altura del retablo mayor: El milagro de Calanda y La rendición de Granada; así mismo, entre 1950 y 1954, decoró la cúpula elíptica y el plafón de los dos últimos tramos de los pies de la nave central.
–La Santa Capilla. El 12-X-1765 quedó inaugurada la capilla Angélica o Santa Capilla de Nuestra Señora del Pilar, obra máxima del arquitecto madrileño Ventura Rodríguez, enviado especialmente por Fernando VI (1746-1759) para su realización. La Santa Capilla viene a ser un templo dentro de otro, y está construida con un auténtico alarde de pericia, inspiración y riqueza. Tiene forma de elipse y mide “109 pies de diámetro, 99 y medio desde el testero hasta la entrada, 686 de perímetro y 133 de elevación”. La solería es de mármol de Génova y jaspe. Sus 34 columnas y pilastras sostienen los cuatro cascarones de la cúpula oval, que no se cierra para poder contemplar la decoración pictórica de la cúpula del templo, situada encima de la capilla. Los zócalos son de jaspe; los pedestales, de mármol amarillo de la Puebla de Albortón (Zaragoza); los fustes, de jaspe de Tortosa (Tarragona), y las basas, de bronce. Son elementos sobresalientes de la decoración los doce medallones ovalados esculpidos en mármol de Carrara, situados en los entrepaños: ocho en el interior y cuatro en el exterior de la capilla. La capilla dispone, así mismo, de dieciséis puertas de madera de nogal, talladas por José Ramírez de Arellano. En el testero se sitúan los tres altares: el de la izquierda se halla presidido por el hermoso grupo escultórico tallado en mármol de Carrara por el escultor zaragozano José Ramírez de Arellano, que muestra a los convertidos por el apóstol Santiago (Torcuato, Atanasio, Teodoro, Eugrasio, Indalecio, Tesifonte y Esiquio), quienes rodean al apóstol, vestido con túnica de peregrino y conchas, que mira extasiado hacia la Virgen; en el centro, junto al altar, se alza otro imponente conjunto escultórico, también obra de Ramírez de Arellano, que representa la venida de la Virgen, quien, rodeada de ángeles, señala con su dedo índice el lugar donde debe colocarse la sagrada columna; a la derecha, se encuentra el camarín, en forma de nicho y recubierto de mármol de Thinos, tachonado de estrellas de oro y brillantes, en recuerdo de la noche de la venida. La imagen de la Virgen del Pilar con el Niño, se sitúa delante del fondo de mármol del camarín, sobre la sagrada columna, cubierta por un cilindro de hierro, que se halla a su vez revestido por un cilindro de plata tallada. Generalmente, la columna se adorna también con uno de los 390 mantos que posee la Virgen, algunos de ellos de excepcional belleza y de gran valor histórico y material. No obstante, lo que enaltece realmente este lugar sagrado es el hecho de cobijar la imagen de Nuestra Señora del Pilar y la columna traída por ella. Ello convierte a la Santa Capilla en el corazón del santuario del Pilar, que el papa Juan Pablo II (1978-) situó los santuarios marianos más importantes, junto a los de Lourdes, Fátima, Montserrat, Guadalupe y Czestochwa.
La imagen de la Virgen del Pilar es una pequeña escultura de 36 cm de altura, tallada en madera frutal –tilo o peral–. Dorada a fuego, incluso los cabellos de María, aparecen sin dorar las carnaciones, el rostro y las manos de la Virgen, así como la figura completa del Niño, que se muestra desnudo. Atribuida recientemente por Carmen Lacarra al escultor Juan de la Huerta, natural de Daroca (Zaragoza), la talla puede datarse entre 1435 y 1438 y pertenece al gótico tardío, de elegantes plegados y tendencias borgoñanas, que impusieron el canon de formas macizas y un tanto achatadas. Restaurada por el IRCBC en 1990, la imagen se encuentra ahora en el esplendor de su primitiva belleza. Está sujeta al pilar sobre el cual descansa, una columna de jaspe, lisa y sin molduras ni estrías, de 24 cm de diámetro y 1,7 m de alt. Llama poderosamente la atención el hecho de que, siendo la escultura del s. XV, no se guarde noticia alguna de la imagen a la que sustituyó –si es que la hubo–, prerrománica o románica, tan abundantes, por otra parte, en el antiguo reino de Aragón.
–Devoción y tradición. La devoción pilarista adquirió la profundidad y la universalidad que la caracterizan tras la construcción del actual templo del Pilar. Resulta significativa, en este sentido, la difusión de su culto en las repúblicas iberoamericanas, donde la toponimia ofrece más de un millar de nombres –iglesias, ermitas, capillas, ríos, ciudades y aldeas– que aluden a la que el papa Juan Pablo II ha llamado Madre de la Hispanidad. Además de lo sobrenatural y singular de su origen, han sido el sentimiento y el querer popular los que han hecho brotar esta devoción, que ha adquirido con el paso de los siglos mayor profundidad mariológica. Durante algún tiempo, la Basílica de Nuestra Señora del Pilar se quiso presentar como abanderado del nacionalcatolicismo que impregnaba la vida de la España del franquismo, pero la pervivencia y el crecimiento de la devoción pilarista al término de esa etapa histórica han venido a demostrar que ésta descansa en el pueblo, sin distinción de clases ni condiciones. La devoción pilarista tiene su máxima expresión en la multitudinaria ofrenda de flores a la Virgen que se realiza año tras año el 12 de octubre en la plaza del Pilar (en el año 2001 se ofrendaron 3.000.000 de claveles), y se manifiesta públicamente al día siguiente en el Rosario de Cristal. [E.To.A.]

TAUROMAQUIA

Ordóñez Araujo, Antonio. (Ronda, Málaga, 16-II-1932 – Sevilla, 19-XII-1998). Matador de toros. Hijo del matador de toros Cayetano Ordóñez Aguilera, el Niño de la Palma, ha sido reconocido como uno de los grandes maestros de la historia del toreo. Alternativa: Madrid, 28-VI-1951. Padrino: Julio Aparicio. Testigo: Miguel Báez, Litri. Toro: “Bravío”. Ganadería: Galache. Se vistió por primera vez de luces en la plaza de toros de Haro (La Rioja) el 29-VI-1948 y se presentó en Las Ventas de Madrid el 6-X-1949, junto a Calerito y Jerónimo Pimentel, al final de una temporada en la que toreó 65 novilladas. A partir de 1952 toreó también en América, pero sólo en la temporada española lidió 74 corridas, más que ningún otro torero, con las que pudo demostrar que a sus cualidades artísticas sumaba un poderío excepcional. A pesar de ello, en los dos años siguientes sufrió varias cogidas graves, como en Castellón de la Plana (Castellón) el 13-III-1955 de un toro de Miura. Interrumpió su carrera en 1955 para cumplir con el servicio militar y reapareció al año siguiente, triunfando en la feria de San Isidro de Madrid y vistiendo el traje de luces en 65 tardes, aunque, de nuevo, sufrió una cogida, esta vez en la corrida de la Beneficiencia para el Montepío de Toreros, el 21 de junio, en Madrid. Éxito y dolor se mezclaron de nuevo en las temporadas de 1958 –78 corridas en Europa; obtuvo un éxito memorable en la feria de San Isidro–, 1959 –52 corridas; fue cogido en Aranjuez (Madrid), Palma de Mallorca (Baleares) y Dax (Francia)–, 1960 –56 corridas; fueron especialmente clamorosos sus éxitos en Madrid (con un toro de Atanasio Fernández en San Isidro) y Bilbao (dos grandes faenas el 24 de agosto)– y 1961 –61 corridas; los triunfos de Pamplona durante los Sanfermines con un toro de Garci Grance y de Málaga el 4 de agosto frente a un toro del Conde de la Corte destacan sobremanera, aunque también en Málaga un toro de Pablo Romero le hirió nuevamente–. En 1962, después de que en Tijuana (México) un toro de La Lengua le diera una cornada por la que se tuvo que operar dos veces, toreó, en España, 52 corridas hasta que en septiembre, en Salamanca, un toro de Galache le infirió dos cornadas en el muslo derecho; en la plaza limeña de Acho (Perú) obtuvo el Escapulario de Oro del Señor de los Milagros por la faena realizada al toro “Anda Mucho” de Las Salinas, el 18 de noviembre, tras la que se cortó la coleta, habiendo intervenido en el mismo festejo Gregorio Sánchez, Curro Girón, Pepe Cáceres, José Martínez Limeño y Andrés Vázquez. Finalizó así su segunda etapa como matador. Su reaparición tuvo lugar el 26-III-1965 en Valencia (Venezuela), alternando con Jaime Ostos y Ramón Montero Maravilla; en España toreó 40 tardes, logrando en Madrid el galardón a la mejor faena y el de triunfador absoluto de la feria de San Isidro. Volvió a América a finales de año y recibió en Acho el trofeo del bicentenario de la plaza. En la temporada de 1966 se vistió de luces 45 tardes, aunque en una corrida celebrada en Málaga en abril, en la que cortó a dos toros del Marqués de Domecq las cuatro orejas y los dos rabos, sufrió también una cornada. En 1967 se erigió en el triunfador de la Feria de Abril de Sevilla y recibió el “Premio Oreja de Oro” instituido por el diario Sevilla, así como todos los galardones creados por la Real Maestranza de Sevilla, al mejor quite, a la mejor faena, etc.; así mismo, en Caracas (Venezuela), consiguió con un toro de Antonio Martín el trofeo “IV Centenario de la Fundación de la Ciudad”. En 1968, actuó en 70 corridas y, en Madrid, se le concedió de nuevo el trofeo a la mejor faena de San Isidro por su lidia a un astado del Marqués de Domecq, y se le proclamó por tercera vez triunfador absoluto de la feria; en San Sebastián, la “Concha de Oro” a la mejor faena realizada durante la Semana Grande. En 1969 una operación de tobillo le obligó a disminuir el número de actuaciones y el 12-VIII-1971 en San Sebastián se retiró después de estoquear a “Colombiano”, de la ganadería de Pablo Romero, en presencia de Paco Camino y Curro Rivera. En 1972 se le concedió la Cruz de la Beneficiencia. Pese a haberse retirado, desde 1972 hasta 1977 y, por última vez, en 1980 toréo la corrida goyesca de Ronda. Decidió volver a los ruedos en 1981, pero sólo toreó en Palma de Mallorca, el 16-VIII-1981, alternando con Joaquín Bernadó y Manolo Cortés, y el 17 de agosto en Ciudad Real, junto a José María Manzanares y Pedro Gutiérrez Moya, Niño de la Capea. Tras una nueva operación y la implantación de una prótesis, y ante la imposibilidad de regresar a los ruedos –aunque siempre mantuvo firme su intención de volver a torear–, tuvo que restringir su actividad taurina al cuidado de una empresa ganadera propia, al apoderamiento de toreros, a la organización de la anual corrida goyesca (en su honor se instituyó el trofeo “Antonio Ordóñez”, otorgado al triunfador de la misma) y, en los primeros años de la década de 1990, a preparar y dirigir la carrera taurina de su nieto Francisco Rivera Ordóñez. Torero artista y valiente, sus cualidades le convirtieron en torero que marca una época. Si por un lado su valor, que le hacía torear con absoluta entrega y olvido de su integridad física, fue una cualidad indispensable para realizar un toreo tan de verdad como el suyo, por otro no hizo de ese valor el objeto del asombro del público, sino –coincidiendo con el concepto que sobre el valor preconizaba Ernest Hemingway– la condición para poder realizar un toreo artístico sin verse mermado por ninguna aprensión; y así, en efecto, no fue un torero violento, sino buscador de la serenidad y la hondura, un torero de temple, poco amigo de los alardes pero poderoso y capaz de enfrentarse a cualquier toro; mayestáticamente clásico, elegante, brillante y limpio con el capote, suave y dominador con la muleta. A diferencia de su padre, no banderilleó. Su facilidad con la espada le llevó a abusar en ocasiones del recurso de matar al toro clavando el estoque en lo que se llamó “el rincón de Ordóñez”, muy poco ortodoxo pero efectivo. La rivalidad torera con su cuñado Luis Miguel Dominguín o, p. e. en la última corrida goyesca que toreó, con su yerno Francisco Rivera Paquirri se unió en su fama a la admiración que despertó entre intelectuales como el citado Hemingway, que le dedicó su obra The dangerous summer (Verano sangriento, 1960), Orson Welles, que pidió que sus cenizas reposaran en la finca rondeña del maestro, los poetas Gerardo Diego y José M.ª Pemán o el filósofo Fernando Savater. Recibió la Orden de Caballero de la Legión de Honor otorgada por el Gobierno francés (1995), la Medalla de Oro de las Bellas Artes (1997, la primera vez que se ha concedido a un torero) y la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo, entregada póstumamente el 12-III-1999.

 

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