LIBRO DE HORAS DE LOS ZÚÑIGA
(s. XV)

Durante el siglo XV, la nobleza castellana, a imitación de los monarcas como Juan II o Isabel la Católica, se aficiona a los buenos libros y forman magníficas bibliotecas, de la que puede ser paradigma la del Marqués de Santillana. También la Casa de Zúñiga destacó en su amor a los libros, en especial el que fue maestre de la Orden militar de Alcántara, don Juan de Zúñiga, para el que se escribieron y miniaron obras espléndidas, como el Jouvencel de Juan de Breuil, en francés, que se expone en El Escorial, y probablemente el Libro de Horas que nos ocupa. Un descendiente del maestre, llamado Alonso de Zúñiga, lo regaló al rey Felipe II cuando supo de su propósito de formar en El Escorial una gran biblioteca de libros manuscritos. Hoy se expone, entre otras muchas obras de arte, en la Vitrina 10 de la Librería del monasterio.
El códice, formado por 254 folios, de 256 x 190 mm., y su
contenido responden al modelo de los libros de Horas que se difundieron
de forma extraordinaria en el siglo XV para satisfacer la piedad de los
seglares, los cuales procedían en su mayoría de los Países
Bajos y también de Italia. Este ejemplar de los Zúñigas,
por el contrario, fue escrito y miniado por un español, de origen
castellano, que se muestra muy bien informado de las técnicas flamencas
de las miniaturas, pero que aporta también soluciones francesas
y algunas típicamente españolas en la representación
del paisaje, en la decoración de las orlas con temas del mudéjar
toledano y en la adopción de falsas inscripciones que imitan los
rasgos de la escritura árabe.
El manuscrito,
escrito en una gótica caligráfica, contiene 19 miniaturas
a folio pleno en las que se van representando los grandes hitos de la vida
de Cristo: Anunciación a María (en su parte inferior figura
el escudo de los Zúñigas), Visitación, Navidad, Anuncio
a los pastores, etc., todas de una misma y magistral mano. Las orlas que
enmarcan las pinturas, que no se repiten, son de un color y lujo extraordinarios.
Desde el folio 223, las capitulares, que hasta allí venían
sólo adornadas, cambian para introducir en su interior viñetas
de gran calidad, verdaderos cuadros en pequeño. En el calendario
con el que, como es habitual, se inicia la obra, cada mes tiene en su parte
superior una reproducción de los trabajos típicos que en
él se llevaban a cabo y en la parte inferior el signo del zodiaco
correspondiente. Así, por ejemplo, en enero aparecen el signo de
acuario y un hombre sentado cómodamente ante la chimenea mientras
come y bebe.