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CÓMO SE HACE UNA ENCICLOPEDIA

(Reproducción del artículo publicado en "El Correo Español-El Pueblo Vasco" el 10 de marzo de 1999)

"Lo primero que hay que hacer es dimensionar su tamaño"


Detrás de esos tomos pulcramente colocados en la mayoría de las casas se esconde la labor de cientos de colaboradores que actualizan periódicamente los contenidos y los explican de una forma accesible.


"Es una labor oscura, de paciencia benedictina". Jesús Moya reconoce que su trabajo no es brillante, que forma parte de esas ocupaciones que pasan inadvertidas y que difícilmente atravesarán el umbral de la modestia. Sin embargo, sólo este director editorial de la casa Durvan y los que le acompañan saben que es como un encaje de bolillos, un rompecabezas que hay que ajustar. Porque elaborar una enciclopedia puede ser muchas cosas, pero desde luego no es algo sencillo.
 

Intentar introducir el saber universal en una colección de 20 ó 30 tomos requiere, sobre todo, una visión de conjunto. "Lo primero que hay que hacer es dimensionar su tamaño, saber cuánto va a ocupar", afirma Mota. Cuando los sondeos comerciales -"no hay que olvidar que también existe la parte mercantil"- determinan lo que quiere el público, llega la hora de dar cuerpo y completar con el texto adecuado lo que se supone va a convertirse en una obra de referencia.

La editorial Durvan, que acaba de sacar la última edición de su enciclopedia, cuenta con alrededor de un millar de colaboradores, alguno de ellos tan prestigioso como el especialista en historia del arte Simón Marchán Cid. Cada uno encargado de un tema, con un estilo propio y que tienen que escribir con un lenguaje "riguroso pero abierto. Los textos de medicina no deben ser para médicos ni los de ingeniería para ingenieros", explica el director editorial. Esta variedad hace que sea imprescindible la labor de la media docena de personas que se dedican a coordinar y "dar el sello de la casa".

"A veces nos llevamos las manos a la cabeza porque hay que volverlo a escribir, a darle forma". Hay que tener en cuenta que en una enciclopedia "no entra toda la sabiduría del mundo", lo que conlleva un proceso de selección de las entradas. No todos los datos son imprescindibles ni tienen derecho a ser incorporados. Las propuestas de los colaboradores sobre nuevos conceptos o temáticas que han quedado desfasadas son analizadas y comparadas con otras obras similares de prestigio, como la Enciclopedia Británica. "No se trata de copiar pero sí de tener una referencia".

El sexto sentido
En el caso de un trabajo de este estilo, el volumen de los tomos no se puede extender hasta el infinito. Así que cuando se decide incorporar un término hay que quitar otro, y "a ser posible del mismo libro. No hay sitio para más".

 

Una labor que se ha visto facilitada con la llegada de la informática. "Antes teníamos que trabajar de memoria. Ahora, por ejemplo, sé cuantas veces aparece un término, dónde y con qué extensión". Esta "continua renovación" se resuelve con sucesivas tiradas en las que se modifican y cambian encartes.

 

Tras casi 40 años de trabajo, "acabas teniendo un sexto sentido" para saber lo que realmente vale. Diferenciar lo que es noticia periodística de lo que puede ser un suceso histórico. "Quizá lo de Diana de Gales dentro de un par de años es sólo humo". El paso del tiempo dirá si el espacio destinado a un personaje o a una situación es el apropiado. "Lo del muro de Berlín y la caída del bloque del Este fue un quebradero de cabeza. Hubo que meterlo en un apéndice con un artículo de larga extensión. Ahora se ha reducido en una tercera parte. El de la Segunda Guerra Mundial queríamos acortarlo. En las primeras versiones tenía una extensión exagerada. Nos interesan más las claves de lo que sucedió allí".

 

DAVID GUADILLA

"Que entre en la estantería"
"A mucha gente le interesa la dimensión de la enciclopedia que le vas a vender por el tamaño de su estantería. Quiere que caiga bien, que encaje". Hay momentos en los que Jesús Moya se preocupa. Sobre todo al pensar que su trabajo es en balde, que las horas invertidas en revisar y perfeccionar la obra son innecesarias. "Hemos detectado errores que llevaban años circulando y nadie se había dado cuenta". Pequeñas erratas que habían saltado los controles de calidad y habían quedado impresas durante largo tiempo. Sólo el azar o el aviso de algún lector que por causas diversas había localizado el gazapo acabaron con descuidos que pudieron llegar a mandamientos si se hubiera aplicado el "es verdad, lo dice la enciclopedia".
Cada mes llegan unas seis cartas de personas que han hallado una falta o temas que han quedado desfasados a la sede de la editorial Durvan. "Me gustaría que fuesen más" apunta Moya, aunque imagina que este deseo no es nada fácil.
Una cosa es adquirir 30 tomos con gran parte del saber universal y otra distinta hacer uso de ellos y leerlos. "La gente que lo hace es poca, aunque reconocen que es algo entretenido". La intención es lo que cuenta y, para Moya, cuando alguien decide comprar una enciclopedia lo hace por un deseo de conocer. "No tiene nada que ver con que al final los buenos propósitos queden atrás, no se tenga tiempo de abrirla y se mire sólo el lomo".
D.G.

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