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Premio del
Ministerio de Cultura A LA OBRA MEJOR
EDITADA en la modalidad de obras generales
y de divulgación
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ARQUEOLOGÍA
Necrópolis.
[Del gr. nekrós, ‘muerto’, y pólis,
‘ciudad’]. Conjunto de sepulturas de cierto carácter monumental,
que, como concepto arqueológico, presupone una pertenencia a
épocas prehistóricas, a alguno de los pueblos o civilizaciones
de la Antigüedad, a las grandes culturas americanas u
orientales, a la Edad Media europea o a los pueblos primitivos
africanos, asiáticos u oceánicos. Como término común, se utiliza
para designar cualquier cementerio de gran extensión en el que
abunden los monumentos fúnebres.
Empleado por primera vez entre los arqueólogos para designar
los sepulcros subterráneos de Alejandría (Egipto), el uso cada
vez más amplio del término corrió parejo al estudio de las
sepulturas en tanto que fuentes de documentación para el
conocimiento de los pueblos o civilizaciones, prehistóricos o
históricos. Constatada una amplia variedad de tipos de
necrópolis a lo largo de la historia de la humanidad –si bien
sólo se dispone de restos abundantes a partir del Neolítico, se
tiene constancia de que ya durante el Paleolítico se enterraba a
los muertos según sistemas o costumbres culturales
establecidos–, a menudo, y esencialmente por lo que al periodo
prehistórico se refiere, las culturas han podido ser definidas
gracias a las necrópolis descubiertas e incluso se les ha dado
nombre en función de ellas, como es el caso de la cultura
neolítica de los sepulcros de fosas, de la megalítica o de la de
los campos de urnas. Dada la importancia del estudio de las
necrópolis para el conocimiento de una cultura, se deben tener
en cuenta los ritos funerarios, reflejo de los cuales es, en
parte, el tipo de necrópolis. En ese sentido, uno de los
elementos más importantes y determinantes es la práctica de la
inhumación de los cadáveres o la de su incineración, por lo
común dominantes de forma única en una cultura: la primera, en
términos generales, se practicaba en los pueblos paleolíticos y
ribereños del Mediterráneo de las fases prehistóricas más
avanzadas; la segunda, en los pueblos indoeuropeos, en primer
lugar en tanto que pueblos nómadas –entre los cuales la
incineración era rito común, pues les permitía llevarse siempre
consigo los restos de sus antepasados–, y después, ya
sedentarios, recurriendo a las tumbas de incineración, esto es,
aquellas donde reposan las cenizas de los cuerpos previamente
incinerados de los fallecidos. Por lo que a Europa respecta, la
incineración se generalizó en gran parte del continente a
finales de la Edad del Bronce y principios de la Edad del
Hierro. En la Grecia prehelénica se practicaron indistintamente
la incineración y la inhumación, aunque a partir del s. VIII se
convirtió en norma la incineración. En Italia, donde también se
practicaba la incineración desde tiempos prehistóricos, los
romanos tuvieron como costumbre incinerar en la época primitiva
y durante la República, pero, por herencia etrusca, hicieron
suya también la práctica de la inhumación; desde principios del
s. II d.C., sin embargo, prevaleció de nuevo la incineración,
por lo que construyeron abundantes columbarios, monumentos
provistos de nichos en los que se colocaban urnas funerarias con
las cenizas de los difuntos. Por influencia de las religiones
orientales, este rito fue paulatinamente abandonado, hasta su
absoluta desaparición en el s. IV d.C. cuando la doctrina
cristiana de la resurrección de los cuerpos hizo necesaria la
inhumación de los cadáveres. En desuso, por consiguiente,
también los columbarios, las tumbas tardoantiguas y
altomedievales son todas de inhumación. Las costumbres, por otra
parte, han determinado también que, a lo largo de la historia,
se haya enterrado individualmente, por parejas, por familias
nucleares, por grupos o por clanes; así mismo, y antes del
triunfo del cristianismo, todos los pueblos creían que los
muertos debían tener a su alcance para la vida futura comida,
armas, un ajuar, etc., por lo que es habitual encontrar en las
excavaciones platos, jarros, instrumentos de defensa, joyas y,
en las correspondientes a civilizaciones clásicas, monedas y
lámparas. Todas las prácticas descritas se encuentran
ejemplificadas en yacimientos de la Península Ibérica, reflejo
de las sucesivas llegadas de pueblos y de las superposiciones
culturales resultantes. Al Neolítico Final y a la I Edad del
Bronce pertenecen los enterramientos colectivos, habituales en
tal periodo, que muestran las necrópolis megalíticas de
inhumación de Los Millares (Almería) y de los poblados sit. en
las provv. de Almería, Granada y Murcia pertenecientes a la
misma cultura (v. Millares, Cultura de los -). Frente a ello,
durante la Edad del Bronce antigua y plena, enterramientos como
los de la Cultura de El Argar (v. Argar, El -) son muestras de
inhumación individual, en urnas (phitoi) o grandes
tinajas, cistas de piedra, fosas o covachas, con el cadáver
colocado en posición fetal. El cambio radical lo representa la
aparición de la incineración, durante el Bronce Final europeo,
con la Cultura de los campos de urnas (v.), que supone la
sustitución de los grandes conjuntos tumulares por vastas
necrópolis de incineración; extendida tal cultura en la
Península Ibérica, sobre todo por Cataluña, el valle del Ebro y
el N. de la Comunidad Valenciana, su influencia llegó,
seguramente, hasta la Meseta, Andalucía y Portugal, y evolucionó
a partir del s. VIII a.C. y el inicio de la Edad del Hierro con
grandes diferencias locales a las que no fueron ajenos los
primeros colonizadores que alcanzaron las costas del
Mediterráneo peninsular, los fenicios. Las tumbas fenicias y
púnicas ejemplifican el cruce de costumbres: las necrópolis de
Málaga (v. fenicios), entre las que destaca especialmente la de
Sexi (la más antigua), son necrópolis de incineración
constituidas por tumbas excavadas, p. e. en forma de pozo, en
las que se guardaban las urnas; la necrópolis púnica del Puig
des Molins (Ibiza, Baleares) está formada por hipogeos o
sepulcros subterráneos de inhumación donde se encuentran
sarcófagos antropomorfos, al igual que en Cádiz. Los celtas,
celtíberos e iberos practicaron todos ellos la incineración,
unas veces enterrando las urnas cinerarias –acompañadas en
general por ajuares– en hoyos y fosas, otras protegiéndolas con
una losa flanqueada por piedras o losas más pequeñas, y otras
con construcciones cuadradas de piedra en las que se forma un
túmulo artificial; las necrópolis celtíberas de Luzaga o de
Aguilar de Anguita (Guadalajara) están constituidas por
numerosas urnas que forman calles de estelas, y las ibéricas de
Tutugi (Galera, Granada) y Tugia (Toya, Jaén)
presentan cámaras hipogeicas, a veces con túmulo. En cuanto a
las necrópolis romanas, demuestran éstas no sólo la variedad de
costumbres antes expuesta, sino una sofisticación mayor en
función de la clase social por lo que al tratamiento mortuorio
se refiere; en consecuencia, los sepulcros modestos corresponden
a columbarios o, si se trata de sepulcros de inhumación, a fosas
cubiertas con losas y tejas a dos vertientes, acompañadas de una
estela de inscripción, mientras que los más sofisticados son
mausoleos en forma de torre (posiblemente de origen fenicio) o
de templo (griego). Así pues, además de hipogeos como los
aparecidos en Baena (Córdoba), Osuna y Carmona (Sevilla;
necrópolis de enorme extensión esta última, con más de
doscientas tumbas subterráneas y predominio de la incineración),
de contrucciones rectangulares y abovedadas, a veces bajo
tierra, como las halladas en Mérida, de necrópolis de
incineración como la de Baelo Claudia (Bolonia, Cádiz) o
de columbarios como los de Mérida, desde un punto de vista
constructivo destacan sobremanera los mausoleos en forma de
torre, como la llamada “de los Escipiones” (Tarragona) o las de
Zalamea de la Serena (Badajoz) y Villajoyosa (Alicante), en
forma de templo, como el sepulcro de Fabara (Zaragoza), o de un
tipo particular como es el de los Atilios en Sádaba (Zaragoza).
Las necrópolis cristianas aparecen por primera vez en el s. III,
en León y Tarragona, predominando los enterramientos humildes,
en fosa bajo tégulas y losas o en sarcófagos y ánforas; son
frecuentes las criptas abovedas, pero no se han descubierto
catacumbas. En época visigoda pervivían los ritos tardorromanos
de inhumación, como muestran las necrópolis excavadas en el
levante peninsular (Gaià de Pego, Sollana, Cocentaina y
Montserrat, todas ellas en Valencia), con sus fosas
rectangulares o ligeramente trapezoidales, a veces con las
paredes recubiertas con lajas de piedra y tapadas por losas
grandes, cubierto todo ello por tierra; pero también se
implantaron ritos visigodos, como la inhumación en cajas de
madera, halladas en necrópolis excavadas entre el Ebro y el Tajo
(Castiltierra y Duratón, en Segovia; Suellacabras y Deza, en
Soria; Daganzo de Arriba, en Madrid; o Herrera de Pisuerga, en
Palencia). A las necropólis medievales posteriores las
caracteriza también la escasez y pobreza de sus materiales: son
una excepción, debido a las estrictas normas cristianas, los
enterramientos con ajuar, y están formadas por tumbas de lajas o
de losas o por tumbas excavadas en rocas, que oscilan desde las
denominadas “de bañera” a las antropoides con ensanchamiento en
la parte de los hombros, como se puede ver en la gran necrópolis
de Murillo de Gállego (Zaragoza). La modalidad de los
enterramientos en sarcófago, existente pero muy restringida,
parecía reservada a los miembros de la nobleza y el alto clero.
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ARTE
Modernismo. El modernismo es
una actitud ante el arte y la vida que determina la sensibilidad
estética en los años que marcan el paso entre los ss. XIX y XX.
No se trata de un estilo, artístico o arquitectónico, en sentido
estricto, caracterizado por utilizar esquemas formales
similares; los años en que se desarrolla fueron años marcados
por una crisis conceptual y moral que, en el campo estético, se
tradujo en la defensa a ultranza de la libertad en la creación
artística, un afán de libertad que llevó, en primera instancia,
a abandonar los modelos que se habían formulado en la historia
del arte y de la arquitectura desde el Renacimiento y que habían
desembocado, tras una continua evolución, en el eclecticismo del
s. XIX. A la revisión de los lenguajes históricos, el
neorrománico, el neogótico, el neorrenacimiento o el neobarroco,
se añadieron los modelos procedentes de la cultura oriental o
influidos directamente en la naturaleza, dando lugar a una
pluralidad de lenguajes que se justificaban por su afirmación
indiscutible hacia la libertad de creación. A partir de 1900,
finalmente, se difundió por Europa y América el último de los
grandes estilos, el Art Nouveau, que implicaba la definitiva
eliminación de los estilos históricos y la paulatina
introducción de formas abstractas, especialmente el popular
coup-de-fouet. En este contexto, amplio pero a la vez confuso,
se sitúa el arte y la arquitectura modernista. El término
“modernismo” fue utilizado por primera vez en 1893 por Rubén
Darío para calificar a la literatura, equiparándolo al concepto
de “modernidad”; dos años más tarde, el propio autor
nicaragüense lo asociaba al grupo de escritores del que él mismo
formaba parte (M. Enríquez Ureña, Breve historia del modernismo,
1954). En el ámbito catalán, el término se impuso en la
celebración de las Festes Modernistes del Cau Ferrat en Sitges
(Barcelona), entre 1892 y 1899, de la mano de Santiago Rusiñol,
quien, como Ramon Casas, se considera por estos años pintor
“modernista”. A principios del s. XX, sin embargo, el término
“modernismo” había sufrido una total descalificación y se
asociaba a las actitudes bohemias y decadentistas a las que
habían sido tan proclives los artistas modernistas o incluso al
movimiento religioso que se conoció con el mismo nombre. Desde
luego, no tenía entonces, ni mucho menos, la amplia aceptación
que tiene actualmente; arquitectos como Gaudí, Domènech i
Montaner o Puig i Cadafalch nunca se hubieran considerado
arquitectos modernistas. El primero en utilizar el calificativo
“modernista” como versión española de Art Nouveau fue un
estudioso de Gaudí, J.F. Ràfols, en El arte modernista en
Barcelona (1943); desde la publicación de El arte modernista
catalán, de Alexandre Cirici (1951), puede considerarse un
término asumido por la historiografía. En el ámbito de la
crítica literaria, se ha generado un debate paralelo sobre la
conceptualización del modernismo, que intenta precisar las
identidades entre éste y la llamada Generación del 98. El debate
sobre los límites entre ambos movimientos implica también el
análisis de las artes plásticas y de la arquitectura, dado que
muchos de los componentes que se han considerado ejemplares de
la estética noventayochista –p. e., el regeneracionismo– se
evidencian también en el ámbito de las artes del fin de siglo.
Siguiendo este discurso, han proliferado en los últimos años del
s. XX libros y exposiciones sobre la “estética del 98”, que se
iniciaron con el ya mítico artículo de Enrique Lafuente Ferrari,
“Pintura española y Generación del 98” (Arbor, núm. 36, 1948), y
que ha culminado en la gran exposición La mirada del 98 (Madrid,
1998), organizada como conmemoración del centenario de las
efemérides de 1898. Teniendo presentes estas circunstancias, y
siguiendo la línea crítica de Rafael Ferreres (Los límites del
modernismo y de la Generación del 98, 1964), el modernismo se
define como un amplio concepto de época, que puede ser aplicado
tanto a la literatura como a la arquitectura y a las artes
plásticas o decorativas. Acomodar el repertorio visual a unos
conceptos elaborados por la crítica literaria no es tarea fácil,
pero no se puede negar que las artes del modernismo (o del 98)
se caracterizaron, precisamente, por la voluntad explícita de
sincronizar todas las artes. En cualquier caso, la arquitectura
y las artes aplicadas y decorativas, por un lado, y las artes
plásticas, por otro, deben tratarse separadamente. El sentido de
la producción es muy distinto en uno y otro caso: la práctica de
la arquitectura era dependiente tanto de las nuevas tecnologías
de la construcción como de la producción en serie de las
industrias subsidiarias; las artes plásticas, en cambio, se
relacionaban más con las grandes cuestiones intelectuales del
momento. Por otra parte, las artes aplicadas y decorativas están
sujetas, en un grado muy elevado, a los gustos y modelos que se
imponen en la arquitectura (no debe olvidarse que, desde
mediados del s. XIX y por influencia de John Ruskin, dominaba en
Europa la teoría según la cual había que tender hacia la unidad
de todas las artes bajo la primacía de la arquitectura). Además,
el enorme prestigio que alcanza la arquitectura en una época en
la que se sistematizaban los contenidos profesionales llevó a
estos nuevos técnicos a tener un papel dirigente en el diseño de
las artes aplicadas y también en la concepción de los interiores
de las viviendas o edificios públicos. –El modernismo en la
arquitectura y las artes aplicadas. La primera cuestión que
habría que clarificar respecto a la arquitectura y a las artes
aplicadas del modernismo, tanto en España como en el resto del
mundo occidental es que, a pesar de su espectacularidad, se
trataba de un movimiento de carácter minoritario. El gran estilo
del momento fue el ecleticismo, que aportaba una gran capacidad
para asumir los nuevos avances técnicos y adaptarse a las
necesidades de la nueva sociedad burguesa. Sólo desde la
evolución de la crítica a lo largo del s. XX, se ha primado la
“originalidad” del modernismo frente a la “convencionalidad” que
aportaba el eclecticismo. Pero ambas actitudes, la ecléctica y
la modernista o Art Nouveau, convivían en aquellos años y muchas
veces los mismos arquitectos alternaban o combinaban ambos
estilos. En España, el eclecticismo se refuerza, además, con la
formulación del movimiento regionalista (un concepto que se
puede aplicar a la pintura, a la escultura o a la arquitectura),
que seleccionaba, entre los estilos del pasado, los trazos que
podían considerarse genuinamente españoles. Pero el modernismo
–excepto en Cataluña, donde desde fecha muy temprana se
consideró como un estilo propio o “nacional”– fue un lenguaje
cosmopolita que se sobreponía a las realizaciones eclécticas y
regionalistas, dentro de una amplia consideración ecléctica de
la arquitectura, de manera que cada función social podía
justificarse con un estilo arquitectónico propio. En este
contexto, el modernismo fue el lenguaje idóneo para edificios
comerciales, de ocio, de vacaciones o de toda actividad a la que
quisiera dar un sentido festivo y, sobre todo, cosmopolita. Las
dos escuelas de arquitectura existentes entonces en España
tuvieron un papel muy destacado en la formación de los
arquitectos y, de alguna manera, divulgaron dos maneras
distintas de entender el fenómeno modernista: por un lado, la
más antigua escuela de Madrid, desde la que sus profesores
impulsaban el modernismo o Art Nouveau como un eclecticismo más;
por otro, la escuela de Barcelona, que divulgó específicamente
lo que se conoce como “modernismo catalán”. Los ámbitos de
influencia de ambas escuelas determinaron la dispersión
geográfica del modernismo en España: si los modelos de la
escuela de Madrid se reflejaban en la mayoría de regiones
peninsulares, la influencia de Barcelona se hacía notar en la
cuenca mediterránea (Baleares, Valencia, Murcia, etc.), hasta
una interesante inclusión en Melilla. La arquitectura
modernista catalana es, sin duda, la que ofrece mayor
originalidad, originalidad que deriva de la renovada visión del
eclecticismo que tuvo en sus primeros momentos, definidos como
“primer modernismo”. Dos jóvenes profesores asociados de la
Escuela de Arquitectura, Lluís Domènech i Montaner (1850-1923) i
Josep Vilaseca (1848-1910), se pronunciaban en la década de 1880
por un nuevo eclecticismo frente a la arquitectura de signo
romántico y arqueologista. Proponían seguir el modelo de la
arquitectura centroeuropea de Shinckel a Semper como complemento
a la indiscutible autoridad de Viollet-le-Duc. El resultado de
esta síntesis fue la elaboración de un nuevo eclecticismo,
basado en la libertad absoluta de modelos, que potenció la
enorme creatividad de la década de 1890. Por otro lado, el
nacionalismo creciente propugnaba la permanencia de un lenguaje
tardo-gótico con el objetivo de recuperar los modelos
autóctonos; esta mentalidad es especialmente importante en las
artes aplicadas, que se vuelcan hacia la recuperación de los
antiguos oficios artesanales. Se trata de una última revisión
del gótico, muy alejada del neogótico de signo arqueológico que
había caracterizado la arquitectura romántica. Todos los
arquitectos del momento sintieron la fascinación por el arte
gótico: Antoni Gaudí (1852-1926) lo evidenciaba en el ábside de
la Sagrada Familia o en el Palau Güell (1885-1889), Puig i
Cadafalch realizaba entonces la Casa Ametller (1898-1900) y en
la misma línea trabajaban Antoni M.ª Gallissà (1861-1903),
Doménech i Montaner en el cementerio de Comillas (1893) y el
resto de los arquitectos. La aceptación que este gusto
medievalista y arcaico tuvo entre la sociedad catalana es la
clave para entender la evolución del modernismo catalán, que no
renunció nunca al mantenimiento de un lenguaje autóctono, junto
a una importante dosis de creatividad que, con la utilización de
las modernas técnicas y materiales –tanto en la arquitectura
como en las industrias de artes aplicadas–, dotaban a la
arquitectura de una imagen de modernidad. El modernismo catalán
alcanzó su madurez en la primera década del s. XX, con la
introducción del Art Nouveau europeo. Arquitectos como Enric
Sagnier (1858-1931) utilizaron el lenguaje Art Nouveau como un
eclecticismo más; otros, entre ellos Gaudí, se orientaron hacia
la elaboración de un estilo plenamente original. Gaudí abandonó
los estilos medievalistas a partir de la Casa Calvet
(1898-1900), avanzando hacia una línea abstracta plenamente
original, obsesionado, por una parte, por la búsqueda de un
lenguaje simbólico de la arquitectura y, por otra, por los
problemas técnicos de la resistencia de materiales y los nuevos
de métodos de proyección, que concretó en el estudio de las
estructuras por el cálculo funicular. Gaudí ejerció una gran
influencia en arquitectos como Joan Rubió i Bellver (1871-1952),
Josep M.ª Jujol (1879-1949), Francesc Berenguer (1866-1914),
Lluís Muncunill (1868-1931) o Salvador Valeri (1873-1954). Un
camino distinto era el emprendido por Rafael Masó (1881-1935),
que desarrolló en la prov. de Girona, una serie de edificios
inspirados en la Secesión vienesa, que presentaba como
alternativa a un modernismo más convencional. En esta etapa,
Puig i Cadafalch se mantuvo siempre fiel al discurso
historicista iniciado en la década de 1890, mientras Doménech i
Montaner elaboraba su lenguaje más maduro, una revisión
totalmente original a partir de la naturaleza, con un profundo
conocimiento de los nuevos materiales y procedimientos técnicos.
A partir de 1905 trabajaba en sus obras más emblemáticas, el
Palau de la Música Catalana y el Hospital de Sant Pau. En la
isla de Mallorca puede reseñarse la presencia de obras muy
representativas de los principales arquitectos catalanes: el
Gran Hotel de Palma de Mallorca (1901-1903), de Domènech i
Montaner; la intervención de Gaudí en la catedral (1904-1914), o
las múltiples intervenciones de Rubió i Bellver en Sóller, Palma
de Mallorca y el monasterio de Lluch. Entre los arquitectos
locales destaca la personalidad de Gaspar Bennazar (1869-1933)
que, por la utilización del hierro fundido y racionalidad de la
ornamentación, hace pensar en Domènech i Montaner (Caja de
Ahorros y Monte de Piedad de Baleares, Palma de Mallorca,
1904-1906). Puede citarse también la obra de Francesc Roca
(1874-1940), autor de la Casa Casassayas (1908-1910), que
terminó Guillem Reynés (1877-1918), también en Palma de
Mallorca. En el resto del área mediterránea destaca el caso de
la c. de Valencia, que desarrolló una original versión de la
Secesión vienesa, con la producción de Vicente Ferrer
(1874-1960) y Javier Goerlich Lleó (1886-1972), pero, sobre
todo, con Demetri Ribes (1875-1921), autor de la Estación del
Norte (1906). La obra de Ribes se aproxima ya al lenguaje
racionalista; debe reconocerse, además, su labor como
introductor de una técnica poco utilizada en la España del
momento, el cemento armado, que aunó con un renovado interés por
las artes aplicadas. Otros enclaves modernistas de la Comunidad
Valenciana son Alcoy y Novelda (Alicante), especialmente esta
última c., donde coincidió la modernidad de unos propietarios
con la calidad de un arquitecto Pedro Cerdán Martínez
(1863-1947), alumno de la Escuela de Arquitectura de Madrid,
quien, no obstante, utilizaba el modernismo como una posibilidad
dentro de un amplio repertorio ecléctico. Finalmente, Cartagena
(Murcia), convertida en un centro comercial de primer orden, con
una burguesía enriquecida a partir de la explotación minera,
acogió la obra de Víctor Beltrí Roquetas. La presencia de un
arquitecto catalán en Melilla marcó una tardía muestra de la
arquitectura nacida en la escuela de Barcelona. En la
Escuela de Arquitectura de Madrid se recibía la influencia del
modernismo desde una perspectiva más internacionalista. Puede
apuntarse la presencia de un primer episodio modernista en el
palacio urbano (hoy sede de la Sociedad General de Autores) que
el banquero Javier González Longoria había encargado en 1902 a
José Grases Riera, quien combinaba la calidad del diseño con el
empleo del hierro en sus estructuras. Pero la asimilación del
estilo se debe, sobre todo, a la resonancia que obtuvo el
concurso internacional organizado para la construcción de la
nueva sede del Casino de Madrid (1903) y la celebración de VI
Congreso Internacional de Arquitectos al año siguiente. En
realidad, el modernismo se impuso a partir de 1911 como “estilo
francés moderno” para diferenciarse del estilo “segundo imperio”
en la residencia burguesa plurifamiliar. Ese mismo espíritu es
el que inspiró el modernismo en la mayoría de capitales de
Castilla, como Valladolid, Salamanca o Burgos. Un proceso
similar puede apreciarse en la c. de Zaragoza; la gran
exposición hispano-francesa de 1908 daba a conocer el estilo que
iba a ser utilizado como un eclecticismo más por los
arquitectos, entre los que destacó Ricardo Magdalena
(1849-1910). En toda la cornisa N. de la Península, en A Coruña,
Bilbao o San Sebastián, el modernismo fue un estilo de moda,
moderno y cosmopolita, ideal para la llamada “arquitectura del
ocio”, que comprende desde las residencias de veraneo hasta una
elaborada arquitectura festiva de quioscos, casas de baño,
pasarelas, pequeños cines o teatros, de los que,
lamentablemente, una gran parte han desaparecido; al mismo
tiempo se convirtió en un estilo diferencial en algunas ciudades
industriales, como Vigo (Pontevedra) o Gijón (Asturias).
Destaca, por su originalidad, la arquitectura gallega, que
adaptó las formas sinuosas del modernismo a su propia tradición
constructiva: en Vigo, con el uso masivo en las fachadas del
granito local; en A Coruña y El Ferrol, con la adaptación de las
galerías exteriores decimonónicas, que lograron en estos años
sus más bellos diseños. Entre los arquitectos, puede citarse a:
Julio Galán Carvajal (1875-1939), activo en A Coruña y que se
trasladó a Oviedo en 1912; Benito Gómez Román (1968-1908), en
Vigo; y Rodolfo Ucha Piñeiro (1882-1973), en El Ferrol. Julio
Galán, instalado en Oviedo, dejó en el barrio de Uría diseños de
gusto modernista que se fueron depurando con el paso del tiempo.
En las regiones del N., el modernismo se convirtió en un estilo
cosmopolita, a pesar de que en Asturias no tuvo la incidencia
del movimiento regionalista, ni en el País Vasco, la del
denominado “estilo inglés”. Un fenómeno similar puede apreciarse
en las provincias del S., donde la pujanza del regionalismo
diluyó las intervenciones modernistas o Art Nouveau. Cádiz, la
c. cosmopolita por excelencia, generó numerosas muestras
modernistas en comercios y establecimientos de toda índole,
muchas veces siguiendo modelos británicos. Estos mismos
esquemas, justificados por las relaciones comerciales entre
España y la Gran Bretaña, explican la tímida introducción de la
arquitectura modernista tanto en Jerez de la Frontera (Cádiz)
como en el conjunto de las islas Canarias. –El modernismo en
las artes plásticas. La consideración del fenómeno modernista en
las artes plásticas es bastante ambigua, pues “modernismo” se
asociaba a “modernidad”, lo que llevó a calificar como
“modernista” un tipo de producción que, en realidad, habría que
definir como “impresionista”. Los primeros artistas en adoptar
los cambios temáticos y técnicos que representaba el
impresionismo fueron Adolfo Guiard (1860-1916) en el País Vasco,
y Ramon Casas y Santiago Rusiñol en Cataluña: Guiard se
convirtió en el primer pintor español moderno al regresar de su
larga estancia en París, en 1886; por su parte, Casas y Rusiñol,
en una exposición conjunta realizada en la Sala Parés de
Barcelona en octubre de 1890, presentaron una serie de pinturas
trabajadas también en París, que revolucionaron a la sociedad
catalana. En las artes plásticas, sin embargo, sólo pueden
considerarse modernistas en sentido estricto las obras que
temáticamente responden al gusto simbolista. El simbolismo como
lenguaje estético se fraguó lentamente desde el romanticismo y
culminó en pluralidad de opciones plásticas que defendían los
contenidos significativos de la obra de arte. Pero la compleja
evolución de los movimientos de carácter simbolista que tuvieron
lugar en Europa a lo largo de medio siglo (prerrafaelismo,
parnasianismo, estetecismo o decadentismo) se asimilaron en
España de forma globalizada en la última década del s. XIX. La
III Festa Modernista, organizada por Santiago Rusiñol en su
reducto del Cau Ferrat de Sitges (Barcelona), cuyo acto central
fue un certamen literario, es considerada por la historiografía
como la primera manifestación simbolista documentada en España.
Paralelamente, la pintura de Rusiñol evolucionaba: primero se
fascinó por los primitivos italianos; más tarde descubrió la
pintura de El Greco y de Puvis de Chavannes, elaborando obras de
un decadentismo evidente, como La morfinómana (1894, Museo del
Cau Ferrat, Sitges). Las posiciones más esteticistas eran
defendidas por Alexandre de Riquer (1856-1920), buen conocedor
del arte japonés, que había viajado a Inglaterra en 1894. En
Madrid, desde 1903, en las tertulias organizadas en el Café
Levante, promovidas por Ricardo Baroja y Ramón del Valle Inclán,
se imponían dos líneas estéticas: por un lado, la tendencia
vanguardista de tipo expresionista, representada por Gutiérrez
Solana y Ricardo Baroja; por otro, la doctrina simbolista que
defendía Valle Inclán, que se concretó en la producción de
Anselmo Miguel Nieto (1881-1964) y Julio Romero de Torres
(1874-1930). Julio Romero de Torres alcanzó su plena madurez
artística a la vuelta de un viaje a Italia en 1907, después del
que trabajó en obras tan representativas dentro del simbolismo
español como La Musa Gitana (1908, Museo de Arte Contemporáneo,
Sevilla) o Nuestra Señora de Andalucía (1908, Museo Julio Romero
de Torres, Córdoba). El pintor francés Puvis de Chavannes,
convertido en mito entre los artistas de fin de siglo, determinó
un gran auge de la pintura mural; sólo ésta podía alcanzar los
valores simbólico-decorativos, por la conjunción de adecuar una
temática al gran escenario en que se convertía la arquitectura,
la mayor de las artes, que debía integrar tanto las artes
plásticas como las decorativas. Las grandes construcciones de la
época iban acompañadas de grandes composiciones murales, como el
conjunto del salón principal del Casino de Madrid, obra de
Emilio Sala (1850-1910), que completó su discípulo Cecilio Pla
(1860-1934), o los óleos del Círculo de la Amistad (1905) de
Julio Romero de Torres. Como ejemplo tardío puede señalarse la
obra de José M.ª Sert (1874-1945), que elaboró un estilo
personal recogiendo la tradición de la gran pintura barroca.
Otros artistas adaptaron la temática del simbolismo como un
estilo más, al considerarlo acorde con el espíritu de crisis que
caracterizaba el fin de siglo. Es el caso, p. e., de Eduardo
Chicharro (1873-1949), autor de un espléndido retablo titulado
El poema de Arminda y Reinaldo (1904, Museo de Jaén, depósito
del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía); el pintor
zaragozano Francisco Marín Bagüés (1879-1961), con su Santa
Isabel de Portugal (1910, Diputación Provincial de Zaragoza); el
asturiano José Ramón Zaragoza (1874-1947) o el artista sevillano
Virgilio Mattoni (1842-1923). No podemos dejar de señalar la
importancia de la escultura en los años del simbolismo, en gran
parte como consecuencia del enorme prestigio alcanzado por el
gran renovador de la escultura contemporánea, Auguste Rodin. El
escultor catalán Josep Llimona (1864-1934), ya en la década de
1890, abandonó el realismo costumbrista en obras como Modèstia
(1891, con múltiples versiones en bronce y yeso), culminó su
trayectoria en obras como Desconsol (1907, versión en mármol,
Barcelona, Museu Nacional d’Art de Catalunya). Puede citarse,
así mismo, a los también escultores catalanes Enric Clarasó
(1857-1941) o Miquel Blay (1866-1938), sin olvidar aquellos que
se especializaron en escultura aplicada o decorativa, que, como
en el caso de la pintura mural, se supeditaba a la arquitectura
en aras de alcanzar la obra de arte total; así, Eusebi Arnau
(1863-1933) en Cataluña o Manuel Garnelo y Alda (1878-¿?) en
Andalucía. Destacan, además, algunos escultores simbolistas que
consiguieron llevar la expresividad de sus formas a un estilo
muy próximo a la vanguardia; éste es el caso, p. e., de los
escultores vascos Paco Durrio (1868-1940) o Nemesio Mogrovejo
(1875-1910) o del mismo Pablo Gargallo (1881-1934). La pintura
simbolista española, finalmente, destaca por la presencia de un
último y tardío episodio del arte modernista-simbolista. Se
trata de la producción del pintor canario Néstor Martín
Fernández de la Torre (1887-1938), autor del espléndido Poema de
los elementos, que debía convertirse en un gran poema visual de
la Naturaleza del que llegó a componer el Poema del Agua o Poema
del Atlántico (1913-1923, Museo Néstor, Las Palmas de Gran
Canaria) y el Poema de la Tierra (1927-1938), a los que debían
seguir el Poema del Aire y el Poema del Fuego. [M.F.S.]
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CIENCIA-TÉCNICA
Ochoa de Albornoz, Severo.
(Luarca, Valdés, Asturias, 24-IX-1905 – Madrid, 1-XI-1993).
Médico y bioquímico. Cursó el bachillerato en el Instituto de
Málaga, donde la influencia de un joven profesor de química,
Eduardo García Rodeja, le atrajo hacia las ciencias naturales.
Durante un tiempo había pensado estudiar ingeniería, pero su
escasa disposición para las matemáticas y su creciente interés
por la biología, le hicieron desistir en su primer empeño. En
1923 se matriculó en la Facultad de Medicina de la Universidad
de Madrid; aunque nunca tuvo el propósito de dedicarse a la
práctica médica, ésta era la carrera que en aquel momento
proporcionaba el mejor acceso al estudio de la biología. La
lectura del libro de Santiago Ramón y Cajal Reglas y consejos
sobre la investigación científica estimuló su fervor por la
ciencia. “No puedo describir lo decepcionado y triste que me
sentí –escribió Ochoa– cuando me di cuenta que el septuagenario
Cajal se había retirado de su cátedra”. Sin embargo, tuvo la
fortuna de que uno de sus discípulos, Francisco Tello, profesor
de patología, motivase la decisión de dedicar su vida a la
investigación biológica de modo irrevocable. En el segundo curso
de la carrera, Ochoa entró en el ámbito del joven y brillante
profesor Juan Negrín, formado con el fisiólogo Ewald Hering en
la Universidad de Leipzig. Negrín regía la cátedra de Fisiología
de la Facultad de Medicina con fascinantes perspectivas debido a
su renovadora visión del mundo de la ciencia moderna. No
disponía entonces la facultad más que de un laboratorio
destinado a prácticas; Negrín ofreció a Ochoa la posibilidad de
trabajar por las tardes en la Residencia de Estudiantes, donde
la Junta para Ampliación de Estudios había instalado
laboratorios de investigación, dirigidos por los profesores
Negrín, (fisiología), Pío del Río Hortega (neurohistología),
Calandre (cardiología) y Paulino Suárez (microbiología). El
primer trabajo científico de Ochoa, realizado en colaboración
con su compañero García Valdecasas, versó sobre un micrométodo
para la determinación de la creatinina. En 1927, Ochoa publica
con José Hernández Guerra, profesor ayudante de Negrín, un
manual destinado a los estudiantes titulado Elementos de
Bioquímica. En 1928 concluye sus estudios de Licenciatura y un
año después obtiene el doctorado en Medicina cum laude, con una
tesis sobre Los hidratos de carbono en los fenómenos químicos y
energéticos de la contracción muscular. En su última etapa de
estudiante de Medicina había pasado un verano en el laboratorio
del profesor Nöel Paton, en Glasgow (Escocia), donde investigó
una actividad biológica de los cuerpos guanidínicos, cuyos
resultados fueron publicados en los Proceeding de la Real
Sociedad de Londres. Atraído por el trabajo de Otto Meyerhof,
“Premio Nobel” en 1922, acerca de la química de la contracción
muscular, Ochoa trabajó en su laboratorio de biología del Kaiser
Wilhelm Institute, en Berlín y, posteriormente, en el de
Heidelberg (“Meyerhof fue el maestro que contribuyó a mi
formación e influyó en la formación ulterior de mi vida de modo
más decisivo”). Ochoa convive entonces con grandes bioquímicos,
como Fritz Lipmannn, David Nachmansohn, Hans A. Krebs, Rudolph
Schönheimer, Ernst Chain, Karl Meyer y Otto Warburg. En 1932 se
traslada al laboratorio del bioquímico Harold W. Dudley, en el
National Institute for Medical Research de Londres, donde
trabaja con su primer enzima, la glioxalasa. De regreso a
España, es nombrado profesor auxiliar de fisiología en la
cátedra de Negrín y, posteriormente, jefe del Departamento de
Fisiología del Instituto de Investigaciones Médicas, creado en
la nueva Facultad de Medicina de la Ciudad Universitaria por el
profesor Carlos Jiménez Díaz. La Guerra Civil (1936-1939)
impulsó a Ochoa a continuar su labor de investigación fuera de
España. Empieza entonces su peregrinación por una Europa en
guerra, no como exiliado político, sino como exiliado
científico. Es reclamado por su maestro Meyerhof y pasa una
temporada en Heidelberg, cuyo laboratorio de fisiología se había
transformado en laboratorio de bioquímica. Ochoa termina su
trabajo de la glicólisis en el corazón, aísla ADN puro de
músculo esquelético, y realiza algunos estudios de la
transfosforilación en extractos musculares, en colaboración con
Olhmeyer. El hecho de que Meyerhof fuese judío le obligaba en
aquellos primeros momentos de la II Guerra Mundial (1939-1945) a
trasladarse a Estados Unidos. Antes de marchar, consigue a
través de su amigo A.V. Hill –con quien había compartido el
“Premio Nobel”– una beca para que Ochoa trabajara en el
Laboratorio de Biología Marina en Plymouth, en Inglaterra. En
esta nueva etapa realiza estudios de las reacciones de
transfosforilación y de la distribución de ADN en el músculo de
invertebrados, en los que es ayudado por Carmen, su mujer, con
la que publica un trabajo en la revista Nature. Antes de expirar
la beca, el doctor W.R.C. Atkins le proporciona un puesto
excelente en el laboratorio del profesor Rudolph A. Peters, en
Oxford. De esta época datan ciertos trabajos de extraordinario
interés a través de los cuales Ochoa establece un método de
valoración separado de la vitamina B1 y la cocarboxilasa, y
demuestra la existencia de un sistema enzimático capaz de llevar
a cabo la fosforilación de la vitamina B1. También el período de
trabajo en Oxford fue interrumpido por la II Guerra Mundial,
desde que el Departamento de Bioquímica fue utilizado para
trabajos relacionados con el conflicto bélico; Ochoa, como
extranjero, consideró que tenía que permanecer al margen:
“Comencé a sentirme aislado y solo y empecé a pensar en irme”.
Tenía interés en trabajar con el matrimonio Carl y Gerty Cori
–que años después obtendrían el “Premio Nobel”– en la Escuela
Universitaria de Medicina Washington, de San Luis (Missouri), en
cuyo laboratorio se desarrollaba el estudio de las enzimas, y
donde el trabajo sobre la fosforilasa estaba en pleno apogeo.
Ochoa adquirió entonces una valiosa experiencia en las técnicas
de aislamiento y caracterización de esteres fosfóricos y otros
metabolitos relacionados y, sobre todo, se familiarizó con algo
que en el futuro le iba a resultar muy útil: el aislamiento y la
caracterización de enzimas. En 1942 se traslada al New York
University College of Medicina, donde ocupó los cargos de
investigador asociado en el Departamento de Medicina y,
sucesivamente, de profesor asistente de bioquímica, profesor y
director del Departamento de Farmacología y, desde 1954,
profesor y director del Departamento de Bioquímica. En estos
años, el grupo de Ochoa estuvo formado por jóvenes
investigadores procedentes de la comunidad científica
internacional y algunos españoles en su etapa posdoctoral. En
1955, Ochoa y su grupo logran sintetizar por primera vez fuera
de la célula viva un ácido ribonucleico de alto peso molecular.
La comunicación de este hallazgo fue presentada en la reunión de
la Federación de Sociedades Americanas de Biología Experimental
que tuvo lugar en San Francisco y en el Congreso Internacional
de Bioquímica celebrado en Bruselas en el verano del mismo año.
Este primer trabajo sobre la enzima denominada “polinucleótido
fosforilasa” fue publicado en forma de carta a los editores en
el Journal of the American Chemical Society, a pesar del informe
adverso de uno de los asesores de la revista. Simultáneamente a
los estudios de Ochoa sobre la síntesis de ARN con
polinucleótido fosforilasa, su discípulo Arthur Kornberg logra
la síntesis enzimática ADN. Konrberg, que ha aprendido a manejar
las enzimas en el laboratorio de Ochoa, continúa su trayectoria
científica adscrito a la Universidad de Stanford (California)
como profesor de bioquímica. En 1959, Ochoa y su discípulo
Arthur Kornberg reciben el “Premio Nobel”. Tres años antes,
Severo Ochoa y su esposa Carmen habían adquirido la nacionalidad
americana: “El país nos había abierto los brazos desde el primer
momento. Tuve todo lo que tuve mientras aún era súbdito español
y fui miembro de importantes comités científicos del Estado
americano. Todo ello nos movió el ánimo hacia una gratitud y un
cariño entrañables”. Dado que Ochoa no se considera un
exiliado político, cuando le es posible pasa algunos veranos en
su Asturias natal y viaja por España. Destruida material y
moralmente la escuela neurohistológica de Cajal, como
consecuencia de la Guerra Civil, dispersos en el exilio Río
Hortega y sus discípulos, así como el grupo de fisiólogos
formados por Negrín, Ochoa no había olvidado que también él se
había visto obligado a salir al extranjero en busca de ambiente
científico. Su presencia en España fue cada vez más frecuente
desde entonces. En el mes de julio de 1961 preside en la
Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander la I
Reunión Bioquímica, que congrega a los distintos grupos
científicos que trabajan dispersos y que se clausura con una
intervención del “Premio Nobel” en la que se refiere a los
últimos trabajos realizados en su laboratorio de la Universidad
de Nueva York sobre el “Metabolismo del ácido propiónico en
tejidos animales”. Como consecuencia de este primer contacto, en
la II Reunión, celebrada dos años después en la Universidad de
Santiago de Compostela, se crea la Sociedad Española de
Bioquímica. Con el propósito de interesar a la juventud
universitaria por la fascinación de la ciencia, Ochoa imparte un
curso de conferencias en la Sociedad de Estudios y Publicaciones
de Madrid, dirigida por Xavier Zubiri, sobre “La base química de
la herencia: la clave genética”: “Era, y aún es, mi mayor deseo
que vuelva a florecer la ciencia en mi país como floreció en
tiempos de Cajal”. Su grupo de trabajo se encuentra en un buen
momento para introducirse a fondo en uno de los aspectos
fundamentales de la biología, como es el papel de ARN en la
transferencia de la información genética y la relación que
existe entre la estructura de los ácidos nucleicos y la
estructura de las proteínas. El disponer de un reactivo
privilegiado como la enzima polinucleótido fosforilasa lleva al
laboratorio de Ochoa a abordar estos trabajos. Se vislumbra que
el desciframiento del código genético tiene que llegar muy
pronto. Se establece entonces una fuerte competencia entre los
laboratorios de Ochoa y M. W. Nirenberg. Este último, en
colaboración con el químico H.G. Khorana, llega simultáneamente
a los mismos resultados y completa brillantemente el
desciframiento del código genético iniciado por Ochoa, con lo
cual Nirenberg y Khorana compartieron el “Premio Nobel” en 1968.
Sin embargo, el nombre de Ochoa fue propuesto de nuevo para el
“Premio Nobel”. El descubrimiento de la enzima polinucleótido
fosforilasa, por Ochoa, constituye uno de los pilares que marcan
el comienzo de la biología molecular. Ésta se había iniciado con
la hipótesis de Watson y Crik de la estructura doble helicoidal
de ADN. Cuando alcanzó la edad de jubilación en la New York
University, Ochoa tuvo el propósito de prolongar su estancia en
España y de reducir el tiempo de residencia en Estados Unidos
para dedicar más tiempo al desarrollo del proyecto del Centro de
Biología Molecular, organismo dependiente del Consejo Superior
de Investigaciones Científicas (CSIC) y de la Universidad
Autónoma de Madrid, cuyo origen se debía a una propuesta
realizada por él mismo al ministro de Educación. Un posterior
cambio ministerial interrumpió sine die la obra en marcha. Ochoa
decidió entonces aceptar la dirección de un grupo de
investigación en los nuevos laboratorios del Roche Institute of
Molecular Biology, en Nutley (New Jersey), donde permaneció
entre 1975 y 1985, año de su regreso a España. Desde la
presencia de Ochoa en la reunión de la Universidad Internacional
Menéndez Pelayo de Santander (1961), sin embargo, el crecimiento
del ambiente científico español era ya muy considerable. No en
vano, su prestigio mundialmente reconocido había hecho posible
que, al constituirse en Londres la Federación Europea de
Sociedades de Bioquímica (FEBS), en la que quedaron agrupados
16.000 bioquímicos pertenecientes a veintidós países, la
Sociedad Española de Bioquímica fuese uno de sus miembros
fundadores. Más significativa aún es la intervención de Ochoa en
el VI Congreso Internacional de Sociedades de Bioquímica
celebrado en Madrid en 1969, que contó con la asistencia de
2.200 científicos y la intervención activa de ocho galardonados
con el “Premio Nobel”. A su regreso a España en 1986, Ochoa
dirigió en el Centro de Biología Molecular que lleva su nombre a
un grupo de discípulos en trabajos relacionados con la
biosíntesis de proteínas. En este tiempo publica algunos
artículos en la prensa nacional, recogidos posteriormente con el
título de Escritos y se prepara la edición de sus Trabajos
Reunidos (1928-1986), publicados en cuatro volúmenes. Ochoa ha
recibido, además del “Nobel”, los premios “Ramón y Cajal” y
“Borden”, y la Medalla Neuberg, entre otros, considerados de
primer orden en la comunidad científica mundial. Ha sido miembro
de numerosas academias, como la Nacional de Ciencias de Estados
Unidos, la American Philosophical Society, la Royal Society de
Londres, la Academia Leopoldina de Halle (Alemania), la Real
Academia de Ciencias de Madrid o la Academia de Ciencias de la
URSS. Asimismo, fue investido doctor honoris causa por más de
treinta universidades, entre las que figuran las de Oxford,
Perugia, Miami, Nueva York, Santo Domingo, Guanajuato (México),
Chile, Santo Tomás (Manila), Salamanca, Santiago de Compostela,
Córdoba, Alicante, Málaga, Madrid, Valladolid y Valencia.
También fue presidente de la Harvey Society de Nueva York, de la
American Society of Biological Chemist, de la Unión
Internacional de Bioquímica y de la Federación Panamericana de
Federaciones de Bioquímica. Sus discípulos trabajan actualmente
en numerosos países que incluyen España, Argentina, Chile,
Brasil, EE.UU., India, Alemania, Inglaterra, Francia, Italia y
Japón. Su obra ha supuesto, en palabras del profesor Laín
Entralgo, “el logro de una meta de indiscutible trascendencia en
el recto conocimiento de la urdimbre del proceso biológico de la
vida”. [M.G.S.]
|
DEMOGRAFÍA
Migración. Desplazamiento
geográfico de individuos o grupos, en general por causas
económicas o sociales (vv. demografía, emigración, inmigración).
La distribución actual de la población española se explica
fundamentalmente por los movimientos migratorios internos que se
han desarrollado, en oleadas sucesivas y con características
diversas, a partir del último tercio del s. XIX. De hecho, según
el Censo de Población de 1991, más de la mitad de los habitantes
de España residía, en esa fecha, en un lugar distinto del de su
nacimiento. –Movimientos tradicionales. Desde el s. XVI y,
sobre todo, a partir del s. XVIII, se fue desarrollando un
proceso progresivo de vaciamiento del interior peninsular y
concentración de los habitantes en la periferia, que alcanzó, en
el último cuarto del s. XIX, una mayor intensidad. El origen de
estas migraciones interiores está en los profundos
desequilibrios socioeconómicos (campo-ciudad e interregionales)
producidos por la industrialización, la urbanización de las
ciudades y la mecanización del campo, aunque no comenzaron a ser
masivas hasta que la emigración a América, hasta entonces
predominante, se vio dificultada por el estallido de la I Guerra
Mundial. Al mismo tiempo, la industrialización de Cataluña y del
País Vasco atrajo a muchos campesinos de otras regiones que
emigraron en busca de un trabajo en la industria, siendo ambas
regiones, junto con Madrid, los destinos principales de esas
primeras corrientes migratorias internas, favorecidas también
por el desarrollo del ferrocarril. Según el Censo de 1900, el
porcentaje de nacidos fuera de la prov. era de un 41,7% para
Madrid, un 22,2% para Barcelona y un 26,4% para Vizcaya. La
industria siderúrgica vasca atraía inmigrantes de Castilla y
León, mientras que los puestos de trabajo de las industrias
textiles y químicas catalanas eran ocupados por aragoneses y
levantinos. Como segundo destino para los emigrantes estaban las
capitales de sus propias provv. de origen. Junto a esta
emigración definitiva, seguía existiendo una intensa emigración
de carácter temporal, representada por cuadrillas de
trabajadores que se desplazaban de unas regiones a otras con
ocasión de la siega en verano, la vendimia en otoño o la cosecha
de la aceituna en otoño-invierno. –Periodo 1900-1960. Entre
1900 y 1930 se fue incrementando de forma acelerada el flujo
migratorio interno, al coincidir la dificultad para la
emigración ultramarina con la crisis del mundo rural (aumento de
la presión demográfica, crisis de la filoxera en las zonas
vitivinícolas y mecanización de las regiones cerealistas, con el
consiguiente aumento del paro) y la creación de puestos de
trabajo en las industrias catalanas y vascas, en el sector
servicios en Madrid y en las grandes obras públicas promovidas
por la Dictadura de Primo de Rivera (1923-1929). La comparación
de los censos con los movimientos naturales de la población ha
permitido estimar en unos tres millones los desplazados en esos
treinta años. Las regiones que más pérdidas registraron fueron
Galicia, Andalucía oriental y varias provv. castellanas y
levantinas; los destinos preferidos continuaron siendo Cataluña
(Barcelona), la región central (Madrid) y el País Vasco
(Vizcaya). Entre 1930 y 1950 descendieron las migraciones
internas de origen económico, y las que se produjeron tuvieron
más bien un carácter político, consecuencia de los avatares de
la II República (1931-1939), la Guerra Civil (1936-1939) y la
posguerra. En la década de 1950 renacieron los movimientos
tradicionales hacia Cataluña, País Vasco y Madrid, a los que se
suman como regiones de destino Asturias, con la creación de la
Empresa Nacional Siderúrgica, S.A. (Ensidesa), o Levante; como
regiones de origen, Galicia, Castilla, Extremadura, Andalucía y
Canarias, principalmente. –Periodo 1960-1975. En 1960
comenzó la segunda gran etapa en el desarrollo de las
migraciones interiores recientes, cuyas características son la
intensificación del éxodo rural, de carácter familiar y
definitivo, dirigido de forma masiva hacia las grandes ciudades;
la aparición de nuevos destinos ligados a los Polos de
Desarrollo industrial o al turismo, que se sumaron a los
tradicionales; la importancia de las migraciones
intraprovinciales, dirigidas hacia las capitales de prov. u
otros núcleos urbanos y utilizados, muchas veces, como trampolín
inicial para movimientos a más larga distancia; y la aparición
de nuevos movimientos inter e intraurbanos en el seno de las
áreas metropolitanas de las grandes ciudades, principalmente
Barcelona y Madrid, en constante crecimiento. A partir de 1962
aparecieron nuevas fuentes para el estudio de las migraciones
interiores (Estadística de Variaciones Residenciales, realizada
a partir de los boletines de altas de residencia municipal,
informaciones obtenidas de los padrones y los censos de
población...), que permiten dar cifras más ajustadas a la
realidad: durante este periodo, más de 400.000 personas (500.000
en 1964) cambiaron anualmente de mun. de residencia,
reflejándose en el padrón de 1975 que más de 13.000.000 de
habitantes habían cambiado de residencia mun. alguna vez en su
vida. En el periodo de máximas migraciones (1962-1975), las
regiones inmigracionales fueron Barcelona y el litoral catalán,
Madrid, el País Vasco litoral y Alto Ebro, las regiones
valenciana y murciana, Canarias y las islas Baleares, es decir,
las regiones industriales y turísticas; cuatro provincias,
Barcelona, Madrid, Valencia y Vizcaya atrajeron el 53,7% de la
emigración. Andalucía, Galicia y las regiones del interior
siguieron siendo emigracionales, aunque dentro de ellas se
produjeron movimientos en beneficio de los polos industriales o
de los centros turísticos de Sevilla, la Costa del Sol, Vigo, A
Coruña, Valladolid, Zaragoza, Navarra o Álava. A partir de 1970
comenzaron a apuntarse nuevas tendencias migratorias; por una
parte, descendieron los emigrantes procedentes de munn. rurales
o semirrurales (hasta 10.000 h.); por otra, entró en crisis el
crecimiento de las grandes metrópolis en favor de las ciudades
de tamaño medio (entre 10.000 y 100.000 h.), que en 1974 fueron
el destino de casi la mitad de los emigrantes. –Desde 1976.
En 1976 comenzó un nuevo ciclo en las migraciones interiores,
caracterizado por los siguientes hechos: descenso general de los
volúmenes migratorios, disminución del papel de los grandes
polos de atracción tradicionales en favor de nuevos focos,
surgimiento de movimientos de contracorriente (regiones
inmigracionales que se convierten en emigracionales y viceversa)
y aumento de los retornos y de las migraciones de corta y media
distancia frente a las de larga distancia. Los efectos de la
crisis económica mundial, que comenzó en 1973, se dejaron sentir
también en los movimientos interiores; el paro, especialmente en
las zonas industriales, frenó e incluso invirtió las
tradicionales corrientes migratorias: aunque entre 1976 y 1984
el promedio de movimientos anuales se mantuvo por encima de los
300.000 habitantes, esta cifra incluye también a los que
retornaron a sus regiones de origen. Todas las regiones
tradicionalmente emigracionales redujeron su emigración o se
convirtieron en inmigracionales por los retornos: en 1981, las
provv. con saldos de más de 1.000 inmigrantes fueron Madrid, Las
Palmas, Baleares, Sevilla, Zaragoza, Murcia y Badajoz. Las
regiones inmigracionales, por su parte, redujeron sus saldos
inmigratorios (Madrid y Cataluña) o incluso se convirtieron en
emigracionales (País Vasco): en 1981, los saldos emigracionales
más fuertes correspondieron a las provv. de Barcelona, Vizcaya y
Guipúzcoa. Sin embargo, las islas Canarias y Baleares y las
regiones del litoral mediterráneo, con una economía basada en el
turismo, la agricultura de exportación y la pequeña industria,
resistieron mejor la crisis y obtuvieron saldos migratorios
positivos. Al mismo tiempo, al escasear los empleos, disminuyó
la movilidad inter e intrametropolitana y aumentó la emigración
de salida de los munn. de más de medio millón de habitantes. En
este periodo fueron los munn. entre 20.000 y 500.000 h. los que
registraron mayores movimientos de población, tanto de
procedencia (munn. de más de 100.000 h.) como de destino (munn.
hasta 100.000 h.), lo que da idea del carácter predominantemente
interurbano de las migraciones en estos años. En cuanto a las
características de los emigrantes, en las salidas predominan los
jóvenes solteros que van a las ciudades en busca de empleo,
mientras que los retornos a las regiones de origen fueron
protagonizados por jubilados hasta 1980, y por personas de todas
las edades a partir de esa fecha, como reflejo de las
dificultades laborales existentes en esos años. Entre 1986 y
1990 se produjo una rápida recuperación económica, basada en la
aparición de nuevos sectores productivos competitivos y en el
desarrollo de los sectores terciario y cuaternario. Ello provocó
la recuperación del atractivo de las zonas económicamente
dinámicas, que pasaron a ser las turísticas, y determinadas
ciudades medias: las provv. más receptivas eran Girona,
Baleares, Las Palmas y Tarragona, seguidas por Málaga, Lleida,
Sevilla, Almería y Santa Cruz de Tenerife. Las provv.
tradicionalmente emigratorias retomaron ese papel, con tasas no
demasiado intensas. Sólo Guipúzcoa, Vizcaya y Barcelona no
consiguieron recuperarse y conservaron unos balances muy
desfavorables, aunque esta última se vio favorecida por la
nominación de su cap. como sede olímpica. La primera mitad de la
década de 1990 fue de nuevo una etapa marcada por la recesión
económica, que volvió a disparar las tasas de paro y a frenar
los índices de crecimiento de la economía española; tras los
acontecimientos de 1992 (Juegos Olímpicos de Barcelona y
Exposición Universal de Sevilla) finalizó la recuperación
experimentada durante los años anteriores. Todo ello influyó en
las migraciones: provv. como Granada, Huesca, Albacete, Cáceres
y Badajoz volvieron a expulsar población de forma importante, lo
mismo que Barcelona una vez finalizado el proyecto olímpico, y
mantuvieron sus tasas negativas Guipúzcoa, Vizcaya, Ávila,
Teruel, León y Zamora. La prov. de Madrid, por su parte,
presentó un balance negativo, aunque con unas características
particulares: si bien la cap. ya presentaba dicho balance en
etapas anteriores, la prov. había mantenido su carácter
receptivo incluso en los momentos de mayor crisis; en la década
de 1990, sin embargo, se asistió al efecto de una expansión
residencial que sobrepasó los límites provinciales y que provocó
que las tasas de crecimiento más intensas a nivel nacional se
situaran en el entorno de Madrid, concretamente en Guadalajara y
Toledo, que se convirtieron en una ampliación del área de
influencia de la c. central. Hay que destacar, en el último
cuarto del s. XX, el incremento progresivo de la movilidad
intraprovincial, de corta distancia, que supuso, a principios de
la década de 1990, un 58% del total: este incremento se produjo
sobre todo en las grandes ciudades, en las que más del 60% de
los emigrantes procede de sus propias provv., en las capitales
de prov. y ciudades medias y en áreas de grandes desequilibrios
internos como son las zonas litorales de intenso desarrollo. Por
otra parte, la saturación de las grandes urbes ha favorecido la
aparición de procesos de periurbanización, que suponen el auge
de las ciudades medias, e incluso de munn. de pequeño tamaño,
que se encuentran en sus áreas de influencia: los
desplazamientos ya no tienen carácter estrictamente laboral,
sino que obedecen fundamentalmente a cambios de residencia
(provocados por el encarecimiento de la vivienda en la c.
central o por la búsqueda de lugares que ofrezcan una mayor
calidad de vida) y a relocalizaciones de retorno u ocio.
[P.C.P.]
|
DEPORTES
Induráin Larraya, Miguel.
(Villava, Navarra, 16-VII-1964). Ciclista. Inició su carrera
como aficionado en 1983, año en que ganó la Vuelta a Salamanca y
el Trofeo Estrellas de Pamplona. En 1984 se integró en el equipo
Reynolds, con el que participó al año siguiente en la Vuelta
Ciclista a España y en el Tour de Francia y en el que inició su
relación profesional con José Miguel Echávarri y Eusebio Unzué,
directores de esta formación deportiva. En 1986 ganó el Tour del
Porvenir, en 1988 la Volta a Catalunya y en 1990, año en que
ganó la Clásica de San Sebastián, su equipo pasó a ser
patrocinado por la entidad Banco Español de Crédito (Banesto).
En 1991 se proclamó ganador del Tour de Francia –siendo el
cuarto español en conseguir este triunfo, después de Federico
Martín Bahamontes, Luis Ocaña y Pedro Delgado–, por delante de
los italianos G. Bugno y C. Chiappucci; ese mismo año obtuvo el
primer puesto en la Volta a Catalunya, el segundo en la Vuelta
Ciclista a España –que ganó el español M. Mauri– y el tercero en
el Campeonato del Mundo de Fondo en Carretera. En 1992 consiguió
el primer triunfo de un español en el Giro de Italia, por
delante de C. Chiappucci y F. Chioccioli, y ganó el Tour de
Francia, ante Chiappucci y Bugno en los siguientes puestos, el
Campeonato de España de Fondo en Carretera y la Volta a
Catalunya; ese año encabezó la clasificación de la Fédération
Internationale du Cyclisme Professionnel (FICP), con 930,9
puntos sobre el segundo clasificado, el suizo T. Rominger. En
1993 ganó por tercera vez la gran ronda francesa, por delante de
Rominger y del polaco Z. Jaskula, y la vuelta italiana, en la
que el letón P. Ugrumov y el italiano Chiappucci ocuparon el
segundo y el tercer puesto, respectivamente; en esa misma
temporada obtuvo la medalla de plata en el Campeonato de España
y en el Campeonato del Mundo, ganó la Vuelta a los Puertos y le
fueron concedidos el premio “Príncipe de Asturias de los
Deportes” y la Legión de Honor de la República Francesa. En 1994
se situó en el tercer puesto en el Giro, detrás del ruso E.
Berzin y del italiano M. Pantani, y ganó por cuarta vez
consecutiva el Tour de Francia –siendo el tercer ciclista de la
historia en conseguirlo, después del francés Jacques Anquetil y
del belga Eddy Merckx– con más de cinco minutos de diferencia
sobre el segundo clasificado, Ugrumov, y más de siete sobre el
tercero, Pantani. El 2-IX-1994, en el velódromo de Burdeos
(Francia), Induráin afrontó un nuevo reto en su carrera
deportiva al disputar el récord de la hora, en posesión hasta
entonces del escocés Graeme Obree y situado en 52,713 km; en
esta prueba, inaugurada por el italiano Fausto Coppi el
7-XI-1942 (45,848 km) y batida en los años siguientes por
ciclistas como J. Anquetil (29-VI-1956, 46,159 km), E. Merckx
(25-X-1972, 49,431 km) o el italiano Francesco Moser (23-I-1984,
51,151 km), el corredor navarro consiguió establecer la marca en
53,040 km, y fue el primero en rebasar los 53 km y el segundo,
junto con E. Merckx, en lograr en el mismo año la victoria en el
Tour y el récord de la hora. Al año siguiente, en 1995, logró
ser el primer ciclista en conquistar el quinto Tour de Francia
consecutivo, por delante del suizo A. Zulle y del danés B. Riis,
y consiguió la medalla de plata en el Campeonato del Mundo de
Fondo en Carretera –en el que venció el español A. Olano– y la
medalla de oro en el Campeonato del Mundo de Contrarreloj, así
como el primer puesto en la Midi Libre y en la Dauphiné Liberé.
En 1996 consiguió su último triunfo deportivo: la medalla de oro
en la prueba Contrarreloj Individual de los Juegos Olímpicos de
Atlanta (EE.UU). Con unas características físicas idóneas para
el ejercicio del ciclismo, la trayectoria deportiva de Miguel
Induráin estuvo basada en la continua regulación de su trabajo y
en la dosificación de sus objetivos, lo que le diferenció de
campeones del ciclismo mundial, como E. Merckx o B. Hinault, e
hizo de él uno de los mejores deportistas de la historia. El
2-I-1997 anunció su retirada del ciclismo profesional.
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DERECHO
Pragmática. Ley por la que
un soberano –fundamentalmente– u otra autoridad dispone sobre
una materia fundamental del Estado (p. e., la sucesión dinástica
o las relaciones con la Iglesia), sin que para su aprobación
deba mediar el asentimiento o el beneplácito de ningún consejo o
asamblea consultiva (Consejo Real, Cortes, etc.), por lo que
constituye la expresión más elevada de la facultad legislativa
del rey. Concepto heredado del Derecho romano, tuvo vigencia en
los reinos hispánicos desde la Baja Edad Media hasta los
primeros años de la Edad Moderna. Desde el punto de vista
formal, la pragmática recurre a un protocolo formado por tres
partes: una parte expositiva, en la que, en nombre del rey, se
expresan las razones o antecedentes que han motivado la asunción
de esta ley; una parte central, constituida por un articulado,
verdadero núcleo dispositivo de la pragmática; y una tercera
parte, la promulgación, en la que, generalmente, se alude a la
universalidad de la disposición y a los términos de su entrada
en vigor y cumplimiento. Dado su talante legislativo
fundamental, a diferencia de otras leyes, las pragmáticas solían
ser objeto de una gran difusión popular, por lo que solían
imprimirse y exponerse en lugares públicos para su conocimiento
general. Es preciso distinguir su aplicación en los
diferentes reinos hispanos, pues en cada uno de ellos arraigó en
distinto grado. En Navarra, el recurso a las pragmáticas fue
poco significativo, pues las Cortes, que habían sustituido al
Consejo de los doce ricoshombres en sus atribuciones –entre
ellas la de intervenir con el rey en todo acto de ley–, ejercían
la potestad legislativa, y podían reclamar agravios por la
violación de los fueros. La pragmática tampoco tuvo un amplio
campo de desarrollo en Aragón, donde la Constitución disponía
que el poder monárquico compartía, de hecho y derecho, con las
Cortes la facultad de hacer leyes; así, el preámbulo de toda ley
introducía, a modo de encabezamiento, el siguiente enunciado:
“El Señor Rey, de voluntad de las Cortes, estatuesce y ordena”.
En Cataluña, a partir del rey Jaime I de Aragón (1213-1276), el
término “pragmática” sustituyó a su antecedente “constitució”
(que en adelante se reservó exclusivamente para las leyes
aprobadas por las Cortes), para designar un precepto emanado del
rey, ya fuera por voluntad propia, o producto de la petición
realizada al monarca por un estamento de Cortes u otra entidad
representativa, cuando no existía una conformidad general sobre
lo decretado; si el decreto contaba con la aprobación general se
hablaba de capítol de Cort. Las pragmáticas podían ser expedidas
por reyes, por el procurador o lugarteniente general y por el
gobernador general, y fueron motivo de constantes pleitos entre
la monarquía y los señores feudales, quienes sostenían que no
estaban obligados a acatar lo dispuesto por las pragmáticas
reales. Como consecuencia de ello, los monarcas tomaron diversas
medidas para asegurar su cumplimiento íntegro, en tanto que los
señores se escudaron en el derecho consuetudinario para no
cumplirlas. Con todo, las pragmáticas no tenían valor legal si
contravenían los usatges, las constitucions y los capítols de
Cort, privilegios y costumbres que eran considerados
inalienables. En este sentido, la Diputación General catalana
velaba por los derechos de los administrados en el caso de que
la pragmática fuera en contra de los usos consuetudinarios
expresados. Las pragmáticas catalanas –la primera de las cuales,
consignada por Jaime I, data de 1241– pasaron a formar parte del
ordenamiento jurídico estable, por lo que fueron incluidas en
las recopilaciones generales, con cuerpo de ley. Sin embargo, a
partir de la Edad Moderna, esta figura jurídica acabó
extinguiéndose. Las últimas pragmáticas fueron promulgadas en
Cataluña por Carlos I de España (1516-1556; emperador Carlos V
del Sacro Imperio Romano-Germánico). Muy distinto fue el uso que
los monarcas castellanos hicieron de esta figura jurídica. En la
obra Teoría de las Cortes, de Martínez Marina, se mantiene el
principio de que las Cortes de Castilla y León no tenían la
potestad legislativa, por lo que la pragmática encontró una
situación idónea para su aplicación, similar a la que habían
encontrado en Roma las constituciones imperiales. En el título
28 del Ordenamiento de Alcalá (1348) se afirma que el rey “ha
poder de facer fueros é Leys é de las interpretar, é declarar, é
emendar do viere que cumple”. No obstante, algunos
ordenamientos, como el de las Cortes de Briviesca de 1387,
sostuvieron el principio de que la ley sólo puede ser enmendada
por quien la aprobó, de manera que la potestad del rey para
legislar en contra de las Cortes está limitada. Obviamente, en
el cumplimiento de este principio influyó directamente la
relación de fuerzas entre los monarcas y los representantes
estamentales. En este sentido, se puede afirmar que, desde
tiempos de los Reyes Católicos, los monarcas castellanos, de
acuerdo con su espíritu absolutista y centralizador, apostaron
por gobernar mediante pragmáticas. Su profusión obligó a que, en
1503, se llevara a cabo una recopilación de éstas y de las bulas
pontificias; el trabajo, encomendado al licenciado Ramírez, puso
de manifiesto la contradicción de algunas disposiciones, lo que
fue motivo de interminables pleitos. Su desaparición como
elemento fundamental de la ordenación jurídica estuvo ligada a
la extensión de la práctica constitucional.
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ECONOMÍA
Naval, Industria.
–Antigüedad y Edad Media. La invasión de los bárbaros (409-410)
sumió en el caos a los pueblos romanizados de la Península,
produciendo un colapso casi total del comercio marítimo y de la
fábrica de navíos, arte completamente ignorado por los
invasores, que tan sólo se conservó en el Mediterráneo gracias
el Imperio Romano de Oriente. Los reyes visigodos emplearon
armadas y naves comerciales importadas de Bizancio. Consolidada
en España la dinastía árabe omeya fundada por ‘Abd al-Rahman I
(756-788), la industria naval tuvo escaso desarrollo hasta la
aparición de los normandos en Lisboa, Cádiz y Sevilla (844)
durante el emirato de ‘Abd al-Rahman II (822-855), quien,
escarmentado por su falta de poder naval, ordenó la construcción
de las atarazanas de Sevilla y ampliar las ya existentes en
Cartagena. La actividad comercial se vio incrementada a partir
de la segunda mitad del s. IX y con ello, la fundación de nuevas
atarazanas, como las de Almería. El emir Abd al-Rahman III
(912-961), califa de al-Ándalus desde el año 929, amplió las
atarazanas de Sevilla y Almería y construyó de nueva planta las
de Algeciras (914) y Tortosa (945). La producción naval andalusí
perduró durante el reino nazarí de Granada (1232-1492) gracias a
las atarazanas de Málaga. Aunque el tipo de embarcaciones
empleado por los árabes en la navegación de altura es
desconocido, es probable que fuera similar al romano, bizantino
y egipcio; es indudable que utilizaron profusamente el aparejo
latino clásico, el timón de codaste importado de China, y que
introdujeron en Europa el uso de la aguja magnética y de la
pólvora, de la misma procedencia. Casi coincidiendo con la
disgregación política de los territorios hispano-arábigos, el
conde Ramón Borrell de Barcelona (992-1017) empezó a gobernar de
hecho el año 992 con plena independencia respecto a la antigua
soberanía franca de los Capeto; fue la época del nacimiento de
una Cataluña con personalidad histórica definida, el comienzo de
su expansión comercial por el Mediterráneo y el Atlántico y la
formación de una incipiente Marina basada en la fabricación de
embarcaciones procedentes de Barcelona. A partir de Ramón
Berenguer III (1096-1131), la Marina catalana adquirió prestigio
e importancia, e incrementó su industria naval, sobre todo desde
la toma de Tortosa a los árabes (1148). La confederación del
principado de Cataluña y del reino de Aragón (1137) se convirtió
en una potencia respetable en Europa durante los reinados de
Jaime I (1213-1276), Pedro III (1276-1285) y Pedro IV
(1336-1387). La producción naval de las costas catalanas, y en
particular la de las atarazanas de Barcelona a partir de 1243,
se basó en la galera a remo y velas latinas –fabricación
mantenida hasta bien entrado el s. XV, aunque también se botaron
naos o carracas arcaicas de bastante manga, panzudas, de dos o
tres palos con velas cruzadas y casco simétrico a proa y popa.
Más tardía fue la coca mediterránea (s. XV), embarcación
originaria del N. de Europa (coca hanseática) de escasa eslora
con relación a la manga, costados muy fuertes, de dos o tres
cubiertas y altas superestructuras; todas eran dedicadas
indistintamente a la guerra o al comercio que los
catalanoaragoneses extendieron desde Turquía y Egipto hasta
Flandes, en el mar del Norte. La guerra por tierra con el
emirato y luego califato de Córdoba que mantuvieron los reinos
cristianos del N. de España durante los ss. VIII-XI absorbió
todos sus esfuerzos e impidió la constitución de fuerzas
marítimas para proteger las costas, el comercio y la pesca.
Diego Gelmírez (segunda mitad del s. XI-1140), obispo de
Iria-Santiago, creó una fuerza naval para hacer frente a las
expediciones corsarias de normandos, ingleses y árabes que
periódicamente asolaban las costas del NO. español. Gelmírez
construyó unos astilleros primitivos en Iria, donde comenzó la
fabricación de galeras con la ayuda de técnicos de Pisa y Génova
(1111). El primer monarca de Castilla que dispuso de Marina
propia fue Alfonso VII el Emperador (1126-1157); con ella y el
auxilio de catalanes y genoveses, pisanos y venecianos tomó
Almería en 1147. Pero fue durante la primera mitad del s. XIII
cuando surgió una incipiente industria naval en las costas del
Cantábrico, particularmente en Castro-Urdiales, Santander,
Laredo, Bermeo, Guetaria y San Sebastián (Pasajes), que tuvo
efectos inmediatos en la conquista de Sevilla (1248) por
Fernando III el Santo de Castilla (1217-1252; de Castilla y
León, 1230-1252), quien reconstruyó y amplió las atarazanas de
la c. e inició la fabricación de naves y galeras empleadas en lo
sucesivo por los monarcas castellanos. La producción naval en el
Cantábrico se vio reforzada al crearse en Castro-Urdiales la
Hermandad de las Villas de la Marina de Castilla con Vitoria
(4-V-1296), con la participación de los puertos antes citados.
La fundación por parte de Diego Lope de Haro del mun. de Bilbao
(1300) propició una intervención española cada vez más acusada
en el N. de Europa y el desarrollo de la industria naval. Como
era habitual en las costas de Inglaterra y Portugal y las
atlánticas de Francia y España, el tipo de naves que se
construía se acercaba mucho a la galera mediterránea que
desapareció del Cantábrico a finales del s. XV; a partir de
mediados del s. XIII, la tipología predominante se parecía más a
la coca a vela del N. de Europa, con sendas superestructuras o
castillos a proa y popa y numerosas variantes, citadas por
Alfonso X el Sabio (1252-1284) en Las Partidas; algunas carecían
de timón y montaban un gran “remo espadar” primitivo en
disposición que se mantuvo hasta el s. XIV. A partir del s. XV,
la preponderancia de los astilleros cantábricos sobre los del
resto de la Península se acentuó. La expansión descubridora de
España incidió notablemente en la fábrica de bajeles. Entre los
centros de producción destacaron los de Vizcaya y las Cuatro
Villas de Cantabria (particularmente Guarnizo, en Cantabria, a
partir de 1582), los guipuzcoanos de Pasajes y de la cuenca del
Oria y, en menor proporción, los de Asturias, Galicia y
Andalucía, especializados en la fabricación de las naos gruesas
para la Carrera de Indias y las armadas y flotas reales de Nueva
España y Tierra Firme activadas a partir de mediados del s. XVI.
A finales de esta centuria y durante la siguiente, la producción
cantábrica oriental disminuyó progresivamente hasta igualarse
con la procedente del S. peninsular. –Siglos XVI-XVIII. Las
provisiones de los Reyes Católicos (1498, 1500, 1501 y 1502),
Carlos I (1522 y 1523), Felipe II (1563 y 1567) y Felipe III
(1603, 1607, 1613 y 1618) tendieron a favorecer la industria
naval y a fijar el arqueo de los buques, herramientas
fundamentales para llevar a cabo la política expansionista y
defensiva del imperio español. Hacia mediados del s. XVI, con el
desarrollo de las carracas, naos de armada y los galeones, se
produjo una evolución acusada en la construcción naval, cuya
expresión más palpable fue el aumento del arqueo y del puntal,
el pronunciado lanzamiento y tamaño de las grandes
superestructuras a proa y popa y el incremento de la artillería
montada. Sin embargo, ya a fines de siglo se tendió a dejar paso
a otras naves más rasas, sobre todo en las destinadas a la
guerra, los galeones, que darían origen a los navíos de línea.
Las ordenanzas sobre fábrica de barcos para las navegaciones a
Indias promulgadas por Felipe III (1598-1621) en 1607 y 1618
configuraron el diseño de estos navíos hasta principios del s.
XVIII. En la producción de los astilleros no influyó
sustantivamente la decadencia política española a partir del
resultado adverso de la batalla de Las Dunas (1639), debido a la
necesidad de mantener el comercio con las Indias; la fábrica de
unidades de gran y mediano tonelaje disminuyó en Zorroza
(Vizcaya) desde 1640, mientras en Pasajes, Oria y Zumaya se
incrementó de 1660 a 1683 de tal forma que los niveles de
producción fueron superiores a los de los dos siglos anteriores.
La herencia que recibió Felipe V (1700-1724, 1724-1746) respecto
a la construcción naval se limitaba a los astilleros del
Cantábrico (Guarnizo, Zorroza y los ya citados) y, en el
Mediterráneo, a los de Barcelona, Sant Feliu de Guíxols, Arenys
de Mar, Mataró y Sitges, cuya producción a principios de siglo
era modesta. Como consecuencia de la creación de los
departamentos marítimos de Ferrol, Cádiz y Cartagena (1726)
fueron establecidos en sus cabeceras sendos arsenales para la
construcción de todo tipo de embarcaciones y concentrar en ellos
la producción necesaria para la Armada. Esto supuso el abandono
progresivo de los astilleros reales de Cantabria, en parte
compensado por el arrendamiento sucesivo a la Real Compañía
Guipuzcoana de Caracas y a la Real Compañía de Filipinas. Por
otra parte, la producción catalana y andaluza de barcos no
resurgió hasta la segunda mitad del s. XVIII, al liberalizarse
el comercio indiano. El arsenal de La Carraca, en San Fernando
(Cádiz), fundado en 1724, botó su primer navío en 1731, aunque
el año anterior se construyeron otros dos en Puntales, también
en la bahía de Cádiz. El de Ferrol, estuvo situado en La Graña
(1727) y luego en el Esteiro (1750); en su primer emplazamiento
empezó a producir en 1730 y en el segundo en 1751. El de
Cartagena comenzó a levantarse en 1731 y botó sus primeros
buques en 1750. A estos arsenales hay que añadir Palma de
Mallorca a partir de 1775, Mahón desde 1785 y Cavite (Filipinas)
a principios del s. XVIII. En tanto no estuvieron habilitadas
estas instalaciones, Guarnizo, Zorroza, Pasajes, Rentería, Orio
y Sant Feliu de Guíxols continuaron proveyendo de navíos y
fragatas a la Real Armada. En los virreinatos españoles de
América también se fabricaron numerosas embarcaciones durante
los ss. XVI y XVII, de forma que, en el último tercio del s.
XVII, la quinta parte de los buques utilizados por las flotas de
Indias fueron construidos en astilleros como los de La Habana y
Guayaquil. Hubo otros en Campeche, Tocatalpa y Coatzacoalcos
(México) y San Blas (California), pero a todos superó el de La
Habana, pues la fortaleza y longevidad de los navíos salidos de
sus gradas fueron proverbiales; así, desde 1724 a 1759, un
tercio de la producción española de barcos era habanera; su
actividad continuó hasta el s. XIX. El diseño de la tipología de
las unidades de la Armada (navíos, fragatas, corbetas, goletas,
jabeques, etc.) respondió a los diferentes sistemas de
construcción en vigor, preconizados por Gaztañeta, Jorge Juan,
Gautier, Romero y Landa y Retamosa, mientras que los dedicados
al comercio respondían a las trazas de los carpinteros de ribera
que, por experiencia, daban las proporciones correctas a las
embarcaciones de cualquier porte que les eran encargadas por los
armadores. Los barcos construidos por particulares para la
Corona se realizaban “por asiento”, en práctica desde el s.
XVII, contrato entre el rey y un particular en que se
especificaban las cláusulas y plazos que debía cumplir el
asentista o constructor. –El siglo XIX. El esfuerzo naval
propiciado por Patiño, Ensenada y Valdés a lo largo del s. XVIII
se vino abajo como consecuencia de las guerras con Inglaterra y
Francia, la de la Independencia (1808-1814) y el reinado de
Fernando VII (1808, 1814-1833). Durante este periodo, la
producción naval de los arsenales fue prácticamente nula y la
crisis se extendió a los centros de producción civiles, pese a
las tímidas disposiciones decretadas por el ministro Salazar
para fomentar la marina mercante y el comercio marítimo
(1828-1830); un hito en la historia de la industria naval
española fue la botadura en Sevilla, en 1817, del Real Fernando,
primer vapor construido en España. Durante las regencias de
María Cristina y Espartero (1833-1843) apareció la propulsión a
vapor en la Armada, aunque la mayoría de las unidades fueron al
principio de origen extranjero; el primero adquirido a los
astilleros nacionales fue el Andaluz, construido en Sevilla
(1841), mientras que el primero botado en un arsenal fue el
Lepanto, en La Carraca (1846). Pese a la llegada del vapor, la
producción de barcos de vela continúo; ahora bien, mientras que
en la Armada cesó en 1856, en astilleros particulares perduró
hasta finales del s. XIX. La mayoría de edad de Isabel II y la
llegada al poder de Narváez (1843) abrieron una etapa expansiva
en la construcción naval militar que coincidió con profundos
cambios en la tipología de los buques de guerra y la aparición
de la hélice en las unidades de la Armada (1856). A ello
contribuyeron el plan del marqués de Molins de 1854 y las leyes
de 1859 y 1860, que permitieron la fabricación de fragatas de
hélice de casco de madera y las blindadas, acordes con las
enseñanzas de la guerra de Crimea (1854-1856). Sin embargo, la
construcción mercante fue disminuyendo paulatinamente entre 1830
y 1878. Cabe citar aquí las experiencias realizadas por el
catalán Narcís Monturiol con sus submarinos Ictíneo I y II en
1859 y 1864. El periodo convulso iniciado tras la Revolución de
1868 hasta el final de la I República (1873-1874) supuso el
colapso de toda construcción. La Ley de Escuadra de 12-I-1887
logró asentar las bases para el desarrollo de una industria
naval nacionalizada, tanto en los astilleros estatales como en
los particulares –Matagorda (1890) y Vea-Murguía (1891-1903), en
Cádiz, y Astilleros del Nervión (1889-1920), en Bilbao–. El
último cuarto del s. XIX contempló también el renacimiento de la
marina Mercante española y, por lo tanto, de la construcción
naval. Fueron hechos destacables el diseño del Destructor
realizado por Villaamil (1887) y el submarino ideado por Isaac
Peral (1888). –El siglo XX. La guerra con los EE.UU. en 1898
fue desencadenante de casi una década de revisionismo en la que
el sector naval se vio muy afectado. El 7-I-1908 las Cortes
aprobaban la Ley de Escuadra propiciada por Ferrándiz; la
construcción de buques previstos se adjudicó a la Sociedad
Española de Construcción Naval (SECN), que se hizo cargo en
arriendo de los astilleros de los arsenales de Ferrol, La
Carraca y Cartagena (21-IV-1908). Las leyes de 17-II-1915,
presentada por Miranda, y de 11-I-1922, por el marqués de
Cortina, dieron continuidad a la de 1908. En 1926, se dispuso
por decreto-ley la construcción de una serie de cruceros,
destructores y submarinos, que de haberse realizado de acuerdo a
las previsiones de Carvia, hubiera puesto a España en una
posición no desdeñable entre las potencias europeas. En 1900
nacieron la Compañía Euskalduna de Construcción y Reparación de
Buques con astilleros en Olaveaga, y la de Barreras en Vigo
(1908). Pese a las medidas de Sánchez de Toca (1902) y de
Fernández de Villaverde (1903) para fomentar la marina mercante,
la insuficiencia de la industria nacional y las cargas fiscales
frenaban su desarrollo. Con la Ley del Fomento de las Industrias
y Comunicaciones Marítimas de 14-IX-1909, Maura logró iniciar el
despegue de la construcción naval. La SECN adquirió en 1914 la
factoría de Matagorda, para dedicarla a la construcción
mercante. En 1916 inauguró los astilleros de Sestao. En 1917 se
crearon los astilleros de Tarragona y los de Echevarrieta y
Larrinaga en Cádiz y, poco después, nacía la Unión Naval de
Levante, en Valencia. De este modo, en 1922 se compensaron las
pérdidas ocasionadas por la I Guerra Mundial (1914-1918),
cifradas en unas 230.000 t. La crisis naviera (1925-1929) volvió
a incidir en la producción de los astilleros, que no se
recuperaron hasta 1931. La II República (1931-1939) se limitó a
continuar la realización de los programas aprobados durante la
Dictadura de Primo de Rivera (1923-1929), y a crear la
Subsecretaría de la Marina Mercante, Navegación e Industrias
Marítimas (20-V-1931). Para afrontar las pérdidas sufridas por
la Armada durante la Guerra Civil (1936-1939), se creó el
Consejo Ordenador de Construcciones Navales Militares
(2-IX-1939), que heredó los astilleros militares administrados
por la SECN desde 1908. Fundado el Instituto Nacional de
Industria (INI) en 1941, se integró en él la Empresa Nacional
Bazán de Construcciones Navales Militares S.A. (11-VII-1947),
haciéndose cargo de las factorías e instalaciones del Consejo.
Desde entonces, ha sido la encargada de proporcionar a la Armada
las unidades requeridas por el plan de 1943, el Programa de
Modernización de Buques de 1955, el Programa Naval de 1965,
continuado en 1973, y el Plan Alta Mar de 1989. Al amparo de la
Ley de Crédito de Naval (2-VI-1939) comenzó el desarrollo de la
construcción naval mercante; para ello, en 1942 se creó la
Empresa Nacional Elcano de la Marina Mercante S.A. del INI, con
astillero en Sevilla (1944) y fábrica de motores en Manises
(Valencia) (1949). En 1952, el Estado expropió Echevarrieta y
Larrinaga y se constituyeron los Astilleros de Cádiz, S.A.
(Ascasa), también del INI, que en 1966 absorbió las factorías de
la E.N. Elcano. Todo ello propició que, en la década de 1960, se
registrase una notable expansión del sector favorecido por las
leyes de Protección a la Construcción Naval (5-V-1951) y de
Protección y Renovación de la Marina Mercante (12-V-1956). El
1-XII-1969, la SECN, la Compañía Euskalduna y Ascasa
constituyeron Astilleros Españoles, S.A. (AESA) dentro del INI,
con más del 60% de la producción nacional, convirtiéndose en una
de las primeras empresas del sector con dos astilleros en Cádiz,
uno en Sevilla, dos en Bilbao y tres menores en Santander, Gijón
y también Bilbao; su proyecto más ambicioso fue la construcción
en Puerto Real, entre 1969 y 1977, del nuevo astillero de la
bahía de Cádiz (NABAC), el mayor de España. De 1972 a 1979 el
INI absorbió Astano, Astilleros de Canarias (Astican) y Barreras
de Vigo. La crisis del petróleo (X-1973) afectó a la industria
naval internacional y particularmente a la española, haciendo
necesaria su reconversión (1984). No obstante, hacia 1976 España
alcanzó el segundo puesto del mundo con el 6% de la producción
total. En 1980 se creó la División Naval del INI (DCN), de la
que dependían AESA, Astano, Barreras y Astican, mientras que la
E.N. Bazán pasó a depender de la División de Defensa. En 1987 se
constituyó el Grupo de Astilleros Españoles con las empresas de
la DCN. En 1995, al desaparecer el INI, se desglosó en Sociedad
Estatal de Participaciones Industriales (SEPI) y la Agencia
Industrial del Estado (AIN) con las empresas deficitarias, entre
ellas las de la DCN. Al desaparecer la AIN en 1997, todas
pasaron a depender de la SEPI, al margen de los presupuestos del
Estado. También en 1997, las factorías de AESA en Cádiz, Puerto
Real, Sevilla y Sestao se constituyeron como empresas filiales
de AESA bajo la forma de Sociedad de Responsabilidad Limitada
(S.R.L.), mientras que AESA compraba Barreras a la SEPI. En
1998, con la reconversión del sector se habían reducido las
plantillas en un 50%, pero la situación de falta de
competitividad subsistía respecto a otros países. A falta de
ayudas estatales tras la entrada de España en la CEE (1986), se
inició una renovación tecnológica y organizativa que ha
permitido recuperar posiciones en el mercado internacional en
dura competencia con los astilleros japoneses y coreanos. (VV.
Armada, marina mercante, náutica). [J.G.A.H.]
|
ETNOGRAFÍA
Mantilla. [De mantellum,
diminutivo de mantum, ‘mantillo’]. Prenda de vestir femenina
consistente en un paño de seda o de lana, a menudo con
guarnición de tul o encaje, o en un tul o una blonda (sin duda
la mantilla más conocida, por lo que se ha hecho corriente
emplear este sustantivo sólo para referirse a este tipo), que la
mujer utilizaba para cubrirse la cabeza y que a veces caía
también, desde los hombros, sobre parte del vestido. Distinta
según las zonas, también por lo que a forma se refiere, en los
albores de su historia, a partir de los inicios de su
utilización en el s. XV –época de la que tenemos constancia que
se empezó a utilizar la mantilla en España–, un uso algo más
generalizado en el s. XVII y una propagación cada vez más amplia
e intensa en el s. XVIII, se convirtió en el s. XIX en el tocado
más representativo de la mujer española, que se servía de ella
como complemento ornamental de su indumentaria a diario y en
todos los actos de la vida social, tanto en ceremonias
religiosas como en fiestas mundanas. El discurrir histórico
de esta prenda se inició con la mantilla de paño, de bayeta o de
tela recia, caracterizada también por una tira ancha de
terciopelo que permitía anudarla por los extremos más estrechos,
cogiéndola en el moño y dejando al descubierto el cuello y el
rostro, mantilla que empezó a ser usada exclusivamente entre las
mujeres de clases populares del campo como prenda de abrigo y
que resulta parecida a la que podemos observar aún actualmente
en los trajes regionales de Castilla, León o Galicia. La
mantilla más corrientemente usada con posterioridad, en el s.
XVII y primera mitad del s. XVIII, seguía siendo de paño o
bayeta, aunque a menudo era más larga que la anterior y
descendía sobre la espalda y los brazos. Ya en las épocas de
Carlos III (1759-1788) y Carlos IV (1788-1808), sobre todo en el
reinado de este último, entre las muchachas jóvenes se extendió
el uso de mantillas blancas con encajes de terciopelo o seda y
adornos que consistían en guarniciones de tela de distinto color
o en picos, moños, madroños o lazos, y entre las artesanas de
pueblos y ciudades el uso de mantillas de tafetán; si, así pues,
parecía extenderse el uso de la mantilla en las ciudades por
parte de muchachas y mujeres de la clase artesanal, majas y
manolas que las usaban de color, las mujeres de cierta edad y
las viudas seguían sin llevarlas, las primeras porque solían ir
ataviadas con manto, las segundas porque solían ir con toca. Sin
embargo, en el paso entre los dos siglos empezaba a ser una
prenda habitual en las mujeres de la aristocracia y la alta
sociedad, debido a su gusto por imitar en el vestir a las majas
y manolas del pueblo de Madrid y las formas graciosas y garbosas
de éstas, que nos muestran los lienzos, frescos y dibujos de
Goya. Paralelamente al triunfo absoluto en los últimos años del
reinado de Fernando VII (1808 y 1814-1833) de la moda de las
mantillas, también entre las clases más poderosas, se impuso el
llevarlas de blondas y como lo hacían las manolas y majas, esto
es, sobre una peineta alta llamada “de teja”. No sólo quedaron
en desuso las mantillas de paño o de seda, sino que, además, las
de blonda se generalizaron de tal manera que, como prenda válida
para todas las ocasiones, desterraron a la capota que había
llegado a España importada por la moda francesa. Todo este
movimiento provocó, desde el último tercio del s. XVIII, un
desarrollo floreciente de manufacturas, en las que se elaboraban
ilustradas blondas para mantillas, constituyéndose ésta en una
especialidad exclusiva de la artesanía española, así en Almagro,
Granátula de Calatrava y Manzanares (Ciudad Real), en Camariñas
(La Coruña), en Zamora, en Barcelona y en localidades costeras
de esta última prov., como Arenys de Munt, Malgrat de Mar,
Pineda de Mar, Tordera y Mataró, aunque las que alcanzaron mayor
notoriedad fueron las de Almagro y las de Barcelona y los
pueblos de alrededor; tras la Guerra de la Independencia
(1808-1814), así mismo, volvió a florecer el artesanado manchego
y catalán de este sector. La moda en el uso de la mantilla
durante el s. XIX ya no abandonó la línea del encaje y la blonda
(con sus variedades de blonda catalana o de red fina, de espuma,
de reja, ligera, de tonos o matizada, tupida, granadina, de
Chantilly, etc.), pero los gustos, como las técnicas de
producción, cambiaron: durante las décadas comprendidas entre
1830 y 1850 las mantillas más en boga fueron las grandes con
casquete de seda, sólo blancas o sólo negras, aunque también se
llevaron mucho las que, por la forma, se llamaban “de toalla”,
“de pollita” o “goyesca” entre otras, en la segunda mitad del s.
XIX la modernización de los telares y la fabricación de tul
mecánico contribuyó a una aún mayor difusión de la mantilla, al
convertirla en una prenda más económica. A ello hay que añadir
que durante el reinado de Isabel II (1833-1868) la moda española
de la mantilla tuvo influencia en el resto de Europa, en gran
medida gracias a las imágenes de mujeres españolas trazadas por
personalidades románticas como lord Byron o, contemporáneos a
Isabel II, Victor Hugo o Théophile Gautier. Sin embargo, a
partir de la Revolución de 1868, la tendencia de la moda dio un
vuelco que iba a iniciar la decadencia de la mantilla como
tocado habitual: se impuso el sombrero y la mantilla, más
pequeña que las usadas en las décadas anteriores, pasó a ser
prenda para ir a misa o de ocasiones que requerían un atuendo
elegante, a saber, acontecimientos religiosos especialmente de
Semana Santa (Jueves y Viernes Santo) o corridas de toros, en
las que era muy habitual la mantilla de madroños, con viso de
seda negro, rojo, amarillo o azul. Su uso durante el s. XX ha
seguido decayendo, en lo que no dejó de tener influencia el
hecho de que a partir del Concilio Vaticano II (1962-1965) las
mujeres pudieran asistir a los actos litúrgicos sin cubrirse la
cabeza. Continúa siendo, sin embargo, una prenda muy apreciada
por su belleza y por su tradición. [A.G.R.]
|
FILOSOFÍA
Metafísica. El filósofo
griego Aristóteles comenzó su Metafísica con esta afirmación:
“Todos los hombres desean por naturaleza saber”. Un primer nivel
de saberes, que se da en la vida diaria y en la investigación
científica, es el de lo fenoménico, aquello que se presenta con
una evidencia inmediata o que puede verificarse
experimentalmente. El ser humano no está limitado a este nivel y
puede llegar a otro más profundo, gracias a la capacidad de su
entendimiento, que puede trascender lo empírico. En este segundo
nivel se encuentran las verdades metafísicas. No las han
descubierto únicamente los filósofos, expresándolas en distintas
doctrinas, sino que todo hombre, en cierto sentido, es
metafísico, posee una concepción propia de la realidad, que de
algún modo da respuesta a los grandes interrogantes de la
existencia, y desde esta interpretación orienta su vida
personal. El ser humano necesita conocer el “sentido” de todas
las cosas y de su existencia. Desea obtener respuestas a
interrogantes como: ¿quién soy?; ¿de dónde vengo?; ¿a dónde
voy?; ¿por qué existe el mundo?; ¿por qué existen el mal y el
sufrimiento?, y otras preguntas de fondo parecidas. En realidad,
cuanto más conoce el mundo más urgentes le resultan tales
preguntas. El hombre es naturalmente metafísico. Su misma
racionalidad le empuja al conocimiento metafísico. La metafísica
intenta responder a todas estas preguntas sobre el sentido
último, continuando estos conocimientos naturales y llevándolos
a una mayor perfección terminológica, conceptual y sistemática,
e incluso a una mayor profundización. La metafísica científica
no supone una ruptura y menos una oposición a los conocimientos
metafísicos espontáneos. Son su regla y, por ello, la metafísica
no está tampoco separada de los afanes diarios de la vida
humana. La crisis que afecta en la actualidad a grandes sectores
de la cultura es, en el fondo, una crisis metafísica. Por otra
parte, supone la confianza radical en la capacidad de la razón
humana para trascender los datos empíricos para llegar a algo
fundamental, que sea último y absoluto. Ella misma tendrá que
probar la licitud del paso que da del fenómeno al fundamento, y
justificar el tipo de conocimiento de la dimensión trascendente,
siempre imperfecto , aunque cierto y verdadero. La
metafísica no sólo permite encontrar el fundamento de las
realidades intramundanas, incluida la personal, sino también
alcanzar un plano teológico. Con los instrumentos metafísicos,
el hombre puede ir más allá de todo lo contingente y alcanzar lo
infinito. A este significado apunta la etimología del término,
un saber que va “más allá” de lo empírico y fue así mismo
acertado que con él se denominarán los catorce libros de
Aristóteles, que tenían por objeto el estudio de los primeros
principios y de las primeras causas. Se dice, en ellos, que esta
“ciencia que buscamos” es la suprema sabiduría, porque tiene por
objeto “el ente en cuanto ente”, toda la realidad en una
amplitud universal y en su mayor radicalidad y profundidad.
Desde esta perspectiva, la metafísica no sólo se ocupa de los
elementos inmanentes de los entes de la experiencia sensible,
sino que también asciende por caminos estrictamente racionales
al estudio de la causa propia trascendente de estos entes. No
llega así a otra región del ente, sino a Dios en cuanto causa
del ente. La teología natural es, por ello, el último capítulo
de la metafísica, que es siempre ontología o estudio del ente.
La metafísica no es una ciencia genérica, sino única, y la
teología racional entra en ella como explicación última de los
entes. Tesis que tiene una importancia capital para la
afirmación de la trascendencia de Dios respecto al conocimiento
humano, porque la noción metafísica correcta de lo divino debe
implicar la negación de su accesibilidad completa y perfecta al
conocimiento humano. No obstante, Aristóteles denominó a esta
ciencia “teología”, por tener por objeto, en el sentido
indicado, a la realidad divina, que es la más elevada. Con esta
denominación de teología se conoció la metafísica en la
Antigüedad, hasta el s. XII, en que los escolásticos medievales
adoptaron el nombre de “teología” para designar la teología
sagrada o sobrenatural, basada en la fe y no en la mera razón.
La metafísica en Hispania comienza en la época de la
dominación romana con Séneca (4 a.C.-65 d.C.), con su doctrina
estoica de Dios. En la España visigoda, hay que citar también
los contenidos metafísicos de las Etimologías de San Isidoro
(560-636). El primer sistema metafísico completo es obra del
cordobés musulmán Averroes (1126-1198). Su triple serie de
comentarios a Aristóteles le valió el nombre de El Comentador
por excelencia. Su intento fue depurar la doctrina aristotélica
de todo contacto extrínseco, pero en su pensamiento se advierte
una gran influencia del emanatismo neoplatónico. Hizo consistir
el estudio de la metafísica en el conocimiento racional de Dios.
Toda su exposición metafísica causó un gran impacto en Europa,
pero acentuó en el islam la separación entre la filosofía y la
fe. Otro cordobés, el judío Maimónides (1135-1204), en su Guía
de perplejos, ofreció un sistema metafísico en conexión con la
teología del judaísmo. El objeto de la metafísica sería
igualmente Dios, pero sin la posibilidad de conocer sus
atributos sustanciales y positivos. Sólo se conocerían sus
operaciones respecto al mundo. Su doctrina era neoplatónica,
pero presentada con conceptos aristotélicos. Ya antes el judío
Avicebrón (1020-1070), natural de Málaga, pero que vivió en
Zaragoza, en su Fuente de la vida había dado una concepción
metafísica neoplatónica integral. Una metafísica cristiana
completa la ofreció Ramón Llull (1233-1316), aunque dispersa en
sus numerosas obras. El famoso “Doctor Iluminado” profesaba un
realismo de tipo platónico, fundamentado en un ejemplarismo de
molde agustiniano, que se complementaba con su “arte general”, o
ciencia universal, y se remataba en el misticismo. Su intento,
que en su época era arcaizante, consistió en elaborar una
filosofía al servicio de la fe, que fue realizada con un
matematicismo metafísico y con elementos racionalistas, ambos de
procedencia oriental. La influencia de su orientación y espíritu
se notó en la corriente denominada “lulista”, que atravesó los
siglos. La metafísica española llegó a su plenitud en la
época posrenacentista. Las universidades y las órdenes
religiosas no sólo se nutrieron de los planteamientos
tradicionales, sino que fomentaron su despliegue, incorporando
elementos del humanismo renacentista. Varias de sus obras
capitales mantuvieron su presencia en las universidades europeas
hasta mediados del s. XVIII. Tuvieron una importancia decisiva,
en esta “segunda escolástica” española, los dominicos de
Salamanca. La inició el celebre teólogo jurista Francisco de
Vitoria (1492-1546). Continuaron su labor en otros campos
filosóficos: Domingo de Soto (1495-1560), Bartolomé de Medina
(1528-1580), Pedro de Ledesma (m. 1616), Melchor Cano
(1509-1560) y Pedro de Soto (1501-1563). Destaca en la
metafísica la figura de Domingo Báñez (1528-1604). El célebre
catedrático de Salamanca redescubrió la doctrina del ser de
Santo Tomás y advirtió las consecuencias de este “olvido del
ser” en la tradición tomista. En otras muchas cuestiones reveló
su perfecta comprensión de la metafísica tomista. José A. García
Cuadrado ha mostrado recientemente la importancia de su doctrina
del intelecto agente. El nombre de Báñez está unido a las
famosas controversias De auxiliis en Roma. El Papa Clemente VIII
(1592-1605) instituyó la llamada “Congregación de los Auxilios”
para poner término a la polémica entre los dominicos y los
jesuitas, que seguían a Luis de Molina (1536-1600). Tomás de
Lemos y Diego Álvarez, siguiendo a Báñez, se defendieron de las
acusaciones de calvinistas, y advirtieron del peligro de
semipelagianismo de las doctrinas molinistas y de las
matizaciones de Francisco Suárez. En su célebre Concordia del
libre albedrío con la gracia, Luis de Molina (1536-1600)
estableció cuatro tesis fundamentales, dos metafísicas y dos
teólogicas. La primera metafísica es la del “concurso
simúltaneo” entre Dios y la criatura para sus acciones. La
segunda es la afirmación de la “ciencia media” de Dios, o del
conocimiento de los futuros condicionados libres, o los que no
existirán, pero existirían si se diesen unas condiciones
determinadas. Estas dos doctrinas fundamentaban,
respectivamente, dos tesis teológicas: la “gracia versátil” o
indiferente, que no es eficaz por sí misma, sino por el
consentimiento de la voluntad libre; y la predestinación de Dios
a la otra vida “después de previstos los méritos” de cada
hombre. A estas cuatro tesis molinistas, Báñez presentó otras
cuatro completamente distintas e irreductibles, que son las
propias del tomismo. En Báñez no hay nada nuevo en su
explicación, nada que no esté en la doctrina del Aquinate –no
existe, por tanto, lo que se ha calificado de “bañezianismo”–,
aunque podrían discutirse algunos puntos accidentales de su
interpretación que no afectan en nada a sus cuatro tesis
fundamentales. Las metafísicas son las siguientes: enfrente del
concurso simultáneo, la “premoción física”, o la moción física
inmediata y previa de Dios como causa primera sobre la criatura,
que es así causa segunda de su acción; y enfrente de la ciencia
media, la doctrina de los “decretos divinos predeterminantes”,
que explica el conocimiento divino de los futuribles en sus
decretos eternos. A su vez, otras dos teológicas, basadas en
ellas repectivamente: la “eficacia intrínseca de la gracia” y la
predestinación “antes de los meritos previstos”. La comisión
trabajó durante nueve años (1598-1607) y Pablo V (1605-1621)
puso fin a la contienda, no definiendo ninguna solución.
Además de Molina, que es también notable por sus estudios
jurídicos, los jesuitas aportaron a la metafísica aristótélica
las obras de Francisco De Toledo (1532-1596) y Pedro Fonseca
(1528-1599), que tradujo directamente del griego la Metafísica
de Aristóteles. El metafísico más original y de mayor influencia
fue Francisco Suárez (1548-1617), natural de Granada. Sus
Disputationes Metaphysicae ocupan un puesto singular en la
historia universal de la metafísica. Por primera vez, se
presentaron de forma sistemática y ordenada todas las cuestiones
metafísicas. Así mismo Suárez se ocupo de todos los autores
anteriores –cita a 245 autores–. Podría decirse que la obra es
como una gran enciclopedia. Su autor se mueve siempre en la
tradición aristotélica y, aunque confiese seguir la línea de
Santo Tomás, todas sus tesis centrales y nucleares son
inconciliables con las tomistas. Difieren entre otros su
conceptos de metafísica, la noción y composición del ente, la
doctrina de la potencia y del acto, la de los trascendentales,
la concepción de la analogía, la composición de la esencia y la
existencia, la doctrina de la individuación y la del
constitutivo formal de la persona. Su sistema, en definitiva,
denota cierto eclecticismo y la complicación propia del barroco.
El suarismo ha continuado hasta nuestros días con los jesuitas
José Hellín (1883-1973), Ismael Quiles (1906-1993), Juan Roig
Gironella (1912-1980). También Juan Pegueroles (1928), desde su
inserción en el pensamiento suarista, ha estudiado a San Agustín
–es uno de sus más cualificados tratadistas españoles–, a Santo
Tomás e igualmente a Blondel, Husserl, Heidegger y Gadamer. El
estudio de Suárez lo continúa el investigador laico Santiago
Fernández Burillo. En el s. XVII, en la orientación tomista,
sobresalieron: Francisco de Araujo (1580-1664), Pedro de Godoy
(m. 1677), Diego Mas (m. 1608), Tomás de Vallgornera (m. 1665) y
Juan Tomás de Rocabertí (1627-1699). Tienen así mismo gran
importancia el célebre Curso complutense, publicado en Alcalá de
Henares por los carmelitas descalzos: Miguel de la Trinidad
(1588-1661), Antonio de la Madre de Dios (1587-1641) y Juan de
los Santos (1583-1654). El s. XVIII, el eclecticismo y el
escepticismo (v.), que reinaban en el ambiente ilustrado,
impidieron mantener el anterior nivel metafísico. La nueva
Universidad de Cervera, con su interés por cultivar las
humanidades clásicas, no contribuyó tampoco a su restauración.
En el s. XIX, tuvieron gran auge tendencias filosóficas europeas
como el hegelianismo (v.), el panteísmo (v.), el neokantismo, la
escuela escocesa o del sentido común, el positivismo (v.), el
materialismo (v.) y sobre todo el krausismo (v.). La filosofía
de K.Ch.F. Krause (1781-1832), idealista alemán, de escaso
predicamento en el mundo germánico, fue introducida con el afán
de transformar toda la cultura española, por Julián Sanz del Río
(1814-1869) y tuvo una influencia extraordinaria en todos los
ámbitos culturales y políticos. La continuó su discípulo
Francisco Giner de los Ríos (1839-1915), que fundó la
Institución Libre de Enseñanza, centro privado de enseñanza
superior de gran prestigio e influencia. La situación
comenzó a cambiar con Jaime Balmes (1810-1948). En sus obras de
contenido metafísico –El Criterio (1845), Filosofía fundamental
(1846), y Curso de filosofía elemental. Metafísica, lógica,
ética, historia de la filosofía (1847)– demostró un amplio
conocimiento de la filosofía moderna y ofreció soluciones a las
cuestiones metafísicas básicas, desde un posición que no es
escolática, ni tomista, pero que preparó su futuro
restablecimiento, por su actitud de estudio, ecuanimidad y
diálogo. La asimilación y la conciliación, sin eclecticismo,
fueron las coordenadas de su pensamiento. En la segunda mitad
del s. XIX, la metafísica continuó con la misma tónica.
Únicamente se publicaron muchos libros de texto para la
enseñanza en universidades e institutos. Pueden citarse:
Institutiones Metaphysicae (1890), de José Daurella y Rull; y
Metafísica fundamental (1899), de Pedro María López y Martínez.
La figura central de este momento, y que contribuyó
decisivamente a la digna reconstitución de la metafísica, fue el
cardenal Ceferino González, O.P. (1831-1895), profesor en Manila
y autor de Estudios sobre la filosofía de Santo Tomás (1864).
Las enseñanzas, que impartió después en España, se encuentran en
su obra Filosofía elemental (1873). En éstas y en sus otras
obras expuso el pensamiento clásico contrastándolo con el
moderno con el intento de hacerlo progresar. Discípulos suyos
fueron Juan Manuel Ortí y Lara (1826-1904), catedrático de
Metafísica de la Universidad de Madrid, y su sucesor Antonio
Hernández Fajarnés (1851-1909). La encíclica del papa León
XIII (1878-1903), Aeterni Patris, de 1879, contribuyó a la
restuaración de la metafísica, especialmente en la línea de
Santo Tomás. Respresentó la madurez de una tendencia que se
había iniciado en Italia, gracias al barcelonés Juan Tomás de
Boxadors (1703-1780), maestro general de la Orden de
Predicadores. Toda la filosofía escolástica bajo el impulso de
este documento filosófico volvió a resurgir en los pensadores
católicos. José Torras y Bages (1846-1916), de entre todos
ellos, es el que más se ocupó de temas metafísicos, y aplicó la
metafísica de Santo Tomás a las más diversas cuestiones. En el
s. XX, los estudios metafísicos se iniciaron con obras decisivas
escritas por dominicos. Norberto del Prado (1852-1918), profesor
de la Universidad de Friburgo (Suiza), publicó el famoso libro
Veritate fundamentali philosophiae christianae (1911), donde
colocó la doctrina de la real composición de esencia y ser como
la más fundamental de toda la metafísica, y la que permite el
acceso racional a Dios y la explicación filosófica de la
creación. Francisco Marín-Sola (1873-1932), que ocupó su cátedra
suiza y escribió sus estudios sobre El sistema tomista sobre la
moción divina y su gran obra Concordia divina entre la moción
divina y la libertad creada. En ambas precisa y defiende la
posición de Báñez, mostrando su perenne actualidad, realizadas
unas correcciones accidentales. Santiago Ramírez (1891-1967),
profesor en el Angelicum de Roma, Salamanca y Friburgo,
investigó, en una serie de artículos, la analogía. Su Opera
Omnia, publicada por el Consejo Superior de Investigaciones
Científicas (CSIC), ocupa cuarenta volúmenes. Su discípulo, el
dominico Victorino Rodríguez (1926-1997), en sus obras, difundió
su pensamiento con un estilo expresivo más claro y más actual.
Una de las mejores es El conocimiento analógico de Dios (1995).
Por esta misma época, el canónigo de Santiago de Compostela y
profesor de su Universidad Pontificia, Ángel Amor Ruibal
(1869-1930), filósofo autodidacta, creó una metafísica
denominada “correlacionismo”, que se encuentra en su magna obra
Problemas fundamentales de la filosofía y del dogma (1914-1922).
Concibió la metafísica como un sistema que estudia el universo
como totalidad. Sus entidades están ensambladas por la relación,
que es así el principio universal de explicación. De este modo
su pensamiento mostró afinidades con otras metafísicas e incluso
concepciones de la ciencia. En la primera mitad del s. XX, y
ya en la universidad civil, sobresalió José Ortega y Gasset
(1883-1955), catedrático de Metafísica en la Universidad de
Madrid, cuya influencia ha sido de las más extensas y profundas
en el mundo hispánico. No sólo fue un filosófo culturalista
original e ingenioso, sino también un original metafísico. Su
sistema, que denominó “raciovitalismo”, se basaba en el
principio metafísico de que la realidad radical es la vida, que
se despliega en varios grados. Acuñó la expresión “razón vital”
para designar el uso vital de la razón. Fue un escritor muy
fecundo. Sus obras más propiamente metafísicas son El tema de
nuestro tiempo (1923), En torno a Galileo (1933), Ideas y
creencias (1940), La idea de principio en Leibniz (1958) y El
hombre y la gente (1958). Podría también citarse, por su
pensamiento religioso, a Miguel de Unamuno (1864-1936), pero
carece de sistema metafísico propio. Manuel García Morente
(1886-1942), amigo de Ortega, e igualmente catedrático en la
Universidad de Madrid, cultivó también una metafísica de la
vida, siguiendo los pasos de Heidegger. Sus cursos en la
Universidad de Tucumán fueron publicados con el título de
Lecciones preliminares de filosofía (1938), y después en España,
más ampliados, con el de Introducción a la filosofía (1943), con
catorce y siete ediciones, respectivamente. Después de su
conversión al catolicismo, asumió también la metafísica tomista,
que desarrolló en algunos puntos. Muy originales son también las
obras de Xavier Zubiri (1898-1983): Naturaleza, Historia, Dios
(1944), Sobre la esencia (1962), Cinco lecciones de filosofía
(1963), La inteligencia sentiente, Inteligencia y logos e
Inteligencia y razón (1980-1983). En todas ellas abordó las
cuestiones clásicas capitales, con una terminología propia y una
sistematización muy particular. Aunque su objeto de reflexión
fue la metafíca clásica, discrepó constantemente de Aristóteles.
Igual intento renovador ha manifestado en sus últimas obras
póstumas: El hombre y Dios (1984) y en Sobre el hombre (1986).
Ángel González Álvarez (1916-1991), catedrático de Metafísica de
la Universidad de Madrid (1954-1985), continuó la línea de su
maestro Ramírez. En su Introducción a la Metafísica (1951) trató
de un modo sistemático e histórico las cuestiones fundamentales
de la posibilidad de la metafísica y de su punto de partida. Su
obra más importante, el Tratado de Metafísica –en dos tomos,
Ontología y Teología Natural (1961)–, es el primero de estas
dimensiones publicado en nuestra época, en lengua castellana,
sobre el conjunto de la metafísica. Jesús García López (1924),
discípulo de González Álvarez y que ocupó la cátedra de la
Universidad de Murcia, ha sido uno de los grandes maestros de
metafísica de la actual universidad española. Sus publicaciones
–Nuestra sabiduría racional de Dios (1950), El conocimiento
natural de Dios. Un estudio a través de Descartes y Santo Tomás
(1955), El valor de la verdad y otros estudios (1965), Doctrina
de Santo Tomás sobre la verdad (1967), Estudios de metafísica
tomista (1976), Tomás de Aquino, maestro del orden (1985),
Lecciones de metafísica tomista, I. Ontología. Nociones comunes,
II. El conocimiento filosófico de Dios, III. Gnoseología (1995)–
son fruto de un amplio y profundo conocimiento directo de las
obras de Santo Tomás, cuyas doctrinas ha confrontado con los
principales pensadores modernos y contemporáneos, como
Descartes, Kant y Heidegger. En el estudio de la metafísica y en
la línea de Santo Tomás, en la Universidad de Madrid, ha tenido
un papel destacadísimo Antonio Millán-Puelles (1921). Desde una
primera orientación fenomenológica, el pensador profundizó en la
tradición tomista, exponiendo y continuando sus doctrinas con
una terminología propia muy precisa y cuidada. Sus obras
metafísicas son El problema del ente ideal. Un examen a través
de Husserl y Hartmann (1947), Ontología de la existencia
histórica (1951), Fundamentos de filosofía (1956) –que alcanzó
once ediciones–, La estructura de la subjetividad (1967) –una de
sus mejores–, Teoría del objeto puro (1990) –que completa su
metafísica realista con una doctrina sobre lo irreal–, Léxico
filosófico (1984) y El interés por la verdad (1997). Leonardo
Polo (1926), en su magisterio oral y escrito, principalmente en
la Universidad de Navarra, ha expuesto un original sistema,
basado en lo que denomina “el abandono del límite mental”, que
posibilita el estudio de la existencia y la esencia
extramentales, y la existencia y la esencia humanas.
Problemática que trató ya en una de sus primeras obras –El
acceso al ser (1964)– y que ha continuado en todas las demás. En
su reciente Antropología trascendental, ha ampliado la lista
clásica de los trascendentales con otros humanos, como el
coexistir, la libertad o el intelecto personal. Otros
metafísicos destacables son Jesús Arellano (1921), catedrático
en la Universidad de Sevilla, que ha estudiado también los
conceptos metafísicos trascendentales; y Rafael Gambra (1920),
que ha contribuido decisivamente –con sus obras Historia
sencilla de la filosofía (1961), Curso elemental de filosofía
(1962), El silencio de Dios (1968) y El lenguaje y los mitos
(1983)– a la difusión de principios de Santo Tomás En la
actualidad se cultiva la metafísica con gran fuerza y fecundidad
en la llamada Escuela Tomista de Barcelona, que tiene su origen
en el magisterio oral y escrito de Ramón Orlandis Despuig
(1873-1958). Discípulo suyo fue Jaime Bofill (1910-1965),
catedrático de Metafísica de la Universidad de Barcelona
(1950-1965). En su libro La escala de los seres (1950), estudió
la concepción tomista de la posesión intencional en sus dos
posibles modos: por vía de conocimiento y por vía de amor.
Francisco Canals Vidal (1922), también discípulo directo del
padre Orlandis y de Bofill, ha impulsado y consolidado
definitivamente la escuela. Es autor de Para una fundamentación
de la Metafísica (1967), Cuestiones de fundamentación (1981),
Sobre la esencia del conocimiento (1987) y Sant Tomàs d’Aquino.
Antologia metafísica (1991). En estas y otras obras ha expuesto
la síntesis de Santo Tomás, en diálogo ininterrumpido con las
otras grandes visiones teológico-filosóficas cristianas (San
Agustín, San Anselmo, San Buenaventura, Ramón Llull, Duns Scoto
y Suárez), las corrientes escolásticas no tomistas, el
racionalismo; el empirismo, el trascendentalismo de Kant, y su
revolución copérnicana, la dialéctica hegeliana; y el
pensamiento de Heidegger. De entre todos sus hallazgos
filosóficos, puede destacarse el del carácter expresivo y
locutivo de todo conocer. Desde 1989, Eudaldo Forment (1946), su
discípulo, ocupa la cátedra de Metafísica de la Universidad de
Barcelona –donde había enseñado Canals (1967-1988) y
anteriormente Jaime Bofill (1950-1965)–, manteniendo la misma
trayectoria. Es autor de las siguientes obras metafísicas:
Fenomenología descriptiva del lenguaje (1982); Ser y persona
(1983); Persona y modo sustancial (1984); Introducción a la
metafísica (1985); El problema de Dios en la metafísica (1988);
Dios y el hombre (1987); Filosofía del ser (1988); Principios
básicos de la bioética (1990); Lecciones de metafísica (1992);
La persona humana (1994); San Anselmo (1995); Historia de la
filosofía tomista en la España contemporánea (1998), e Id a
Tomás. Principios fundamentales del pensamiento de Santo Tomás
(1999). Hay que destacar también las obras, nacidas en el ámbito
de este grupo: Ser y obrar (1991), de Ignacio Guiu (1963); La
analogía (1989), de Vicens Igual; La incomunicabilidad
ontológica de la persona humana (1992), de Juan Martínez
Porcell; Ser y conocer (1992), de Juan García del Muro; El orden
dinámico del ser (1993), de Pau Giralt; Metafísica de la
intencionalidad (1997), de Magdalena Bosch; y Persona y amor
(1993), de Francisca Tomar. También Carlos Cardona (1930-1993),
desde un arraigado y profundo conocimiento del pensamiento de
Santo Tomás, prestó especial atención a la metafísica
contemporánea, asumiendo gran parte del pensamiento de
Kierkegaard y la problemática de Heidegger. Escribió: La
metafísica del bien común (1966); Metafísica de la opción
intelectual (1969); Metafísica del bien y del mal (1987), y
Olvido y memoria del ser (1997). Uno de sus discípulos más
conocidos es Lluís Clavell, rector del Pontificia Universidad de
la Santa Cruz, de Roma, autor de: El nombre propio de Dios según
Santo Tomás de Aquino (1980), Metafísica (1982) y Metafisica e
libertà (1996). Otro de sus discípulos es Tomás Melendo (1951),
catedrático de Metafísica en la Universidad de Málaga, que ha
sabido encontrar muchas de las inferencias que se derivan de la
rica doctrina del ser de Santo Tomás. Ha escrito, entre otras
obras: Metafísica (1982); Ontología de los opuestos (1982); La
metafísica de Aristóteles. Método y temas (1997); Entre moderno
y postmoderno. Introducción a la metafísica del ser (1997);
Metafísica de lo concreto. Sobre las relaciones entre filosofía
y vida (1997). Otros autores que se ocupan en estos momentos de
la metafísica son el catedrático Ángel Luis González, que ha
publicado muchos estudios monográficos sobre importantes temas
tratados por Santo Tomás –Ser y participación (1979) y Teología
natural (1985)– y sobre la metafísica de Leibniz y de Nicolás de
Cusa; Rafael Alvira, autor de La noción de finalidad (1978),
Metafísica (1982) y La razón de ser hombre. Ensayo acerca de la
justificación del ser humano (1998), y que ha escrito estudiando
especialmente problemas metafísicos referentes al hombre; Javier
Arangure; Mariano Artigas; Juan Manuel Burgos; José J.
Escandell; José Luis Fernández; Joaquín Ferrer; José Ángel
García Cuadrado; Juan A. García González; Jordi Girau; Alfonso
García Marqués; Marta González; Alejandro Llano; Patricia Moya;
Juan Manuel Navarro Cordón; Juan Pegueroles; Javier Pérez
Guerrero, Enrique Rivera de Ventosa; J.Mª. Romero; Luis Romera;
Modesto Santos; Armando Segura; Antonio Segura Ferns; Juan
Fenando Sellés y José Villalobos. Podría ampliarse mucho más
esta relación de estudios y autores, pero ya revelan
suficientemente la importancia en cantidad y calidad de las
investigaciones actuales sobre metafísica. Sólo queda por
destacar la gran labor que continúan realizando los dominicos
–Aniceto Fernández (1895-1981), Mateo Febrer (1908-1999), Juan
José Gallego, Jordán Gallego, Quintín Turiel, Vicente Cudeiro y
Armando Bandera, entre otros– y muy especialmente Abelardo
Lobato (1925). El conocido tomista español es en la actualidad
presidente de la Pontificia Academia Romana de Santo Tomás y
presidente de la Sociedad Internacional Tomás de Aquino, las dos
instituciones más importantes del tomismo mundial y rector en
Suiza. Su actividad docente, sus múltiples publicaciones y su
constante e intensa actividad organizativa y directiva, han
contribuido decisivamente a establecer una mayor presencia en
extensión y en profundidad del pensamiento de Santo Tomás en el
mundo de hoy. Lobato ha asumido del tomismo la confianza en la
verdad, que fundamenta en el diálogo, tal como claramente se
manifiesta en su monumental obra El pensamiento de Santo Tomás
de Aquino para el hombre de hoy (1994 y ss.; 3 vols.). Su
doctrina metafísica está centrada en el estudio de los conceptos
trascendentales, desde los que fundamenta una metafísica de la
persona, que, como ha mostrado en una de sus últimas obras
–Dignidad y aventura humana (1997)– permite asentar los derechos
humanos. En estos momentos, la metafísica de Lobato, que es el
fundamento de la antropología y de la ética, es la expresión del
intento de la actual metafísica española de fundamentar todo lo
referente al hombre y su dignidad personal. [E.F.G.]
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GASTRONOMÍA
Manchego. Queso con
Denominación de Origen, con reconocimiento oficial desde
2-VII-1982 y reglamentado por Orden Ministerial del 21-XII-1984,
elaborado exclusivamente con leche de oveja manchega, prensado y
salado. La leche, sin cocer o pasteurizada, se cuaja con flor de
cardo común, a unos 30°; una vez cuajada, se coloca la pasta en
moldes de esparto y se desmenuza. Sobre tales moldes se colocan
pesos que compriman la pasta y se deja que ésta repose durante
unas seis horas, pasadas las cuales se pone en salmuera, donde
se mantiene cuarenta y ocho horas. A continuación, se vuelve a
comprimir la pasta y se deja secar durante un periodo de tiempo
más o menos largo, según se quiera obtener un tipo de queso
tierno, semiseco o seco, pero siempre un mínimo de sesenta días,
por ser el manchego un queso de maduración larga. Las piezas de
queso manchego tienen forma cilíndrica, de 20 a 25 cm de
diámetro y de 8 a 10 cm de alt.; su peso oscila entre 2,5 y 3,5
kg por unidad; sus paredes laterales están ligeramente abombadas
y su corteza, seca y dura y de un color amarillo cremoso, suele
presentar dibujos producidos por la pleita del esparto que se
utilizó para el prensado de la pasta. Ésta, a su vez, se
caracteriza por su color marfil, por su consistencia y por tener
pequeños agujeros en su parte central, pero sus características
varían algo según el tiempo de maduración que se le haya dado a
la pieza: si es un queso “fresco”, es decir, que ha cumplido
sólo el plazo mínimo de maduración, su pasta es propiamente de
color marfil y su consistencia muy elástica; si se trata de una
pieza de queso “curado”, esto es, el que se consume unas trece
semanas después del citado tiempo mínimo, la pasta ha adquirido
ya un tono más amarillento y se ha endurecido; finalmente, si se
trata de un queso “añejo”, conservado en aceite de oliva desde
siete meses a un año o incluso dos, el color amarillento de la
pasta se habrá vuelto aún más intenso y la corteza, así mismo,
más áspera y de color oscuro. Característico de la región de La
Mancha, de prácticamente todas las localidades de la mitad E. de
las provv. de Toledo y Ciudad Real, SO. de la prov. de Cuenca y
NO. de la de Albacete, son especialmente conocidos los manchegos
de Alcázar de San Juan (Ciudad Real), Belmonte (Cuenca),
Villanueva de los Infantes (Ciudad Real), Socuéllamos (Ciudad
Real), Villarrobledo (Albacete). La fabricación es
mayoritariamente industrial, pero aún hoy día se da en ciertos
lugares de forma artesanal. Por lo que a su historia se refiere,
los testimonios de escritores griegos y de la antigüedad clásica
(por ejemplo de Avieno en su Ora maritima, s. IV) y, sobre todo,
la literatura hispanoárabe muestran que la elaboración de queso
de oveja fue una tradición arraigada y habitual entre los
pueblos y habitantes de la región manchega. Cervantes menciona
en El Quijote en varias ocasiones el queso manchego y vemos que
Don Quijote y especialmente Sancho lo comen no sólo con hambre
sino con gran placer; si, así pues, era ya en el s. XVI un
alimento habitual, con el tiempo ha llegado a convertirse,
además, en el queso más famoso de España.
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GENEALOGÍA
Orléans, Casa de. Nombre que
reciben cuatro dinastías diferentes emparentadas con la Casa
Real francesa, cuyo título familiar proviene del antiguo condado
carolingio de Orleáns (Loiret, Francia), de posesión capeta
desde el s. X, erigido en ducado en 1344 por Felipe VI de
Francia (1328-1350) para su quinto hijo Felipe I de Orleáns,
cabeza de la primera dinastía, tras cuya muerte sin descendencia
el título recayó en la Corona. La segunda casa de Orleáns fue
fundada en 1392 por Carlos VI de Francia (1380-1422), al
conceder el título y ducado a su hermano, Luis I de Orleáns (m.
en 1407), cuyo nieto, Luis II, reinó más tarde en Francia como
Luis XII (1498-1515), por lo que el título se reintegró de nuevo
a la Corona. La tercera dinastía se inauguró y extinguió con
Gastón I, hermano de Luis XIII (1610-1643), para quien el
monarca francés separó de nuevo de la Corona el título y ducado
orleanés en 1626. Al morir (1660) sin descendencia masculina –su
única hija fue Ana María Luisa, duquesa de Montpensier, título
asociado al de Orleáns en los miembros de la cuarta dinastía–,
el título ducal revirtió de nuevo en la Corona, en concreto en
Luis XIV (1643-1715), el Rey Sol, quien lo concedió (1660) a su
hermano Felipe I de Orleáns (m. en 1701), cabeza de la cuarta
dinastía orleanesa. De su primer matrimonio con Enriqueta Ana
(1661), hija de Carlos I de Inglaterra (1625-1649), nació María
Luisa de Orleáns (v. Luisa de Orleáns, María -), que llegó a ser
reina de España tras su matrimonio (1679) con Carlos II
(1665-1700). De sus segundas nupcias (1671) con Carlota Isabel,
hija del elector del Palatinado Carlos Luis, nació Felipe II de
Orleáns y Montpensier (1674-1723, v. Orleáns, Felipe II, Duque
de -), heredero del título familiar, que fue nombrado
(1707-1708) por su tío Luis XIV comandante en jefe de las tropas
francesas en España durante la Guerra de Sucesión (1701-1714);
participó en las tomas de Zaragoza (1707), Lleida (1707) y
Tortosa (1708), y conspiró para acceder al trono español;
posteriormente fue regente de Francia (1715-1722). Su hija Luisa
Isabel de Orleáns (v.) fue reina de España (1724) por su
matrimonio con Luis I (1724), hijo de Felipe V (1700-1724 y
1724-1746). De la línea troncal de la casa desciende Luis Felipe
José, duque de Orleáns y Montpensier, llamado Felipe Igualdad
(m. en 1793), diputado por París durante la Convención
(1792-1793), y ejecutado por los jacobinos (IV-1793) acusado de
haber aspirado al trono –había instigado para conseguir el
derrocamiento de su primo Luis XVI (1774-1791)–, y padre de Luis
Felipe I, que llegó a ser rey de Francia (1830-1848). Los hijos
de Luis Felipe I inauguraron varias ramas familiares. Así, de
Luis, duque de Nemours, descienden, por el matrimonio de su hijo
Gastón con Isabel, hija y heredera de Pedro II, emperador del
Brasil (1831-1889), la rama brasileña de los Orleáns-Braganza,
jefes de la Casa Real del país sudamericano; de Fernando,
príncipe real y cabeza de la rama de Orleáns, descienden los
condes de París, jefes de la casa de Francia, mientras que
Antonio, duque de Montpensier (v. Montpensier, Antonio María
Luis de Orleáns, Duque de -), fue nombrado infante de España por
su matrimonio (1846) con María Luisa Fernanda, hija de Fernando
VII (1808, 1814-1833). Antonio de Montpensier conspiró
activamente contra su cuñada Isabel II (1833-1868) y, a su
muerte, fue aspirante al trono vacante. De su matrimonio con
María Luisa Fernanda nacieron, entre otros, María de las
Mercedes de Orleáns (v.), esposa de Alfonso XII (1874-1885);
Antonio, duque de Galliera e infante de España por su matrimonio
(1886) con Eulalia, hija de Isabel II, que inauguró la rama
española de los Orleáns, duques de Galliera, e Isabel, también
infanta de España, que casó (1864) con Felipe VII, conde de
París y jefe de la casa de Francia. De este enlace nacieron,
entre otros, Felipe VIII de Orleáns, jefe de la casa de Francia,
y María Luisa de Orleáns y Orleáns, que casó (1907) con Carlos
de Borbón-Dos Sicilias (v.), infante de España. De este segundo
matrimonio del infante nacieron Alfonso, duque de Calabria, de
cuya rama troncal descienden los jefes de la Casa Real de las
Dos Sicilias, y María de las Mercedes de Borbón y Orleáns (v.),
esposa (1935) de Juan de Borbón y Battenberg, conde de
Barcelona, hijo y heredero de Alfonso XIII (1886-1931), y padre
de Juan Carlos I, rey de España (1975-).
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GEOGRAFÍA
Morena, Sierra. También
Mariánica. Sistema montañoso sit. al S. de la Meseta Meridional,
que sirve de límite entre ésta y la depresión del Guadalquivir.
Orientada en dirección E.-O., se extiende a lo largo de cerca de
600 km por las provv. de Ciudad Real, Jaén, Córdoba, Sevilla,
Huelva y Badajoz. Limita al N. con el río Guadiana y al S. con
la depresión del Guadalquivir, mediante una separación
rectilínea de unos 400 km de long. y de 1.000 m de alt. en sus
cotas más altas, lo que le confiere un peculiar aspecto de
escalón, característica que se habría debido bien a un
hundimiento del zócalo de la Meseta, bien a un desgarre o falla
de rumbo, pero no por lo que se había conocido como “gran falla
del Guadalquivir”. Presenta una serie de fracturas y pequeñas
fallas, muchas veces orientadas en dirección contraria al
desnivel general de la flexión del zócalo, que tienden a
resaltarlo, aunque con orientaciones contradictorias u oblicuas
a su rumbo general, lo que origina una gran asimetría en sus
vertientes, ya que mientras apenas sobresale al ser observada al
N. desde la Meseta, destaca si se contempla al S., desde la
depresión del Guadalquivir; en el extremo E. el escarpe queda
camuflado por el contacto con las sierras de la Cordillera
Subbética. Perteneciente a la parte meridional del macizo
herciniano ibérico, Sierra Morena está constituida por un
conjunto de materiales metamórficos y sedimentarios que se
transformó durante un periodo muy extenso, desde el Precámbrico
hasta el Carbonífero, época en que emergió. El macizo estuvo
sujeto después a un largo proceso de erosión continental,
desarrollado desde finales del Paleozoico hasta el Terciario,
que aplanó sus cumbres y lo convirtió en un relieve de formas
envejecidas. La erosión remontante de los afluentes del
Guadalquivir ha resaltado, por otra parte, los crestones de
cuarcita sobre los afloramientos de pizarras en que se excavan
los valles. En la zona andaluza se distinguen tres grandes
zonas, con características propias: la centroibérica, la
Ossa-Morena y la surportuguesa, cada una de las cuales presenta
diferentes características morfoestructurales. La centroibérica,
que corresponde a la región oriental, queda limitada a la
estrecha franja de la zona de Jaén y la parte oriental de
Córdoba hasta el S. del batolito de la com. de Los Pedroches
(penillanura de más de 3.000 km2 sit. al S. de las sierras de
Alcudia y Madroña, en la prov. de Córdoba). Agrupa los terrenos
del Paleozoico Inferior y Medio, con predominio de calizas
cristalinas del Precámbrico, las cuarcitas del Silúrico y las
pizarras arcillosas del Cámbrico. La disposición tectónica
mantiene aún la directriz herciniana, aunque con clara tendencia
hacia el E. y NE. La organización litotectónica ha creado
importantes relieves diferenciales donde coinciden las
principales sierras con enclaves cuarcíticos que emergen de
entre las series plegadas. En esta área destacan los granitos de
Linares, La Carolina y Santa Elena, sit. al E. de la Sierra
Morena jiennense, donde se hallan filones de plomo. En el
extremo E. se halla la sierra del Relumbrar (1.151 m de alt.),
que marca el límite oriental de Sierra Morena y enlaza con las
sierras de la Cordillera Subbética. La zona de Ossa-Morena se
encuentra en la zona central, entre el batolito de Los
Pedroches, al E., y el valle del río Viar, al O., dominando el
N. de las provv. de Sevilla y Córdoba. Orientada en dirección
NO.-SE., es bastante variada, con un predominio de rocas
plutónicas y materiales del Carbonífero, junto con batolitos
graníticos, como el de Los Pedroches, y materiales del
Precámbrico, pizarras, calizas y dolomías del Cámbrico Inferior,
así como materiales del Paleozoico Inferior en su sector
occidental. Así mismo, cabe destacar los terrenos del
Carbonífero de la cuenca del río Guadiato por sus yacimientos de
carbón de Peñarroya-Belmez-Espiel, tres bandas diferentes del
Carbonífero depositadas en capas lacustres o en llanuras de
inundación, que ocupan 50 km de long. por 2 km de anchura y
donde se encuentran los carbones de mejor calidad del S. de
España. En la zona surportuguesa, casi en la prov. de Huelva,
destaca el material del Carbonífero, rico en minerales. Se
hallan los yacimientos de carbón de Villanueva del Río y Minas
(Sevilla), así como un conjunto heterogéneo de rocas volcánicas
detríticas silíceas, sulfuros y manganeso que se extiende a lo
largo de 235 km de long. y 35-40 km de anchura entre Portugal y
la depresión del Guadalquivir del área de la prov. de Sevilla;
esta capa de sulfuros polimetálicos y de manganeso presenta
grandes cantidades de sulfuro de hierro con calcopiritas,
blenda, galena y otros minerales, de los que destacan las
piritas masivas, con unas reservas de 437.000.000 t.
Caracterizada por la uniformidad de sus líneas de cumbres,
comprendidas entre los 900 y los 1.300 m de alt., en Sierra
Morena destacan, en el tercio NE., las sierras del Relumbrar
–con el cerro de Pilas Verdes (1.151 m de alt.)–, de San Andrés
(1.224 m), de Madrona –donde se concentran varias de sus cumbres
más importantes, entre ellas las de Bañuela (1.323 m), Abulagoso
(1.301 m) y Rebollera (1.161 m)–, y la de Alcudia –en la que
destacan los picos Navalmarcos (1.057 m) y Judío (1.107 m)–, así
como el puerto del Mochuelo y la sierra de Aracena –que se
prolonga hacia el O. por la superficie de erosión de la com. de
El Andévalo y que aparece formada por un conjunto de cadenas
entre las que sobresalen el pico de Tentudia (1.104 m) y las
sierras de los Cerrajeros y de Cuchareda–. Así mismo, alberga
numerosos parques naturales: Sierra de Aracena y Picos de Aroche
(184.000 ha), en la prov. de Huelva; Sierra Norte (164.840 ha),
en la prov. de Sevilla; Sierras de Andújar (60.800 ha) y
Despeñaperros (6.000 ha), en la prov. de Jaén, así como Sierra
de Cardeña y Montoro (41.212 ha) y Sierra de Hornachuelos
(67.202 ha), en la prov. de Córdoba. A pesar de la escasa
importancia del relieve, Sierra Morena constituye una verdadera
frontera, casi despoblada, entre las comm. del S. de la Meseta y
las de la campiña del Guadalquivir, y que aparece atravesada por
diversos pasos; destacan el citado desfiladero de Despeñaperros
(1.300 m de alt.), que une las provv. de Ciudad Real y Jaén; el
paso de Villamanrique (924 m), entre estas mismas provv.; el
puerto Rubio (659 m), entre Almadén (Ciudad Real) y Córdoba; la
garganta de Gregorio (565 m), entre Badajoz y Córdoba; el puerto
de Tía Gila (530 m), entre Ciudad Real y Córdoba, y el puerto de
Monasterio (487 m), en la carretera de Badajoz a Sevilla. En
Sierra Morena se halla el nacimiento de numerosos ríos que
forman estrechos valles fluviales; los que transcurren por su
vertiente N. desembocan en la margen izquierda del Guadiana,
entre ellos el Azuer, el Jabalón, el Tirteafuera, el Zújar, el
Ortiga, el Guadamez, el Matachel y el Guadajira; mientras que
los de su ladera meridional vierten sus aguas en la margen
derecha del Guadalquivir, después de transcurrir profundamente
encajados en fuerte pendiente siguiendo la dirección herciana
NO.-SE. –la de las alineaciones de las cuarcitas–, que cambia
bruscamente hacia el S. e incluso hacia el SO. poco antes de
desembocar en su principal, como el Guadalmellato, el Guadiato,
el Bembézar, el Viar, el Rivera de Cala y el Rivera de Huelva;
por el contrario, en el extremo oriental, en la prov. de Jaén,
no se mantiene esta dirección a causa de la cobertera tabular
del Triásico superpuesta al zócalo herciniano, localizándose
ríos en dirección NE.-SO., entre ellos el Guadalimar, el
Guadalmena, el Guadalén, el Guarrizas y el Jándula. Así mismo,
se encuentran numerosos embalses, destinados fundamentalmente a
riegos y energía eléctrica, entre los que destacan los de
Gudalmena, Jándula, Puente Nuevo, Bembézar, El Pintado y
Aracena. El clima es mediterráneo en su mayor parte, que se
combina con una zona de clima mediterráneo continental en la
mitad E. junto con clima de montaña en el área de la sierra de
Aracena. Las temperaturas medias de enero oscilan entre 6 y 8°,
mientras que las de julio varían entre 24 y 26°. Las
precipitaciones son algo más abundantes que en las depresiones
de sus alrededores, situándose sus medias anuales entre los 600
y 800 mm, con la aparición de algunos islotes muy lluviosos que
llegan a superar los 1.000 mm anuales. La vegetación
predominante es la encina, junto con alcornoques, quejigos,
castaños y rebollos, que conviven con numerosas especies de
monte bajo, como jaras, espliegos, romeros, tomillos, lentiscos
y madroños; a pesar de la ausencia de suelos fértiles, se
localizan áreas de rozas para el cultivo temporal de cereales.
Entre su fauna destacan las comunidades de especies protegidas,
como lobos, linces, águila imperial y buitre negro. La población
se distribuye en núcleos superiores a los 3.000 h., que aparecen
muy distanciados; entre ellos sólo se localizan algunas
cortijadas aisladas. Sus actividades principales son la
agricultura y la ganadería –que se caracterizan por el régimen
de gran propiedad, donde un 50% de los terrenos aparecen
ocupados por haciendas que superan las 250 ha, dedicadas a la
explotación de corcho, la crianza de cerdos y el pastoreo
invernal de los rebaños ovinos trashumantes– y, sobre todo, la
minería, ya en declive. Iniciada por los romanos, la renovación
de las actividades mineras a mediados del s. XVIII produjo
grandes cambios en la economía de la región; supuso el
crecimiento de varios núcleos de población, como Linares, La
Carolina (Jaén), Almadén –donde se hallan los yacimientos de
mercurio más importantes del mundo–, Puertollano (Ciudad Real) y
Peñarroya-Pueblonuevo (Córdoba). Posteriormente, a finales del
s. XIX, se originó el gran desarrollo de estos recursos con el
aprovechamiento de las cuencas hulleras de Belmez (Córdoba) y
Villanueva del Río y Minas (Sevilla). Las principales
explotaciones son de plomo, carbón, mercurio, cobre, uranio y
pirita. –Hist. Anteriormente conocida también como
cordillera Bética o Mariánica (de Sexto Mario, su propietario en
el s. I d.C.), recibió su actual nombre por los colores oscuros
y verdosos de las pizarras, los matorrales espesos y los bosques
de encinas, que contrastan con el cromatismo de las fértiles
tierras béticas colindantes. El carácter separador de Sierra
Morena entre la Meseta y Andalucía ha conferido a los pasos
existentes una importancia histórica, ya que fueron lugares
donde se libraron grandes batallas, como las de Munda, nombre de
la actual c. de Montilla (Córdoba), donde el 27-III-45 a.C.
Julio César venció a los hijos de Pompeyo, Cneo y Sexto; Navas
de Tolosa, en la que se enfrentaron los ejércitos cristiano y
almohade el 16-VII-1212; o Bailén, ocurrida el 19-VII-1808
durante la Guerra de la Independencia (1808-1814) entre el
ejército español, comandado por el capitán general de Andalucía
Francisco Javier Castaños, y el francés del mariscal Dupont. Así
mismo, Sierra Morena fue guarida de bandoleros hasta que, entre
1767 y 1770, Pablo de Olavide se encargó de colonizar sus zonas
desérticas con la instalación de 6.000 alemanes y flamencos para
explotar la minería y guardar los caminos que cruzaban la sierra
(v. Morena, Nuevas poblaciones de Sierra -).
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HERÁLDICA
Pérez. Apellido patronímico
derivado del nombre de Pedro, por lo que no tienen ninguna
relación genealógica entre sí los diversos linajes que lo
ostentan. Muchos de éstos probaron su nobleza en las órdenes
militares de Santiago, Calatrava, Alcántara, Montesa, Carlos III
y San Juan de Jerusalén, en las reales cancillerías de
Valladolid y Granada, en la Real Audiencia de Oviedo y en la
Real Compañía de Guardias Marinas. –Armas. La línea de
Asturias y Galicia lleva escudo partido: primero de plata, con
un peral de sinople frutado de oro, y bordura de azur, con tres
flores de lis de plata; segundo de oro, con un león rampante y
coronado de púrpura. La de Vizcaya y las montañas de Burgos usa:
en campo de oro, un árbol de sinople y dos lobos de sable
linguados de gules, atravesados al pie del tronco. La de Toledo
y Extremadura trae: en campo de sinople, una torre de plata
sobre unas peñas al natural y, saliendo de su homenaje, un brazo
armado con un hacha encendida en la mano; bordura de plata, con
cuatro jaqueles de sable, cargado cada uno de ellos de una
estrella de oro y cuatro fajas de azur que se alternan. La de
Huesca lleva escudo partido: primero de oro, con cuatro palos de
gules; segundo de plata, con un árbol de sinople con dos peras
de gules colgando. Otra de Aragón usa: en campo de plata, un
árbol de sinople con dos peras de gules colgando. Otra de Aragón
trae: en campo de plata, tres peras de púrpura bien ordenadas.
La de Navarra lleva escudo cuartelado: primero y cuarto de oro,
con un puente de piedra mazonado de sable; segundo de plata, con
una caldera de sable. La de Pamplona usa: escudo jaquelado de
oro y gules; en abismo, la esmeralda de Navarra. Otra trae: en
campo de plata, una banda de sinople engolada en dragantes del
mismo metal y acompañada en lo alto de un peral con tres peras
de oro, y en lo bajo, de un león rampante de gules. El emperador
Carlos V (1519-1556) concedió, por privilegio dado en Sevilla el
24-XI-1541, el siguiente escudo de armas a Francisco Pérez,
regidor del Cuzco: en campo de gules, un tigre rampante de oro;
bordura de azur, con siete rosas de oro.
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HISTORIA ANTIGUA
Celtibéricas, Guerras. Con el
nombre de Guerras Celtibéricas, la historiografía tradicional
designa un periodo, comprendido entre el año 154 a.C. y el 133
a.C., de campañas y operaciones bélicas intermitentes sostenidas
por Roma contra los pueblos celtibéricos. Existen relatos
pormenorizados y precisos de numerosos episodios de estas
guerras escritos por los historiadores clásicos, entre los que
destacan las narraciones de Polibio, Diodoro, Apiano y Tito
Livio. Varias son las causas que subyacen en el origen del
enfrentamiento. El inadecuado sistema administrativo provincial
desarrollado por la República romana contrastó con la realidad
social y económica local. La presión demográfica indígena y el
desarrollo de sus estructuras socio-económicas estaban motivando
una lenta pero paulatina expansión y el aumento de poder de los
principales centros urbanos. La emigración pacífica, el saqueo y
el mercenariado de la juventud, sistemático desde las Guerras
Púnicas, sólo eran una solución momentánea del problema. La
respuesta de Roma ante esta situación, con excepción de la obra
de T. Sempronio Graco, determinó un rápido empeoramiento. La
guerra y el gobierno provincial, de duración muy limitada por
las leyes, se habían convertido en la mejor forma de
enriquecimiento y de adquisición de clientela política para la
nobilitas romana. Se generalizó una presión fiscal
desproporcionada y se violaron los sucesivos pactos
establecidos. Los abusos de los gobernadores de la Citerior
extendieron un profundo malestar que provocó, incluso, el envío
de una embajada de protesta ante el Senado romano en 171 a.C.
Los precedentes del conflicto se sitúan a principios del s. II
a.C., una vez concluidas las Guerras Púnicas. En el año 195
a.C., M.P. Catón sojuzgó a belos, titos y lusones. En el 188
a.C. Acidino contuvo a los celtíberos en Calagurris (Calahorra,
La Rioja) y dos años después fueron vencidos de nuevo en Toledo,
donde auxiliaban a los carpetanos. En el 181 a.C., Q. Fulvio
Flaco sometió a los lusones del Moncayo y a los celtíberos del
alto Duero. Tiberio Sempronio Graco, gobernador en la Citerior
desde el 180 a.C., pacificó la región, fundó Grachuris (Alfaro,
La Rioja) y dotó de tierras a la población indígena. Su labor
tuvo en cuenta la situación social de los hispanos, y cerró
tratados con belos, titos y arévacos. Durante veinte años reinó
la paz, a excepción de revueltas aisladas. Pero en 154 a.C.
Segeda (Belmonte de Gracián, Zaragoza), ciudad de los belos,
intentó aumentar su recinto amurallado para concentrar un mayor
número de población. Roma juzgó esta concentración de hombres y
el surgimiento de una entidad política poderosa como un amenaza
para sus intereses y, amparándose en una interpretación
particular de los tratados firmados por T. S. Graco, la
prohibió. La negativa segedense a obedecer motivó la declaración
de guerra. No hubo, por parte de Roma, una conquista
planificada, sino una guerra de asedio y exterminio. En el año
133 a.C., Q. Fulvio Nobilior encabezó un ejército de 30.000
hombres, según Apiano, de los que al menos 20.000 eran itálicos.
Ante tal despliegue, los segedenses se refugiaron en territorio
arévaco, hasta donde los siguieron las tropas romanas. La
coalición celtibérica atacó por sorpresa la vanguardia enemiga,
en el valle del río Valdano, desbaratándola y dando muerte a más
de 6.000 legionarios. Sin embargo, al salir en persecución de
los fugitivos, se encontraron con la caballería romana, que
contraatacó; en el combate pereció Caro, el caudillo segedense.
Los indígenas tuvieron que retirarse a Numantia (Numancia,
Soria), la principal ciudad arévaca, a donde los siguió
Nobilior. El asedio al que fue sometida la ciudad resultó
infructuoso y los romanos se vieron obligados a invernar en
territorio hostil, con frío riguroso y dificultades de
abastecimiento. Al año siguiente, el Senado envió a M. Claudio
Marcelo, buen conocedor de la Península Ibérica, donde había
sido pretor en 169 a.C., en apoyo de Nobilior. Antes de unirse
con él se aseguró el control del bajo Jalón y tomó Ocilis
(Medinaceli, Soria) y Nertobriga (¿Ricla?, ¿Calatorao?,
Zaragoza). Ante la presencia de dos ejércitos romanos en su
territorio (151 a.C.), tanto arévacos como belos y titos
ofrecieron su rendición, el pago de indemnizaciones de guerra y
la vuelta a los acuerdos pactados con T. S. Graco. Pero el
Senado romano, continuando su política belicista, ya había
encontrado sucesor a Marcelo en la persona de L. Licinio Lúculo,
al que se sumó P. Cornelio Escipión Emiliano, firme defensor de
continuar la lucha. Al llegar a la Península, el ejército de
Lúculo se encontró con que el conflicto se había dado por
concluido, pero decidió acrecentar el dominio romano y
enriquecerse al mismo tiempo, y asoló el territorio vacceo,
ajeno hasta entonces a la guerra (toma de Cauca, Coca; Segovia e
Intercatia, proximidades de Villalpando; Zamora). En el año 143
a.C. se reanudaron las hostilidades, tras la sublevación
celtibérica alentada por los éxitos lusitanos frente a Roma. Q.
Cecilio Metelo dirigió un contingente de 32.000 hombres. En
primer lugar, marchó sobre territorio de titos y belos, y ocupó
Centobriga. Al año siguiente atacó a los lusones e invernó
frente a Contrebia Carbica, ciudad que sitió y tomó, para
posteriormente dirigirse a territorio vacceo, en el Duero medio,
cortando un posible avituallamiento de los arévacos. Al terminar
su mandato le sustituyó Q. Pompeyo (141 a.C.), que atacó sin
éxito Tiermes (Montejo de Tiermes, Soria) y Numancia. El general
romano negoció con numantinos y termestinos, pero el Senado se
desentendió de un pacto en el que no había intervenido y ordenó
a M. Popilio Lenas reanudar las hostilidades (139 a.C.). Éste se
limitó a saquear las tierras de lusones y vacceos. El cónsul del
año 137 a.C., C. Hostilio Mancino, no sólo se vio obligado a
levantar el sitio de Numancia sino que, acorralado militarmente,
capituló. Los numantinos exigieron un tratado con paridad de
derechos (foedus aequum); a pesar de que en él se reconocían las
conquistas ya realizadas por Roma, el Senado lo rechazó y obligó
a Mancino a entregarse personalmente al enemigo. Aunque el pacto
fue desestimado, durante tres años Roma mantuvo un armisticio
real. Entre el 137 a.C. y el 135 a.C. ni Emilio Lépido, ni Furio
Filón, ni Calpurnio Pisón reanudaron la guerra. Pero el año 134
a.C. Escipión Emiliano, gracias a un procedimiento jurídico
extraordinario, obtuvo de nuevo un mando consular, sin que
hubieran transcurrido los diez años de intervalo que marcaba la
ley. Decidido a continuar la lucha y ante la prohibición de
nuevas levas, formó una cohors amicorum de clientes y amigos, de
unos 4.000 hombres, entre los que se encontraban personalidades
tan destacadas como C. Mario, Polibio o Yugurta. A su llegada a
la Península Ibérica reorganizó y disciplinó el ejército
provincial. Durante el verano saqueó el territorio vacceo y en
la primavera del 133 a.C. inició el definitivo asedio de
Numancia. Rodeó la ciudad con siete campamentos, fosos y torres
de vigilancia y cortó el Duero a los sitiados, cuyos intentos de
eludir el cerco o ganar aliados resultaron baldíos. La ciudad
arévaca fue reducida por hambre, y los supervivientes fueron
vendidos como esclavos, quedando inhabitada Numancia hasta
comienzos del imperio. Su destrucción puso fin a las Guerras
Celtibéricas. La Celtiberia había sufrido veinte años de lucha
continua que ocasionaron el desplazamiento y la reducción de las
poblaciones y la devastación del territorio, con las
consiguientes secuelas sociales y económicas. Pero también Roma
sufrió las consecuencias del enfrentamiento. Las lagunas del
sistema político-legislativo republicano quedaron en evidencia.
La dilatada duración de la guerra fue fruto del rígido mecanismo
jurídico romano y de las rivalidades internas de las distintas
facciones senatoriales, más que de las virtudes guerreras
indígenas. La leva continua de campesinos itálicos para las
distintas campañas incrementó las tensiones sociales que
tuvieron su apogeo poco después, en época de los Graco (hijos de
Tiberio Sempronio). El alistamiento, por Escipión, de clientes y
amigos sirvió de precedente a otros posteriores y esbozó unos
métodos de corte principesco que, en el siglo siguiente,
acabaron con el régimen republicano en Roma. [J.R.P.]
|
HISTORIA MEDIEVAL
Mudéjares. [Del ár.
mudach-chan o mudayyan, ‘que paga impuestos’]. Término con el
que se designaba a los musulmanes que vivían entre cristianos.
Este grupo humano, típico de los tiempos de la Reconquista,
tenía algunas analogías con el de los mozárabes, aunque las
diferencias eran profundas porque se desarrolló en épocas más
tardías y con grandes contrastes entre los reinos de Castilla y
de Aragón. Cuando los reyes aragoneses, en particular Alfonso I
el Batallador (1104-1134), se apoderaron de la mayor parte de la
cuenca central del Ebro, hubo musulmanes que huyeron, pero otros
se quedaron, sujetos a capitulaciones especiales; unos, como los
de Zaragoza y Calatayud, quedaron sometidos directamente a la
autoridad real; otros fueron señorializados, lo cual, por una
parte, agravó su condición desde el punto de vista económico,
mas por otra les garantizó su seguridad, pues los señores no
querían que sus vasallos huyeran. En Castilla las cosas
sucedieron de otra manera: durante los primeros siglos de la
Reconquista los musulmanes derrotados, poco numerosos, huyeron,
y así se formaron los inmensos despoblados de la cuenca del
Duero, pero en 1089, poco antes de que Alfonso el Batallador
tomara Zaragoza (1118), otro Alfonso, VI de Castilla y León
(1065-1109), el Bravo, se apoderó de Toledo y de su reino (1085)
mediante una capitulación que aseguraba cierta autonomía a los
vencidos. Los más significados se retiraron al S., pero la
mayoría se quedó en la zona y, en gran proporción, se convirtió
al cristianismo. Los mudéjares, así pues, siempre fueron pocos
en los reinos de Castilla. Siguieron las invasiones de
almorávides y almohades, y el proceso reconquistador se detuvo,
reanudándose en el s. XIII con gran ímpetu. Fue entonces cuando
el mudejarismo alcanzó gran extensión, y así, la mayoría de los
musulmanes del reino de Valencia permanecieron en éste, ya en
morerías urbanas ya en pueblos y aldeas, con cierta autonomía
interna y con relativa libertad religiosa, pero sometidos a sus
señores. Fernando III el Santo de Castilla (1217-1252) y León
(1230-1252) se encontró en Andalucía con el mismo problema que
Jaime I el Conquistador (rey de Aragón, 1213-1276, y de
Mallorca, 1229-1276) en Valencia, a saber, con una enorme
extensión de fértiles tierras y falta de brazos para
cultivarlas; por eso pensó en adoptar la misma solución:
mantener la población anterior como mano de obra rural, haciendo
que evacuara los recintos fortificados. Los mudéjares andaluces
tenían, sin embargo, dos factores incitantes a la revuelta: la
vecindad del reino de Granada y el posible apoyo de los
merínidas de Marruecos. Así se forjó el gran levantamiento de
1264 y la posterior orden de expulsión general que dejó reducido
a míseros restos el mudejarismo andaluz. El caso del reino de
Murcia, conquistado también por los reyes castellanos, ofrece
curiosas variantes y, si en un principio se configuró como un
protectorado, en 1243 el emir, cuya autoridad se extendía
también a la actual provincia de Alicante, se reconoció vasallo
de Fernando III, a raíz de lo cual algunas guarniciones
cristianas se instalaron en puntos clave del reino, pero pocos
cambios afectaron a la vida corriente. Alfonso X el Sabio
(1252-1284), por su parte, tras una larga estancia en Murcia,
proyectó establecer allí una universidad que sería común a
cristianos, musulmanes y judíos. Pero la presencia cristiana se
acentuaba, pues aumentaba el número de colonos, que adquirían
tierras, y aumentaba la presión económica ejercida por ellos,
factores que incitaron a los murcianos a unirse a la gran
revuelta de los mudéjares andaluces de 1264. Fracasada la
sublevación, la mayoría de las tierras pasaron a los cristianos
y, aunque el rey musulmán conservó todavía algunos años una
sombra de autoridad, antes de terminar el s. XIII, y a pesar de
que no se decretó una expulsión general, sólo quedaban unos
pocos millares de mudéjares empobrecidos. La onda de
intolerancia que en toda Europa prevalecía repercutió en España
en perjuicio de moros y judíos. España era el único país europeo
donde existían mezquitas. La Iglesia canalizó esos sentimientos
de rechazo y las Cortes los recogieron en sus peticiones,
forzando a la realeza, más tolerante, a darles eficacia
legislativa. Señalemos sólo algunos hitos: en 1215, el Concilio
Universal de Letrán ordenó que judíos y moros habitaran en
barrios separados, llevaran distintivos en sus ropas y pagaran
el diezmo. En España, las Cortes de Valladolid de 1293
prohibieron a los musulmanes poseer tierras y, por lo tanto, las
que tuvieran debían venderlas a los cristianos; las Cortes de
1322 prohibían a éstos usar los servicios de los médicos y
boticarios mudéjares; el Ordenamiento de 1412, decretado por la
reina Catalina, regente desde 1406 hasta 1418 de su hijo Juan II
de Castilla y León (1406-1454), decidió el encerramiento de las
morerías. Otras prohibiciones o bien renovaban algunas muy
antiguas, como la de contraer matrimonios mixtos, o introducían
otras nuevas, como la de usar vestidos de seda o de otros
materiales preciosos. Estas disposiciones restrictivas se
reiteraban porque, en realidad, no se guardaban bien: los
cristianos no querían privarse de los servicios de los médicos
musulmanes y judíos, que eran los más reputados; además, se
apreciaban mucho las labores de los artesanos, en especial de
los carpinteros y albañiles que labraban al estilo mudéjar. Esta
misma variedad de comportamientos se observa en los monarcas:
Enrique II (1369-1379) levantó la prohibición de que los
mudéjares adquiriesen fincas rústicas; el mudejarismo de Enrique
IV (1454-1474) llegó a causar escándalo, vestía a la morisca y
estaba rodeado de una guardia mudéjar que cometía tropelías.
También los reyes aragoneses y los señores valencianos
contrarrestaron muchas veces con medidas favorables las leyes
restrictivas, pero en Valencia la plebe era, en general, más
hostil a los mudéjares que en Castilla, quizás porque veía en
ellos competidores peligrosos en el mercado de trabajo. Hay que
tener en cuenta que su número era más elevado que en Castilla,
donde, según los cálculos del historiador Miguel Ángel Ladero,
apenas serían veinte mil al finalizar el s. XV. Se habían ido
concentrando en las ciudades de Castilla la Vieja, al parecer
porque en ellas eran menos duros los tributos personales
(pechas) que pesaban sobre ellos. Valladolid, Palencia, Ávila,
Segovia y otras ciudades de la meseta norte tenían morerías
compuestas por centenares de familias, en su mayoría dedicadas a
la artesanía y sin graves problemas de convivencia. En Toledo,
en cambio, habían ido perdiendo protagonismo y en la Andalucía
baja su número era muy reducido. El bloque principal del
mudejarismo estaba en comarcas valencianas y, en menor número,
en Aragón y Murcia. Siendo campesinos laboriosos la mayoría, no
hay que olvidar, sin embargo, su contribución a la persistencia
de un estilo mudéjar que, en ocasiones, se combinó con el gótico
y aun el renacentista, dando lugar a obras de gran originalidad.
La conquista del reino de Granada por los Reyes Católicos
(1492) acrecentó el número de mudéjares en cerca de medio millón
de personas, un número superior el de esa zona al de todo el
resto de España. Su asimiliación planteaba problemas difíciles,
sobre todo por el incremento creciente de un cristianismo
militante y agresivo cuyo representante fue el cardenal
Cisneros, primado de España, frente al criterio tolerante y
evangélico del primer arzobispo de Granada, fray Jerónimo de
Talavera. Los granadinos se habían rendido habiendo obtenido la
promesa de cumplimiento de unas condiciones que debían velar por
la libertad de culto, el mantenimiento de impuestos reducidos y
la igualdad de derechos cívicos. El incumplimiento de las
capitulaciones originó un levantamiento que se transformó en
guerra sangrienta, al término de la cual se declararon abolidos
los tratados anteriores y se puso a los vencidos en el dilema de
aceptar el bautismo o emigrar (1502). Sin ningún motivo, esta
medida se aplicó también a los mudéjares de Castilla, que no
habían tenido ninguna participación en los sucesos. Como
consecuencia de todo ello, los mudéjares se convirtieron en
moriscos. Por último, el fin del mudejarismo en la Corona de
Aragón no fue menos violento y arbitrario: durante las Germanías
de Valencia (1519-1523) la plebe puso a los mudéjares en el
dilema de bautizarse o morir. Incomprensiblemente, una junta de
teólogos declaró válidos y obligatorios esos bautismos y Carlos
I de España (1516-1556) extendió la prohibición del islam a
Cataluña y Aragón. A partir de esa fecha (1525) no hubo ya
mudéjares en España. [A.D.O.]
ARTE MUDÉJAR Desde el punto
de vista artístico el término “mudéjar” fue utilizado por vez
primera en el año 1859 por José Amador de los Ríos en su
discurso de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de San
Fernando de Madrid con el títuto El estilo mudéjar en
arquitectura, entendiéndose por arte mudéjar la pervivencia del
arte hispanomusulmán en la España cristiana. Obviamente, un
término de connotación étnica aplicado a una manifestación
artística originó múltiples rechazos historiográficos, aunque su
uso ha terminado imponiéndose. Por razones de pragmatismo
político la conquista cristiana de al-Ándalus no sólo autorizó
la permanencia de los mudéjares, sino que asumió para uso
cristiano los monumentos islámicos; de este modo, las mezquitas
mayores de las ciudades conquistadas pasaban a utilizarse como
catedrales cristianas mediante una simple ceremonia de
purificación y consagración, mientras que los alcázares
musulmanes se convertían en propiedad de la Corona, utilizándose
como alcázares cristianos. Por ello, el panorama urbano de las
ciudades cristianas españolas durante la Edad Media sigue en
gran parte dominado por la pervivencia de los monumentos
islámicos. La fascinación cristiana por el arte hispanomusulmán
alcanzó así mismo a las artes suntuarias, tales como marfiles y
tejidos, con cuyo acopio se enriquecieron los tesoros de las
catedrales españolas. Esta doble circunstancia –la fascinación
de la España cristiana por los monumentos y los objetos
suntuarios islámicos, por un lado, y la permanencia de la mano
de obra mudéjar, que los había realizado, por otro– permitirá el
nacimiento y desarrollo del arte mudéjar, aunque tales factores
no explican por sí sólos este singular fenómeno artístico. El
arte mudéjar constituye, ante todo, un sistema de trabajo
artístico de tradición islámica, que debe ser valorado como un
conjunto, en el que los materiales utilizados, las técnicas con
que se trabajan y los elementos formales que ostentan no pueden
considerarse aisladamente. El sistema de trabajo mudéjar entró
en competencia artística con el sistema de trabajo de cantería
de la Europa occidental cristiana. El influjo francés, dominante
en el arte español de los ss. XI a XIII y evidente en los
monumentos románicos, cistercienses y góticos, comportaba la
utilización de un sistema de trabajo de cantería que utilizaba
primordialmente la piedra sillar. Condicionamientos tanto
geográficos como sociales y económicos explican que a lo largo
del s. XIV el sistema de trabajo mudéjar se impusiera con éxito,
desplazando al sistema de cantería; así, la facilidad de
obtención de los materiales mudéjares –el ladrillo, el yeso, la
madera y la cerámica– frente a la escasez de piedra sillar en
muchas zonas geográficas de España, la abundancia de mano de
obra mudéjar frente a la mano de obra de cantería y la rapidez y
eficacia del sistema de trabajo mudéjar son otros tantos
factores que explican el auge que el arte mudéjar alcanzó en
muchas regiones españolas durante la Baja Edad Media. Desde un
punto de vista formal, el arte mudéjar ofrece una extraordinaria
riqueza y diversidad en los diferentes focos regionales de la
Península Ibérica. Incluso esta diversidad ha constituido a
veces un obstáculo para la comprensión global de este fenómeno
artístico. Las razones de esta particularidad por focos
regionales son tanto de índole histórica como geográfica. Por un
lado, los territorios peninsulares fueron conquistados
paulatinamente de N. a S. a lo largo de varios siglos, por lo
que el comienzo del fenómeno mudéjar no es sincrónico en todo el
territorio peninsular; por otro, y sumado a este factor
histórico, existen en cada región unos precedentes monumentales
islámicos diferentes, que se reflejan formalmente en el arte
mudéjar de cada foco regional. Pero, a pesar de esta aparente
diversidad formal, existe una extraordinaria unidad artística,
que viene dada por la singularidad del fenómeno social que hizo
posible la existencia del arte mudéjar en la España
bajomedieval: la convivencia pacífica de tres culturas,
cristiana, musulmana y judía, compartiendo unas mismas formas
expresivas. Con frecuencia se ha intentado reducir el arte
mudéjar a un fenómeno puramente ornamental y decorativo,
interpretándolo como la pervivencia de la decoración islámica
sobrepuesta a las estructuras occidentales cristianas; en
consecuencia con esta interpretación se ha preferido hablar de
románico-mudéjar y de gótico-mudéjar, es decir, de un arte en el
que lo esencial, las estructuras, correspondería a la tradición
occidental europea, mientras que lo islámico solamente se
apreciaría de forma epitelial o epidérmica en los revestimientos
ornamentales. Esta interpretación no sólo ha olvidado que la
decoración es por sí misma un factor fundamental en la estética
islámica, y por lo mismo en la mudéjar, que no puede
minusvalorarse desde una perspectiva estética occidental, sino
que tampoco ha tenido en cuenta que la tradición islámica aportó
numerosos elementos de carácter estructural al arte mudéjar,
como la disposición interna de los alminares para la
construcción de torres-campanario o las armaduras de madera de
par y nudillo en la carpintería, por mencionar solamente algunas
más sobresalientes. Hay tipologías de iglesias mudéjares
sevillanas que reproducen, sin modificación alguna, la
disposición de las mezquitas de época almohade. Este punto de
vista no pretende minusvalorar el aporte cristiano al arte
mudéjar, comenzando por los propios clientes, mayoritariamente
cristianos, que necesitaban de tipologías arquitectónicas
cristianas. Se trata de una manifestación artística nueva y
diferente de los elementos islámicos o cristianos que la
integran. Por esta razón el estudio del arte mudéjar, por su
particularidad como fenómeno privativo de la Península Ibérica
durante la Edad Media, no encaja ni en la historia del arte
occidental europeo ni tampoco en la del arte musulmán,
constituyendo un enclave cultural entre la cristiandad y el
islam. –Los focos regionales del arte mudéjar en la
Península Ibérica. Desde un punto de vista geográfico, los focos
más destacados son el leonés y castellano viejo, el toledano, el
sevillano y el aragonés, no contando Portugal con un foco
artístico comparable a los españoles mencionados. El foco leonés
y castellano viejo se caracteriza por su precocidad cronológica
–ss. XII y XIII–, por la carencia de precedentes monumentales
islámicos en la región, por una mano de obra mudéjar inmigrada y
por el uso abundante del ladrillo en el que se impone la
sencillez de los motivos decorativos a base de series de arcos
doblados, recuadros, y fajas formando esquinillas o dispuestas a
sardinel. Sin una capitalidad artística (como sucede en los
otros focos con Toledo, Sevilla o Zaragoza), un numeroso
conjunto de pequeñas iglesias tapiza toda la meseta norte,
alcanzando mayor densidad monumental en algunas ciudades, como
Sahagún (León; iglesias de San Tirso, San Lorenzo, La Peregrina
y las ruinas del monasterio de San Benito), Toro (Zamora;
iglesias del Salvador, de San Pedro del Olmo y ermita del Cristo
de las Batallas), Arévalo (Ávila; iglesias de Santa María y de
San Martín, y en sus cercanías la iglesia del despoblado de La
Lugareja), Olmedo (Valladolid; San Andrés, San Juan y la
Trinidad) o el populoso grupo de las iglesias mudéjares de
Cuéllar (Segovia). Junto a esta arquitectura mudéjar de
carácter popular y sencillo convive otra de carácter cortesano y
de lujo, destacando las intervenciones de Alfonso VIII de
Castilla (1158-1214) y de Fernando III de Castilla y León
(1217-1252) en el monasterio de las Huelgas Reales de Burgos
(capilla de la Asunción, capilla del Salvador, claustro de San
Fernando y capilla de Santiago), los restos de los palacios de
Alfonso XI (1312-1350) y de Pedro I (1350-1369) en los conventos
de clarisas de Tordesillas (Valladolid) y de Astudillo
(Palencia), así como todo el impulso de las empresas edilicias
de Enrique IV (1454-1474) en la c. de Segovia (varias salas del
alcázar y el palacio de San Martín). El foco toledano
rivaliza en precocidad cronológica con el leonés y castellano
viejo. Toledo fue conquistada por capitulación en el año 1085 y
ella alimentó la inmigración mudéjar hacia la meseta norte. Un
fuerte fenómeno de capitalidad artística concentra en la c. de
Toledo lo más notable, aunque su área de influencia va desde
Talavera de la Reina (Toledo), pasando por Madrid y Alcalá de
Henares (Madrid) hasta Brihuega (Guadalajara). La primera etapa
mudéjar, representada por la iglesia de San Román de Toledo, se
adscribe a la tradición islámica local, muy arcaizante, rasgo
que nunca abandonará el mudéjar toledano, con una tipología de
iglesias de tres naves separadas por arquerías de herradura. A
lo largo del s. XIII el mudéjar toledano crea nuevas fórmulas
estructurales y ornamentales, representadas en la iglesia de
Santiago del Arrabal, que le confieren poderosa personalidad;
destaca en lo ornamental el motivo del arco túmido doblado por
lobulado, y en lo estructural el nuevo sistema de separación de
naves por arcos apuntados sobre pilares y la cubierta con
armaduras de madera de par y nudillo. Las sinagogas de Santa
María la Blanca, del s. XIII, y la del Tránsito, del s. XIV,
constituyen un brillante ejemplo de cómo en la c. de Toledo el
arte mudéjar resolvía las necesidades funcionales de las
diferentes religiones. Muy importante es así mismo la
arquitectura civil, con tipología propia de palacio y numerosas
casas preservadas en el interior de los conventos toledanos,
como los de Santa Clara y Santa Isabel. El foco sevillano,
tras la conquista cristiana de la c. en 1248, se caracteriza por
la pervivencia de las fórmulas islámicas almohades, muy fuertes
en las iglesias mudéjares de Lebrija (tanto la parroquial como
la iglesia del Castillo), en Santa María de Sanlúcar la Mayor,
en San Mateo de Carmona y en la iglesia de San Marcos de
Sevilla, ejemplos en los que la tipología de mezquita almohade
pervive como iglesia cristiana. Por otro lado, los
conquistadores, además de la arquitectura gótica, importan la
nueva fórmula mudéjar toledana, de interiores más altos y
diáfanos, a base de arquerías apuntadas, como en las iglesias de
Santa Marina y de Omnium Sanctorum de Sevilla o en la parroquial
de Aznalcázar, tipología que acabará imponiéndose a la anterior.
La arquitectura civil mudéjar alcanza en Sevilla su máxima
representación en el palacio de Pedro I, construido en los
Reales Alcázares por maestros de obras moros de Sevilla, Toledo
y Granada, de 1364 a 1366; este palacio mudéjar, émulo del
palacio nazarí de Leones en La Alhambra de Granada, servirá de
modelo para toda la arquitectura palatina sevillana hasta bien
entrado el s. XVI, con un epígono excepcional en la llamada
“Casa de Pilatos” de Sevilla. Aunque de carácter tardío
tambien tiene notable interés el arte mudéjar desarrollado en
los territorios del antiguo reino nazarí de Granada, en las
actuales provv. de Málaga, Granada y Almería, a partir de la
reconquista de 1492. Pueden destacarse algunas techumbres de
carpíntería mudéjar con que se cubren las naves de la iglesias,
así como las torres-campanario decoradas con cerámica, siendo
una de las iglesias más emblemáticas la de Santa Ana de Granada.
La arquitectura mudéjar de Aragón se caracteriza por el uso
del ladrillo con carácter ornamental en los exteriores
arquitectónicos, a los que se incorpora la cerámica vidriada.
Algunos interiores han conservado su decoración original, con
enlucido de yeso agramilado y pintado, como la iglesia de la
Virgen en Tobed (Zaragoza), la de San Félix en Torralba de
Ribota (Zaragoza) o la de Santa Tecla en Cervera de la Cañada
(Zaragoza). Los ábsides de las iglesias, las torres con
estructura de alminar, tanto las cuadradas como las octogonales,
y los cimborrios de las catedrales constituyen algunos de los
elementos más destacados artísticamente. Algunos famosos
maestros de obras mudéjares trabajaron para reyes y pontífices,
como es el caso de Mahoma Rami, arquitecto de Benedicto XIII en
Aragón. Todas las grandes ciudades del valle del Ebro y de sus
afluentes meridionales concentran numerosos monumentos
religiosos mudéjares; así en Zaragoza las iglesias y torres de
las parroquias de San Pablo, San Gil, Santa María Magdalena y
San Miguel de los Navarros, además de la parroquieta de San
Miguel y el cimborrio en la catedral o Seo de San Salvador; en
Borja (Zaragoza), el claustro y parte de la colegiata de Santa
María; en Tarazona (Zaragoza), la torre, cimborrio y claustro de
la catedral y la iglesia y torre de la Magdalena; en Calatayud
(Zaragoza), las iglesias y torres de San Pedro de los Francos,
de Santa María y de San Andrés; en Daroca (Zaragoza), el ábside
de San Juan de la Cuesta y la torre de Santo Domingo de Silos; y
en Teruel, la torre, techumbre y cimborrio de la catedral, la
iglesia y torre de San Pedro y las torres de San Martín y de El
Salvador, habiendo sido el arte mudéjar de esta última c.
declarado por la Unesco como patrimonio de la humanidad. Por lo
que se refiere a la arquitectura civil mudéjar, el palacio hudí
de la Aljafería de Zaragoza del s. XI, al convertirse en alcázar
de los reyes de la Corona de Aragón, va a ser ampliado en estilo
mudéjar tanto por Pedro IV (1336-1387) en 1356 como por los
Reyes Católicos en 1492, constituyendo el modelo para los
palacios mudéjares de la nobleza, de los que se conservan dos
magníficos ejemplares de la familia Luna en Illueca (Zaragoza) y
en Daroca. El foco levantino conserva tan sólo algún
monumento de interés, como la ermita de la Virgen de la Sangre
en Liria (Valencia) o algunas techumbres mudéjares en la
comunidad de Murcia. –Pervivencias mudéjares en los
archipiélagos de Madeira y Canarias y en Hispanoamérica. El
mudéjar es un fenómeno artístico estrictamente hispánico. Aunque
se hayan querido establecer paralelismos históricos con Italia
por la presencia islámica en la isla de Sicilia y en el S. de la
península italiana, propugnando la existencia de un arte mudéjar
italiano, similar al mudéjar hispánico, lo cierto es que en
Italia tanto la realidad histórica como la artística han sido
bien diferentes en todo a las de la Península Ibérica, pudiendo
afirmarse que no existe un arte mudéjar italiano. Una última
cuestión que se debe considerar es la de la pervivencia del
mudéjar hispánico en los archipiélagos de Madeira y Canarias,
así como en las tierras del Nuevo Mundo. Se trata de un fenómeno
histórico ya tardío, desarrollado a partir del s. XVI, cuando en
la misma Península Ibérica el arte mudéjar había iniciado una
clara recesión, tanto por causas sociales (ruptura de la
convivencia de las tres culturas, debida a la expulsión de los
judíos y a la conversión forzosa de los mudéjares) como
artísticas (difusión de la moda italiana renacentista), causas
que redujeron cada vez más el ámbito de aceptación social, así
como la eficacia constructiva del arte mudéjar, perviviendo tan
sólo algunos elementos de tradición mudéjar integrados en la
nueva arquitectura hispánica del Renacimiento y del barroco,
sobre todo las cubiertas de madera, las afamadas armaduras de
lazo de tradición mudéjar, la llamada “carpintería de lo
blanco”. Por otra parte, tanto en los archipiélagos de Madeira y
de Canarias como en el Nuevo Mundo se plantea una nueva
situación cultural, tan distinta de la hispánica medieval, que
hace inviable aplicar el concepto de arte mudéjar en sentido
estricto a las manifestaciones artísticas de estos territorios.
Ya no se puede hablar en puridad de arte mudéjar, sino de
pervivencias mudéjares, puesto que se trata de elementos
aislados, no existiendo ningún edificio que pueda clasificarse
como mudéjar. Estas pervivencias mudéjares se cifran
particularmente en el trabajo de la madera, tanto en las
armaduras de lazo de tradición mudéjar para cubrir naves de
iglesias o salas de edificios civiles como en los ajimeces o
celosías de cierre de los balcones de las casas. En este sentido
merecen anotarse algunas techumbres mudéjares de Madeira (así se
cubren las tres naves de la catedral de Funchal, en la isla de
Madeira, cuyo ejemplo siguen otras iglesias y ermitas en
Calheta) y de Canarias (en la isla de la Palma, en la c. de
Santa Cruz de La Palma, destacan las techumbres mudéjares de la
iglesia de El Salvador y del convento de Santo Domingo; por lo
que se refiere a ajimeces y voladizos, destacan algunos
conjuntos urbanos de la isla de Tenerife, como La Laguna o Icod
de los Vinos). En cuanto a los países de Hispanoamérica, se
constatan así mismo todas las variables de cubiertas mudéjares,
predominando por su belleza y abundancia las de algunos países
como México, Cuba, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia. [G.B.G.]
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HISTORIA MODERNA
Magallanes, Fernando de. (Porto
ou Sabrosa, Tras-os-Montes, Portugal, h. 1480 – isla de Mactán,
Filipinas, 27-IV-1521). Fernão de Magalhães. Navegante. Miembro
de una estirpe vinculada con la baja nobleza, era hijo de
Rodrigo de Magalhães y de Alda de Mesquita, bien relacionados
con la Corte, circunstancia que le permitió llegar a ser paje de
la reina Leonor y disfrutar de “vara alta” en la Casa Real.
Durante el reinado de Manuel el Afortunado (1495-1521), tuvo
importantes informaciones y contactos que determinaron su
vocación aventurera, probablemente por influjo del gran
navegante Juan de Lisboa, quien habría de ir como piloto mayor
en el viaje a la península indostánica. Entre 1505 y 1513,
Magallanes fue un asiduo de las expediciones a la India y Malaca
con los virreyes Almeida y Alburquerque; combatió también en
África, concretamente en la captura de Mombasa y Quiloa; y
participó en el combate naval de Diu (1509), en el que los
portugueses se hicieron con el control de la navegación desde el
golfo Pérsico hasta el Océano Índico. Más tarde, sus disensiones
con Alburquerque –que ya manifestaban el genio fortísimo del
nauta– le obligaron a regresar a Portugal en 1513 y decidió
incorporarse, junto con su hermano Diego de Sousa, a la
expedición a Marruecos encabezada por el duque de Braganza;
participó en la captura de la c. de Azamor, que le dejó el
recuerdo permanente de una cojera visible, resultado de una
herida en la pierna. Viendo sus servicios mal recompensados, se
desnaturalizó del rey de Portugal en 1516 y, asociado con el
cosmógrafo Ruy Faleiro, pasó a ofrecer sus servicios a la Corte
española. La línea de demarcación oceánica acordada entre España
y Portugal por el Tratado de Tordesillas (1494, v. Tordesillas,
Tratado de -), fijada sobre un meridiano a 370 leguas al O. de
Cabo Verde, convertía en imperativa la necesidad de alcanzar el
paso hacia Asia, algo que ya se había constituido en una
constante de los viajes colombinos y que venía hurtándose como
una maldición. El último fracaso, el correspondiente a la
expedición de Díaz de Solís, que había concluido trágicamente en
el Río de la Plata (1516), convirtió en muy oportuna la oferta
de Magallanes de alcanzar las islas Molucas o de las Especias,
que, según sus cálculos y de acuerdo con las informaciones que
había adquirido durante su estancia en Malaca y la hipotética
delineación de antemeridiano, se localizaban en la parte
española. Se trataba, pues, de afrontar un nuevo intento para
encontrar el paso hacia el mar del Sur, partiendo del punto de
retorno de la expedición de Solís. Carlos I (1516-1556) aceptó
el proyecto y acordó capitulación con Magallanes y Faleiro en
Valladolid el 22-III-1518. Los preparativos del viaje,
financiado por el mercader Cristóbal de Haro, los banqueros
alemanes de la casa Fucar, su amigo Diego Barbosa –refugiado
portugués en Castilla– y aportaciones menores de otros socios,
contaron también con el apoyo de la Corona, que se comprometió a
costear mercancías con un valor total de hasta 4.000 ducados. No
faltaron dificultades para la concreción de la empresa,
especialmente debidas a las trabas puestas por el rey de
Portugal, quien temía razonablemente que, pese a las cautelas
acordadas, la expedición se dirigiera hacia territorios que le
pertenecían. Una tripulación muy heterogénea, compuesta por 239
hombres, en la que abundaban extranjeros (112), sobre todo
portugueses (44) –pese a las evidentes reticencias y
prohibiciones–, se embarcaba en cinco naos adquiridas en Cádiz
(Trinidad, Concepción, San Antonio, Victoria y Santiago) y salía
del puerto de Sevilla el 10-VIII-1519; el 20 de septiembre de
ese mismo año se hacía a la mar, rumbo a las islas Canarias,
desde Sanlúcar de Barrameda (Cádiz). Tras costear Guinea, la
travesía del Océano Atlántico llevó la expedición a costas
brasileñas, la cual alcanzó el 13 de diciembre la bahía de Río
de Janeiro. Allí se pusieron de manifiesto las primeras
desavenencias entre Magallanes y otros capitanes y pilotos,
debido al secretismo con que dirigía la expedición y a la
estricta disciplina que imponía. El 10-I-1520 avistaban el cerro
donde hoy se alza Montevideo (Uruguay) y pasaron a recorrer con
detenimiento el estuario del río de la Plata, llamado río de
Solís. Durante los meses de febrero y marzo recorrieron la costa
de Patagonia, aspirando hallar el ansiado paso. El 31 de marzo
alcanzaron un paraje propicio para invernar, el puerto de San
Julián, donde permanecieron hasta el 24 de agosto; unos días
después, la nao Santiago se perdía en la exploración del río que
llamaron de la Santa Cruz. El descontento hizo mella en una
tripulación ociosa, entre la que fue ganando terreno la idea de
invertir la ruta y marchar hacia la especiería por la ruta
portuguesa, que tan bien conocían buena parte de los enrolados.
El motín del 2 de abril, que levantó a tres de las naves contra
Magallanes, fue resuelto con auténtica ferocidad por el nauta
portugués, quien ejecutó a los capitanes de las naos Victoria y
Concepción y abandonó en tierra, a su suerte, a Juan de
Cartagena, capitán de la nao San Antonio y al clérigo Sancho de
Reina. Tras partir de San Julián a finales de agosto, la
expedición se detuvo de nuevo en el paraje del río de la Santa
Cruz hasta el 18 de octubre, donde Magallanes decidió poner fin
a la búsqueda del paso, si éste no se encontraba antes de los
75° de lat. S.; en tal caso, se pondría rumbo hacia la
especiería por el extremo meridional de África. Finalmente,
el 21-X-1520 los expedicionarios llegaron al estrecho que, desde
entonces, ha llevado el nombre de Magallanes (v. Magallanes,
Estrecho de -). Tras una detenida exploración llevada a cabo por
las naos San Antonio y Concepción, llegaron al convencimiento de
que habían encontrado el paso. De regreso al punto de partida en
el cabo de las Vírgenes, algunos capitanes opinaban que era
preciso volver a España para afrontar la travesía en mejores
condiciones, dada la carencia de víveres que padecían.
Magallanes impuso su decisión de continuar la empresa, de manera
que, a finales de octubre se internaron en el estrecho. Unos
días después, la nao San Antonio desertó e inició el regreso a
España. Tras pasar no pocas penalidades, las naos restantes se
adentraron en el Océano Pacífico el 28 de noviembre, perdiendo
de vista la Tierra del Fuego, nombre que se dio al extremo
meridional del continente sudamericano debido a las hogueras
encendidas por los nativos que penetraban la oscuridad de la
noche. La travesía del mar del Sur, rebautizado como Océano
Pacífico, se desarrolló en circunstancias terribles, sin
alimentos, con agua escasa y en malas condiciones, durante tres
meses y medio. Por fin, tras hacer escala en la isla de Guam, en
el archipiélago de las islas de las Velas Latinas o de los
Ladrones (hoy Marianas), entre el 6 y el 9-III-1521, donde la
expedición se repuso de las penalidades pasadas, alcanzaron el
16 de marzo otro archipiélago, al que pusieron el nombre de San
Lázaro (Filipinas). Percatado de las riquezas que podían
extraerse de aquellos territorios, Magallanes prosiguió su
reconocimiento, sometiendo a las jerarquías locales sin apenas
esfuerzo, publicando su conversión al cristianismo –al menos
formal mediante el rito bautismal– y practicando algunas
represalias y escarmientos hacia los resistentes, que provocaron
la reacción de uno de los señores de Mactán, Lapulapu.
Sobreestimando su poder, Magallanes acudió al frente de unas
decenas de hombres y auxiliares de la isla de Cebú a someter al
de Mactán, donde se encontró con fuerzas muy superiores, ante
las que encontró la muerte en combate el 22-IV-1521. Dos de sus
navíos alcanzaron las Molucas y solamente uno, la nao Victoria,
al mando de Juan Sebastián Elcano, consiguió regresar a España,
tras dar la vuelta al continente africano doblando el cabo
Tormentario, el 9-IX-1522 con un total de 81 supervivientes. Tal
fue el primer viaje marítimo alrededor del mundo. La expedición
de Magallanes tuvo consecuencias científicas de gran alcance:
demostró empíricamente la redondez de la tierra y que América
era un continente distinto del de Asia. El relato completo más
importante de la expedición iniciada por Magallanes se debe al
piloto italiano de la nao Trinidad Antonio Pigaffeta, testigo
presencial que regresó a España con Elcano. [J.A.V.]
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HISTORIA CONTEMPORÁNEA
Partido Liberal. Partido
político creado por Práxedes Mateo Sagasta (1825-1903), que
constituyó, junto al Partido Conservador de Antonio Cánovas del
Castillo, la base del sistema político del periodo de la
Restauración. El modelo político y constitucional de ésta quiso
recrear en España el sistema parlamentario británico. Su
funcionamiento requería, así pues, la existencia de dos grandes
formaciones partidistas capaces de alternarse pacíficamente en
el poder y de incorporar al régimen el grueso de las fuerzas de
la izquierda y de la derecha, y leales a los dos principios
básicos de la Constitución de 1876: la co-soberanía del rey y
las Cortes y el acatamiento de la dinastía histórica. La
Agrupación Liberal Fusionista, como se bautizó primero al
partido de Sagasta –un ingeniero de ferrocarriles, antiguo
oficial de la milicia y conspirador con Prim, de escasa
formación y preocupaciones intelectuales, pero con una
considerable habilidad para el pacto y la táctica política–, era
la heredera ideológica y política de los antiguos progresistas,
demócratas y unionistas de izquierda. Cánovas y Alfonso XII
(1874-1885) apoyaron y estimularon esta iniciativa para lograr
que el grueso de las fuerzas liberales abandonase los métodos
revolucionarios como vía para lograr su acceso al poder. Su
misión durante la Restauración consistió en absorber el
radicalismo, neutralizar el republicanismo y ser un refugio para
los disidentes conservadores; la cumplió con bastante éxito
hasta la muerte de su fundador. Durante un tiempo (1881-1883),
el Partido Liberal sufrió la competencia de la Izquierda
Dinástica liderada por el general Serrano. Más allá de él se
situaron personalidades republicanas con una presencia
testimonial en el régimen (Castelar o Salmerón) o situadas fuera
de él (Ruiz Zorrilla). En los albores de la Restauración, los
grupos antisistema carecían de un soporte social representativo
(neorrepublicanos) o no mostraban demasiado interés en la
actuación política y privilegiaban la actividad sindical
(socialistas) o la acción directa (anarquistas). Desde su
fundación, el Partido Liberal fue una amalgama de facciones,
cada una de las cuales rendía obediencia más a su jefe que a un
proyecto político común. Por añadidura convivían en él
proteccionistas y librecambistas, intervencionistas y defensores
del laissez-faire, centralistas y regionalistas, etc. A pesar de
todo, las expectativas de gobernar y el talento componedor de
Sagasta lograron mantener cohesionado un grupo tan heterogéneo.
El fraccionamiento sólo se convirtió en un cáncer para los
liberales tras el vacío de poder provocado por la muerte de su
fundador y el derivado del agotamiento de su programa. Este
problema se hizo crónico después de la desaparición de José
Canalejas. A partir de ese momento, el Partido Liberal se quedó
huero de contenido y se convirtió en una federación de
clientelas, de fuerzas centrífugas cuyo principal objetivo era
repartirse el poder cuando el turno se lo confería. Su
progresiva descomposición, al igual que la del Partido
Conservador, fue una de las causas básicas del hundimiento del
sistema de la Restauración y de la Dictadura de Primo de Rivera
(1923-1929) y, en consecuencia, del advenimiento de la República
en 1931. Entre 1876 y 1891, el partido de Sagasta representó
y defendió un programa liberal clásico en lo político –sufragio
universal, introducción del jurado popular, libertad de culto,
de prensa y de asociación– y en lo económico –librecambio y una
injerencia estatal mínima en la actividad productiva–. Su
liberalismo estaba más cerca del de corte anglosajón que del
continental. Por lo que se refiere a la organización territorial
del Estado, los liberales fueron centralistas en tanto el
centralismo significaba igualdad de todos ante la ley.
Desconfiaban del foralismo y del regionalismo porque los
consideraban herederos de los privilegios del Antiguo Régimen.
Después de una breve estancia liberal al frente del ejecutivo
(1881) y un nuevo mandato conservador, se inició el Gobierno
Largo de Sagasta (1885-1890), en el cual se pusieron en marcha
las viejas aspiraciones liberales, que hicieron de España, al
menos sobre el papel, la monarquía más democrática del mundo. Al
mismo tiempo, Segismundo Moret creó el Instituto de Reforma
Social (1883) para asesorar al Gobierno en materia de
legislación laboral, con presencia de representantes de los
trabajadores y cuyos informes sobre las condiciones laborales,
las huelgas, etc. resultan todavía impresionantes. Con su
gestión, el Gobierno Largo contribuyó a consolidar la monarquía
constitucional y a debilitar las amenazas contra ella
provenientes de la izquierda antisistema. A partir de 1891 se
produjo un cambio de gran calado en el ideario del liberalismo
español. El arancel introducido por Cánovas en ese año significó
el triunfo del proteccionismo en España tras la etapa
librecambista abierta por la reforma arancelaria de Figuerola en
la segunda mitad de la centuria. En 1892, Moret trató de volver
a abrir la economía española al exterior mediante un tratado de
librecomercio con Alemania, pero su propuesta fue rechazada por
el Senado. Éste se olvidaba de que, en la fase librecambista
(1860-1890), el crecimiento económico español fue similar al de
los países desarrollados. A partir de ese momento, el Partido
Liberal comenzó a apartarse de sus principios tradicionales por
temor a perder base electoral. Esta inflexión doctrinal no fue
privativa del liberalismo español, sino del europeo de finales
del siglo XIX, y se acentuó a lo largo de la siguiente centuria.
Desde esta óptica, la decadencia de la doctrina liberal clásica
en España se inserta en la crisis global del liberalismo, que
sufrió un golpe de muerte con la I Guerra Mundial (1914-1918) y
arrastró una dolorosa agonía en el periodo de entreguerras. En
ese espacio temporal, los partidos liberales perdieron cada vez
más influencia a pesar de su creciente radicalización y del
abandono de sus planteamientos clásicos. En 1892 terminó en
España la época dorada del Partido Liberal que, además, presidió
el Desastre de 1898. Con la muerte de Sagasta (1903), la lucha
por el poder erosionó la eficacia del Partido Liberal como
maquinaria política. Al Viejo Pastor le sucedieron al frente de
las huestes liberales dos hombres formados en los principios de
la Gloriosa Revolución de 1868, Eugenio Montero Ríos y Moret. La
esperanza renovadora abierta por Canalejas se esfumó con su
asesinato en 1912 y, a continuación, se disputaron la jefatura
liberal Manuel García Prieto y el conde de Romanones. Durante
toda esta etapa, el Partido Liberal fracasó en sus intentos de
atraer a su causa a la opinión democrática avanzada, no pudo
incorporar al sistema a un movimiento obrero (socialistas y
anarquistas) seducido por la revolución e intentó llenar su
ausencia de ideas con alianzas contra natura (Bloque de
Izquierdas contra Antonio Maura en 1908) y con el recurso al
anticlericalismo. El Partido Liberal posterior a Canalejas fue
un cuerpo en descomposición, incapaz de recuperar un lugar en la
escena política española. Canalejas era un universitario
enriquecido en las empresas ferroviarias de su padre. Patriota
regenerador y excelente parlamentario estaba influido por el
nuevo liberalismo inglés y por la noción krausista del Estado
ético, que avalaban la intervención estatal en los asuntos
económicos y sociales en nombre de la justicia social. Su
mandato constituye un paso más en el abandono del liberalismo
clásico por parte del Partido Liberal español. Con una agenda
socio-económica intervencionista pensaba atraer a las masas
obreras en la misma línea que adoptarían los liberales
británicos con Lloyd George. Al mismo tiempo deseaba un ejército
fuerte y una política exterior valiente, sobre todo en
Marruecos, para que España adquiriese peso específico en el
concierto internacional de naciones y recuperase algo del
prestigio perdido después del Desastre. También intentó
colaborar con Maura para reconstruir y dar savia nueva al
marchito bipartidismo de la Restauración. Su muerte acabó con
todas esas expectativas pero su labor de gobierno dejó
importantes realizaciones. En el campo de la reforma social,
Canalejas introdujo el arbitraje salarial estatal para evitar
conflictos y abusos, reguló la jornada laboral y las condiciones
de trabajo, creó el seguro laboral y la compensación por
accidentes de trabajo. Distinguió las huelgas cuya finalidad era
económica de aquellas que perseguían fines revolucionarios o
políticos, permitiendo las primeras y combatiendo con dureza las
segundas. Su preocupación por el campesinado pobre le llevó a
ser partidario de extender la noción legal de expropiación por
utilidad social a los latifundios poco cultivados. En el terreno
fiscal suprimió los consumos y los sustituyó por impuestos que
gravaban a los ricos (impuestos progresivos sobre las rentas
municipales) y cambió las finanzas municipales. Eliminó la
posibilidad de que los ciudadanos con ingresos altos se librasen
del servicio militar mediante pagos en metálico y dio una
solución transaccional y temporal a la cuestión religiosa con la
famosa Ley del Candado. Por último, su sentido común quizá le
hubiese llevado a resolver la cuestión catalana de no haber sido
asesinado. Como ha señalado Raymond Carr: “Fue el único liberal
que supo mandar y hacer”. Después del asesinato de Canalejas, el
Partido Liberal no acertó a continuar su obra. Romanones y
García Prieto no lograron adquirir la autoridad interna y el
prestigio externo del líder desaparecido. Tampoco tenían el
talento exigido por las circunstancias. Quizá Santiago Alba
hubiese sido capaz de trazar el programa moderno que atrajese a
la izquierda moderada hacia un proyecto para regenerar España y
para alejarla del republicanismo. Tal vez, la prosecución de la
reforma económica y social hubiese logrado apartar a amplios
sectores del movimiento obrero de las filas del socialismo y del
sindicalismo anarquista. En todo caso, la solución de Alba no se
abrió camino y cuando se intentó ya era muy tarde. Alba,
resentido con Alfonso XIII por su claudicación ante el golpe de
Estado de Primo de Rivera, no se avino a crear con Cambó un
nuevo bipartidismo en las postrimerías de la monarquía, dando
paso a la República. Entre 1912 y 1923, el Partido Liberal dejó
de ser una fuerza política viva. Su incapacidad de renovarse lo
condenó a una lenta pero inexorable extinción y con él a la del
sistema político alumbrado por Cánovas en 1876. La evolución del
Partido Conservador fue similar. Entre 1912 y 1923, la duración
media de los gobiernos fue de nueve meses, lo que condenó al
régimen a un desgobierno crónico. La crisis de 1917, la
Dictadura de Primo de Rivera y la imposible vuelta al viejo
régimen tras la caída del general certificaron la defunción del
bipartidismo de la Restauración. Con ligeras excepciones, la
crisis del liberalismo y el desplome del parlamentarismo español
siguieron con una precisión milimétrica la dinámica europea.
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INSTITUCIONES
Nación. El concepto de
“nación” es uno de los más importantes y polémicos del lenguaje
político contemporáneo. Gran parte de los debates y de los
desencuentros en torno a este término se deben al hecho de que,
en realidad, engloba dos acepciones muy distintas, una con
sentido político y otra con sentido étnico o cultural. En
sentido político, “nación” designa la comunidad de personas que
conviven en un Estado; una de sus definiciones más clásicas la
dio el abate Sieyès en su influyente ensayo de propaganda
revolucionaria ¿Qué es el Tercer Estado? (1789), en el que
definía la nación como “un cuerpo de asociados que viven bajo
una ley común y están representados por una misma Asamblea
legislativa”. La definición fue utilizada como argumento para
legitimar la Revolución Francesa de aquel mismo año, al
considerar los nuevos legisladores que los estamentos
privilegiados –nobles y eclesiásticos– no formaban parte de la
nación, precisamente porque sus privilegios les hacían vivir
según leyes distintas de las que obligaban a la mayoría de los
franceses; de este modo, el pueblo llano, sin privilegios, era
en sí mismo la nación y, como tal, tenía derecho a modificar por
sí y ante sí la constitución política de Francia. Aquella
argumentación fijó el modelo que se iba a repetir en todas las
revoluciones liberales de la Europa continental e Iberoamérica,
empezando por la revolución española de 1808-1840: las naciones
asumían el poder supremo en detrimento de los monarcas
absolutos, y elegían representantes que reformaran el Estado en
un sentido liberal, dictando una Constitución a cuyo frente
figuraran la soberanía nacional y la igualdad de los ciudadanos
ante la ley. El concepto político de la nación, de origen
francés, ha estado ligado históricamente al pensamiento liberal,
y se ha basado en la idea de que los miembros de la nación lo
son por decisión propia, pues han elegido voluntariamente
dotarse de una organización política común. Este aspecto
voluntarista de la nación política fue reafirmado, cien años
después, en una famosa conferencia de Ernest Renan (¿Qué es una
nación?, 1882), quien sostuvo que la voluntad de los individuos
es el criterio último para decidir la pertenencia a una nación
y, por lo tanto, la constitución legítima de un Estado; y, ante
la imposibilidad de hacer consultas continuas y generalizadas
sobre el deseo de unirse, separarse o permanecer dentro de una
nación, recurrió a la fórmula metafórica de que “una nación es
un plebiscito de todos los días”, es decir, que la mera
convivencia pacífica de los ciudadanos en el marco de un Estado,
a lo largo de generaciones, sería demostrativa de su consenso
tácito, como si se hubiera celebrado un plebiscito diario
durante todo el tiempo en que esa estabilidad nacional perduró.
Junto al sentido político, hay también un sentido
étnico-cultural de la nación, que se identifica con una
comunidad de personas de la misma raza, lengua o cultura, con
independencia de que tengan un Estado propio o no. Aunque tal
concepto procede de la misma época que la concepción política,
no deriva de los revolucionarios liberales, sino de quienes
reaccionaron contra ellos y contra el tipo de cultura y de
organización política que irradiaba de la Francia
revolucionaria; el concepto etnicista de nación está
estrechamente ligado en sus orígenes a la cultura alemana del
romanticismo (desarrollado entre los últimos decenios del s.
XVIII y los primeros del s. XIX) y a la obra de autores como
Johann Gottfried von Herder o Johann Gottlieb Fichte. Para
ellos, la nación no es fruto de la voluntad de los individuos,
sino una realidad natural que está por encima de las personas y
que se refleja en la raza, en la cultura de un pueblo y en las
manifestaciones exteriores de su “espíritu” original y
específico: la lengua, el arte, la literatura, la religión, el
folclore, etc. Para los partidarios del concepto político, la
nación, por el contrario, es un artificio creado voluntariamente
por los hombres con fines prácticos, y sus logros se sitúan en
terrenos como la paz social, el orden, las libertades personales
o el progreso material. Esta dualidad de significados ha sido
fuente de malentendidos y de conflictos en los dos últimos
siglos. Para mayor dificultad, “nación”, en sus dos sentidos
originarios principales, se equipara a veces con “pueblo”,
término menos preciso que alude a una masa humana indiferenciada
a la que se observa con abstracción de sus diferencias sociales
y como sujeto de una conciencia subjetiva de formar una unidad
en sentido político o cultural (que sería lo propio de la
nación). También en ambas concepciones, “nación” se considera a
veces equivalente a “patria”, término que insiste en el vínculo
sentimental que une a los individuos con el grupo humano
(nación) al cual pertenecen, sea por razones políticas o
culturales. –Evolución semántica en España. La etimología de
“nación” remite a la voz latina natio, que designaba el grupo
humano caracterizado por su comunidad de origen y por tener unas
dimensiones superiores a la familia, aunque sin llegar a la
generalidad de un pueblo; esta denominación se aplicaba,
generalmente, a grupos de extranjeros, significado que pasó al
castellano común (así lo recogen los diccionarios de la Real
Academia Española desde el s. XVIII) y que aún se conserva en
algunos países de Hispanoamérica. Los usos del término en la
Edad Media y en la Alta Edad Moderna continúan aludiendo a un
grupo reconocible por sus orígenes geográficos, aspecto éste de
la comunidad de origen que adquiere especial relevancia para
identificar a un grupo cuando se halla fuera de su territorio.
En los textos de los historiadores medievales, las naciones eran
gentes de un mismo linaje esparcidas sobre la Tierra, siguiendo
el esquema de la Historia Sagrada y el relato de las vicisitudes
de las clásicas tribus de Israel (que eran el modelo de la
nación por excelencia). San Isidoro de Sevilla articuló en el s.
VII un relato genealógico de la nación goda, cuya raíz llegaba
hasta Magog, hijo de Jafet, para entroncar a los reyes visigodos
con los linajes de Judá; algo semejante se observa en la General
e Grand Estoria de Alfonso X el Sabio (1252-1284). Gradualmente,
“nación” fue perdiendo su connotación medieval de extranjería o
de linaje errante y adquirió su significado moderno de “reyno o
provincia estendida, como la nación española”, que era la
definición que ofrecía Sebastián de Covarrubias en su Tesoro de
la lengua castellana o española (1611); o, en un sentido más
restringido, el significado de un círculo de personas –definidas
generalmente con un criterio territorial– que disponían de una
representación propia en asambleas o consejos de distinto tipo.
Un paso significativo en esa transformación semántica de la Edad
Media a la Moderna fue la organización de los concilios de la
Iglesia Católica en naciones, desde que el Concilio de Constanza
(1414-1418) formalizara la compartimentación de la cristiandad
en un reducido número de ellas (España, Francia, Inglaterra,
Italia y Alemania); tales naciones se entendían como grandes
unidades singulares, cuyos soberanos trataban de igual a igual
con el papa y firmaban concordatos con él. Efectivamente, el
Diccionario de Autoridades (1726-1739) de la Real Academia
Española da fe de que, junto a otros significados (el
equivalente a extranjero y el sinónimo de nacimiento), la nación
era entendida entonces como “la colección de habitadores en
alguna provincia, país o reino”, aludiendo a su uso en las obras
de fray Luis de Granada y en La Araucana de Alonso de Ercilla
(ambas del s. XVI). Frente a la aparente ambigüedad de aquella
definición, cabe resaltar que lo que fue tomando forma entre los
ss. XV y XVIII era el sentido “político” de la nación, pues el
grupo humano así denominado no se identificaba por su
homogeneidad racial o cultural, sino por habitar en un mismo
país o demarcación política, como un reino o una provincia. Los
autores españoles del s. XVIII utilizaron de forma creciente el
vocablo “nación”, aplicado siempre a España y no a los antiguos
reinos y provincias que habían formado la monarquía desde
tiempos de los Reyes Católicos. Autores como José Cadalso, fray
Benito Jerónimo Feijoo, Cavanilles, Juan Francisco Masdéu, Juan
Pablo Forner o Leandro Fernández de Moratín escribieron sobre la
nación española, poniéndola en contraste con otras naciones
políticas europeas, como la inglesa o la francesa. Podría
pensarse que el contenido que los ilustrados españoles daban a
la nación tenía connotaciones culturales, dado que uno de sus
temas recurrentes era el del “temperamento” de los españoles,
personalidad nacional diferenciada que permitía reconocerlos por
comparación con los extranjeros. Cadalso, p. e., aborda la
historia como el proceso de diferenciación de los pueblos, que
han ido adquiriendo unas costumbres, una constitución y un
“carácter nacional” (visión que recuerda a la de Herder).
Forner, por su parte, recorre la historia nacional desde la
Antigüedad, como si España hubiera sido un ente unitario con
personalidad propia desde los tiempos más remotos; y emplea la
idea de que el carácter específico de cada nación se manifiesta
en sus creaciones culturales, lo que le permite hablar de
“cultura nacional”. Además, para hablar de la nación como un
grupo humano que actúa por sí mismo a lo largo de la historia,
requerían –Forner lo señala expresamente– que el grupo formara
un Estado o República unida e independiente, pues era la
convivencia bajo un mismo poder político la que cohesionaba al
grupo, le daba rasgos comunes y creaba en él el sentimiento de
pertenencia a un cuerpo común. En definitiva, cuando los ecos de
la Revolución Francesa (1789-1799) llegaron a España, y cuando
la propia España desarrolló su proceso de revolución liberal, el
concepto de “nación” en sentido político no era una novedad ni
un artificio importado de más allá de los Pirineos: aquel
concepto, que había de encabezar las constituciones españolas
del s. XIX como emblema del nuevo régimen, hundía sus raíces en
los escritos autóctonos de la Ilustración; si no se había
prodigado más, o en un empleo más abiertamente político y
antiabsolutista, hay que achacarlo a la presión de la censura en
el reinado de Carlos IV, que impidió la publicación de textos
que reflejaran las “peligrosas” doctrinas de los revolucionarios
franceses. –De 1808 a 1868. Los efectos de la Revolución
Francesa, a pesar de todas las precauciones, alcanzaron a España
cuando ésta fue ocupada en 1808 por los ejércitos de Napoleón.
Para legitimar la usurpación del trono a favor de su hermano
José, éste reunió en Bayona a una junta de notables que llamó
“nacional”, a fin de que aprobaran una ley fundamental del nuevo
Estado, inspirada en la de la Francia imperial. A pesar del
contenido conservador de la llamada Constitución de Bayona
(1808, v. Constitución de Bayona), el término “nación” ocupó en
ella un lugar importante, siempre en un sentido político:
aparece mencionado desde el art. 1.º como sujeto al que se
atribuye la unidad religiosa; en la parte dedicada a las Cortes,
a las que se da el nombre de Juntas de la Nación, ésta vuelve a
aparecer como sujeto político, ya que las Cortes representarían
a la nación española en su conjunto y no a sus diferentes
territorios. La invasión francesa, sin embargo, desató una
reacción popular que demostró hasta qué punto se hallaba
extendido el sentimiento patriótico de adhesión a la nación
española. La Guerra de la Independencia (1808-1814) se
desarrolló bajo el signo movilizador de la idea nacional, que
servía al mismo tiempo para rechazar al Gobierno “intruso” de
los afrancesados y para poner de manifiesto el carácter
revolucionario de las transformaciones políticas que se habían
puesto en marcha: retenida en Francia la familia real y
desaparecido el entramado de las autoridades tradicionales de la
monarquía, era la nación española (en el sentido de Sieyès, del
pueblo llano) la que había tomado las riendas de la situación y
había hecho frente a los invasores. Pronto, la nación habría de
extraer las conclusiones últimas de esa situación, y dotarse de
instituciones políticas nuevas para organizar su convivencia.
Esas nuevas instituciones son las que aparecen en la primera
Constitución española propiamente dicha (la de Bayona fue una
carta otorgada por un poder invasor), que fue la elaborada por
las Cortes de Cádiz en 1812. En ella aparece como concepto
esencial el de nación, en su sentido político; todo el s. XIX
estará marcado por la hegemonía de esta concepción política de
España como nación, que no fue seriamente puesta en duda hasta
la última década de la centuria. El capítulo I de la
Constitución de Cádiz (“De la Nación española”) afirmaba con
fuerza el uso político y liberal del término, en la línea del
abate Sieyès –aunque no sólo aplicado el estado llano–: “La
Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos
hemisferios” (art. 1); “La Nación española es libre e
independiente, y no es ni puede ser patrimonio de ninguna
familia ni persona” (art. 2); “La soberanía reside esencialmente
en la Nación, y por lo mismo pertenece a ésta exclusivamente el
derecho de establecer sus leyes fundamentales” (art. 3); “La
Nación está obligada a conservar y proteger por leyes sabias y
justas la libertad civil, la propiedad y los demás derechos
legítimos de todos los individuos que la componen” (art. 4). Y
sigue: “El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación,
puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el
bienestar de los individuos que la componen” (art. 13); “Las
Cortes son la reunión de todos los diputados que representan a
la Nación” (art. 27). En el ánimo de los autores de la
Constitución de Cádiz, los azares dinásticos y bélicos que
habían configurado los dominios patrimoniales de los Borbón
habían dado lugar a una identificación entre sus súbditos, a
quienes la revolución convertía en ciudadanos de una nueva
comunidad política: la nación española. Ésta se creaba por el
acto mismo de dotarse de una Constitución, especie de “contrato
social” originario de un nuevo sujeto político, cuya unidad e
independencia no se referían ya a los derechos dinásticos del
monarca, sino a la voluntad, libremente expresada por sus
representantes, de convivir en un marco de igualdad y libertad,
división de poderes y garantía de los derechos del hombre. No
obstante, la ruptura revolucionaria con el pasado se enmascaró
con referencias legitimadoras al pasado, fingiendo creer –para
amortiguar el conflicto– que la Constitución aprobada no era
sino la actualización y perfeccionamiento de una constitución
histórica recientemente conculcada; y tratando de hacer ver –con
fines propagandísticos– que la nación española había existido,
como sujeto político dotado de derechos, desde tiempo
inmemorial. Este historicismo táctico quedó reflejado en las
discusiones de las Cortes celebradas de 1810 a 1814 y en los
escritos de sus principales protagonistas, como el liberal
Agustín de Argüelles, que fue el diputado que más intervino en
el debate constitucional; en su Examen histórico de la
Constitución española (1835) escribió anacronismos como el
siguiente, que proyectaba retrospectivamente el concepto
político contemporáneo de la nación española: “El principio de
la elección libre de los reyes y de restricciones impuestas a su
autoridad en la monarquía goda, se reprodujo en los gobiernos
fundados en España, apenas empezó a rescatarse la nación del
dominio de los árabes”. Con esta afirmación, Argüelles no hacía
sino admitir el concepto genérico de la nación como “conjunto de
los habitadores en alguna provincia, país o reino, y el mismo
país o reino”, que figuraba en los diccionarios editados por la
Academia hasta el final del reinado de Isabel II (1833-1868). La
nación se convirtió en el símbolo de la revolución liberal
durante los reinados de Fernando VII (1808, 1814-1833) e Isabel
II. “Nacionales” o “patriotas” se llamaba a los partidarios de
la Constitución; “Guardia Nacional”, a la organización de
ciudadanos en armas para defender el régimen constitucional; y
“Bienes Nacionales”, a los desamortizados de manos de la Iglesia
y de otras corporaciones para consolidar la revolución con la
formación de una clase propietaria adicta en una economía de
libre mercado. La nación y la soberanía nacional siguieron
formando parte del lenguaje constitucional a lo largo de todo el
s. XIX, si bien el giro conservador impuesto por los moderados
desde 1833 hizo que ambos conceptos quedaran velados por la
doctrina de la “soberanía compartida”, que atribuía la potestad
de hacer las leyes a “las Cortes con el rey” y no sólo a los
representantes electos de la nación, tal como figura en los
textos constitucionales de 1837 y 1845). –De 1868 a 1898. La
Revolución de Septiembre de 1868, que destronó a Isabel II, dio
paso a un breve periodo democrático (Sexenio Democrático,
1868-1874), en el cual adquirió nuevo protagonismo el concepto
político de nación. La Constitución promulgada en 1869 se
iniciaba con la mención a “La Nación española y en su nombre las
Cortes Constituyentes”, que recordaba la idea de un sujeto
político capaz de ejercer su soberanía dotándose de una ley
política fundamental; el art. 32 confirmaba esa orientación, al
afirmar que “La soberanía reside esencialmente en la Nación, de
la cual emanan todos los poderes” (tanto es así que los
representantes de la nación no sólo podían reformar la
constitución política del Estado, sino también buscar un
candidato idóneo para ocupar el trono, cuya legitimidad
derivaría del hecho de ser aceptado por las Cortes). Aquel
cambio político tuvo también reflejo en el lenguaje común, pues
la décimoprimera edición del Diccionario de la lengua castellana
(1869) de la Real Academia añadió una nueva acepción a la voz
“nación”: “El Estado o cuerpo político que reconoce un centro
común supremo de gobierno”; esta acepción, que no sustituía a
las anteriores, sino que se añadía a ellas, venía a insistir en
el significado estrictamente político de la nación como cuerpo
político al que dota de unidad la sumisión a un mismo poder; y
ponía por vez primera en conexión los conceptos contemporáneos
de “nación” y “Estado”. La claridad de tales pronunciamientos no
tuvo continuidad, pues, como es sabido, las experiencias
políticas del Sexenio Revolucionario fracasaron y dieron paso a
la restauración de la monarquía borbónica, en medio de un nuevo
giro conservador dirigido por Antonio Cánovas del Castillo. La
Constitución de 1876, que organizó las instituciones del nuevo
régimen, retomó la definición doctrinaria de la “soberanía
compartida”, abandonando la idea de la nación como titular única
de la soberanía. Ello no quiere decir que Cánovas y los
conservadores que le seguían no tuviesen una idea firmemente
arraigada de España como nación –que sí la tenían–, sino que no
estaban dispuestos a asumir las virtualidades democráticas del
concepto de nación heredado de la revolución. Efectivamente,
Cánovas del Castillo hizo explícita su concepción de la nación
en una conferencia pronunciada en el Ateneo de Madrid en 1882,
en respuesta a la de Renan del mismo año: para Cánovas, la
nación no es un mero fruto de la suma de voluntades
individuales, sino que tiene un ser específico; ahora bien,
alejándose en cierto modo de la concepción puramente política de
la nación (quizás por miedo a la democracia), tampoco aceptaba
que fueran la raza, la lengua o la cultura los factores
determinantes de la existencia de la nación (tal postura habría
puesto en entredicho la legitimidad como naciones de España y de
otros estados europeos que Cánovas admiraba sin límites, como el
Reino Unido). La tercera vía era la de la historia, siguiendo un
modo de razonamiento inaugurado por Edmund Burke: la nación es
un precipitado de la historia, que extrae su legitimidad como
organización política presente de los largos siglos de
experiencia compartida en el pasado. Cada nación tiene unos
rasgos característicos, que se reflejan en su historia, dando
lugar a instituciones que le son propias; a esto es a lo que
Cánovas llama la “constitución interna” de la nación; los
representantes de la nación, al dotar a ésta de una constitución
política, no deben (ni pueden, porque sería inútil) inventar las
instituciones que crean adecuadas, sino descubrir y plasmar las
instituciones que forman esa “constitución interna”. En el caso
de España, entendía Cánovas que el fundamento de la constitución
interna era el principio monárquico, atemperado por la
existencia tradicional de asambleas representativas; en la
Constitución de 1876 trató de establecer un equilibrio entre
ambos principios, pero dejó bien claro el carácter indiscutible
y heredado de la monarquía, al sustraer los artículos
correspondientes del debate del texto constitucional en las
Cortes. Esta vía “historicista”, que habría de hacer fortuna en
España, era en realidad una variante conservadora del concepto
político de la nación; a pesar de la intención de Cánovas, no se
oponía radicalmente a la doctrina de Renan, pues éste había
concebido su “plebiscito de todos los días” como una metáfora de
la pacífica aceptación del Estado por los ciudadanos a lo largo
de la historia, dado que la celebración efectiva de plebiscitos
habría estado plagada de problemas prácticos y de
contradicciones teóricas. En todo caso, a lo que se oponían
frontalmente tanto la visión de Renan como la de Cánovas era a
la posibilidad de una secesión por razones culturales, étnicas o
lingüísticas (según el concepto étnico-cultural de la nación),
posibilidad que, en el caso de Francia, había planteado la
anexión por la fuerza a Alemania de las regiones germanófonas de
Alsacia y Lorena, y que, en el caso de España, empezaba a
despuntar con la aparición de movimientos regionalistas apoyados
en las especificidades culturales de Cataluña, el País Vasco y
Galicia. La postura de Cánovas sobre el particular no admite
dudas, pues diseñó un régimen político de Estado unitario,
marcado por el centralismo y por la oposición a cualquier género
de reivindicación regional; fue Cánovas quien, al término de la
III Guerra Carlista (1872-1876), abolió lo que quedaba de los
fueros del País Vasco, dando paso al Concierto de 28-II-1878 con
las Provincias Vascongadas, que estuvo en vigor hasta que fue
abolido por el general Franco para Vizcaya y Guipúzcoa y
conservado para Álava. El historicismo de Cánovas no nacía en el
vacío. Había a su alrededor una corriente intelectual empeñada
en definir las peculiaridades de lo español en la historia, en
el arte y en la literatura, como forma de legitimar el hecho
político de la existencia de España y de mostrar cómo, con el
paso de los siglos, la convivencia bajo una organización
política común había terminado por producir una cierta
personalidad nacional que se reflejaba también en la producción
cultural. Los escritos del s. XVIII sobre el “carácter nacional”
fueron seguidos de trabajos eruditos como los de la escuela de
Barcelona (Javier Llorens, Manuel Milá y Fontanals) o de su
discípulo Marcelino Menéndez Pelayo, quienes, a lo largo del s.
XIX, trataron de encontrar en la literatura un canon nacional
representativo del “espíritu del pueblo” español. Ese tipo de
razonamientos culminó en la obra de Menéndez Pelayo Historia de
los heterodoxos españoles (1880-1882), coetánea de la
formulación de Cánovas, donde sostenía que el contenido esencial
del “genio español” era su ortodoxia religiosa católica,
fundamento último de la personalidad de la nación. –El siglo
XX. La tradición liberal no abandonó nunca la idea originaria de
la nación como comunidad política. Pero no hubo grandes
teorizaciones sobre ella después de 1812, en la medida en que
formaba parte de un consenso muy amplio: hasta el cambio de
siglo nadie puso en duda la legitimidad de la nación española,
ni pensó que la relativa diversidad cultural del país exigiera
otro concepto de nación. El liberalismo español conservó la
huella romántica de su origen en la Guerra de la Independencia y
siguió avalando la idea de España como nación. En el extremo más
progresista del espectro político decimonónico, los republicanos
(Emilio Castelar, Clarín, Manuel Ruiz Zorrilla, Vicente Blasco
Ibáñez, Alejandro Lerroux, Francisco Pi y Margall, Manuel Azaña,
etc.) mostraron aún más celo que los monárquicos en su adhesión
a la nación política, pues, sin el elemento cohesivo de la
Corona, el ente abstracto de la nación se erigía como soporte
único del Estado. Esta creencia en la nación española como
comunidad política básica iba de la mano, a veces, con la idea
de una descentralización del Estado, fuera en un sentido federal
(como en Pi y Margall) o mediante la aceptación de la autonomía
de ciertas regiones (como en Azaña). A finales del s. XIX, el
régimen de la Restauración entró en crisis, y con él la
conciencia nacional de los españoles; en ello tuvo mucho que ver
la derrota militar frente a Estados Unidos y la consiguiente
pérdida de las últimas colonias ultramarinas de Cuba, Puerto
Rico y Filipinas (1898), pero también un descontento
generalizado con el atraso político, social, económico y
cultural del país en comparación con Europa. Las reacciones
fueron en dos sentidos: auge del nacionalismo antiespañolista en
algunas regiones de la periferia –Cataluña y el País Vasco
fundamentalmente– y otro, paralelo, del nacionalismo
españolista; reacciones contradictorias sólo en apariencia, pues
en ambos casos se trataba de movimientos intelectuales centrados
en la idea de nación, y caracterizados por dar un contenido
étnico-cultural a tal idea. En las últimas décadas del s. XIX y
las primeras del s. XX, efectivamente, hizo su aparición en
España el concepto étnico-cultural de la nación, con un siglo de
retraso con respecto al concepto político liberal. La Real
Academia Española tomó nota de esta innovación semántica, en su
decimoquinta edición del Diccionario (1925), que por primera vez
se llamó “de la lengua española” (y no “castellana”): junto a
las acepciones tradicionales del término “nación”, se añadió
entonces la de “conjunto de personas de un mismo origen étnico y
que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición
común”. Este cambio no fue exclusivo de España, pues las décadas
alrededor del cambio de siglo vieron en todo el mundo un
deslizamiento de la idea nacional hacia su sentido
étnico-cultural, que culminó en la aceptación del principio de
las nacionalidades como criterio para reorganizar el mapa de
Europa al término de la I Guerra Mundial (1914-1918); dicho
principio, impuesto por el presidente norteamericano Woodrow
Wilson, requería que el trazado de las fronteras políticas se
adecuara a las fronteras lingüísticas y culturales, razón por la
que fue desmembrado, p. e., el Imperio Austrohúngaro. El clima
intelectual era favorable a ello, por el éxito de las
concepciones sociales organicistas, la aceptación de las teorías
racistas, la crítica al liberalismo clásico y el auge
correlativo de doctrinas autoritarias y antidemocráticas. Este
tipo de doctrinas aludía siempre a un concepto exclusivista y
dogmático de la nación, que sustentó el imperialismo europeo,
agrió las relaciones internacionales, provocando el estallido de
las dos guerras mundiales, y se fue exacerbando hasta degenerar
en los fascismos; todos ellos se autodenominaban nacionales: el
Partido Nacional Fascista en Italia, el Partido
Nacionalsocialista del Trabajo en Alemania y las Juntas de
Ofensiva Nacional-Sindicalista (JONS) en España, además de los
combatientes del bando franquista (“nacional”) en la Guerra
Civil de 1936-1939. El catalanismo (v.) fue el primer
movimiento nacionalista de ámbito regional que surgió en España
(v. nacionalismo), precisamente hacia el final del s. XIX, pues
no pueden considerarse propiamente nacionalismos los brotes
cantonalistas anteriores, entre los que el de Cartagena (1873)
pasa por ser el arquetipo. En sus orígenes destaca la figura de
Enric Prat de la Riba, quien reivindicó en varias obras el
carácter de nación para Cataluña, en virtud de su lengua, de su
cultura y temperamento diferenciados, y también de la historia
(en el Compendi de doctrina catalanista, de 1895, y en La
nacionalitat catalana, de 1906). Para Prat de la Riba, una
nación es “una sociedad de gentes que hablan una lengua propia y
tienen un mismo espíritu que se manifiesta uno y característico
bajo la variedad de toda la vida colectiva”, definición que
creía apropiada para Cataluña (y que encaja con las de Herder y
Fichte). España no sería, para él, sino un espacio geográfico
hegemonizado por una de sus naciones, Castilla; y Cataluña, una
nación independiente hasta que perdió su soberanía por la
derrota militar frente a los partidarios de la dinastía
borbónica en la Guerra de Sucesión (1701-1714). El hecho
político de la existencia de España no tendría nada que ver con
el hecho cultural de las naciones, pues “la Nación es la Nación
aunque para la ley no lo sea”; y el trabajo que tenían por
delante los nacionalistas era el de hacer que se cumpliera el
principio de las nacionalidades: “A cada nación, un Estado”.
Prat de la Riba fue uno de los inspiradores de las Bases de
Manresa (1892), primera manifestación del catalanismo político;
fundó y dirigió el partido catalanista conservador Lliga
regionalista (1901), y presidió la Mancomunitat de Catalunya,
primer órgano de autogobierno de la Cataluña contemporánea
(1914). En la práctica política, Prat de la Riba se mostró como
un nacionalista moderado y un posibilista: sus llamadas a que
Cataluña recuperara la soberanía perdida iban seguidas de la
propuesta de que el Estado resultante se confederara con otras
naciones españolas, en una especie de Estado multinacional. Es
cierto que los orígenes del catalanismo fueron plurales desde el
punto de vista ideológico, y no se limitan a la obra de Prat de
la Riba: por la misma época habría que señalar los escritos del
obispo Torras i Bages, muestra de un catalanismo reaccionario y
medievalizante, que entronca con el carlismo; y algún tiempo
antes la de Valentí Almirall, que representaba un catalanismo
progresista y democrático. Pero fue el grupo conservador
encabezado por Prat de la Riba el que hegemonizó el catalanismo
político durante la crisis de la Restauración, y el que teorizó
de forma más clara una doctrina nacionalista de base cultural:
Torras i Bages hablaba, sobre todo, de volver a la tradición y
de fomentar el uso de la lengua catalana; mientras que Almirall
insistía en un proyecto federal, en el que Cataluña asumiría el
papel de regeneradora de España y obtendría el reconocimiento de
sus particularidades culturales. La influencia catalana y
alemana es visible en la obra del fundador del nacionalismo
vasco, Sabino Arana (v. vasquismo). Procedente del ámbito del
carlismo, Arana rompió con éste y con la tradición del fuerismo
(v.), para desarrollar una doctrina nacionalista extremista
entre 1893 y 1903. La base de su planteamiento es racial, pues
considera que existe una raza vasca diferenciada de la raza
española, como mostrarían la lengua vascuence y otras
manifestaciones culturales amenazadas de desaparición por el
avance del mundo moderno y por la mezcla de sangres y razas. El
liberalismo, la democracia, el socialismo, la industria, la
inmigración y el capitalismo amenazaban, en su opinión, a la
esencia de la raza vasca, cuyo bien más preciado, tras la pureza
racial, era la religiosidad católica; para preservarla, los
vascos tenían que recuperar su independencia originaria, que
Arana creía perdida con la abolición parcial de los fueros que
se produjo en 1839. Para ello creó el Partido Nacionalista
Vasco, que desde 1895 ha sido la organización más relevante del
conjunto de movimientos nacionalistas del País Vasco. Arana
empezó pensando en que Vizcaya recuperara su antigua
“independencia” (para luego federarse con Guipúzcoa, Álava,
Navarra y las provv. vascofrancesas, todas ellas emancipadas por
sí mismas); luego propuso un proceso general de independencia
para la nación vasca, para la cual ideó incluso el neologismo
Euzkadi (1899); y hacia el final de su vida moderó su discurso,
admitiendo la posibilidad de una amplia autonomía vasca en el
marco del Estado español. Debatiéndose entre estas opciones, sus
seguidores han mantenido durante algo más de cien años unas
propuestas políticas en las que se niega o tiende a negarse a
España el carácter de nación y se atribuye tal carácter, por
razones étnico-culturales, al País Vasco. La aparición de
los nacionalismos periféricos no fue la única respuesta a la
crisis de la conciencia nacional española desde finales del s.
XIX. Hubo una reacción aún más intensa y numerosa de
recuperación de las señas de identidad de España como nación,
reacción espoleada por el desafío de aquellos primeros
nacionalismos periféricos, aún muy minoritarios. La peculiaridad
de estas reflexiones del s. XX es que no se remite al Estado
como fundamento de la nación española –pues éste se hallaba en
crisis, o así se creía–, sino al concepto “cultura de nación”,
recogiendo la herencia de Menéndez Pelayo y de los demás autores
que, desde el s. XVIII, se habían pronunciado sobre los rasgos
nacionales específicos de España y los españoles. En el ámbito
de la literatura, dicha reacción se encuentra en la Generación
del 98 (v.), caracterizada por su ardiente patriotismo y por su
rechazo crítico al Estado. Autores como Ángel Ganivet, Azorín,
Pío Baroja, Antonio Machado o Miguel de Unamuno (que había sido
nacionalista vasco en su juventud) vivieron atormentados por la
búsqueda del “ser de España”. Convencidos de que cada nación
tiene sus rasgos específicos, indagaron en el “alma” del pueblo
y, a pesar de que procedían de diversas regiones periféricas,
todos ellos creyeron encontrarla en Castilla: exaltaron su
paisaje, su lengua, sus gentes y su historia como elementos
unificadores de España; e hicieron gala de un patriotismo
angustiado ante la decadencia y la atonía de España, cuya
regeneración anhelaban. De la regeneración de España hablaron
también otros autores que escribieron en torno al cambio de
siglo y que practicaron un género más cercano al ensayismo
político: los regeneracionistas, entre los que habría que
incluir a Ricardo Macías Picavea, Lucas Mallada, Damián Isern,
Luis Morote o Joaquín Costa (v. regeneracionismo). En ellos se
encuentra la misma idea de la postración de España, la misma
voluntad de indagar sobre la raíz del problema suponiendo la
existencia de un “carácter nacional”, y una diversidad de
propuestas concretas para reformar las instituciones y dar
“nueva vida” a la patria. Los ecos de sus preocupaciones
alcanzaron la política cotidiana, en la que algunos dirigentes
conservadores (p. e., Francisco Silvela y Antonio Maura)
asumieron su lenguaje y lanzaron propuestas de “regeneración de
la vida nacional”. Tales propuestas (como el saneamiento de las
elecciones o el impulso a la industria “nacional”) no llegaron a
fraguar; interesa destacar, no obstante, que la visión de España
de estos nuevos conservadores se diferenciaba de la de Cánovas
en su mayor apertura hacia la diversidad regional (sin por ello
poner en entredicho la exclusividad del concepto de nación
aplicado a España). Un tercer nivel de la reacción nacionalista
española desde finales del s. XIX está representado por los
estudiosos que contribuyeron a reforzar la identidad nacional de
España desde una investigación erudita, y muchas veces rigurosa,
sobre su historia y su cultura. Gran parte de esta producción
intelectual tiene una raíz liberal, ligada al krausismo (v.) y a
la Institución Libre de Enseñanza (v.). Así ocurre con las
grandes figuras del Centro de Estudios Históricos (fundado en
1910), como Ramón Menéndez Pidal, Claudio Sánchez Albornoz o
Américo Castro. La existencia de rasgos permanentes de la
personalidad nacional española a lo largo de la historia,
preconizada por Menéndez Pelayo, fue aceptada por autores
liberales, demócratas, republicanos, e incluso por un socialista
como Luis Araquistáin, que llamó a Menéndez Pelayo “el Fichte de
la cultura española” (si bien rechazó que la esencia del genio
español se hallase en el catolicismo, proponiendo como rasgo
duradero el “senequismo”, carácter nacional de austeridad y de
moral estoica que los españoles habrían mostrado desde tiempos
de Séneca). Menéndez Pidal (discípulo de Menéndez Pelayo, por
cierto) investigó la literatura medieval castellana,
reconociendo en ella las narraciones de la infancia de la nación
que revelaban su ser más íntimo, según un criterio propio del
nacionalismo romántico, que veía a las naciones como seres
vivos, en cuyo desarrollo pesaban de manera especial las
experiencias vividas en los orígenes. En La España del Cid
(1929) fue más lejos, hasta reconocer como españoles a los
visigodos, e incluso a los iberos, que gozaban de “una cierta
unidad cultural o nacional”; abiertamente opuesto a los
particularismos regionales, Menéndez Pidal defendió la función
unificadora de Castilla, la cual “creó la nación por mantener su
pensamiento ensanchado hacia España toda”. Este españolismo
castellanista se halla también en los estudiosos de la pintura,
de la escultura y de la música, que, por los mismos años,
encontraban rasgos supuestamente nacionales en esas
manifestaciones culturales, estableciendo un canon del arte
nacional. –La década de 1930 y el franquismo. La experiencia
de la II República (1931-1939) y la Guerra Civil (1936-1939)
alteró para siempre la concepción nacional de España. Por un
lado, los incipientes nacionalismos periféricos dispusieron de
una primera oportunidad para hacer realidad sus aspiraciones de
autonomía, difundir públicamente sus propuestas y, en algunos
casos, radicalizar sus planteamientos (los catalanistas
proclamaron por dos veces el Estado catalán, en 1931 y 1934,
aunque sin segregarlo de España). Por otro lado, la experiencia
desgarradora de la guerra llevó a los intelectuales a una
reflexión más desesperanzada sobre el “ser de España”, en el que
ahora incluían una propensión nacional a la confrontación y a la
autodestrucción. Es célebre, en este sentido, la polémica que
mantuvieron dos historiadores republicanos en el exilio, Américo
Castro y Claudio Sánchez Albornoz, los dos convencidos de la
existencia de un carácter nacional español, fruto de la historia
y causa última de la tragedia a la que el país se había visto
abocado. Por último, la victoria militar del bando
autodenominado “nacional” dio lugar al régimen del general
Franco, en la que desempeñó un papel primordial una cierta
concepción tradicionalista, militarista y católica de la nación
española. El franquismo (v.) persiguió a los nacionalismos
regionales, que tendieron a radicalizar sus posturas en la
clandestinidad y en el exilio. Tampoco podía admitir en modo
alguno la tradición liberal del concepto de nación política,
pues éste remitía a una participación de los ciudadanos en la
toma de decisiones. En consecuencia, exacerbó un discurso de
España como nación histórica y cultural, al tiempo que
desarrollaba políticas uniformizadoras tendentes a hacer
realidad la homogeneidad que preconizaba. Se ha denominado a ese
peculiar nacionalismo franquista “nacionalcatolicismo” (v.),
debido a la importancia que concedió a la religión católica como
cimiento ideológico del Estado y factor principal de la unidad
nacional. En ese sentido, el régimen hizo suyas reflexiones como
las de Menéndez Pelayo (que veía en el catolicismo la esencia
del “genio nacional”), e incluso nombró ministro de Educación
Nacional en 1938 a uno de sus discípulos, Pedro Sáinz Rodríguez,
quien pretendió reorganizar el sistema educativo inspirándose en
las enseñanzas de su maestro. Del falangismo (v.) tomó el
franquismo lo que se suponía que era una definición original de
la nación, apartada por igual de la concepción política (hija
del denostado ideario liberal-democrático) y de la concepción
cultural (que alentaba los nacionalismos catalán y vasco). Esa
concepción, más retórica que efectiva, era la de la nación como
“unidad de destino en lo universal”, que había formulado José
Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange Española; en ese
sentido, la nación no era un territorio ni una suma de
individuos, sino una empresa común, un mandato que cumplir, al
cual debían entregarse individuos, instituciones, regiones y
clases, para forjar una unidad que los superara; la dirección de
la empresa común correspondería al Estado, con lo que esta idea
de nación se limitaba a aportar al régimen franquista una
pretensión totalitaria. En cuanto al “destino” común de la
nación, los ideólogos del régimen lo identificaron con el
imperio, el pasado imperial de España. El imperio formó parte de
la retórica política del franquismo, pero no podía aplicarse en
la práctica política. Encontraron un sustitutivo adecuado en el
concepto de Hispanidad, tal como había sido formulado por Ramiro
de Maeztu (aunque no lo había creado él, pues procedía de la
propuesta del sacerdote Zacarías de Vizarra en 1926, y mucho
antes lo había empleado ya Unamuno). La Hispanidad englobaría el
conjunto de los pueblos de habla española de ambos lados del
Atlántico y las cualidades propias de esos pueblos; sería lo más
parecido a una idea de nacionalidad lingüística vinculada a la
lengua castellana o española. En manos de Maeztu, el concepto
iba ligado al fortalecimiento de la conciencia de España como
nación, ofreciéndole de nuevo la “empresa común” de liderar a
los países hispanoamericanos, como en el pasado había tenido la
empresa común y unificadora de gobernar el imperio. Dado que la
empresa de colonizar América había sido al mismo tiempo la de
evangelizarla, el ideal nacional español se entendía dotado de
un contenido inequívocamente católico (en el doble sentido de
ortodoxia religiosa y vocación universal). –La democracia.
La muerte del general Franco en 1975 y la posterior transición a
la democracia revelaron la vitalidad de los nacionalismos
periféricos, que volvieron a hacerse presentes en la vida
pública reivindicando el reconocimiento de las especificidades
postuladas como nacionales de Cataluña, el País Vasco y Galicia
sobre la base de su identidad lingüística y cultural
diferenciada, si bien el fenómeno no se produjo con fuerza
comparable en otras comunidades autónomas que, además de poseer
así mismo personalidad histórica claramente definida, como
antiguos reinos, poseían también lenguas antiguas, arraigadas y
distintas del castellano o español, como Valencia, Baleares o
Navarra. La transición reveló también que el énfasis del
franquismo en la idea de España como nación había apartado de la
misma a sectores importantes de la opinión democrática e
izquierdista, identificando en gran medida el único nacionalismo
español existente y activo durante tantos años con la derecha
más conservadora. El proceso de transición a la democracia
estuvo marcado por estos parámetros. No obstante, la
Constitución aprobada en referéndum en 1978 significó un
reencuentro con el concepto político de nación, retomando el
lenguaje de la tradición liberal y democrática desde 1812.
La terminología de la Constitución es concluyente en cuanto a la
vigencia del concepto político de nación y su atribución
exclusiva a España como conjunto: desde su preámbulo, proclama
que es “la Nación española” la que declara su voluntad en la
Constitución con el ánimo de “establecer la justicia, la
libertad y la seguridad y promover el bien de cuantos la
integran, en uso de su soberanía”. A partir de ahí, se establece
un equilibrio entre los aspectos descentralizadores y unitarios
de la Ley de Leyes, al proclamar el art. 2 que “la Constitución
se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española,
patria común e indivisible de todos los españoles”, si bien
“reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las
nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre
todas ellas”. La pluralidad cultural y la autonomía quedan
reconocidas con esta posibilidad de que las “nacionalidades y
regiones” se constituyan en comunidades autónomas, posibilidad
que, encauzada por el título VIII de la Constitución, ha llevado
a generalizar la fórmula autonómica, dividiendo el territorio
nacional de forma que en España se integran diecisiete
comunidades autónomas (más dos ciudades autónomas, Ceuta y
Melilla), sin diferencias de principio en cuanto al grado de
autonomía, ya sean nacionalidades o regiones o sin que se
declare expresamente esta calidad, como, entre otros, en el caso
de la Comunidad Foral de Navarra. De hecho, la Constitución no
establece ninguna distinción cualitativa las regiones y las
nacionalidades, aunque este segundo concepto parece remitir,
según numerosos intérpretes, a una cierta mayor o más intensa
vigencia de algunos rasgos diferenciales. (Debe notarse, por su
extendido uso, que no pertenece al lenguaje de la Constitución
la expresión “nacionalidades históricas”.) La Constitución de
1978, elaborada por consenso, ha realizado, pues, una síntesis
de los dos conceptos de la nación, que conviven en el Estado
democrático actual: sólo España es nación, en sentido político
(y el art. 1.2 proclama la soberanía nacional, indivisible e
inalienable, que “reside en el pueblo español, del que emanan
los poderes del Estado”); pero se da reconocimiento a las
nacionalidades, en sentido cultural, es decir, a las regiones
con lengua vernácula o con algún otro tipo de diferencia
arraigada. La propia Constitución, empero, hace radicar en las
comunidades autónomas y en sus respectivos estatutos de
Autonomía, que tienen carácter de Ley Orgánica del Estado y que
han de ser aprobados por mayoría cualificada en las Cortes
Generales, la iniciativa de definirse como nacionalidad, región
o no pronunciarse expresamente. Para los nacionalistas más
extremos, este grado de reconocimiento es insuficiente, pues los
estatutos de Autonomía no serían actos plenemante soberanos,
sino leyes del Estado español en el marco de su Constitución.
Por ello, a pesar de que el desarrollo del Estado de las
Autonomías ha dado lugar a una descentralización administrativa
y política sin precedentes y objetivamente elevado en relación
con los países de la Unión Europea, algunas formaciones
nacionalistas reclaman el reconocimiento de sus respectivas
comunidades autónomas como naciones y emplean este argumento
para negociar mayores cotas de poder para los gobiernos
autónomos que controlan. Formaciones nacionalistas de Cataluña,
el País Vasco y Galicia reclamaron conjuntamente en 1998
(Declaración de Barcelona y Pacto de Estella) el reconocimiento
de su soberanía y el derecho de autodeterminación. [J.Pr.R.]
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LINGÜÍSTICA
Ortografía. [Del gr. orthós,
‘recto, correcto’, y graphé, ‘letra, escritura’, a través del
lat. ortographia]. El sistema ortográfico español responde al
tipo de escritura alfabética, que intenta representar cada uno
de los sonidos de la lengua mediante una letra. El ideal de
escritura alfabética pura, sin embargo, es difícil de alcanzar,
de manera que, pese a ser el español una de las lenguas que más
se aproxima a ese ideal teórico, la correspondencia entre
fonemas y letras ha sido modificada por motivos históricos y de
diversa índole, como el origen de las voces, las variedades
dialectales y el propio uso: el sistema fonológico experimenta
cambios a lo largo del desarrollo de una lengua, mientras que la
escritura se muestra reacia a prescindir de determinadas grafías
y a crear otras nuevas para representar fonemas hasta entonces
inexistentes, empleando en su lugar grafemas complejos,
polivalentes o equivalentes. –Hist. A lo largo de la
historia de la ortografía española, los métodos de escritura
propuestos por los teóricos de la materia se han desarrollado en
atención a los principios de pronunciación, uso y etimología.
Sin olvidar la labor de fijación del sistema ortográfico llevada
a cabo por Alfonso X (1252-1284), cuyas obras constituyen un
reflejo de la pronunciación estándar del castellano medieval, es
el Arte de Trovar (1433) de Enrique de Villena el primer tratado
donde se introducen comentarios de interés acerca de la
pronunciación y ortografía del español, entre ellos diversos
principios ortográficos sobre la utilización de determinadas
grafías impuestas por el uso y que responden al principio
etimológico: “Quien dize philosophia pronunçia f e no se pone
(...); honor pónese h e no se pronunçia.” Basándose en
Quintiliano, el humanista Antonio de Nebrija planteó en su
Gramática Castellana (1492) y en Reglas de Orthographia de la
lengua castellana (1517) la idea de que la escritura debía
acomodarse a la pronunciación de la lengua, una idea que fue
aceptada por la mayor parte de los autores que trataron la
ortografía durante los ss. XVI y XVII. Alejo Vanegas publicó
Tractado de Orthographía y accentos en las tres lenguas
principales (1531); Bernabé de Busto, Arte para aprender a leer
y escriuir perfectamente en romance y latín (1533), en el que
únicamente describe el uso ortográfico de su tiempo y cuya
finalidad era que el entonces príncipe Felipe (futuro Felipe II,
1556-1598) aprendiera los fundamentos de la ortografía;
Francisco de Robles, el tratado Copia accentuum fere dictioren
difficilium (1533), en el que presenta la acentuación correcta
de las voces más usuales de los breviarios y en el que incluye
las Reglas de Orthographia, elaboradas pensando en el latín, si
bien trata también de diversos problemas de la escritura en
romance castellano. Una obra de singular interés, pues muestra
la gran vitalidad de la lengua de la época, es el Diálogo de la
Lengua de Juan de Valdés (1535), que, a través del diálogo
entablado por dos personajes, muestra la falta de un principio
de autoridad (cada uno de ellos sostiene una postura distinta,
enfrentando el criterio etimológico al criterio de uso) y expone
lo que, en su opinión, constituyen algunas imperfecciones de la
obra de Nebrija. En el Arte para bien leer y escribir: y para lo
perteneciente a ello, tercera parte de Jesús. Doctrina
Christiana del Ermitaño y el Niño (1552), Andrés de Flórez opina
que la ortografía más adecuada es la que nace del principio de
pronunciación criticando las grafías etimológicas, excepto en
los casos en que ayudan a descubrir el significado exacto de un
vocablo. En el Manual de Escribientes, el humanista Antonio de
Torquemada exige una buena ortografía como condición del
perfecto secretario y, además de atender al uso ortográfico,
parece apoyar la pronunciación como elemento fundamental de la
ortografía, como lo demuestra su actitud positiva ante las obras
de Quintiliano, Nebrija y Alejo Vanegas. En 1555 se publicó en
Lovaina la obra anónima Vtil y Breve Institución, para aprender
los principios, y fundamentos de la lengua Hespañola, que,
tomando la pronunciación como principio ortográfico, únicamente
señala el valor de las grafías que no existen en la escritura
latina (ç, ñ) o cuyo sonido es diferente al que representan en
español (ch, ll, j). Martín Cordero, en La manera de escrevir en
Castellano, o para corregir los errores generales en que todos
yerran, incluido en Las quexas y llantos de Pompeyo (1556),
propone una ortografía basada en la pronunciación, pero sin
llegar al extremo de los sistemas fonológicos de escritura, idea
que también sugiere Cristóbal de Villalón en su Gramática
Castellana (1558). Separándose de la corriente general iniciada
por Nebrija, en 1563 fray Miguel de Salinas defendió que se
escribiera anteponiendo el principio de uso al de pronunciación.
Sin embargo, Pedro de Madariaga, en Libro subtilissimo
intitulado honra de escribanos (1564) –obra de calidad
equiparable a la de Nebrija cuya tercera parte está dedicada a
la ortografía–, considera que pronunciación y ortografía deben
estar íntimamente relacionadas y condicionadas mutuamente, y
propone nuevas grafías para sustituir a las compuestas ch, ll,
ñ. El poeta Fernando de Herrera llevó a cabo una reforma
ortográfica en Anotaciones a Garcilasso de la Vega (1580); entre
las características de su peculiar ortografía destacan el empleo
de la c en voces que hasta entonces se habían escrito con q, las
letras i y j escritas sin punto, el uso de apóstrofe, y el de la
grafía h sólo en los casos en que procede de f inicial latina.
Un hito capital en la evolución y desarrollo de la
ortografía castellana lo constituyó la Orthographia y
pronunciación castellana (1582) de López de Velasco, quien
propuso un sistema en el que se armonizaban pronunciación, uso y
razón, que tuvo gran influencia en su tiempo y en los ortógrafos
del s. XVIII, especialmente en el seno de la Real Academia
Española (RAE). En 1586, Felipe II (1556-1598) recibió un
Memorial en el que ocho maestros le exponían la grave situación
por la que atravesaba la ortografía española debido a la
variedad de criterios seguidos, aconsejando que se examinara a
los maestros y se controlaran los textos utilizados, solución
que el monarca ordenó que se llevara a cabo siguiendo las normas
señaladas en la obra de López de Velasco. En el s. XVII el
primer intento destacado de reforma ortográfica fue la
Ortografía castellana (1609) de Mateo Alemán, quien pretendió
simplificarla eliminando de la escritura las grafías
etimológicas que podían llevar a confusión y añadiendo nuevos
signos para algunos sonidos romances. Bautista de Morales
publicó el tratado Pronunciaciones generales de lenguas,
ortografía, escuela de leer, escrivir y contar, y significación
de letras en la mano (1626), en el que las normas ortográficas
propuestas responden a los principios de pronunciación y uso. El
profesor Gonzalo Correas fue quien más luchó para acomodar la
ortografía del castellano a la pronunciación del mismo con las
obras Nueva i zierta ortografía kastellana (1624) y Ortografía
Kastellana nueva y perfeta (1630), entre otras; ello provocó la
reacción de los ortógrafos etimologistas, encabezados por Juan
de Robles (1631) y Bravo Grájera (1634), que pensaban que era
preciso respetar la grafía originaria en las voces que procedían
del griego y del latín, propuesta que fue tenida en cuenta en el
s. XVII por Juan de Palafox (1679) y, en el s. XVIII, por
González de Dios (1724), Salvador José Mañer (1725), Carlos Ros
(1732), Gutiérrez de Terán y Torices (1733) y José del Rey
(1734). Pero el éxito de la propuesta etimologista vino dado por
el entusiasmo con que ésta fue acogida por la RAE en el Discurso
Proemial (1726), donde se antepone el principio etimológico al
de pronunciación y uso. En 1741, sin embargo, la RAE publicó la
primera edición de la Orthographia (que se escribió Ortografía
ya en su segunda edición, de 1752), en la que cambia de postura
y determina que la escritura debe regirse en primer lugar por la
pronunciación, debiéndose considerar la etimología sólo en el
caso de que el uso constante no haya seleccionado una grafía
diferente a la originaria. La doctrina académica logró cada vez
más adeptos durante los ss. XVIII y XIX, entre ellos Benito
Martínez Gómez Galloso (1743), Antonio Fernández de San Pedro
(1761), Benito de San Pedro (1769), Diego Sánchez Molina (1789),
Juan J. López y León (1803), Santiago Delgado (1817), Tomás
Ballester de Belmonte (1826), Francisco Pons y Argentó (1850),
Juan de Medina y Godoy (1862) Fernando Gómez de Salazar (1870),
Cristóbal Reyna (1876), José Hilario Sánchez (1883) y Ramón
Martínez García (1896). La influencia de la RAE fue tal que se
actualizaron las reglas incluso en las reediciones de obras de
autores ya fallecidos, de acuerdo con las normas vigentes en ese
momento. No faltaron quienes, desde un primer momento, se
mostraron contrarios a las teorías ortográficas de la RAE, y
defendieron el principio de pronunciación: Antonio Bordázar
(1730), Hipólito Valiente (1731), Esteban Terreros y Pando
(1786), González Valdés (1791) y Hervás y Panduro (1785). En
1843, nació en Madrid la Academia Literaria y científica de
Profesores de Instrucción Primaria, asociación de maestros que
propuso adoptar en su magisterio un sistema ortográfico basado
sólo en la pronunciación. Ello condujo a la inmediata
oficialización de la ortografía académica, lo que nunca antes se
había estimado necesario. Informada del problema por el Consejo
de Instrucción Pública, la reina Isabel II (1833-1868), por R.
O. de 25-IV-1844, estableció como texto oficial el Prontuario de
ortografía de la lengua castellana (...) para el uso de las
escuelas públicas por la Real Academia Española con arreglo al
sistema adoptado en la novena edición de su Diccionario (1844),
norma que los maestros debían seguir obligatoriamente en sus
enseñanzas. Durante el Sexenio Democrático (1868-1874), el
Gobierno liberal declaró la libertad de enseñanza, y el sistema
ortográfico de la RAE perdió el principio de autoridad de que
había disfrutado desde 1844. Sin embargo, restuida la monarquía
en la persona de Alfonso XII (1874-1885), por R. D. de
26-II-1875, se restableció su uso en los distintos niveles de
enseñanza. Por otra parte, un grupo de ortógrafos reformistas
encabezado por Mariano Basomba y Moreno propuso un sistema de
escritura en el que cada fonema se representaba únicamente por
una letra; entre las obras que tratan sobre dicha propuesta
destacan A la nación española sobre reformas ortográficas
(1852), de Mariano Cubí y Soler; Estudios ortográfico-prosódicos
sobre la reforma que admite la escritura y pronunciación
castellanas (1865), de Rafael Monroy; Ortografía castellana
teórico-práctica (1875), de Francisco Ruiz Morote, y Reforma de
la ortografía Castellana (1890) de Tomás Escriche y Mieg. El
tema de la ortografía suscitó un intenso debate a finales del s.
XIX, como lo demuestra el artículo de Miguel de Unamuno Acerca
de la reforma ortográfica castellana (1896). En cuanto a
Hispanoamérica, los iniciadores de la renovación ortográfica
fueron Andrés Bello y Juan García del Río con el artículo
Indicaciones sobre la conveniencia de simplificar y unificar la
ortografía en América (1823), cuestión que resurgió en Chile a
finales del s. XIX por los denominados “neógrafos”, como Rodolfo
Lenz, que lucharon con la RAE solicitando una reforma más
radical. Sin embargo, los chilenos, por Decreto presidencial
(12-X-1927), fueron obligados a utilizar en la enseñanza y en
los escritos no personales la ortografía de la RAE. En España,
durante el s. XX, a pesar de que apenas existían posibilidades
de que triunfara una reforma de la ortografía, aparecieron
algunas propuestas, como la Nueva ortografía del idioma
castellano (1905), de Onofre Peligro y Valle, quien consideraba
que la escritura española debía atender a la pronunciación. En
este contexto, ocupa un lugar de honor Julio Casares, quien
opinaba que era necesario conseguir un sistema ortográfico
caracterizado por la sencillez y la eficacia. Casares, miembro
de la RAE desde 1919, realizó un primer esbozo de sus ideas en
La reforma ortográfica (1941). El 8-XI-1951 presentó a la Junta
de la Academia el informe Problemas de Prosodia y Ortografía en
el Diccionario y en la Gramática, un proyecto reformador que fue
posteriormente examinado por una Comisión mixta y aprobado el
30-IV-1952 con el nombre de Nuevas normas de prosodia y
ortografía (1952), que tuvieron una notable repercusión, sobre
todo en Hispanoamérica. Tras calibrar los informes y dictámenes
emitidos por las diferentes academias correspondientes, el texto
definitivo fue declarado preceptivo –hasta entonces había sido
sólo potestativo– el 1-I-1959 y publicado en el Boletín de la
RAE; paradójicamente, la RAE siguió publicando su Gramática sin
introducir en el apartado Ortografía las modificaciones
resultado de la reforma, obligando de este modo a un incómodo
cotejo de textos. Tras la petición formulada a la RAE en el IV
Congreso de Academias de la Lengua celebrado en Buenos Aires
(Argentina), en 1969 se publicó un tratado de Ortografía
separado de la Gramática, en el que se reunieron por primera vez
la teoría tradicional y las modificaciones introducidas
posteriormente. En el año 2000, la RAE dio a la luz una nueva
edición de la Ortografía, que, si bien no introduce demasiadas
novedades, sin embargo, recoge, sistematiza y clarifica la
doctrina dispersa en distintas publicaciones, atendiendo
especialmente a las variantes de uso americanas.
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LITERATURA
Pardo Bazán y de la Rúa-Figueroa, Emilia.
(A Coruña, 16-IX-1851 – Madrid, 12-V-1921). Escritora. Hija
única del político y escritor José Pardo Bazán y Mosquera, conde
de Pardo Bazán, cuyo título heredó, cursó estudios primarios en
un colegio francés de Madrid. Gracias a su afición a la lectura,
estimulada por su familia, adquirió de forma autodidacta una
gran cultura humanística a la que en aquella época las mujeres
no tenían acceso. Con sólo dieciséis años se casó y se trasladó
a Madrid, y muy pronto inició su carrera literaria, que abarcó
todos los géneros, especialmente la novela, el cuento, el ensayo
y la crítica literaria. Los primeros años de su matrimonio se
caracterizaron por una intensa actividad social y por constantes
viajes a Francia, Bélgica, Italia y Austria, en los que
acompañaba a su padre, que fue nombrado diputado tras la
Revolución de 1868. A través de los viajes y de su esfuerzo
personal, fue ampliando su educación, entablando relación con
los intelectuales de la época, como Víctor Hugo (cuya influencia
se deja sentir en su estilo narrativo), y dedicándose al estudio
del pensamiento y la literatura de los países que visitaba. En
1876 ganó el certamen en homenaje a Feijoo que se organizó en
Oviedo con motivo del bicentenario del nacimiento del autor, con
su ensayo Estudio crítico de las obras del padre Feijoo. Ese
mismo año publicó la colección de poemas Jaime (dedicada a su
primer hijo, recién nacido), editada por su amigo Francisco
Giner de los Ríos, que acabó, tal como empezó, con sus
aspiraciones poéticas (del mismo modo que fracasaron sus
posteriores intentos de cultivar el género dramático, con las
obras Verdad y Cuesta abajo, estrenadas en 1906), mientras que,
por el contrario, el género ensayístico, así como la novela y el
cuento, fructificaron y proliferaron a lo largo de su creación
literaria. En 1879 publicó su primera novela, Pascual López.
Autobiografía de un estudiante de medicina (una de sus
aportaciones a la lengua española fue la palabra
“autobiografía”, que tomó del francés), inspirada por las
lecturas de José María de Pereda y Juan Valera, en cuyo prólogo
se declaraba partidaria de la novela realista. Pronto se
distanció de este tipo de realismo y, entre 1881 y 1883, publicó
en la revista literaria La Época unos artículos sobre la
corriente del naturalismo creada por Émile Zola que fueron
recogidos en 1883 en un volumen titulado La cuestión palpitante
y que provocaron una sonada polémica dentro del mundo de las
letras españolas. En ellos mostraba su adhesión al naturalismo,
que ya se había dejado entrever en su segunda novela, Un viaje
de novios (1881), a la vez que establecía distancias, ya que
intentaba conciliar la moral cristiana con los preceptos de Zola
(rechazaba las teorías deterministas) y entroncar el naturalismo
dentro de la tradición literaria española, vinculándolo a la
novela picaresca. La cuestión palpitante es la principal obra de
referencia en lo que se refiere a la introducción y asentamiento
del naturalismo en España; por esta razón, se considera a su
autora como la introductora de la doctrina en el país, aunque
ello le acarrease no pocas críticas por parte de los
intelectuales españoles, que se sumaron a las reticencias que
despertaba su figura por el solo hecho de ser mujer. Aunque
contó con algunos apoyos –no sólo de Galdós, gracias a cuyas
obras se lanzó a escribir novela y con quien mantuvo una
relación amorosa, y de Clarín, que prologó La cuestión
palpitante–, también tuvo muchos detractores, especialmente Juan
Valera, que abominaba del naturalismo y contestó a sus artículos
y a los de Clarín con sus Apuntes sobre el arte de escribir
novela. En 1883 publicó la novela La tribuna, ya plenamente
naturalista, y en 1885 salió a la luz El cisne de Vilamorta, que
obtuvo gran éxito de público. Año clave fue 1886, en que tuvo
ocasión de conocer a Émile Zola, Alphonse Daudet y a los
hermanos Goncourt y empezó a interesarse por la literatura rusa,
que influyó mucho en su evolución literaria posterior y sobre la
que dictó una conferencia en el Ateneo de Madrid en 1887: “La
revolución y la novela en Rusia”. El mismo año publicó Los pazos
de Ulloa, su obra más conocida, todavía de filiación
naturalista, aunque se podría decir que trasciende el
naturalismo puro, en la que se combinan la ignorancia, la
crueldad y las bajas pasiones en un ambiente rural gallego que
ella conocía muy bien y que también sale retratado en la
continuación de la novela, La madre naturaleza (1887). En estas
obras están presentes los preceptos deterministas de Taine
(aunque la autora, como católica, abjurase de ellos), ya que los
personajes se encuentran atrapados por los tres factores que
determinan su destino: la raza, el medio y el momento. En sus
dos obras siguientes, Insolación y Morriña, ambas publicadas en
1889, se observa ya un distanciamiento de las novelas anteriores
y una inclinación hacia una espiritualidad cercana al modernismo
que se reafirma en Una cristiana (1890) y La prueba (1890) y que
evoluciona en La piedra angular (1891), que trata sobre las
contradicciones y dudas morales de un verdugo. Sus últimas
novelas, La quimera (1905), La sirena negra (1908) y Dulce dueño
(1911), están marcadas por una fuerte tendencia cristiana que
delata la influencia de Tolstoi y Dostoievski. Además de
publicar regularmente novelas, escribió más de quinientos
cuentos (ya que consideraba que “la forma del cuento es más
trabada y artística que la de la novela”), recogidos en diversos
volúmenes, entre los que destacan Cuentos escogidos (1891),
Cuentos de Marineda (1892), Arco Iris (1895) y Cuentos
sacroprofanos (1899), entre otros. Por otro lado, entre su obra
de no ficción, cabe mencionar sus ensayos literarios (Literatura
y otras hierbas, 1887; Lecciones de literatura, 1906; Literatura
francesa moderna, 1910) y estudios monográficos sobre autores,
sus obras sobre historia (San Francisco de Asís, 1882; Hernán
Cortés y sus hazañas, 1914) y sus libros de viajes (Al pie de la
torre Eiffel, 1889; Por Francia y por Alemania, 1890; Por la
España pintoresca, 1895). De carácter emprendedor y gran fuerza
de voluntad, luchó por los derechos de la mujer consiguiendo
hacerse un hueco entre la intelectualidad española, aunque no
logró ser admitida en la Real Academia Española (sobre cuyo
rechazo en 1891 escribió Valera la sátira Las mujeres y las
academias). Publicó la revista Nuevo Teatro Crítico (1891-1893),
redactada íntregamente por ella, en la que debatía sobre la vida
intelectual, social y política del país; dirigió la colección
“Biblioteca de la Mujer” (1892), que editaba libros de
reivindicación feminista, y fue presidenta de la sección de
literatura del Ateneo de Madrid (1906) y consejera de
Instrucción Pública (1910). Obtuvo de Alfonso XIII (1886-1931)
el título del reino de condesa de Pardo Bazán (1908), consiguió
que el ministro de Educación crease para ella la cátedra de
Literatura Neolatina en la Universidad Central (1916), impartió
clases en la Escuela Superior de Magisterio (1916) y recibió un
homenaje en vida por parte de los jóvenes escritores.
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MEDIO NATURAL
Pino. Nombre que reciben
diferentes especies de árboles coníferos pertenecientes al
género Pinus, de la familia de las pináceas, con hojas perennes
dispuestas sobre braquiblastos. Se trata de árboles resinosos de
ramificación monopódica, unisexuales y monoicos. Las flores
masculinas están dispuestas en amentos, compuestos por un eje
floral leñoso, con escamas en la base, y varios estambres
dispuestos helicoidalmente. Las flores femeninas se encuentran
reunidas en las piñas, inflorescencias leñosas de forma cónica
provistas de escamas seminíferas, que en la época de
polinización suelen estar abiertas y orientadas hacia arriba, a
fin de permitir la fecundación de los primordios seminales. Una
vez producida ésta, las escamas se cierran y los primordios se
rodean de una fuerte cubierta, proceso que culmina con la
formación de los piñones. Más tarde, las escamas vuelven a
abrirse para permitir la salida de los piñones, tras lo cual las
piñas caen enteras al suelo. Los vástagos de los pinos pueden
ser de dos tipos: macroblastos y braquiblastos. Los primeros son
largos y, aunque cuando son jóvenes presentan hojas,
posteriormente las pierden y sólo quedan pequeñas escamas pardas
en cuyas axilas brotan los braquiblastos, que son cortos y están
provistos de hojas largas, aciculares, perennes y unidas en su
base por una pequeña vaina. Cada braquiblasto puede tener dos,
tres o cinco hojas. La mayor parte de las setenta especies de
pinos conocidas viven en la zona templada boreal. Pino
albar. Pinus sylvestris. También pino silvestre, blanquillo,
rojo, royo, de Valsain o de Flandes. Puede alcanzar los 40 m de
alt. El tronco es recto, cilíndrico y con ramas bajas; los
ejemplares jóvenes presentan un aspecto cónico piramidal, que
con el paso de los años se vuelve irregular. La corteza, gris
verdosa en los ejemplares jóvenes, es ceniza en los adultos, y
muestra notables incisiones que favorecen la aparición de placas
irregulares de forma cuadrangular. En las ramas, la corteza
adquiere un color ladrillo asalmonado, que constituye uno de los
rasgos distintivos del pino albar. Las hojas son punzantes y
cortas, de 3 a 7 cm de long. y de 1 a 1,5 cm de ancho, de un
color entre verde oscuro y verde azulado. Se encuentra en zonas
continentales de clima contrastado, entre 1.000 y 1.800 m de
alt., aunque puede verse a 2.000 m en los sistemas Ibérico y
Central. Su presencia es frecuente en los macizos montañosos del
N. y centro peninsular, así como en los valles internos de los
Pirineos, el Sistema Ibérico y el Sistema Central. Aparecen
bosques dispersos en Sierra Nevada. Se han descrito diferentes
variedades, que corresponden a otras tantas situaciones
geográficas: así, en Sierra Nevada aparece el Pinus nevadensis;
en los sistemas Ibérico y Central, la variedad Iberica; en los
Pirineos, la Pyrenaica, y en el NE. de Cataluña, la Catalaunica.
Los brotes jóvenes se emplean como balsámicos y diuréticos en
medicina popular. Los piñones son comestibles. La madera es muy
apreciada en carpintería por la gran variedad de usos a que
puede ser destinada. Pino canario. Pinus canariensis. Puede
llegar a superar los 25 m de alt. y los 2,5 m de diámetro en el
tronco. La copa es abierta, poco densa e irregular. El tronco
está cubierto por una corteza pardusca, gruesa y con numerosas
fisuras alargadas, que la cuartean en placas más o menos
rectangulares. Las hojas, de color verde intenso, pueden llegar
a medir 30 cm de long. y cuelgan hacia el suelo. Se encuentra en
las umbrías de las montañas entre 900 y 2.000 m de alt., y en
las solanas entre 800 y 1.000 m. Aunque es oriundo de las islas
Canarias, se cultiva en la Península en parques, paseos y
repoblaciones forestales del litoral mediterráneo, desde
Cataluña hasta el S. de la Comunidad Valenciana, en el litoral
mediterráneo de Andalucía y en el S. de Portugal. Pino
carrasco. Pinus halepensis. También pino blanco o de Alepo. No
supera los 20 m de alt. La copa es abierta y poco densa, y el
tronco, ligeramente tortuoso, está cubierto por una corteza gris
cenicienta y lisa en los ejemplares jóvenes, que con el tiempo
se agrieta en forma de escamas alargadas y adquiere un tono gris
blanquecino. Las ramas son finas y grisáceas, y están
desprovistas de hojas en la base. Las hojas, finas, flexibles y
de color verde claro, se agrupan de dos en dos. Se encuentra en
toda la región mediterránea, desde el nivel del mar hasta 800 o
1.000 m de alt. Se ha utilizado masivamente para colonizar
terrenos áridos, y su corteza se aprovecha para curtir cueros y
pieles. Pino insigne. Pinus radiata. También pino de
Monterrey. Generalmente no supera los 30 m de alt., y el tronco
puede alcanzar 0,9 m de diámetro. La copa es cónica y poco densa
en los ejemplares jóvenes. El tronco, recto, presenta una
corteza gruesa y profundamente surcada con numerosas grietas en
forma de ‘V’, elipsoides y rojizas en la base. En la corteza
aparecen irregularidades de contorno rectangular sobre la
superficie, que es llana, escamosa y de un tono gris negruzco.
Las hojas miden entre 8 y 15 cm de long., se distribuyen en
grupos de tres y son recias, de color verde brillante, con
márgenes serrulados. Oriundo de la costa de California (Estados
Unidos), es muy sensible al frío, por lo que su presencia se
limita a las zonas marítimas con inviernos templados y húmedos.
Se ha empleado masivamente en repoblaciones desde el N. de la
Península Ibérica hasta el centro de Portugal, hasta los 800 m
de alt. Su madera se ha empleado tradicionalmente en la
elaboración de pasta de papel, aunque también se aprovecha para
la fabricación de muebles. Pino marítimo. Pinus pinaster.
También pino rodeno. Puede alcanzar los 25 m de alt. Aunque la
copa es cónica en los ejemplares jóvenes, en la edad adulta sólo
ramifica en el extremo del tronco, con lo cual la copa queda
limitada al tercio superior. La corteza, de color gris oscuro,
se agrieta profundamente con el tiempo. Las hojas son rígidas,
de color verde oscuro, miden hasta 25 cm de long., y se agrupan
en pares. Resistente a las sequías estivales y a las heladas, se
encuentra desde el nivel del mar hasta los 1.500 m de alt. en
Galicia y en el centro de Portugal, desde donde se ha extendido
hacia el Sistema Ibérico. De manera dispersa aparece también a
lo largo de las sierras costeras, desde Cataluña hasta Portugal.
La resina se emplea en la industria química para obtener
trementina, y también en medicina por sus propiedades
antisépticas y balsámicas. Por destilación seca de la madera se
obtiene pez o alquitrán vegetal. Pino negro. Pinus mugo
uncinata. Generalmente no supera los 20 m de alt. Tiene aspecto
cónico, y su copa es densa. El tronco es recto, y se halla
cubierto por una corteza fina, bastante agrietada y de color
gris negruzco. Las hojas miden entre 4 y 8 cm de long., y son
rígidas, rectas o ligeramente curvadas, punzantes y de color
verde oscuro. Crece en montañas elevadas entre los 1.600 y 2.400
m de alt. No tolera las sequías. Es propio del nivel subalpino
de los Pirineos, donde forma bosques densos, y crece también en
algunos puntos del Sistema Ibérico, como los macizos de
Cebollera, entre Soria y La Rioja, y Gúdar, en Teruel. Así
mismo, se ha empleado para repoblar las sierras de Guadarrama y
de Gredos. Los brotes jóvenes son útiles para el tratamiento de
las afecciones de las vías respiratorias, y las hojas se emplean
en perfumería. La madera es muy apreciada en tornería y
ebanistería por su maleabilidad. Se emplea en construcción en
zonas de montaña, y en la fabricación de cajas de resonancia de
instrumentos musicales. En el Sistema Ibérico aragonés existe un
híbrido resultante del cruzamiento de pino negro con pino albar,
que recibe el nombre de pino moro. Pino piñonero. Pinus
pinea. También pino doncel, manso o real. Puede medir entre 20 y
30 m de alt. La copa tiene forma de parasol, y su tronco, recto
y cilíndrico, se halla cubierto por una corteza gruesa y
resquebrajada, con teselas de color rojizo y grietas profundas
de tono más oscuro. Las ramas crecen de forma verticilada, y las
hojas, rígidas, arqueadas y de color verde vivo, miden de 10 a
20 cm de long. y están agrupadas de dos en dos. Se da en suelos
arenosos entre el nivel del mar y 1.000 m de alt., en el litoral
mediterráneo, Andalucía y el S. de Portugal, aunque se
encuentran también núcleos importantes en la Meseta
septentrional y en el centro de la cuenca del Duero; así mismo,
es habitual en las islas Baleares. Los piñones son comestibles,
y la madera se emplea en la construcción. El pino piñonero se
planta con frecuencia para fijar dunas litorales. Pino
salgareño. Pinus nigra. También pino negral, laricio, blanco,
cascalbo, pudio o de Cuenca. Puede alcanzar hasta 30 m de alt.
La copa es cónica en los ejemplares jóvenes, pero en la edad
adulta deriva en una copa irregular, abierta en la parte
inferior y densamente ramificada en la superior. El tronco,
recto y cilíndrico, puede retorcerse en condiciones adversas. La
corteza es lisa y grisácea al principio, escamosa y pardusca más
tarde. Las ramas jóvenes son muy oscuras, en ocasiones negras,
mientras que las adultas, gruesas y robustas son de color pardo
rojizo y muestran surcos longitudinales. Las hojas, agrupadas en
fascículos de dos, son rectas o algo curvadas, rígidas pero poco
punzantes, de color verde oscuro, y miden entre 10 y 15 cm de
long. Resistente a las sequías y al frío invernal, el pino
salgareño crece en zonas montañosas entre 800 y 1.500 m de alt.,
en la mitad E. de la Península, especialmente en el Prepirineo,
el Sistema Ibérico y las sierras de Cazorla y de Segura. La
resina se emplea para la obtención de trementina, aunque de
menor calidad que la obtenida a partir de la resina del pino
marítimo. La madera, que se astilla fácilmente, es utilizada
para fabricar embalajes y otros derivados poco elaborados.
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NUMISMÁTICA
Peseta. Unidad monetaria
española durante poco más de 132 años, desde su adopción oficial
por el Gobierno Provisional de Serrano el 19-X-1868 hasta su
derogación el 31-XII-2001. Moneda de Andorra cooficial junto con
el franco francés hasta finales de diciembre del año 2001.
También fueron llamadas “peseta” la moneda de plata de 5 g
acuñada en Perú en 1880 y la moneda oficial de Guinea Ecuatorial
desde 1968, año de la independencia del país, hasta 1975, en que
fue sustituida por el ekuele. La primera peseta que se acuñó
con esta denominación salió de la ceca de Barcelona en 1809,
durante la ocupación de las tropas napoleónicas. El grabador que
la diseñó recogió el nombre con el que popularmente se conocían
en Cataluña las piezas de 2 y 4 reales de plata: pecetes
(‘piezas pequeñas’, en catalán). Esta moneda nació de la
necesidad de moneda circulante en el interior de la c. de
Barcelona ocupada por las tropas francesas y sitiadas por las
realistas de Fernando VII (1808, 1814-1833). La ceca de
Barcelona acuñó estas piezas entre 1809 y 1814. La
responsabilidad de la acuñación la asumió José de Ezpeleta y
Veire-Galdeano, conde de Ezpeleta y capitán general de Cataluña,
quien mandó publicar un bando el 21-VIII-1808 “por el cual se
restablece en la ciudad de Barcelona la antigua casa de la
moneda, para acuñar la de oro, plata y cobre”. La ceca de
Barcelona “se hallaba situada en la calle Flassaders, junto a la
de las Moscas, en un viejo caserón, lúgubre y sin carácter, con
un enorme escudo imperial sobre la puerta”. Esta ceca estaba
inactiva desde 1720, y tras unas obras de remodelación se
reiniciaron las acuñaciones de las monedas que se habían
publicado en el bando del conde de Ezpeleta: se labraron medio
cuarto, 1 cuarto, 2 cuartos y 4 cuartos de bronce; 1, 2 y media
y 5 pesetas de plata y 20 pesetas de oro. Éstos eran los
múltiplos y divisores de la unidad monetaria que por primera vez
incorporaba la palabra “peseta”. El modelo de 1 peseta recoge en
el anverso el valor dentro de un círculo y, en orla, la leyenda:
“En la ciudad de Barcelona 1809”. En el reverso se representa el
escudo en forma de rombo de la c., entre dos ramas de encina.
Con la acuñación de estas monedas, José I (1808-1813) trató de
implantar el sistema decimal que se iba extendiendo por los
distintos países que ocupaban las tropas de su hermano, Napoleón
Bonaparte (cónsul, 1799-1804, y emperador de los franceses,
1804-1814 y 1815). Este sistema monetario estaba basado en los
pesos y medidas que se acuñaron en Francia tras la Revolución de
1789. El metal para la obtención de los flanes, los discos donde
más tarde se acuñarían las monedas, dado que Barcelona estaba
sitiada, se obtenía de los particulares, que obligados por las
normas dictadas por las Juntas Corregimentales y la Junta
Superior de Cataluña y por los mandos de la Administración
francesa, debían entregar una parte de la plata y del oro que
poseyeran. De esta disposición tampoco se escapó la Iglesia. Muy
escaso debía de ser el circulante de monedas cuando, pese al
sentimiento patriótico y animadversión a lo francés, se aceptó
esa disposición. Durante el reinado de Isabel II (1833-1868)
se ordenó la acuñación de las segundas monedas con la
denominación de “peseta”, datadas en 1836 y 1837. Como las
pesetas anteriores, éstas también fueron monedas de necesidad.
Durante la I Guerra Carlista (1833-1840) se emitió la siguiente
orden: “Por disposición de la Junta de Armamento y Defensa y
acordado por la Diputación Provincial, se batirán monedas en la
ceca de Barcelona desde el año 1836 para atender a los gastos de
la guerra civil. Se acuñarán monedas de oro, plata y cobre”. La
mayoría de las monedas que se mandaron labrar correspondían a
los mismos modelos y valores que se acuñaron en las restantes
cecas españolas. Sólo tres monedas eran diferentes de las
habituales: la peseta de plata, el 3 cuar y el 6 cuar de cobre.
En la peseta, a diferencia de las acuñadas durante la ocupación
francesa, no figura el nombre ni el escudo de la c. de
Barcelona, sino las armas de la Corona de Aragón, surmontada de
corona real. El 19-X-1868, durante el Gobierno Provisional
del general Serrano surgido tras la revolución de ese año, se
publicó, en la Gaceta de Madrid, el decreto que inició el
periodo de oficialidad de la peseta. El nuevo sistema monetario
estableció la peseta como unidad monetaria en toda España,
acabando de esta forma con un periodo de coexistencia de
multitud de monedas españolas anteriores, e incluso foráneas,
que eran admitidas por su valor intrínseco. Solamente del
reinado de Isabel II se utilizaban más de setecientas, de 85
modelos diferentes. Desde la reforma de los Reyes Católicos
establecida en la Pragmática de Medina del Campo de 13-VI-1497,
no se había acometido una empresa de tal magnitud para unificar
el criterio de las monedas circulantes. El decreto de octubre
estaba firmado por Laureano Figuerola, ministro de Hacienda, y
elevó a rango oficial el nombre de “peseta” que utilizaba el
pueblo en su lenguaje coloquial desde hacía muchos años. También
a propuesta del Gobierno, la Real Academia de la Historia emitió
un informe que establecía cómo debía ser el escudo y la figura
principal de las nuevas monedas. El sistema monetario que
recogía el decreto estaba formado por 1, 2, 5 y 10 céntimos de
bronce, 20, 50 céntimos, 1, 2 y 5 pesetas de plata, y 5, 10, 20,
50 y 100 de oro. Con el tiempo se llegaron a labrar todas estas
monedas a exención de las de 5 y 50 pesetas de oro. A principios
de enero de 1869 se convocó un concurso internacional con la
intención de que los mejores grabadores del momento presentaran
sus proyectos para llevar a cabo los distintos modelos. No
obstante, los miembros del jurado declararon desierto el
concurso referido a las monedas de plata 20 y 50 céntimos, 1, 2
y 5 pesetas. La tarea se le encomendó al grabador general de la
ceca de Madrid Luis Marchionni. La primera peseta tras el
decreto se acuñó en 1869 y es atípica por dos motivos: es la
única moneda en la que aparece la leyenda “Gobierno
Provisional”, y de las pocas monedas españolas donde no aparece
el nombre del país emisor. Esta circunstancia cambió al cabo de
pocos meses con la emisión de una moneda idéntica pero en la que
se sustituyó la leyenda inicial, por la de “España”. Esta
primera peseta recoge en el anverso la imagen de una matrona
(Hispania) recostada a la izquierda y apoyada sobre los montes
Pirineos, teniendo a sus pies el Peñón de Gibraltar; tocada con
corona mural y sosteniendo en la mano derecha una rama de olivo.
Encima, entre dos estrellas de seis puntas (símbolo de la ceca
de Madrid), la fecha de acuñación (18-69) y la palabra “ESPAÑA”;
debajo, en el exergo la fecha del decreto (1869) y las siglas
“L. M.” (Luis Marchionni). En el reverso se muestra el escudo de
España surmontado de corona mural entre las dos columnas de
Hércules liadas en una cinta cargadas con el “PLUS ULTRA”.
Encima, la leyenda: “200 PIEZAS EN KILOGRAMO”, debajo, entre las
siglas de los ensayadores y el fiel de balanza (SN - M), el
valor: “UNA PESETA”. Esta moneda tiene diámetro de 23 mm y un
peso de 5 g. Una de las innovaciones que aportó el nuevo sistema
monetario fue la incorporación de las estrellas de “apertura de
cuños”. Con esta novedad se pretendía reflejar la fecha de la
apertura de los cuños dentro de dos estrellas de seis puntas,
una fecha que no siempre coincidía con la del decreto que
ordenaba la acuñación. Estas estrellas aparecen en el exergo, a
los lados de la fecha del decreto de acuñación. Normalmente se
grababan dos cifras de la fecha dentro de cada estrella. Durante
el reinado de Amadeo I de Saboya (1870-1873) no se acuñaron
monedas de 1 peseta a su nombre; los talleres siguieron labrado
las “rectificadas” de 1870, en acuñaciones de 1870 y de 1873.
Amadeo I tan sólo ordenó la acuñación con su imagen de piezas de
plata de 5 pesetas y de oro de 25 y de 100 pesetas. La
reinstauración en el trono de la Casa de los Borbón con Alfonso
XII (1874-1885), tras el golpe de Estado del general Pavía del
13-XII-1874, permitió desarrollar casi en su totalidad el
proyecto del nuevo orden monetario que se estableció con el
Decreto de 19-X-1868. Alfonso XII acuñó la primera moneda de 1
peseta en 1876. El diseño de la imagen del rey joven del anverso
fue obra del grabador general de la Casa de la Moneda de Madrid,
Gregorio Sellán González. Por lo demás, esta pieza seguía las
directrices marcadas en el decreto de 1868, manteniendo los 5 g
de peso, el diámetro de 23 mm y la ley de la plata de 835
milésimas. Los ensayadores que aparecen en esta moneda son
Eduardo Díaz y Julio Escosura, y el juez de balanza, Ángel
Mendoza, a los que se alude mediante las siglas “DE M”. El
siguiente grabado del rey, ahora de mediana edad, con el que se
labraron monedas desde 1881 hasta 1885 (1886, fecha de la
apertura de cuños), también lo realizó Gregorio Sellán. Esta
peseta presentaba, por lo demás, todas las características de la
anterior. En agosto de 1887, cuando el hijo póstumo de
Alfonso XII, el rey Alfonso XIII (1886-1931), aún no contaba un
año, el grabador general de la Casa de la Moneda de Madrid,
Gregorio Sellán, recibió el encargo de realizar los trabajos
para la puesta en marcha del monetario del joven monarca. La
primera peseta que se acuñó con el busto de Alfonso XIII llevaba
la fecha de 1889 y es el modelo que se conoce como el “pelón”,
debido a la imagen del rey. Por los cambios fisiológicos
derivados de su crecimiento, la imagen de Alfonso XIII se tuvo
que actualizar en tres ocasiones, y todas ellas poseen su apodo:
el rizos, que apareció en 1893, el tupé, en 1896, y el llamado
“cadete” en 1903, aunque en este último grabado, realizado por
Bartolomé Maura, el rey aparece en realidad con el uniforme de
capitán general. Entre 1869 y 1905, fecha en la que se labró la
última peseta de plata anterior a la II República (1931-1939),
se acuñaron 111.544.000 unidades de las distintas fechas,
empleándose para tal menester 557.688 kg de plata. En 1926,
siendo monarca todavía Alfonso XIII, se acuñaron monedas de 50
céntimos de plata y se anunciaba la inminente salida de un nuevo
modelo de peseta. El grabador Enrique Vaquer Atienza había
preparado los moldes de ésta y de toda la serie de monedas de
plata y oro, pero estas piezas no se llegaron a labrar nunca.
Tras la proclamación de la II República (14-IV-1931) se
paralizaron todos los proyectos de acuñación de nuevas monedas.
La falta de acuerdo en los partidos que componían el Gobierno
republicano retrasó la aparición de las monedas del nuevo orden
político del país. Tras las elecciones de 1933, los proyectos
existentes de descentralizar las emisiones monetarias quedaron
aparcados, y procedió a la acuñación de la moneda de 1 peseta de
plata (1933) en la Casa de la Moneda de Madrid. En esta
acuñación, que seguía a sus predecesoras en cuanto a peso,
diámetro y ley, se utilizó la simbología que estaba en uso en la
mayoría de los países republicanos. En el anverso aparece la
figura alegórica de la República, sentada, mirando a la
izquierda y sosteniendo una rama de olivo en su mano derecha.
Además, ante ella figura la leyenda “República española” y en el
exergo la fecha 1933 entre dos estrellas de seis puntas
(Madrid), con un 3 y un 4, respectivamente, que indican la fecha
1934, la fecha de apertura de cuños. En el reverso figura el
escudo de España acompañado de las columnas de Hercúles y corona
mural; en el exergo, la leyenda “Una peseta”. Esta moneda no
incorporaba las siglas de los ensayadores ni del juez de
balanza, como era tradicional. La abolición de esta práctica se
estableció con la Orden Ministerial de 30-I-1934. Los avatares
de la Guerra Civil (1936-1939) y la cercanía de las tropas
golpistas del general Francisco Franco aconsejaron el traslado
de la Casa de la Moneda lejos de Madrid: se instaló en Castellón
de la Plana. En estas nuevas instalaciones se acuñaron piezas de
1 peseta de bronce en 1937. Pese a ser acuñadas fuera de la ceca
de Madrid, estas monedas siguen llevando la estrella de seis
puntas que identifica la ceca de la cap. de España. En el
anverso de estas pesetas aparece un busto de la matrona, símbolo
de la República y la leyenda “República española”. El reverso
está formado por un gran número 1, un sarmiento con racimo de
uva y hojas, además de la leyenda “Peseta” y la fecha (1937). A
pesar de las grandes tiradas de esta moneda, el atesoramiento de
las monedas de plata acuñadas con anterioridad debido a la
guerra provocó que el circulante escasease cada vez más. Por
este motivo, el Gobierno permitió a diversas instituciones
(consejos, ayuntamientos, etc.) emitir tanto moneda como
billetes, conocidos como “de necesidad”. Entre las de mayor
tirada y más representativas se cuentan las piezas de 1 y de 2
pesetas de níquel emitidas a nombre del Gobierno de Euzkadi en
1937. Estas acuñaciones se llevaron a cabo en Bélgica y las
tiradas fueron de 7 millones para la primera y 6 millones para
la segunda. Tras la guerra civil, asentado en el poder el
general Franco (1939-1975), la Ley de 18-III-1944 dio inicio a
una nueva andadura de la peseta, creándose la popular peseta
conocida como “rubia”. La primera de ellas se emitió en 1944. En
el anverso aparece una serie de arabescos que enmarcan el número
1 y la palabra “peseta” ante él. En el reverso figura el nuevo
escudo del Estado, la palabra “España” y la fecha. Las nuevas
rubias eran de cobre (90%) y aluminio (10%), pesaban 3,5 g y su
diámetro era de 21 mm. Estaban basadas en la moneda de 1 dinar
de Yugoslavia, de igual peso y medida, así como de la misma
composición de metales. El mismo año de la acuñación de esta
primera peseta se le encargó al escultor valenciano Mariano
Benlliure la realización de un bajorrelieve del general Franco
con la intención de que sustituyera el anverso anterior. Las
pruebas que se realizaron con el nuevo diseño en 1946 no
complacieron ni a los técnicos ni al entorno más cercano del
jefe del Estado, debido al grosor del liste (canto) y a un
abultamiento en la parte posterior de la cabeza de Franco. No
obstante, de este modelo rechazado se emitieron unas mil piezas
que se distribuyeron entre las monedas del año siguiente, en las
cuales el grabador Manuel Marín había realizado las oportunas
modificaciones. Este modelo se acuñó hasta 1967, fecha en la que
fue sustituido por otro que realizó el escultor Juan de Ávalos,
del cual partieron todas las monedas de los últimos años del
general Franco. De la primera peseta, la conocida como del “1”,
se acuñaron 150 millones de piezas. En el periodo de 1944 a 1975
se acuñaron más de 1.859 millones de monedas de 1 peseta.
Tras la muerte de Franco acaecida el 20-XI-1975, las Cortes,
reunidas en sesión extraordinaria, aprobaron la sucesión en la
jefatura del Estado, ofreciéndole el cargo al entonces príncipe
de Asturias Juan Carlos de Borbón. Con la reinstauración de la
monarquía, las primeras pesetas con el busto del nuevo rey, Juan
Carlos I (1975-), vieron la luz a principios de 1976. El retrato
del monarca, de donde partieron todos los diseños de las
distintas monedas, fue obra del grabador jefe de la Casa de la
Moneda de Madrid, Manuel Martín Gimeno. Se aprovechó la Ley de
28-XII-1966, rectificada por la Real Orden de 19-XII-1975, y se
siguieron utilizando los mismos módulos y valores anteriores,
así como los mismos metales. Así pues, durante unos años las
nuevas pesetas continuaron siendo “rubias” y conservaban en el
reverso el escudo que el país identificaba con el fascismo: el
águila de San Juan que seguía la composición heráldica llamada
“del imperio”. Además, la peculiaridad de la transición española
tras la muerte de Franco también se mostró en las monedas.
Durante cerca de veinte años convivieron las monedas con la
imagen de Juan Carlos I y las de Franco, dado que la lenta y
costosa labor de retirar las segundas topó con la negativa de
los bancos a colaborar en el esfuerzo desinteresadamente. La
siguiente pieza de 1 peseta se emitió entre 1980 y 1982, con
motivo de la celebración en España del Campeonato del Mundo de
Fútbol (1982). Las características de esta piezas eran similares
a las anteriores, excepto en el diseño del reverso, en el que
aparece un gran número 1 en posición central flanqueado por un
pequeño escudo del país preconstitucional y la abreviatura
“Pta”. En el exergo figura la leyenda “España ‘82”. El penúltimo
modelo de peseta se labró en aluminio, manteniendo el diámetro
de 21 mm de las anteriores y siendo su peso de 1,2 g (frente a
los 3,5 g de sus antecesoras); las emisiones se iniciaron en
1982 y se prolongaron hasta 1989. A diferencia de la anterior,
emitida con motivo del mundial, en este modelo, se incorpora el
escudo constitucional vigente en la actualidad. La última de las
pesetas que se acuñaron fue obra del grabador Luis Antonio
García Ruiz. El trabajo realizado sobre aluminio fue espléndido
dado lo diminuto de la pieza (14 mm de diámetro y 0,55 g de
peso) y la cantidad de información que era necesario transmitir.
En el anverso aparece medio busto a la izquierda, de perfil, de
Juan Carlos I, leyenda en orla, en la mitad derecha: “JUAN
CARLOS I, ESPAÑA”. En el centro de esta mitad, el número 1, que
incluye en su interior la palabra “PESETA”. En el reverso:
escudo de España desplazado a la izquierda y abajo; leyenda: en
la parte superior, desplazada a la derecha “1989” entre dos
estrellas de cuatro puntas; abajo a la derecha, M coronada (el
símbolo de la ceca de Madrid). De esta peseta se labraron cerca
de 2.000 millones de piezas. Desde la primera peseta,
acuñada durante la ocupación francesa, de 5,52 g de plata, hasta
la última emitida, de medio gramo de aluminio, han visto la luz
auténticas obras de arte dentro del diseño de la numismática. En
total se han acuñado veinte modelos diferentes (contando la
peseta de 1946), cuyos soportes han sido la plata, el bronce, el
cobre y el aluminio. [J.V.V.]
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PREHISTORIA
Paleolítico. [Del gr.
palaios, ‘viejo’ y lithos, ‘piedra’]. Etapa de la Prehistoria,
la más extensa en la existencia de la Humanidad, que abarca
desde la aparición de los primeros Homo sobre la Tierra (hace
unos 2,5 millones de años) hasta hace tan sólo 10.000 años
aproximadamente, momento en que se produce el paso del
Pleistoceno al Holoceno, dentro del Cuaternario, y se entra en
la fase climática actual, en que tras la última glaciación Würm,
la Tierra entra en una etapa de clima moderado que se mantiene
hasta nuestros días. Así pues, el ser humano ha vivido en el
Paleolítico casi el 99,6% de su existencia. El término
Paleolítico o edad de la piedra antigua fue definido por primera
vez por el inglés John Lubbock en 1865, quien denominó así a la
primera edad de piedra, utilizando para ello un criterio
exclusivamente técnico: la talla de la piedra, frente al
Neolítico (v.) o edad de la piedra pulida. Actualmente, se
tienen en cuenta otros muchos aspectos para determinarlo, como
son el geológico, el biológico y, en su caso, el antropológico
y, muy especialmente, el socioeconómico, siendo definido el
Paleolítico como el periodo de los cazadores-recolectores. El
primer yacimiento prehistórico español reconocido como tal por
la comunidad científica internacional fue el yacimiento
paleolítico de San Isidro (Madrid), excavado en 1862, que fue el
tercero del mundo en alcanzar tal privilegio después de los de
Brixham Cave (Inglaterra) y Saint-Acheul (Francia). Al margen de
otras divisiones de carácter cultural, el Paleolítico fue
dividido por Henri Breuil en tres grandes fases: Inferior, Medio
y Superior. –Paleolítico Inferior. Aparte de los
importantísimos yacimientos de Venta Micena, en Orce (Granada),
y de cueva Victoria (Murcia) –sobre la naturaleza humana de
algunos de cuyos restos aún se debate–, que se remontan a una
antigüedad superior al millón de años, es sin duda el yacimiento
de Atapuerca (Burgos) el que ha marcado una nueva forma de
entender la evolución humana en sus fases más antiguas (vv.
Atapuerca, Yacimiento de -; Orce, Hombre de -; Venta Micena,
Yacimiento de -). Entre las razones que se han esgrimido para
que este conjunto de yacimientos tenga un reconocimiento
internacional se encuentra la abundancia de restos humanos de
gran antigüedad, algunos de ellos pertenecientes a especies
humanas hasta ahora desconocidas, que han aparecido junto a
abundantes restos de fauna. Los huesos humanos más antiguos
encontrados hasta la fecha tienen unos 800.000 años, y proceden
de Trinchera-Gran Dolina; se espera hallar otros aún más viejos,
conforme avancen las excavaciones en capas inferiores. El tipo
humano correspondiente se ha clasificado como Homo antecesor,
que habría evolucionado tiempo después a Homo sapiens. Otros
restos humanos del Paleolítico Inferior se han encontrado en
Tossal de la Font (Castellón) y en Pinilla del Valle (Madrid).
La primera fase de la ocupación humana en la Península Ibérica
se habría iniciado hace 1.300.000 años con una densidad de
población escasa y muy dispersa, como lo demuestran los
testimonios de la depresión de Guadix-Baza, Orce y Atapuerca.
Las industrias más antiguas correspondientes a este periodo son
las denominadas de “cantos trabajados”, y los yacimientos más
antiguos se localizan en la zona S. atlántica, preferentemente
en los depósitos en terrazas fluviales y de costa, como en el
caso de El Aculadero y El Rompido. En Atapuerca se han
encontrado también cantos trabajados en el nivel 6 de
Trinchera-Gran Dolina, que corresponderían a los comienzos del
Pleistoceno Medio. El Achelense (v.) es una industria con útiles
mejor elaborados; en ella se han llegado a fabricar bellos
bifaces. Muy interesante ha sido el estudio realizado sobre la
evolución de esta industria en España a partir de los restos
depositados del valle del Tormes. Los yacimientos achelenses se
encuentran repartidos por casi toda la geografía peninsular,
hallándose situados la mayoría de ellos al aire libre, como es
el caso del yacimiento de Áridos (Arganda del Rey, Madrid), las
terrazas del Manzanares (Madrid), Pinedo (Toledo) o los de
Torralba y Ambrona (Soria). Las excavaciones de estos dos
últimos yacimientos en 1909 y 1911, realizadas por el marqués de
Cerralbo, fueron de las primeras realizadas en el mundo al aire
libre con una metodología moderna. –Paleolítico Medio. Este
periodo, iniciado con el complejo técnico industrial denominado
Musteriense (v.), se caracteriza por el desarrollo y el
perfeccionamiento de útiles líticos ya conocidos, ahora de
tamaño más reducido. Ello indica una mayor habilidad en la
fabricación y en el uso de los instrumentos, objetos obtenidos a
partir de lascas, como puntas, raederas y bifaces, resultado de
un importante desarrollo de la técnica levalloisiense (v.) de
preparación del núcleo, que se había iniciado durante el
Achelense. Aparecen, así mismo, útiles en hueso. Se han
propuesto diferentes tipos de Musteriense, según la proporción
de raederas: Musteriense charentiense, Musteriense típico,
Musteriense de denticulados y Musteriense de tradición
achelense. Estos musterienses, seguramente, no tendrían tanto el
sentido de una evolución cronológica o cultural como el de una
acción conjunta de la tradición cultural y la adaptación al
medio. Este periodo se habría iniciado a finales de la
glaciación Riss-Würm y se prolongaría hasta el interestadial
Würm II-III. Aun con algunos reparos, puede asegurarse, en
líneas generales, que el tipo humano de esta etapa en la
Península Ibérica es el hombre de Neanderthal, que vivió en este
territorio entre hace más de 200.000 años y el 30000 a.C., o
incluso algo después, según se deduce de algunos descubrimientos
realizados en Portugal en los últimos años (v. Neanderthal,
Hombre de -). El primer resto hallado en la Península Ibérica
fue un cráneo de una mujer adulta perteneciente al Homo
neanderthalensis, encontrado en la cueva de Forbes Quarry
(Gibraltar) en 1848, ocho años antes del hallazgo del fósil de
un esqueleto humano perteneciente a esta misma especie en el
valle del Neander. Otros restos de neanderthales de interés se
han encontrado en la cueva de la Carigüela (Piñar, Granada),
Cova Negra (Xàtiva, Valencia), Lezetxiki (Mondragón, Guipúzcoa).
Existen yacimientos de este periodo al aire libre y en cuevas.
En la franja cantábrica, se pueden destacar los yacimientos en
cueva de El Castillo y La Flecha (Puente Viesgo, Cantabria),
Morín y El Pendo (Camargo, Cantabria), Covalejos (Piélagos,
Cantabria), Hornos de la Peña (San Felices de Buelna,
Cantabria), Cudón (Miengo, Cantabria), abrigo de Axlor
(Vizcaya), Amalda (Aizarna, Guipúzcoa) y la ya citada de
Lezetxiki, que forman un conjunto con los yacimientos del
Pirineo vascofrancés. En la Meseta Central es de suma
importancia la concentración existente en el valle del
Manzanares, cuyos yacimientos han desaparecido en su mayoría por
la expansión del área metropolitana de Madrid. En la Submeseta
Norte se han estudiado yacimientos musterienses en los
alrededores de Burgos y en el Bajo Pisuerga. En la Submeseta
Sur, aparte de los ya mencionados del valle del Manzanares,
destacan los situados en los valles de los ríos Jarama y
Guadiana, además de la cueva de Los Casares (Guadalajara). En la
depresión del Ebro existen varios yacimientos en cueva y abrigo,
en los que no es fácil la diferenciación con los achelenses.
Junto a la zona de la cueva de Coscobilo (Olazti, Navarra)
existió una intensa ocupación musteriense. En la zona
mediterránea y S. se encuentran los yacimientos catalanes de Els
Ermitons (Sant Aniol de Finestres, Girona), L’Arbreda (Serinyà,
Girona), Muricecs (Llimiana, Lleida), Toll (Moià, Barcelona) y
los abrigos de Agut y Romaní (Capellades, Barcelona) y de Roca
del Bous (Camarasa, Lleida). En el área valenciana sobresalen
los de Cova Negra (Xàtiva, Valencia), Cova Petxina (Bellús,
Valencia), Cueva del Cochino (Villena, Alicante) y el conjunto
de la zona de Alcoy (Alicante). En Murcia y Almería cabe citar
los que en su día fueron excavados por Luis Siret, como La
Zájara y Cueva Vermeja (Cuevas de Almanzora, Almería), o la
Cueva del Palomarico (Lorca, Murcia). En la zona granadina,
finalmente, se hallan los yacimientos de La Carigüela (Piñar),
Horá (Darro) y Solana de Zamborino (Fonelas). –Paleolítico
Superior. A partir del 33.000 a.C., aproximadamente, un nuevo
tipo humano, muy similar ya al actual, el Homo sapiens, ocupa la
Península Ibérica. Ello sucede a finales del interestadial Würm
II/III, dando paso una etapa, la última del Paleolítico, que se
prolonga hasta el cese de los fríos del último estadio glacial o
Würm IV. No está claro de qué manera se produjo el paso de
neanderthales a sapiens. De los últimos estudios realizados
sobre la materia parece desprenderse que no existió una
evolución directa de una a otra especie. Se vislumbra, más bien,
que neanderthales y sapiens serían el resultado de la evolución
de distintas ramas de los anteneanderthales. Otras hipótesis
defienden que los sapiens procederían de fuera de Europa, adonde
habrían llegado con las características que le son propias ya
constituidas. El tipo humano que existió durante el Paleolítico
Superior en la Península Ibérica se corresponde con el de la
raza de Cro-Magnon, si bien no se han encontrado hasta el
momento demasiados restos óseos completos; la mayor parte de los
hallazgos consiste en fragmentos de hueso o en piezas dentales.
Destacan, por su importancia, los de La Paloma y Tito Bustillo
(Ribadesella), en Asturias; el Castillo y La Pasiega (Puente
Viesgo), Peña del Mazo y Pendo (Camargo), Covalejos y Santián
(Piélagos), y La Chora (San Pantaleón de Aras, Voto), en
Cantabria; Urtiaga (Deba), en Guipúzcoa; Reclau Viver y Bora
Gran d’en Carreras (Serinyà), en Girona; Parpalló (Gandía),
Barranc Blanc (Rótova) y Mallaetes (Barx), en Valencia; Beneito
(Muro de Alcoy), en Alicante; Nerja, La Pileta (Benaoján) y El
Tesoro (Rincón de la Victoria), en Málaga. La industria de los
Cro-Magnon se asocia a una amplia variedad de útiles de piedra,
hueso, cornamenta y marfil. Algunos de los nuevos objetos, como
los propulsores, son especialmente apropiados para la caza;
otros, como los arpones, para la pesca, y otros, finalmente,
como las agujas, para la vida diaria, pues posibilitan una
mejora en la vestimenta. Las herramientas de hoja o láminas se
multiplican considerablemente; al obtenerse de un mismo núcleo
varias hojas de similar tamaño, se ahorra una gran cantidad de
materia prima. Otra de las características del Paleolítico
Superior es la aparición del arte como expresión de una
capacidad de abstracción que va más allá de la que poseían los
seres humanos anteriores, lo que nos habla de una vida
intelectual más rica. En este sentido, se puede hablar ya de
“santuarios” al hacer referencia a lugares donde existen
pinturas rupestres cuyo simbolismo y ritual, en buena medida, no
se han logrado desentrañar por completo. Desde el punto de vista
económico, el Paleolítico Superior se identifica con el paso de
una economía oportunista en la que se recolecta, caza o pesca de
forma indiscriminada lo que se tiene a mano, a una economía
especializada en la que, a partir de un campamento base ocupado
de modo continuado, se pueden encontrar otras estaciones donde
se desarrollan funciones específicas. Otra de las
características del Paleolítico Superior es su regionalización,
que en la Península Ibérica se traduce en marcadas diferencias
entre la franja cantábrica y el levante. Las industrias y la
evolución de la primera guardan un notable parentesco con las
del SO. de Francia, mientras que las del levante muestran
evidentes relaciones con las del Mediodía francés. Dentro
del Paleolítico Superior se suceden diferentes culturas:
Chatelperroniense, en la transición del Paleolítico Medio al
Superior, que abarcaría desde el 35000 al 31000 a.C.;
Auriñaciense (31.000-27.000 a.C.) (v.); Perigordiense Superior
(27.000 a.C.-19.000 a.C.); Solutrense (19.000-15.000 a.C.) (v.),
y Magdaleniense (15.000 a.C.-8.500 a.C.) (v.). Las tres primeras
culturas se hallan bien documentadas en las cuevas de Morín y el
Pendo (Camargo, Cantabria), y algunas de ellas, en El Castillo
(Puente Viesgo, Cantabria), Santimamiñe (Kortezubi, Vizcaya) y
Aitzbitarte (Donostia-San Sebastián, Guipúzcoa); en la zona
levantina y andaluza aparecen en Reclau Viver (Serinyà, Girona),
Mallaetes (Barx, Valencia) y Ambrosio (Vélez-Blanco, Almería),
entre otras. En el Solutrense, frente a la riqueza del retoque
plano de las hojas de sauce y laurel, que invade la práctica
totalidad de los utensilios, se da una escasa industria ósea. En
el Cantábrico, los yacimientos más antiguos son, curiosamente,
los más occidentales: Caldas (Oviedo), La Riera y Cueto de la
Mina (Llanes), en Asturias. Otros yacimientos de la franja
cantábrica con niveles solutrenses de importancia son los de El
Castillo y Aitzbitarte. En la zona levantina y andaluza, los
yacimientos de Parpalló, Mallaetes y Ambrosio han aportado un
importante registro que permite fijar la evolución cultural en
este periodo. El Magdaleniense, el último de los grandes
periodos del Paleolítico Superior y el que ha dado las más
bellas representaciones artísticas naturalistas, que
desaparecerán con el paso al Neolítico, se caracteriza por la
mayor especialización de la industria lítica, que tiende hacia
la microlitización. En la franja cantábrica existe gran
abundancia de yacimientos de este periodo, destacando entre
ellos: El Castillo (Puente Viesgo), Caldas (Oviedo), Los Azules
(Cangas de Onís), Tito Bustillo y La Paloma (Ribadesella), Cueto
de la Mina (Llanes), en Asturias; Morín y El Pendo (Camargo),
Rascaño (Miera), Altamira (Santillana del Mar), en Cantabria;
Urtiaga y Ekain (Deba) y Aitzbitarte IV Rentería), en Guipúzcoa.
En El Juyo (Puente Viesgo) se encontró un santuario presidido
por un bloque de piedra grabado con una figura antropomorfa y,
junto a ella, lo que parece son ofrendas. En la zona levantina,
salvo excepciones donde se da un Magdaleniense de tipo francés
–como en el Parpalló–, después del Solutrense existe una cultura
epigravetiense caracterizada por la abundancia de hojitas de
dorso y la ausencia de industria de hueso, que luego es
suplantada por un Magdaleniense Final. [M.A.S.]
|
RELIGIÓN
Pilar, Basílica de Nuestra Señora del.
La tradición pilarista descansa, esencialmente, en la venida a
Zaragoza de la Virgen María el año 40 d.C. cuando ésta aún
moraba en Jerusalén; no se trató de una aparición –tal y como
aconteció en Lourdes o Fátima–, sino de una venida “en carne
mortal”, como reza la jaculatoria pilarista. Quiso, de este
modo, confortar al apóstol Santiago, que evangelizaba, no sin
dificultades, en la ciudad de Caesaraugusta durante la
dominación romana. La Virgen le entregó una columna, como
símbolo de la firmeza que debe poseer la fe cristiana, y le
ordenó construir una capilla. Según la tradición, el apóstol,
con la ayuda de los primeros convertidos al cristianismo, que
fabricaron los adobes con sus propias manos utilizando agua del
río Ebro y tierra de su orilla, erigió en torno al pilar una
modestísima construcción. El primer relato escrito de la
tradición se encuentra en los últimos folios de un códice en
pergamino de los Moralia in Job, de San Gregorio Magno, traído
desde Roma en la época visigótica; la versión en castellano data
de 1630, según la edición realizada por Dormer. No han faltado,
obviamente, quienes han negado la historicidad de este relato,
atribuyéndolo a una más de las múltiples y pías invenciones de
la Edad Media europea. Sin embargo, existen numerosos argumentos
que rebaten las impugnaciones pretéritas y contemporáneas. En
primer lugar, a pesar de los continuos pleitos que enfrentaron a
los cabildos de la Seo y el Pilar por la preeminencia de sus
respectivos templos –discusiones que se prolongaron hasta 1676,
año de la fusión de ambos–, nunca se impugnó la historicidad y
autenticidad de la tradición pilarista. Por otra parte, es
conocido el testimonio del monje Aimoino de Saint Germain des
Prés (París), que, de vuelta de su viaje a Valencia para
conseguir la reliquia de San Vicente Mártir, recaló en Zaragoza
(finales s. IX), desde donde escribió a su abad informándole de
la profunda religiosidad de la ciudad, que contaba con dos focos
de espiritualidad: el templo de las Santas Masas, fuera de sus
muros, y el templo de Santa María Virgen, “mater ecclesiarum
eiusdem urbis”. –Basílica de Nuestra Señora del Pilar. El
templo actual, que data de 1681, fue erigido sobre un edificio
gótico anterior, de una sola nave, que mandó levantar en 1515 el
arzobispo Alfonso de Aragón, hijo de Fernando II el Católico,
rey de Castilla (1474-1504) y Aragón (1479-1516), y de la noble
dama catalana Aldonza Roig, habido antes del matrimonio de
Fernando con Isabel I la Católica, reina de Castilla
(1474-1504). Del templo gótico se conservan únicamente el
retablo mayor y el coro; aledaño a él, existía un claustro
rodeado de altares, donde se veneraba la imagen de la Virgen,
colocada sobre el pilar traído por ella en el año 40 d.C. El
pintor flamenco Anton van den Wyngaerde, que acompañaba a Felipe
II (1556-1598) en sus viajes, pintó desde la arboleda del Ebro
una vista de Zaragoza, donde se observa perfectamente la silueta
del templo gótico. Sucedió este templo a otro anterior, de
estilo románico, mandado edificar por el obispo Pedro Tarroja en
1118, tras la reconquista de la c. por Alfonso I el Batallador,
rey de Aragón y de Navarra (1104-1134). El obispo Tarroja contó
siempre con la bendición y ayuda del papa Gelasio II
(1118-1119), quien concedió indulgencias a los favorecedores del
templo; así mismo, los reyes de Aragón otorgaron numerosos
salvoconductos y privilegios. Del templo románico se conserva un
pequeño y muy bello crismón de piedra, empotrado en el muro de
la fachada principal, junto a la puerta baja de entrada al
templo. La construcción románica sustituyó, a su vez, al
anterior templo visigótico, que apenas se tenía en pie desde
hacía cinco siglos, debido a la prohibición de los musulmanes de
restaurar y construir los templos cristianos. Aunque no existen
restos arqueológicos ni documentación acerca de su fundación,
dos famosos testimonios prueban su existencia: uno del mozárabe
Moción (s. IX), quien en su testamento, conservado en el archivo
de Barcelona, lega limosnas a la iglesia de Santa María; y el
segundo, el del citado monje Aimoino (finales del s. IX). El
templo visigótico, probablemente mandado edificar por San
Braulio, obispo de Zaragoza entre 631 y 651, y elegido por él
como lugar para ser enterrado, representaba la culminación de
aquella primera capilla que, siguiendo el mandato de la Virgen,
edificaron el apóstol Santiago y los primeros convertidos. De
esta primera capilla habla el arquitecto Ventura Rodríguez,
constructor, entre 1754 y 1765, de la Santa Capilla actual,
quien dejó constancia en los planos preparatorios –conservados
en el archivo del Pilar– de los adobes utilizados por los
convertidos para servir de fondo al antiguo camarín de la
Virgen, donde se albergaba el pilar puesto por ella misma. Fue a
partir del s. XVII cuando el impulso popular, sacudido por el
clamoroso milagro obrado por mediación de María del Pilar en el
joven Miguel Pellicer, natural de Calanda, al serle restituida
el 29-III-1640 la pierna que le había sido amputada dos años y
medio antes en el hospital de Nuestra Señora de Gracia en
Zaragoza, llevó a los zaragozanos a acarrear materiales para la
construcción de un nuevo templo. En 1674, el cabildo del Pilar
decidió tomar parte en el asunto y nombró director de las obras
al arquitecto zaragozano Felipe Sánchez; presentado el proyecto
a Carlos II (1665-1700), éste nombró por su cuenta a Francisco
de Herrera director de las obras, con el consiguiente disgusto
del cabildo. No obstante, Herrera aceptó como base el proyecto
de Felipe Sánchez, y el 26-VII-1681 el arzobispo Diego Castrillo
puso la primera piedra del nuevo templo, cuya construcción se
prolongó durante dos siglos y medio, a lo largo de los cuales,
como consecuencia de las improvisaciones de los primeros
momentos, los nuevos planteamientos y la permanente amenaza del
río Ebro, que prácticamente lame los cimientos de la obra, se
sucedieron sin descanso los trabajos de remodelación,
restauración y consolidación. La actual planta del templo del
Pilar es rectangular, y sus dimensiones son, por el exterior, de
130x96 m y, por el interior, de 109x48 m, sin contar la
profundidad de las capillas. Su altura es de 80 m, desde el
pavimento hasta el remate de la cúpula mayor. Consta de tres
naves a lo largo y siete en sentido transversal y de cuatro
torres, las más altas de las catedrales de España, con 93 m de
altura: la de Santiago, la más antigua, se terminó en 1892; la
del Pilar, en 1907; la de San Francisco, en 1959, y la de Santa
Leonor, en 1961. Catedral, basílica y santuario mariano al mismo
tiempo, el Pilar constituye una auténtica joya del arte barroco
en Aragón. Construida totalmente en ladrillo, se cubre con una
originalísima cubierta que presenta once cúpulas y diez
linternas, que conforman una silueta de reminiscencias
orientales, acentuada por las tejas de cerámica vidriada de
diversos colores. La decoración churrigueresca que tuvo en un
principio, fue modificada y atemperada por Ventura Rodríguez en
1755. El conjunto arquitectónico, declarado Monumento
Histórico-Artístico desde el 22-VI-1904, se ha convertido en el
signo identificador de la c. de Zaragoza. En el interior del
templo destaca el retablo mayor, que, tras la restauración
realizada en 1994 por el Instituto de Restauración y
Conservación de Bienes Culturales (IRCBC) de Madrid, se puede
admirar en su imponente grandeza. Diseñado siguiendo el esquema
de los retablos aragoneses, a imitación del incomparable retablo
mayor de la catedral del Salvador de la Seo, fue realizado entre
1509 y 1518 por el escultor valenciano de ascendencia aragonesa
Damián Forment. Construido en alabastro del Bajo Aragón, consta
de banco, sotabanco y cuerpo del retablo, que posee pulsera o
guardapolvo en todo su perímetro. La mazonería y la decoración
mantienen el formato y la organización del estilo gótico, pero
la escultura es plenamente renacentista, muchas veces fiel
trasunto del maestro Donatello, de Florencia. El retablo está
dedicado a la Asunción de la Virgen en su escena principal;
además, se representan diversas escenas de la vida de María,
especialmente en los bellísimos nichos de la predela. Ante el
retablo, se encuentra el altar mayor, bajo el cual se divisa el
sepulcro de San Braulio, obispo de Zaragoza y amante de la
Virgen del Pilar, en cuyo templo quiso ser enterrado. La mesa
del altar tiene un imponente frontal de plata tallada, obra de
los plateros del Pilar, Antonio Estrada, autor de los relieves
barrocos de bulto redondo, y su hijo Domingo, a quien se debe la
decoración rococó. Frente al altar, a los pies de la nave
central, se sitúa el coro mayor, perteneciente también al templo
gótico. Construido entre 1544 y 1547 en madera de roble de
Flandes por el florentino Juan Moreto, el navarro Esteban de
Obray y el zaragozano Nicolás Lobato, consta de 124 sillas de
coro, ricamente labradas desde las misericordias hasta los
remates del cornisamento, siendo visible el primor de esta obra
en los respaldos de las sillas. Además de las escenas del
Antiguo y Nuevo Testamento, y de la venida de la Virgen, en la
superficie entera de este coro viven –parafraseando a Camón
Aznar– toda la paganía y todos los caprichos de la mitología, en
las labores ornamentales del riquísimo mundo renacentista. El
templo del Pilar, por otra parte, cuenta con una rica decoración
pictórica, para cuya realización el cabildo contrató siempre a
los mejores pintores de cada momento. Destaca, por su entidad y
mérito artístico, la decoración de la cúpula elíptica situada
sobre la Santa Capilla, obra del pintor madrileño Antonio
González Velázquez, discípulo de Corrado Giaquinto. En las dos
medias naranjas de esta cúpula, González Velázquez, cuya obra no
siempre ha sido justamente valorada, pintó las escenas de la
Venida de la Virgen y de la Construcción del templo. No
obstante, es la decoración pictórica realizada por Francisco de
Goya en 1781 en la cúpula Regina Martyrum, frente a la capilla
de San Joaquín, la que despierta mayores elogios, pese a que su
excesiva altura impide una contemplación intensa y extensa. El
programa iconográfico fue trazado por el escultor Carlos Salas,
autor del magnífico relieve de la Asunción situado en el muro
posterior de la Santa Capilla. Tras superar las diferencias
habidas con su cuñado Francisco Bayeu y con Matías Allue,
canónigo fabriquero del Pilar, Goya realizó un magnífico mural
sobre una superficie de 230 m2, en el que incluyó, alrededor de
la Virgen, una extensa galería de santos y santas mártires de
Aragón, como San Vicente y San Lorenzo, San Jorge y San
Frontonio, Santa Engracia, San Lamberto, San Pedro Arbués y
Santo Domingo de Val, rodeados de un torbellino de ángeles. Todo
el conjunto se halla magistralmente tratado a base de
irrepetibles pinceladas, llenas de vigor, color y sabiduría. La
Regina Martyrum muestra personas reales de la vida zaragozana de
la época, en actitudes dignas pero cotidianas, que configuran la
mejor representación –junto a la cúpula de San Antonio de la
Florida de Madrid– de lo que hoy se da en llamar “religiosidad
popular”, de la que Goya fue en su vida y en su obra,
protagonista excepcional. Anteriormente, en 1772, el pintor
aragonés había decorado, también con un mural, el techo del
coreto situado frente a la Santa Capilla, en el que representó
La adoración del nombre de Dios. Los hermanos Francisco, Ramón y
Manuel Bayeu fueron los autores de las pinturas murales de las
cúpulas, los plafones, los platillos y las pechinas de la
primera mitad de las bóvedas, en la cabecera del templo.
Bernardino Montañés realizó, en 1868, los bocetos preparatorios
para la decoración de la cúpula central, que fueron llevados a
ella por los pintores Lana, Abadías, Pescador y por el gran
pintor zaragozano Marcelino de Unceta. Finalmente, a Ramón Stolz
Viciano se deben los murales pintados en los paramentos
interiores de las dos naves laterales a la altura del retablo
mayor: El milagro de Calanda y La rendición de Granada; así
mismo, entre 1950 y 1954, decoró la cúpula elíptica y el plafón
de los dos últimos tramos de los pies de la nave central.
–La Santa Capilla. El 12-X-1765 quedó inaugurada la capilla
Angélica o Santa Capilla de Nuestra Señora del Pilar, obra
máxima del arquitecto madrileño Ventura Rodríguez, enviado
especialmente por Fernando VI (1746-1759) para su realización.
La Santa Capilla viene a ser un templo dentro de otro, y está
construida con un auténtico alarde de pericia, inspiración y
riqueza. Tiene forma de elipse y mide “109 pies de diámetro, 99
y medio desde el testero hasta la entrada, 686 de perímetro y
133 de elevación”. La solería es de mármol de Génova y jaspe.
Sus 34 columnas y pilastras sostienen los cuatro cascarones de
la cúpula oval, que no se cierra para poder contemplar la
decoración pictórica de la cúpula del templo, situada encima de
la capilla. Los zócalos son de jaspe; los pedestales, de mármol
amarillo de la Puebla de Albortón (Zaragoza); los fustes, de
jaspe de Tortosa (Tarragona), y las basas, de bronce. Son
elementos sobresalientes de la decoración los doce medallones
ovalados esculpidos en mármol de Carrara, situados en los
entrepaños: ocho en el interior y cuatro en el exterior de la
capilla. La capilla dispone, así mismo, de dieciséis puertas de
madera de nogal, talladas por José Ramírez de Arellano. En el
testero se sitúan los tres altares: el de la izquierda se halla
presidido por el hermoso grupo escultórico tallado en mármol de
Carrara por el escultor zaragozano José Ramírez de Arellano, que
muestra a los convertidos por el apóstol Santiago (Torcuato,
Atanasio, Teodoro, Eugrasio, Indalecio, Tesifonte y Esiquio),
quienes rodean al apóstol, vestido con túnica de peregrino y
conchas, que mira extasiado hacia la Virgen; en el centro, junto
al altar, se alza otro imponente conjunto escultórico, también
obra de Ramírez de Arellano, que representa la venida de la
Virgen, quien, rodeada de ángeles, señala con su dedo índice el
lugar donde debe colocarse la sagrada columna; a la derecha, se
encuentra el camarín, en forma de nicho y recubierto de mármol
de Thinos, tachonado de estrellas de oro y brillantes, en
recuerdo de la noche de la venida. La imagen de la Virgen del
Pilar con el Niño, se sitúa delante del fondo de mármol del
camarín, sobre la sagrada columna, cubierta por un cilindro de
hierro, que se halla a su vez revestido por un cilindro de plata
tallada. Generalmente, la columna se adorna también con uno de
los 390 mantos que posee la Virgen, algunos de ellos de
excepcional belleza y de gran valor histórico y material. No
obstante, lo que enaltece realmente este lugar sagrado es el
hecho de cobijar la imagen de Nuestra Señora del Pilar y la
columna traída por ella. Ello convierte a la Santa Capilla en el
corazón del santuario del Pilar, que el papa Juan Pablo II
(1978-) situó los santuarios marianos más importantes, junto a
los de Lourdes, Fátima, Montserrat, Guadalupe y Czestochwa.
La imagen de la Virgen del Pilar es una pequeña escultura de 36
cm de altura, tallada en madera frutal –tilo o peral–. Dorada a
fuego, incluso los cabellos de María, aparecen sin dorar las
carnaciones, el rostro y las manos de la Virgen, así como la
figura completa del Niño, que se muestra desnudo. Atribuida
recientemente por Carmen Lacarra al escultor Juan de la Huerta,
natural de Daroca (Zaragoza), la talla puede datarse entre 1435
y 1438 y pertenece al gótico tardío, de elegantes plegados y
tendencias borgoñanas, que impusieron el canon de formas macizas
y un tanto achatadas. Restaurada por el IRCBC en 1990, la imagen
se encuentra ahora en el esplendor de su primitiva belleza. Está
sujeta al pilar sobre el cual descansa, una columna de jaspe,
lisa y sin molduras ni estrías, de 24 cm de diámetro y 1,7 m de
alt. Llama poderosamente la atención el hecho de que, siendo la
escultura del s. XV, no se guarde noticia alguna de la imagen a
la que sustituyó –si es que la hubo–, prerrománica o románica,
tan abundantes, por otra parte, en el antiguo reino de Aragón.
–Devoción y tradición. La devoción pilarista adquirió la
profundidad y la universalidad que la caracterizan tras la
construcción del actual templo del Pilar. Resulta significativa,
en este sentido, la difusión de su culto en las repúblicas
iberoamericanas, donde la toponimia ofrece más de un millar de
nombres –iglesias, ermitas, capillas, ríos, ciudades y aldeas–
que aluden a la que el papa Juan Pablo II ha llamado Madre de la
Hispanidad. Además de lo sobrenatural y singular de su origen,
han sido el sentimiento y el querer popular los que han hecho
brotar esta devoción, que ha adquirido con el paso de los siglos
mayor profundidad mariológica. Durante algún tiempo, la Basílica
de Nuestra Señora del Pilar se quiso presentar como abanderado
del nacionalcatolicismo que impregnaba la vida de la España del
franquismo, pero la pervivencia y el crecimiento de la devoción
pilarista al término de esa etapa histórica han venido a
demostrar que ésta descansa en el pueblo, sin distinción de
clases ni condiciones. La devoción pilarista tiene su máxima
expresión en la multitudinaria ofrenda de flores a la Virgen que
se realiza año tras año el 12 de octubre en la plaza del Pilar
(en el año 2001 se ofrendaron 3.000.000 de claveles), y se
manifiesta públicamente al día siguiente en el Rosario de
Cristal. [E.To.A.]
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TAUROMAQUIA
Ordóñez Araujo, Antonio.
(Ronda, Málaga, 16-II-1932 – Sevilla, 19-XII-1998). Matador de
toros. Hijo del matador de toros Cayetano Ordóñez Aguilera, el
Niño de la Palma, ha sido reconocido como uno de los grandes
maestros de la historia del toreo. Alternativa: Madrid,
28-VI-1951. Padrino: Julio Aparicio. Testigo: Miguel Báez,
Litri. Toro: “Bravío”. Ganadería: Galache. Se vistió por primera
vez de luces en la plaza de toros de Haro (La Rioja) el
29-VI-1948 y se presentó en Las Ventas de Madrid el 6-X-1949,
junto a Calerito y Jerónimo Pimentel, al final de una temporada
en la que toreó 65 novilladas. A partir de 1952 toreó también en
América, pero sólo en la temporada española lidió 74 corridas,
más que ningún otro torero, con las que pudo demostrar que a sus
cualidades artísticas sumaba un poderío excepcional. A pesar de
ello, en los dos años siguientes sufrió varias cogidas graves,
como en Castellón de la Plana (Castellón) el 13-III-1955 de un
toro de Miura. Interrumpió su carrera en 1955 para cumplir con
el servicio militar y reapareció al año siguiente, triunfando en
la feria de San Isidro de Madrid y vistiendo el traje de luces
en 65 tardes, aunque, de nuevo, sufrió una cogida, esta vez en
la corrida de la Beneficiencia para el Montepío de Toreros, el
21 de junio, en Madrid. Éxito y dolor se mezclaron de nuevo en
las temporadas de 1958 –78 corridas en Europa; obtuvo un éxito
memorable en la feria de San Isidro–, 1959 –52 corridas; fue
cogido en Aranjuez (Madrid), Palma de Mallorca (Baleares) y Dax
(Francia)–, 1960 –56 corridas; fueron especialmente clamorosos
sus éxitos en Madrid (con un toro de Atanasio Fernández en San
Isidro) y Bilbao (dos grandes faenas el 24 de agosto)– y 1961
–61 corridas; los triunfos de Pamplona durante los Sanfermines
con un toro de Garci Grance y de Málaga el 4 de agosto frente a
un toro del Conde de la Corte destacan sobremanera, aunque
también en Málaga un toro de Pablo Romero le hirió nuevamente–.
En 1962, después de que en Tijuana (México) un toro de La Lengua
le diera una cornada por la que se tuvo que operar dos veces,
toreó, en España, 52 corridas hasta que en septiembre, en
Salamanca, un toro de Galache le infirió dos cornadas en el
muslo derecho; en la plaza limeña de Acho (Perú) obtuvo el
Escapulario de Oro del Señor de los Milagros por la faena
realizada al toro “Anda Mucho” de Las Salinas, el 18 de
noviembre, tras la que se cortó la coleta, habiendo intervenido
en el mismo festejo Gregorio Sánchez, Curro Girón, Pepe Cáceres,
José Martínez Limeño y Andrés Vázquez. Finalizó así su segunda
etapa como matador. Su reaparición tuvo lugar el 26-III-1965 en
Valencia (Venezuela), alternando con Jaime Ostos y Ramón Montero
Maravilla; en España toreó 40 tardes, logrando en Madrid el
galardón a la mejor faena y el de triunfador absoluto de la
feria de San Isidro. Volvió a América a finales de año y recibió
en Acho el trofeo del bicentenario de la plaza. En la temporada
de 1966 se vistió de luces 45 tardes, aunque en una corrida
celebrada en Málaga en abril, en la que cortó a dos toros del
Marqués de Domecq las cuatro orejas y los dos rabos, sufrió
también una cornada. En 1967 se erigió en el triunfador de la
Feria de Abril de Sevilla y recibió el “Premio Oreja de Oro”
instituido por el diario Sevilla, así como todos los galardones
creados por la Real Maestranza de Sevilla, al mejor quite, a la
mejor faena, etc.; así mismo, en Caracas (Venezuela), consiguió
con un toro de Antonio Martín el trofeo “IV Centenario de la
Fundación de la Ciudad”. En 1968, actuó en 70 corridas y, en
Madrid, se le concedió de nuevo el trofeo a la mejor faena de
San Isidro por su lidia a un astado del Marqués de Domecq, y se
le proclamó por tercera vez triunfador absoluto de la feria; en
San Sebastián, la “Concha de Oro” a la mejor faena realizada
durante la Semana Grande. En 1969 una operación de tobillo le
obligó a disminuir el número de actuaciones y el 12-VIII-1971 en
San Sebastián se retiró después de estoquear a “Colombiano”, de
la ganadería de Pablo Romero, en presencia de Paco Camino y
Curro Rivera. En 1972 se le concedió la Cruz de la
Beneficiencia. Pese a haberse retirado, desde 1972 hasta 1977 y,
por última vez, en 1980 toréo la corrida goyesca de Ronda.
Decidió volver a los ruedos en 1981, pero sólo toreó en Palma de
Mallorca, el 16-VIII-1981, alternando con Joaquín Bernadó y
Manolo Cortés, y el 17 de agosto en Ciudad Real, junto a José
María Manzanares y Pedro Gutiérrez Moya, Niño de la Capea. Tras
una nueva operación y la implantación de una prótesis, y ante la
imposibilidad de regresar a los ruedos –aunque siempre mantuvo
firme su intención de volver a torear–, tuvo que restringir su
actividad taurina al cuidado de una empresa ganadera propia, al
apoderamiento de toreros, a la organización de la anual corrida
goyesca (en su honor se instituyó el trofeo “Antonio Ordóñez”,
otorgado al triunfador de la misma) y, en los primeros años de
la década de 1990, a preparar y dirigir la carrera taurina de su
nieto Francisco Rivera Ordóñez. Torero artista y valiente, sus
cualidades le convirtieron en torero que marca una época. Si por
un lado su valor, que le hacía torear con absoluta entrega y
olvido de su integridad física, fue una cualidad indispensable
para realizar un toreo tan de verdad como el suyo, por otro no
hizo de ese valor el objeto del asombro del público, sino
–coincidiendo con el concepto que sobre el valor preconizaba
Ernest Hemingway– la condición para poder realizar un toreo
artístico sin verse mermado por ninguna aprensión; y así, en
efecto, no fue un torero violento, sino buscador de la serenidad
y la hondura, un torero de temple, poco amigo de los alardes
pero poderoso y capaz de enfrentarse a cualquier toro;
mayestáticamente clásico, elegante, brillante y limpio con el
capote, suave y dominador con la muleta. A diferencia de su
padre, no banderilleó. Su facilidad con la espada le llevó a
abusar en ocasiones del recurso de matar al toro clavando el
estoque en lo que se llamó “el rincón de Ordóñez”, muy poco
ortodoxo pero efectivo. La rivalidad torera con su cuñado Luis
Miguel Dominguín o, p. e. en la última corrida goyesca que
toreó, con su yerno Francisco Rivera Paquirri se unió en su fama
a la admiración que despertó entre intelectuales como el citado
Hemingway, que le dedicó su obra The dangerous summer (Verano
sangriento, 1960), Orson Welles, que pidió que sus cenizas
reposaran en la finca rondeña del maestro, los poetas Gerardo
Diego y José M.ª Pemán o el filósofo Fernando Savater. Recibió
la Orden de Caballero de la Legión de Honor otorgada por el
Gobierno francés (1995), la Medalla de Oro de las Bellas Artes
(1997, la primera vez que se ha concedido a un torero) y la
Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo, entregada póstumamente
el 12-III-1999.
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